Meditación

 

La Visión Superior: lagtong

Bokar Rimpoché

Edición: María Mercedes Márquez  

Caracas, agosto, 2013

Cómo tratar los pensamientos en la meditación

Los principiantes, al no saber muy bien qué es la meditación, esperan una calma perfecta, totalmente libre de pensamientos.  Tienen miedo de que aparezcan, y, cuando surgen, se desaniman ante su incapacidad para meditar. Temer a los pensamientos, enfadarse, preocuparse por su aparición o creer que la ausencia de pensamientos es algo bueno en sí mismo, son errores que conducen a un estado de frustración y culpabilidad inútil.

La mente de una persona que no medita, la de un principiante y la de un buen meditador, están flanqueadas de pensamientos; pero la manera de abordarlos varía considerablemente de uno a otro.  Alguien que no practica meditación es, en su relación con los pensamientos, comparable a un ciego cuyos ojos se dirigieran a una lejana autopista. 

El ciego es incapaz de ver si los carros pasan o no por la autopista.  De la misma manera, la persona ordinaria, aunque experimenta un vago sentimiento de incomodidad y de malestar interior, no es en absoluto consciente del flujo de pensamientos que, sin embargo, se produce sin interrupción.

Cuando se empieza a meditar, se descubre que los ojos son para ver, pero uno desearía que ningún carro pasara por la carretera. Aparece el primer carro y nuestra esperanza queda decepcionada.  Un segundo carro, nueva decepción.  Un tercero, nos enfadamos… etc.  La cándida esperanza de una autopista vacía se ve continuamente frustrada. 

Uno se revuelve contra un estado de cosas inevitables. Cuando uno piensa que la meditación es como un espacio desprovisto de pensamientos, cada pensamiento que aparece contradice con evidencia este esquema preconcebido y nos encontramos en una situación de fracaso casi permanente.

Cuando, por el contrario, uno ha comprendido bien en lo que consiste la meditación, ve desfilar los carros, pero sin ningún rechazo, sin haber decidido que la autopista tenía que estar vacía.  No se espera la ausencia de vehículos ni se asusta uno de su presencia. 

Los carros pasan y se les deja pasar, no son ni malos ni buenos.  Si los pensamientos aparecen, se les deja pasar con neutralidad, sin aferrarse a ellos ni condenarlos; si no aparecen, tampoco tenemos que considerarlo un motivo de satisfacción particular.  Una actitud sana ante los pensamientos da lugar a una buena meditación.

Las personas que comprenden mal la meditación creen que todos los pensamientos deben cesar. Pero, de hecho, no podemos establecernos en un estado sin pensamientos. El fruto de la meditación no es la ausencia de pensamientos, sino el hecho de que los pensamientos dejan de hacernos daño. De enemigos, los pensamientos pasan a ser amigos. Una mala meditación, en general, viene de la negligencia en las prácticas preparatorias, pero también, cuando éstas se han realizado, de la no comprensión de la manera correcta de situar la mente.

Las personas ordinarias tienen la mente perpetuamente distraída, dispersa.  Por otra parte, cuando uno medita, el obstáculo más grande viene de las producciones mentales sobreañadidas, de los comentarios sobre uno mismo y pre-concepciones.  La meditación auténtica evita tanto la distracción como las imputaciones mentales.

La Visión Superior: lagtong

La gran cantidad de posibilidades de manifestación implica una extremada variedad de tipos de existencias, y cada una de ellas tiene características propias.  Nosotros mismos, como humanos, estamos dotados de inteligencia, somos capaces de expresarnos con la ayuda de un registro de significados complejo y extenso, somos capaces de comprender y estamos provistos de un intelecto muy superior al de los animales. Tomar conciencia de esta situación existencial favorable es una legítima causa de felicidad.  Sin embargo, es necesario constatar el límite evidente: el sufrimiento. Sufrimos física y mentalmente.

Muchas personas tienen una idea completamente falsa de la relación que hay entre el cuerpo y la mente.  Piensan que la mente no es más que una función totalmente dependiente del organismo físico; para ellas, sin cuerpo, no hay mente.  Como consecuencia, la muerte del cuerpo físico significaría el fin simultáneo de la mente. 

Frente a estos puntos de vista materialistas, el conocimiento espiritual muestra que el cuerpo y la mente no están ligados por una relación indisoluble.  El cuerpo es, desde luego, el producto surgido de los elementos genéticos físicos de los padres, pero la mente no viene de la mente de los padres.  La mente existe, en el campo de las existencias condicionadas, desde tiempo sin principio, como consciencia individualizada, inmaterial y sin discontinuidad.  El cuerpo y la mente son esencialmente distintos.

El sufrimiento afecta pues a nuestro cuerpo y a nuestra mente.  El sufrimiento físico no es más que ocasional, provocado por la enfermedad o circunstancias pasajeras.  El sufrimiento mental es un estado continuo que no nos deja ni de día ni de noche, pero del que frecuentemente somos poco conscientes ya que la fuerza de la costumbre nos hace tomarlo como normal. Imaginemos a alguien que se encuentra en las mejores condiciones físicas posibles; con buena salud, satisfecho de la comida, confortablemente tumbado en su casa por la noche. 

No obstante, hasta que no caiga en el sueño, su mente no está en paz: tan pronto está repasando atentamente los acontecimientos del día o de los últimos días, como se inquieta por el futuro, alimentando proyectos, esperanzas y temores. Incluso cuando duerme, su sueño se ve turbado por las impresiones inconscientes de su mente, que se manifiestan en los sueños tan llenos de inquietudes como en el estado de vigilia.  Por la mañana, cuando se despierta, ya le tenemos otra vez lleno de preocupaciones ante el día que empieza.

Las condiciones externas son insuficientes para asegurar la felicidad interior.  Disipar el sufrimiento de la mente es de hecho mucho más importante que eliminar las causas aparentes del sufrimiento exterior. Pero nos equivocamos de objetivo: creyendo conseguir la felicidad nos hemos lanzado perpetuamente a la reorganización del mundo que nos rodea. En vano. Los bienes materiales, los objetos externos, lejos de ser capaces de librarnos del sufrimiento interior, la mayoría de las veces son la causa de que se incremente todavía más.

El verdadero medio para liberarse del sufrimiento interior es la meditación del mahamudra, a través de la cual aparece el estado natural y auténtico de la mente. Para que esto sea posible, son necesarias dos etapas: la pacificación mental y la visión superior. 

Nuestra mente, en general, está ocupada por una producción incesante de pensamientos, semejante al agua en plena ebullición.  Meditar para apaciguar esta ebullición y permanecer en una situación estable, sin tensiones, es a lo que se llama pacificación mental.  En cuanto a la visión superior, esta implica el proceso de reconocimiento de la naturaleza de la mente.

En cualquier caso, para la pacificación mental o para la visión superior, es primordial saber situar la mente: relajada, abierta, sin conceptualizaciones. Supongamos que alguien se dispone a ver un espectáculo cualquiera y que está en pie, con un pesado fardo sobre sus hombros.  Puede ver bien el espectáculo, pero la carga en la espalda es una molestia demasiado grande como para permitirle estar atento a lo que ve. 

Otra persona, por el contrario, dejará su fardo, se instalará cómodamente en un sillón y disfrutará sin dificultad del espectáculo que le interesa.  Los dos espectadores tienen en común la posibilidad de ver el espectáculo.  Pero en el primer caso la mente de la persona está sumergida en dos necesidades contradictorias: el espectáculo por una parte y la molestia de la carga sobre la espalda, por otra. 

Cuando queremos meditar, si tenemos la mente tensa y no la establecemos en un estado de relajación espaciosa, nos sentiremos inclinados en dos sentidos diferentes: la tensión y las preocupaciones, por un lado, y el objeto de la meditación por otro. 

En cuanto al segundo espectador, que había dejado su fardo y las molestias que implicaba, se encuentra en plena disposición de ver el espectáculo.  Abordando la meditación con una mente relajada y abierta podemos entregarnos plenamente y sin dificultad al objeto de la meditación, ya que nuestra mente está ocupada por un único requerimiento.

La piedra angular de toda meditación es saber situar así la mente.  Se dice en un texto: Relajación buena, meditación buena

          Relajación regular, meditación regular

          Relajación mala, meditación mala

¿Qué grado de relajación será la medida justa?  Es cierto que una exagerada relajación inclina la mente a la distracción y a la dispersión.  Sin caer en ese extremo, hay que ejercitarse para encontrar un punto máximo de relajación.  Abandonar toda vigilancia significaría sumergirse en la confusión; hay que guardar pues la vigilancia, pero con la menor tensión posible.

Algunas personas, cuando meditan, se esfuerzan por bloquear todos los pensamientos, luchando para que sólo el objeto de meditación ocupe su mente.  Otros se instalan en una especie de ausencia de consciencia, una profunda oscuridad, no inteligente.  Son dos actitudes contrarias a la meditación.

La pacificación mental requiere tanta lucidez como sea posible, junto con un profundo sentimiento de libertad.  Cuando, durante el día, contemplamos el mar, a través del agua clara vemos las piedras y las algas del fondo. Nuestra meditación debe poseer esta misma cualidad clara que nos permite ser plenamente conscientes de la situación. 

De noche, por el contrario, la superficie del mar es una masa oscura y opaca que no deja penetrar la vista, igual que la mente embotada y opaca que, a pesar de tener una apariencia de estabilidad, impide de hecho la meditación.

Diferencia entre shiné  y laktong

La pacificación mental calma y estabiliza la mente, pero no se reconoce la verdadera naturaleza de la mente.  No comprendemos lo que es, y las preguntas básicas siguen sin respuesta, a no ser a título de hipótesis intelectual.

La visión superior, producto de la meditación vipáshyana, llamada también meditación analítica, va más lejos. Habiendo sido apaciguada la mente, ésta misma reconoce su esencia sin dejar lugar a dudas, conduce a una experiencia directa y evidente. Puesto que se trata de un grado de comprensión superior a la simple calma de la mente, se le llama visión superior.

Tanto la pacificación mental como la visión superior tienen por objeto la mente.  Lo que se ve, la mente, es idéntico, pero el tipo de visión es diferente.  La luna se refleja en la noche sobre la superficie de un recipiente lleno de agua.  Cuando el recipiente se agita, no se puede percibir la forma de la luna sino una luminosidad confusa.  Cuando se deja reposar el recipiente, la superficie del agua permanece lisa y en calma. 

Esta fase corresponde a la pacificación mental mediante la cual la mente se desprende de la agitación de los pensamientos. Una vez que el agua está perfectamente en calma, se puede ver en ella lo que se refleja y se puede reconocer su forma tal y como realmente es.  Igualmente, habiendo sido apaciguada la mente por el ejercicio de la pacificación mental, la visión superior es la que permite después reconocer su naturaleza.

Una práctica de laktong

Adoptemos en primer lugar la postura corporal correcta, sin tensión.  Después dejemos nuestra mente en un estado de Shámata abierto y relajado.  Tendremos así una experiencia de calma mezclada con un sentimiento de gozo.  Busquemos entonces dónde reside esta mente en calma.  ¿Está en nuestra cabeza, en un lugar determinado de nuestro cuerpo, o más bien en todo nuestro cuerpo?  ¿En nuestro corazón?  ¿En el cerebro?  ¿Cuál es la esencia de esta mente en calma?  ¿Dónde reside?  Examinemos esto muy atentamente.

Sesión de meditación de 10 minutos

Un examen así nos conduce, por lo infructuoso de la investigación, a descubrir por experiencia  propia la no-localización de la mente en calma. 

La busquemos donde la busquemos, no está en ninguna parte.  Dejemos ahora el examen y volvamos a hacer Shámata como lo hicimos anteriormente.

Sesión de meditación de 10 minutos

La investigación no nos ha permitido descubrir la mente donde quiera que esté.  Dejando de nuevo nuestra mente en calma, tenemos el sentimiento de que existe una mente en calma; una sensación de bienaventuranza, de paz, de algo que existe: un sentimiento de ser. Mientras que no procedemos a un examen, experimentamos la existencia de esta mente en calma. 

Cuando a continuación miramos la esencia misma de esta calma, no podemos de ninguna manera decir: “es esto” o “es aquello”.  Nos encontramos con una total incapacidad para describir cualquier cosa que sea, porque somos incapaces de encontrar algo a lo que llamar la mente en calma. 

Si entre tanto llegamos a la conclusión de que la mente en calma no existe en absoluto, estaremos en contradicción con ese sentimiento de ser que experimentamos al dejar reposar nuestra mente.  Así llegamos al descubrimiento de una forma de ser inexpresable; reconocerlo y tener directamente la experiencia es lo que llamamos vipáshyana, la visión superior.

A primera vista y para una persona no informada previamente, el método que acaba de ser expuesto y las conclusiones a que conduce, pueden parecer completamente simplistas y una manera de dar muchas vueltas para llega a una perogrullada.  Seamos conscientes o no, la experiencia que tenemos de nuestra mente es sin embargo extremadamente localizada y codificada. 

El camino que se explica aquí, cuando se sigue sin prejuicios, con perseverancia y siguiendo las explicaciones de un instructor cualificado, tiene como fin disolver progresivamente la cristalización ilusoria en la que estamos atrapados.  Esta misma advertencia es válida para el próximo ejercicio.

Este reconocimiento ahora sólo es posible a través de la alternancia de la calma y la investigación. Cuando se alcanza un cierto grado de meditación, estos dos estados ya no están separados y el ejercicio de alternaros resulta superfluo.  Llegar a esta inseparabilidad de la mente en calma y la mente que medita es la visión superior propiamente dicha.  No obstante, hacerlo alternativamente es ya un primer acercamiento.  Ahora todos podemos ver la fotografía del Karmapa al frente. Vamos a mirarla bien, después haremos nacer en nuestra mente el pensamiento de la fotografía del Karmapa, es decir, su imagen.

Sesión de meditación de 10 minutos

Ahora el pensamiento de la foto del Karmapa está presente en nuestra mente. ¿De dónde ha surgido?  ¿De qué lugar ha venido?  ¿Cuál es su origen?

Sesión de meditación de 10 minutos

Examinando el origen de este pensamiento, no podemos decir que haya venido del exterior, tampoco podemos descubrir su origen en el interior de nuestro organismo físico.  El pensamiento de la foto del Karmapa no se ha introducido en absoluto en nuestra mente como lo haría una persona que, viniendo del exterior, entra en una habitación.  Está aquí sin haber venido de ninguna parte.

Sesión de meditación de 10 minutos

Somos incapaces de encontrar un origen a este pensamiento.  Cuando ahora, el pensamiento de la fotografía del Karmapa está presente en nuestra mente ¿Dónde permanece? ¿Aquí? ¿Allí? ¿En el exterior de nuestro cuerpo, o más bien en el interior?  Vamos a examinarlo atentamente.  Cuando una persona entra en una habitación, llega del exterior, traspasa el umbral y permanece en un lugar limitado y concreto, la habitación.  ¿Podemos, de la misma manera, señalar un lugar limitado y concreto donde permanece el pensamiento?

Sesión de meditación de 10 minutos

¿Cuál es la forma, no de la imagen percibida mentalmente, sino del propio pensamiento?  ¿Cuál es su forma, su tamaño? ¿Podemos verlo? Nuestra investigación desemboca, una vez más, en nada.  Miremos ahora estas flores atentamente.

Sesión de meditación de 10 minutos

¿Sigue en nuestra mente el pensamiento de la fotografía del Karmapa después de habernos ocupado de mirar las flores? En el momento en que el pensamiento de la fotografía del Karmapa ha desaparecido ¿Cómo se ha marchado? ¿Igual que se sale de una habitación?

Sesión de meditación de 10 minutos

¿De dónde ha venido el pensamiento de las flores? 

Miremos ahora esta estatua del Buda.  ¿Seguimos teniendo el pensamiento de las flores? ¿Dónde se ha ido?

Sesión de meditación de 10 minutos

Investigando de dónde venía el pensamiento, no hemos podido encontrar su lugar de origen.  Escrutando su localización una vez presente, tampoco le hemos podido atrapar, ni cuando ha cesado hemos podido descubrir el lugar a dónde se ha ido. 

Los pensamientos no vienen de ninguna parte, no permanecen en ninguna parte, no van a ninguna parte. 

No tienen, por sí mismos, ninguna existencia.

El tigre de peluche

Cuando no conocemos la naturaleza de la mente, vivimos en la convicción de que los pensamientos existen realmente.  Al tomarlos como reales, se convierten en causa de sufrimiento.  Se puede ver a personas hasta tal punto atormentadas por un pensamiento que dejan de comer y se quedan pálidas y demacradas, con los ojos hundidos y sin expresión.

Estas repercusiones físicas ilustran bien la fuerza de los pensamientos que son tomados como reales.  Nos inventamos, como hacen los niños, animales de peluche que, a veces, se parecen muchísimo a los auténticos.  Los tigres, los leones, los leopardos enseñan unos amenazadores colmillos en sus abiertas fauces y clavan en sus víctimas su terrible mirada. Un niño pequeñito puede tener miedo de su tigre de peluche, creyéndose en presencia de una verdadera amenaza. Su equívoco es la única causa de su sufrimiento. 

Donde no hay un tigre, él cree que lo hay.  Por el contrario, el mismo niñito estará muy contento con un caballo de peluche; al darle una existencia real le investirá de la amabilidad y dulzura de un auténtico caballo.  Al no reconocer la naturaleza de nuestros pensamientos, nos comportamos como este niñito: tomamos como real lo que no es y, por eso, experimentamos sufrimientos y alegrías.

El meditador que, por el contrario, realiza el mahamudra, es decir, reconoce la verdadera naturaleza de su mente, es comparable a un adulto que no se confundirá al ver una imitación de un tigre o un caballo.  “Está bien hecho –pensará el adulto- parece un tigre, parece un caballo”. 

Pero él no se equivoca sobre la realidad del objeto, y, por lo tanto, nada le hace reaccionar como lo haría en presencia de un verdadero tigre o un verdadero caballo. Está libre de los miedos y las alegrías que causaría la situación efectiva.  De la misma manera, para quien ha realizado el mahamudra, los pensamientos, cuyo carácter irreal ha sido desenmascarado, ya no dan lugar a complicaciones emocionales: no engendran ni sufrimientos ni alegrías.

Esto no significa en absoluto que la mente permanezca entonces en una especie de indiferencia permanente, fría y aburrida. 

La mente saborea, por el contrario, su propia felicidad que no tiene comparación con las alegrías ordinarias hasta el punto de que se la considera más allá de los conceptos de felicidad y de no felicidad. 

La mente de un ser liberado está, no sólo más allá del sufrimiento, sino que es por naturaleza y de manera inalterable, paz, lucidez, inteligencia, gozo, amor y poder, y está infinitamente más vivo de lo que nosotros lo estamos.

En nuestra mente aparecen toda clase de pensamientos y de imágenes, pero no tienen existencia real.  Laktong reconoce simultáneamente las manifestaciones mentales y su ausencia de existencia real. 

No se trata en absoluto de borrar la manifestación, ni de negar la facultad creadora de la mente sino de ver su carácter desprovisto de existencia propia  Un falso tigre no lo parece menos por tener una forma: es el aspecto manifestación.  Saber, por otra parte, que no es real, corresponde al aspecto vacuidad.

La visión superior reconoce al mismo tiempo la forma del tigre y su irrealidad, la unión de la manifestación y la vacuidad.

Palabras del Buda

“Forma es vacuidad, vacuidad es forma”

“Forma no es otra cosa que vacuidad, vacuidad no es otra cosa que forma”.