La resistencia como punto de partida

Chogyam Trungpa Rimpoché

Traducción y edición: María Mercedes Márquez

Agosto, 2007

Con respecto a la experiencia de darse cuenta o de la conciencia despierta, estaría bien examinar la relación entre apertura mental y disciplina para entender si hay quizás una diferencia entre ambas y si existe tal vez una mutua colaboración.  La expresión <apertura mental> se refiere a esa sensación de abrirse que se produce cuando dejamos que el darse cuenta auto-existente surja en nosotros. El darse cuenta no es algo que tengamos que fabricar, basta que haya una brecha para que entre.  Por ende, no exige un esfuerzo determinado; en este caso, el esfuerzo es innecesario.  El darse cuenta es como el viento: si uno abre puertas y ventanas, no puede sino entrar.

En cuanto a la disciplina, por otro lado, a veces tenemos problemas y no estamos seguros de que la experiencia del darse cuenta sea algo deseable.  Nos sentimos un tanto incómodos en el estado de conciencia despierta porque no nos permite entregarnos a nuestra neurosis habitual.  Ésta se nos presenta como algo más placentero, o por lo menos nos mantiene ocupados, mientras que el darse cuenta o estado de conciencia despierta, produce cierta sensación de alienación porque nos parece que somos incapaces de seguir con el ego y sus traumas.  Por eso, a menudo sentimos un rechazo natural frente a la posibilidad de alcanzar la realización e incluso frente a la idea misma de realización.

Al principio, después de una experiencia de darse cuenta, uno siempre se siente incómodo, y a veces hasta exageradamente incómodo; aparta deliberadamente de sí no sólo el potencial de realización, sino también la sensación de miedo que éste le provoca y que uno preferiría no tener que examinar de cerca. 

Podríamos llamar a este esfuerzo <conciencia de sí> o <espíritu religioso>, o cualquier otro nombre que se nos ocurra.  Sin embargo, en el fondo, se reduce a esa indecisión que he descrito, a no querer abrirse al darse cuenta. 

Estamos ante un bloqueo psicológico bien claro con su consabida historia clínica, como quien dice.  Lo que pasa es que nuestro deseo de neurosis es superior a nuestro deseo de cordura. 

A pesar de todo, cuando la neurosis y la insensatez nos han carcomido por completo y la situación se ha vuelto crítica, surge el deseo superficial de emprender un largo viaje en busca de la cordura fundamental, el deseo de encontrar a un maestro y de leer libros acerca del camino espiritual.  Pero entonces basta que comencemos a hacerlo, a poner en práctica las enseñanzas, para que vuelva a surgir la misma resistencia.  Así sucede siempre.  Es una barrera psicológica que todos tenemos.

Es posible, por ejemplo, que nos comportemos como un escolar travieso y busquemos todo tipo de excusas para no tener que sentarnos a meditar.  Inventamos un pretexto tras otro para evadir la práctica: <Tengo que atarme los cordones de los zapatos, y esto me lleva tiempo.  Sé que tarde o temprano tendré que ir a sentarme a meditar, pero por ahora atémonos tranquilamente los cordones>.  Y luego:<Ahora tengo que llamar por teléfono, sólo un ratico>.  Todos esos pequeños rodeos nacen de una forma particular de neurosis que se niega a ceder ante la posibilidad de experimentar el darse cuenta.  Esos son los obstáculos naturales del abrirse.

La disciplina permite vencer esa resistencia.  Pero, en lugar de considerarla como un problema serio o el fruto de un trauma profundo, uno simplemente la usa como punto de partida, como un puente hacia el estado de conciencia despierta.  De ese modo, la resistencia deja de ser un obstáculo y se transforma en una ayuda, un aviso.  Lo importante es tener una actitud realista e ir al grano.

Como ya se ha explicado en numerosas ocasiones, el abrirse y el darse cuenta corresponden a un estado en el que uno no añade nada, sino simplemente es.  Existe el malentendido, sobre todo con respecto a la vipáshyana, de creer que el darse cuenta se consigue mediante un esfuerzo enorme, como si uno quisiera transformarse en un animal raro y exótico.  Uno se dice: <Ahora que se sabe que practico meditación, deberé actuar de manera especial; así me transformaré en una meditador de verdad>. Es una actitud equivocada.  No hay que obstinarse en permanecer en el estado meditativo, el estado de conciencia despierta; uno no debe tratar de aferrarse a él a toda costa. 

Podríamos decir que el darse cuenta es un estado de distracción, o ausencia mental, en la acepción positiva y creativa del término. *

*Aquí el autor juega nuevamente con las palabras, pues a expresión inglesa absent-mindedness, <distracción> significa textualmente <ausencia mental>.  Eso le permite contraponerla al término mindfulness, que, como ya hemos visto, se refiere al acto de prestar atención, de estar plenamente, pero que se podría parafrasear como <plenitud mental>.

La idea es que cuando no hay una mente que pudiese estar distraída o ausente, entonces la energía puede entrar y uno actúa con exactitud, precisión y atención… a la vez que uno está ausente o ido.  Tal vez podríamos usar el término distracción en un sentido positivo y no en el sentido convencional de alguien que se olvida de las cosas y está siempre en la luna.  Según esta acepción, cada vez que el darse cuenta genera un mensaje, uno ya lo ha captado.  Es un estado de distracción y atención simultáneas.

La distracción, en este caso, es lo que genera el telón de fondo o lo evoca, mientras que la atención es lo que ocupa el escenario.  Eso hace que uno esté ahí, y al mismo tiempo que no esté.  Y uno puede cumplir con sus obligaciones cotidianas, trabajar con sus circunstancias, relacionarse con los demás, entablar una conversación, etc.  Todo eso se puede hacer con atención, siempre que el telón de fondo sea la distracción, o ausencia mental. Eso es muy importante.

Vista así, la atención, el estar plenamente, deja de ser un problema, una lata, una cosa tremenda.  En realidad, no requiere ningún esfuerzo.  Todo consiste en cambiar levemente de actitud.  En primer lugar, uno debe estar dispuesto a estar atento, a estar plenamente.  Tiene que comprometerse.  En cierto sentido, tiene que prometer que está dispuesto a estar atento y a darse cuenta.  Es como decirse: <Este es el trabajo que haré hoy y el resto de mi vida.  Estoy dispuesto a darme cuenta, estoy dispuesto a prestar atención>.  Si se empieza con una convicción así de fuerte y real, no habrá ningún problema; de surgir alguno, sería por frivolidad, por intentar borrar el recuerdo del compromiso de prestar atención.

Cuando uno decide comprometerse, el compromiso trae automáticamente un estado de distracción, de ausencia mental, y eso hace que uno esté siempre atento, plenamente presente.  Es, por lo tanto, una cuestión de compromiso, que también se llama disciplina. Uno podría preguntar: < ¿De qué tipo de compromiso estamos hablando? ¿Se supone que debo firmar un contrato? ¿Afiliarme a un club?>.  Por lo general, nada de eso funciona. 

Cuando uno ingresa a un club, se acabó el trabajo.  Uno sabe que su nombre está en la lista de socios, que recibirá información por correo y que ellos harán todo el trabajo.  Uno no tiene nada más que hacer.  Y si se aburre, va al club y participa en sus actividades, sus pequeñas ceremonias, cenas y celebraciones, lo que tengan, feliz de pertenecer a un club privado.  Quizás le haya regalado un certificado con el nombre del club, o con el título especial o algo así.  Queda bien colgado en la pared, pero en realidad no sirve de nada.  No es más que un cartón.  Fue una ceremonia más en la vida de uno.  Ya pasó.  No significa nada.

Entonces, si no se trata de pertenecer a un club, ¿de qué tipo de compromiso estamos hablando?  Es un compromiso real que exige que vivamos continuamente de una manera especial.  ¿Y cuál es esa manera especial de vivir?  No es más que un recuerdo, pero es un recuerdo vivo y no un recuerdo muerto, el recuerdo de que uno prometió que iba a ser una persona despierta, que trabajaría desarrollando el darse cuenta durante su vida.  Es ese recuerdo.  Y cuando uno lo tiene, ese recuerdo no está muerto.  Es realmente un recuerdo vivo, algo concreto en la vida de uno.

Tener un recuerdo así forma parte del presente, es actual. Gracias a ese recuerdo se puede producir la ausencia mental, y gracias a ella uno puede aprender a estar atento, a estar plenamente.  Esa es la instrucción esencial para aprender a trabajar con la atención. No obstante, los malentendidos posibles son muchos.

A menudo la gente cree que debe hacer un esfuerzo especial por estar consciente de lo que hace, y termina caminando y sentándose de una manera forzada.  Anda como si tuviera un huevo crudo encima de la cabeza.  Su vida se convierte en algo muerto y rígido como un cadáver, pero muy solemne y llena de “sentido”.  No contiene el potencial de la realización; es algo totalmente muerto.  Es cierto que encierra cierta honestidad y cierto orgullo, pero por alguna razón la presencia de esas cualidades no aporta ninguna alegría. Es un problema típico en el trabajo con el darse cuenta.

Cuando hablamos del proceso de cultivar la atención y el darse cuenta, nos referimos a practicar una tradición viva y no a renovar una cultura antigua, una cultura caduca.  Esta es una tradición viva que han practicado millones de personas durante más de dos mil quinientos años, que sigue siendo actual y podemos practicarla de la misma forma que aquellos que nos precedieron. Es una experiencia muy personal, tan personal que de verdad podemos trabajar con ella.  Esa parece ser entonces la manera más simple de llevar a cabo nuestro aprendizaje básico del darse cuenta, por llamarlo así. 

Ahora quisiera insistir en la importancia del darse cuenta en la post-meditación.  Podríamos afirmar que ése es el corazón de la práctica de meditación budista, junto con la práctica de meditación sentada propiamente dicha. Si estamos empezando a interesarnos en la práctica de la meditación, lo principal es comprometernos con la práctica.  Eso hace que la sintamos como algo real.  La práctica deja de ser un mito.

Es una experiencia real, y cuando forma parte de nuestra vida diaria, podemos usarla como un recordatorio, un medio para ver nuestros pensamientos más densos, las llamadas emociones  Podemos crear un mundo completamente inédito, nuevo y viejo a la vez, el mundo de la vida meditativa. Eso produce muchísima alegría. 

No es una alegría frívola, sino la sensación de estar conectados con la tierra: por fin dejamos de engañar a todo el mundo, incluso a nosotros mismos.  Aquí hay algo muy fundamental, con una base muy sólida.  Hay una disciplina real y ya no tenemos que hacer malabarismos para divertirnos ni para levantarnos el ánimo. 

Creo que podríamos describir esta experiencia concreta como el nacimiento de la cordura fundamental, que poco a poco se va haciendo presente. Nuestra vida contiene ahora disciplina y la disciplina nos hace recordar el darse cuenta y el darse cuenta también nos hace recordar la disciplina. Eso genera un proceso continuo.

Con la ayuda de un maestro, con la ayuda de las compañeras y compañeros de la sangha, y con la ayuda del ejemplo de los principales maestros del linaje, nuestra vida se vuelve muy plena, y a la vez que contiene plenitud, también contiene espacio.  La idea central aquí es que cuando cultivamos la conciencia despierta y alcanzamos a vislumbrarla, ese vislumbre de conciencia despierta o darse cuenta corta con la cadena de reacciones kármicas que reproducen las deudas kármicas. 

El darse cuenta crea una pequeña brecha que siembra el caos en la productividad de la cadena de reacciones kármicas, y al cortar las reacciones kármicas en cadena, disminuye la consecuente proliferación de karma egocéntrico.  La lógica subyacente es que la práctica del darse cuenta es el medio para detener o transmutar el samsara.

No se puede detener el samsara de inmediato, porque es el samsara mismo el que genera el deseo de alcanzar la liberación.  Sin la experiencia del samsara, jamás nos plantearíamos la necesidad de trabajar para alcanzar la liberación; son los conflictos del samsara los que nos llevan a hacerlo.  Por consiguiente, no hay por qué arrepentirse del samsara.

Con todo, debemos comprender que la práctica del darse cuenta no representa la esperanza final ni la salvación absoluta en un sentido evangélico.  Pero sí es real, y es un paso muy honesto y decidido en nuestro compromiso con la práctica de la meditación. 

No es algo especialmente llamativo; es algo que hacen más o menos fielmente todos los que siguen el camino espiritual.  De no ser así, no podrían estar en el camino espiritual.  Por otra parte, también es algo bastante refinado. 

Gracias a esta práctica, alcanzamos un alto grado de entrenamiento en el conocimiento trascendente o prajña.  Es un proceso educativo. Poco a poco aprendemos a mirar las cosas, a mirarlo todo y a mirar en todas las direcciones, usando un punto de referencia diferente al de la dualidad. 

Somos capaces de ver las cosas con gran claridad, con mucha precisión y tal vez, también con una gota de alegría, aunque no es necesario que sea una alegría tremendamente expansiva.  No sentimos necesariamente placer, pero sí tenemos en todo momento una sensación de alegría, de liviandad, y al mismo tiempo de plenitud.