CUANDO LAS COSAS SE DESBARATAN

 

Cuando todo se Derrumba

Pema Chodron

Traducción y edición: María Mercedes Márquez

Caracas, 2012

 

Gampo Abbey era un lugar al que siempre había querido ir. Mi maestro, Trungpa Rimpoché, me pidió ser la directora de la abadía, así que finalmente me encontré a mí misma estando allí.  Aquello era una invitación a probar mi amor por un buen reto, pero los primeros años fueron como ser hervida estando viva. 

Lo que sucedió cuando llegué a la abadía fue que todas las cosas se derrumbaron;  todas las formas en las que yo me protegía a mí misma, todas las formas en las que me engañaba a mí misma, todas las formas en las que mantenía mi bien pulida auto-imagen, todo ello se desbarató.  Sin importar cuan duro trataba, simplemente no podía manipular la situación, mi estilo estaba volviendo locos a todos y yo no lograba encontrar ningún sitio donde esconderme.

Siempre había pensado acerca de mi misma como una persona flexible y servicial que le caía bien a casi todo el mundo; en cierta medida había podido mantener esta ilusión a lo largo de casi toda mi vida, pero durante los primeros años en la abadía descubrí que había estado viviendo en un cierto tipo de malentendido, que no era que yo no tuviera buenas cualidades, sino que simplemente yo no era ¡la niña dorada más fabulosa que existía!

Había invertido tanto en esa imagen de mí misma…pero ahora simplemente ya no se estaba manteniendo porque todos mis asuntos inconclusos eran expuestos vívidamente y con mucha precisión en full Technicolor y no sólo a mí misma sino a los demás también. Todo aquello que yo no había podido ver acerca de mí misma antes, ahora era repentinamente dramatizado, y como si eso no fuera suficiente, los demás eran libres para comunicar sus apreciaciones respecto a mí y lo que yo estaba haciendo.  

Era todo tan doloroso que me preguntaba a mí misma si volvería a ser feliz de nuevo.  Sentía que arrojaban bombas sobre mí casi todo el tiempo, y que a mí alrededor explotaban puras decepciones. 

Ahora bien, en un lugar donde se estaba dando tanta práctica y estudio continuamente, yo no podía perderme en tratar de justificarme a mí misma y culpabilizar a los demás;  ese tipo de escape no estaba a la disposición.

Durante esa época recibimos la visita de una maestra y la recuerdo diciéndome: “Cuando  te hayas vuelto buena amiga de ti misma, tu situación se tornará también mucho más amigable”. 

Tiempo antes yo había aprendido esa lección y sabía que era el único camino, también acostumbraba mantener pegado a la pared de mi habitación un aviso que decía: “Sólo en la medida en que nos exponemos a nosotros mismos una y otra vez a la disolución, es que podemos encontrar en nosotros aquello que es indestructible”.

En cierta forma, aún antes de escuchar las enseñanzas budistas yo sabía que éste era el espíritu del verdadero despertar.  Se trataba de abandonarlo todo. Sin embargo, cuando el fondo se derrumba y no podemos encontrar nada a que aferrarnos, eso duele bastante.  Es como el dicho del Instituto Naropa: “El amor por la verdad te coloca en el mero sitio”.

Nosotros podremos tener una cierta romántica visión de lo que eso significa, pero cuando estamos con las uñas clavadas en la verdad, sufrimos.  Nos miramos en el espejo del baño y allí estamos con nuestras espinillas, con nuestro rostro que envejece, con nuestra falta de gentileza, con nuestra agresividad y timidez…con todo eso. Aquí es donde entra la ternura. 

Cuando las cosas están movedizas y nada funciona puede que nosotros nos demos cuenta de que estamos en el borde de algo. Pudiésemos realizar que éste es un lugar muy vulnerable y tierno y también que la ternura puede ir hacia un lado y hacia otro.  Podemos cerrarnos y sentirnos resentidos o podemos entrar en contacto con ese cierto tipo de movimiento irregular. 

Hay definitivamente algo tierno y en movimiento en el sentirnos fuera de base.  Es un cierto tipo de prueba, el tipo de prueba que necesitan los guerreros espirituales a fin de despertar sus corazones. Algunas veces es debido a la enfermedad o a la muerte que nos encontramos a nosotros mismos en este lugar.  Experimentamos un sentimiento de pérdida, pérdida de nuestros seres amados, pérdida de nuestra juventud, pérdida de nuestra vida.

Tengo un amigo que está muriendo de SIDA.  Estuvimos hablando antes de que yo saliera de viaje y me dijo: “Yo no quise esto, lo odiaba y me aterraba, pero ha sucedido que esta enfermedad ha sido mi mayor regalo. 

Ahora, cada momento me es tan preciado, todos los seres en mi vida me son tan preciados.  Toda mi vida significa tanto para mi”.  Algo había realmente cambiado y el se sentía listo para su muerte. 

Algo que había percibido como aterrador y horrible se había convertido en un regalo. El que las cosas se encuentren desbaratándose es un cierto tipo de prueba y también un cierto tipo de sanación.

Nosotros pensamos que el punto está en pasar la prueba o superar el problema, pero la verdad es que las cosas no quedan del todo resueltas.  Llegan juntas y se separan de nuevo, luego vuelven a venir todas juntas y nuevamente vuelven a separarse.  Así es. 

La sanación viene de permitir que haya espacio para que todo eso suceda: espacio para el dolor, espacio para el alivio, espacio para la miseria, espacio para la alegría.

Cuando pensamos que algo nos va a traer alegría, no sabemos realmente qué es lo que va a suceder. Cuando pensamos que algo nos va a causar miseria, tampoco lo sabemos.  Permitir espacio para no saberlo es la cosa más importante de todas. Tratamos de hacer aquello que pensamos va a ayudar, pero no sabemos si lo va a hacer.  Nunca sabemos si vamos a caernos largo a largo o si vamos a poder sentarnos derechos.  Cuando se da una gran decepción, no sabemos si eso es el final de la historia, pudiese ser sólo el comienzo de una gran aventura.

Leí en algún sitio acerca de una familia que tenía un solo hijo.  Ellos eran muy pobres.  Este hijo era extremadamente preciado para ellos y lo único que importaba a esta familia era el hecho de que el pudiese traer algún tipo de apoyo económico y prestigio.  Luego cae de un caballo y queda lisiado.  Aquello pareció como el final de sus vidas. Dos semanas después llegó el ejército al poblado buscando todos los jóvenes saludables y fuertes para ir a luchar en la guerra y a este joven le fue permitido quedarse y ocuparse de su familia. La vida es así.  No sabemos nada.  Llamamos malo a algo, llamamos bueno a algo, pero en verdad simplemente no sabemos.

Cuando las cosas se derrumban y nos encontramos al borde de no sabemos qué cosa, la prueba para cada uno de nosotros es la de permanecer en ese instante y no concretizar. 

El camino espiritual no es acerca del cielo y finalmente llegar a un lugar que es realmente estupendo, de hecho, esa forma de ver las cosas es lo que nos mantiene miserables.  Pensar que podemos encontrar algún placer duradero y evitar el dolor es lo que en el budismo es llamado ‘samsara’, el ciclo sin esperanza que gira y gira eternamente y causa que nosotros suframos enormemente.

La primera verdad del Buda señala que el sufrimiento es inevitable para los seres humanos mientras vivamos creyendo que las cosas duran para siempre, que no se desintegran, que podemos contar con ellas para satisfacer nuestras ansias de seguridad. 

Desde este punto de vista, el único momento en el cual nosotros ‘realmente sabemos qué es lo que está sucediendo’ es cuando nos quitan la alfombra bajo los pies y no podemos encontrar ningún sitio donde caer. Nosotros utilizamos estas situaciones o bien para despertarnos o para adormecernos aún más.  Ahora mismo, en el mismísimo instante de la ausencia de base está la semilla del ocuparnos de aquellos que necesitan de nuestro cuidado y descubrir nuestra bondad fundamental.

Recuerdo vívidamente un día a comienzos de la primavera cuando toda mi realidad se volcó sobre mí.  Aún cuando eso fue antes de haber escuchado enseñanzas budistas, fue lo que podría llamarse una genuina experiencia espiritual.  Sucedió cuando mi esposo me dijo que estaba teniendo una relación amorosa con otra persona.

Nosotros vivíamos en Nuevo Méjico, yo estaba parada frente a nuestra casa de adobe tomando una taza de té cuando escuché un carro acercarse, que se cerraba una puerta, luego el se acercó y sin preaviso me dijo que estaba teniendo una relación amorosa con otra persona y que quería el divorcio. Recuerdo el cielo y lo inmenso que era.  Recuerdo el sonido del río y el vapor que subía del té.  No existía el tiempo, no había pensamientos, no había nada, tan sólo la luz y una profunda e ilimitada quietud.  Después me recuperé, tomé una piedra y se la lancé.

Cuando alguien me pregunta cómo fue que me involucré en el budismo, siempre digo que fue debido a la rabia que sentía hacia mi marido.  La verdad es que él salvó mi vida.  Cuando ese matrimonio se vino abajo yo traté duro, muy, muy duro de regresar a cierto tipo de confort, a cierto tipo de seguridad, de estabilidad, a cierto tipo de lugar familiar donde poder descansar.  Afortunadamente para mí, nunca se dio.  Instintivamente sabía que la aniquilación de mi dependiente y cómoda forma de ser era la única forma de seguir adelante.

La vida es una buena maestra y una buena amiga. Las cosas siempre están en transición.  ¡Si tan sólo pudiésemos darnos cuenta! Nada nunca permanece en la forma en la que nos gustaría soñarlo. La situación descentrada y, entre uno y otro estado, es una situación ideal, una situación el la cual nosotros no nos vemos atrapados y podemos abrir nuestras mentes y nuestros corazones más allá de cualquier límite.  Es un estado de cosas muy tierno donde no hay agresividad, un estado sin fronteras.

Poder permanecer con esa sacudida  –permanecer con un corazón deshecho, con un estómago encogido, con la sensación de desesperanza y deseando poder desquitarse-  es el camino de un verdadero despertar.  Lidiar con esa incertidumbre, logrando destellos de relajación en medio del caos, aprendiendo a no entrar en pánico, este es el camino espiritual.

Tener destellos de atraparnos a nosotros mismos, de atraparnos gentil y compasivamente, es el camino del guerrero.  Nos atrapamos a nosotros millones de veces cada vez que, una y otra vez, nos guste o no, caemos en el resentimiento, en la amargura, en la indignación, en cualquier forma en la que nos endurecemos, inclusive en una sensación de alivio, en una sensación de inspiración.

Cada día podríamos pensar acerca de la agresividad en el mundo, en New York, Los Angeles, Taiwán, Beirut, Colombia, en Iraq, en Caracas, todas partes.  Alrededor del mundo todos siempre le dan al enemigo y el dolor continúa y aumenta, continúa para siempre. Cada día podríamos reflexionar acerca de esto y preguntarnos ¿Es que acaso voy a sumar algo más a la ya existente agresividad en el mundo?  Cada día, en el momento en que las cosas se ponen difíciles, nosotros podemos simplemente preguntarnos ¿Es que acaso voy a practicar la paz o voy a ir a la guerra?

Que nuestra sincera motivación y esfuerzos

contribuyan a liberar de sufrimiento a todos los seres sin excepción alguna.