EL AMOR QUE NO MORIRÁ

El amor que no morirá

Pema Chodron

Traducción y edición: María Mercedes Márquez

Caracas, 2012

 

 

El padre de un niño de dos años contó que un día puso la televisión y de repente se encontró con la noticia de la bomba que estalló en un edificio de la ciudad de Oklahoma.  Observó a los bomberos llevarse los cuerpos tullidos y ensangrentados de los niños de la guardería que estaba en el primer piso. Dice que en el pasado había podido distanciarse del sufrimiento de los demás, pero desde que fue padre las cosas cambiaron.  Se sintió como si cada uno de aquellos niños fuera suyo.  Sintió el dolor de todos los padres como algo propio.

Esta conexión con el sufrimiento ajeno, esta incapacidad de mirarlo a distancia es el descubrimiento de nuestro punto delicado, el descubrimiento de la bodhichitta.  Bodhichitta es una palabra sánscrita que significa  <corazón noble o despierto>.  Se dice que está presente en todas las cosas.  Así como la mantequilla es inherente a la leche o el aceite es inherente a la aceituna, este lugar delicado es inherente a usted y a mí.

Stephen Levine describió el caso de una mujer que estaba muriendo con un dolor tremendo y sentía una amargura sobrecogedora.  En un momento que sentía que ya no podía soportar más el sufrimiento y el resentimiento, de repente empezó a experimentar el dolor de otras personas que estaban en agonía: una madre que se moría de hambre en Etiopía, un adolescente escapado de casa que se moría de sobredosis en un piso mugriento, un hombre aplastado por un corrimiento de tierra muriendo en soledad a la orilla de un río.  Ella decía que entendía que no era su dolor, sino el dolor de todos los seres.  No era sólo su vida, era la vida misma.

Despertamos la bodhichitta, la ternura por la vida, cuando ya no podemos escudarnos de la vulnerabilidad de nuestra condición, de la fragilidad básica de la existencia.  En palabras del XVI Karmapa: <Te lo metes todo dentro.  Dejas que el dolor del mundo toque tu corazón y lo conviertes en compasión> Se dice que, en los momentos más difíciles, lo único que cura es la bodhichitta. 

Cuando la inspiración se oculta, cuando estamos a punto de rendirnos, en ese momento podemos encontrar la curación en la ternura del dolor mismo.  Es el momento de tocar el corazón genuino de bodhichitta.  En medio de la soledad, del miedo, en medio de la incomprensión y el rechazo, está el latido del corazón de todas las cosas, el auténtico corazón de la tristeza.

Así como una joya enterrada durante millones de años no pierde su color ni sufre daño alguno, a este noble corazón tampoco le afectan todos nuestros gritos y pataleos.  La joya puede volver a salir a la luz en cualquier momento y brillará tanto como si nada hubiera ocurrido.  Por muy entregados que estemos a la maldad, al egoísmo o a la avaricia, el auténtico corazón de la bodhichitta no puede perderse. 

Está aquí, en todo lo que vive, inmaculado y absolutamente entero. Pensamos que protegiéndonos del sufrimiento estamos siendo buenos con nosotros mismos, pero la verdad es que sólo nos hacemos más temerosos, más duros y más alienados. Nos experimentamos como seres separados de la totalidad y esa separación se convierte en una prisión para nosotros, una prisión que nos restringe a nuestras esperanzas y miedos personales y a cuidar únicamente de la gente más cercana a nosotros. 

Y, curiosamente, si nos dedicamos fundamentalmente a defendernos de la incomodidad, sufrimos.  Sin embargo, cuando no nos cerramos y dejamos que se nos parta el corazón, descubrimos nuestro parentesco con todos los seres.

Su Santidad el Dalai Lama describe a dos tipos de personas egoístas:  los sabios y los que no lo son.  Los egoístas no sabios son los que sólo piensan en sí mismos: el resultado es que sólo obtienen dolor y confusión.  Los egoístas sabios saben que lo mejor que pueden hacer por sí mismos es estar disponibles a los demás, con lo que cosechan alegrías. 

Cuando vemos a una mujer con su niño mendigando por la calle, a un hombre pegando a su perro sin piedad, a un adolescente al que han dado una paliza o vemos el miedo en los ojos de los niños, ¿miramos hacia otro lado porque no podemos soportarlo?

La mayoría de nosotros sí que podemos, pero alguien tiene que animarnos a no barrer a un lado lo que estamos sintiendo, a no sentir vergüenza del amor y de la pena que surge en nosotros, a no tener miedo del dolor. 

Alguien tiene que animarnos a despertar ese lugar blando en nosotros porque cuando despierte, cambiará nuestras vidas.

La práctica de tonglen  -tomar y enviar-  está diseñada para despertar la bodhichitta, para ponernos en contacto con el auténtico corazón noble.  Es una práctica de tomar sobre nosotros el dolor y enviar placer, por lo que invierte completamente nuestro arraigado hábito de hacer exactamente lo contrario. 

Tonglen es una práctica que crea espacio, que ventila el aire de nuestras vidas para que la gente pueda respirar libremente y relajarse.  Cuando nos encontramos con cualquier tipo de sufrimiento, la instrucción tonglen nos dice que debemos inspirarlo con el deseo de que todo el mundo se libere del dolor. Cuando nos encontramos con cualquier tipo de felicidad, la instrucción es expirarla, enviarla  hacia fuera con el deseo de que todo el mundo pueda sentir alegría.  Es una práctica que permite a la gente sentirse menos cargada y menos tensa, una práctica que nos enseña a amar incondicionalmente.

Bo y Sita Lozoff han estado ayudando a personas que están en prisión durante más de veinte años.  Enseñan meditación, dan conferencias y editan un boletín con consejos espirituales muy apegados a la realidad e inspirados.  Cada día su apartado de correos se llena de cartas de gente que espera su respuesta y cada día responden todas las cartas que pueden.  Sita me dijo que a veces las cartas están tan llenas de desgracias y miseria, que se siente agobiada. 

A continuación, sin haber oído nunca hablar de tonglen, empezó de manera natural a inspirar el dolor de las cartas y a enviarles alivio. Muchas personas que están muriendo de SIDA han empezado a hacer tonglen.  Inspiran por todos los demás que están en el mismo barco, inspiran el sufrimiento de millones de hombres, mujeres y niños que tienen SIDA. Expiran bienestar y bondad. 

Como dijo un hombre: <No me hace daño y me hace sentir que mi dolor no es en vano, que no estoy solo ni soy un inútil.  Hace que todo esto merezca la pena>. Si nos protegemos para no sentir dolor, la protección se convierte en una especie de armadura que aprisiona la delicadeza de nuestro corazón.  Hacemos todo lo que se nos ocurre para no sentirnos amenazados.  Tratamos de prolongar las buenas sensaciones que sentimos hacia nosotros mismos.  Cuando miramos fotos de las revistas en las que aparece gente divirtiéndose en la playa, muchos de nosotros deseamos seriamente que la vida pudiera ser así de buena.

Cuando inspiramos el dolor, de alguna manera penetra en nuestra armadura.  En realidad, nuestra mejor forma de protegernos es suavizarnos.  Esta armadura pesada, ruidosa y oxidada quizás no sea tan monolítica después de todo.  Con la inspiración la armadura empieza a caerse a pedazos y descubrimos que podemos respirar profundamente y relajarnos.  Comienzan a emerger la ternura y la bondad. 

Ya no tenemos que tensarnos como si estuviéramos toda la vida en el sillón del dentista. Al expirar alivio y amplitud, también favorecemos la disolución de la armadura.  La expiración es una metáfora que expresa la apertura de todo nuestro ser.  Cuando tenemos algo precioso, en lugar de aferrarnos a ello estrechamente, podemos abrir las manos y compartirlo, podemos regalarlo todo, podemos compartir la riqueza de nuestra indescifrable experiencia humana.

Así, un hombre que sufrió abusos sexuales de niño empieza a recordar plenamente lo sucedido.  Sin saber muy bien de dónde le viene la inspiración, empieza a inspirar todo el dolor de ese niño desvalido y aterrorizado, y a continuación inspira el dolor de todos los niños en todas partes, de niños que apenas sobreviven debido a la falta de atenciones, a los abusos, a las enfermedades y a la guerra.  De repente descubre la bodhichitta.

Siempre podemos descubrir el corazón despierto, no es algo que requiera una preparación especial ni por lo que haya que luchar. En los momentos de vulnerabilidad, cuando aún no tenemos una estrategia formada y dudamos de qué camino tomar, la bodhichitta siempre está presente.  Se manifiesta como apertura básica, a la que los budistas llamamos shunyata.  Se manifiesta como ternura básica, como calidez compasiva.  Cuando nos movemos como si esperásemos ser atacados, la bloqueamos.  La bodhichitta emerge cuando liberamos la tensión entre esto y aquello, la lucha entre nosotros y ellos.

A nivel relativo, sentimos nuestro noble corazón como emparentado y conectado con todos los seres.  A nivel absoluto, lo experimentamos como espacio abierto o ausencia de lugar en que apoyarnos. 

Como la bodhichitta no nos proporciona ningún suelo bajo los pies, corta con nuestros conceptos e ideales.  No podemos convertirla en un proyecto de ser <buenas personas> o de ser el sujeto con el que siempre se puede contar para todo.  Es mucho más incierta que todo eso. 

La bodhichitta despierta la ternura, por eso no podemos utilizarla para tomar distancia.  Tampoco podemos reducirla a una abstracción sobre la vacuidad esencial del dolor, no podemos evadirnos diciendo: <No está ocurriendo nada y no hay nada que hacer>. Lo relativo y lo absoluto trabajan en conjunto para conectarnos con el amor ilimitado.  Compasión y shunyata son las cualidades del amor que no morirá.  Cuando experimentamos el lugar delicado de bodhichitta es como volver a casa, es como si hubiéramos tenido amnesia durante mucho tiempo y volviéramos a recordar quiénes somos en realidad.

El poeta Julaluddin Rumi escribe sobre los viajeros nocturnos que buscan la oscuridad en lugar de huir de ella, que buscan la compañía de personas dispuestas a conocer sus propios miedos.  Los viajeros de la noche descubren la luz de bodhichitta en los pequeños miedos de una entrevista de trabajo o en los terrores ingobernables impuestos por la guerra, los prejuicios y el odio; en la soledad de la viuda o en el horror de los niños avergonzados o que han sufrido abusos de sus padres; en la ternura de la pena misma.

La bodhichitta está accesible en los momentos en que cuidamos de las cosas, cuando nos limpiamos los anteojos o nos cepillamos el cabello.  Está disponible en los momentos en que apreciamos las cosas, cuando percibimos el cielo azul o nos detenemos a escuchar la lluvia. Está disponible en momento de gratitud, cuando recordamos un acto de bondad o reconocemos el coraje de otra persona.  Está disponible en la música y en la danza, en el arte y en la poesía.

Cuando dejamos de apegarnos a nosotros mismos y miramos al mundo que nos rodea; cuando conectamos con el dolor, con la alegría, cuando abandonamos el resentimiento y la queja, en esos momentos está presente la bodhichitta. El despertar espiritual suele ser descrito como un viaje a la cima de una montaña; dejamos atrás nuestros apegos y nuestra mundanidad y poco a poco vamos haciendo el camino hacia la cima; al llegar a ella hemos trascendido todo el dolor. 

El único problema de esta metáfora es que dejamos atrás a todos los demás: a nuestro hermano borracho, a nuestra hermana esquizofrénica, a nuestros animales atormentados y a nuestros amigos.  El sufrimiento continúa igual, nuestra huida personal no lo ha aliviado en nada.

En el proceso de descubrir la bodhichitta, el viaje se dirige hacia abajo en lugar de hacia arriba.  Es como si la montaña apuntara hacia el centro de la tierra en lugar de elevarse al cielo.  En vez de trascender el sufrimiento de todas las criaturas, nos dirigimos hacia la turbulencia y la duda.  Saltamos dentro de ellas, nos deslizamos en ellas, entramos en ellas de puntillas, vamos hacia ellas como podemos. 

Exploramos la realidad, lo impredecible de la inseguridad y el dolor, y tratamos de no quitárnoslos de encima.  Aunque nos lleve años, aunque nos lleve vidas enteras, dejamos las cosas ser lo que son.  Vamos bajando cada vez más, a nuestro propio paso, sin apresurarnos ni ser agresivos. Millones de personas avanzan con nosotros, son nuestros compañeros en el despertar que deja atrás el miedo.  En el fondo mismo descubrimos agua, el agua curativa de la bodhichitta.  Allí abajo, en lo más denso de las cosas, descubrimos el amor que nunca muere.

Que nuestra sincera motivación y esfuerzos contribuyan a liberar del sufrimiento a todos los seres sin excepción alguna.