El entrenamiento del guerrero compasivo
Pema Chodron
Traducción y edición: María Mercedes Márquez
Prólogo
Cuando ella enseña, dice Pema Chodron, comienza con una aspiración compasiva. Expresa el anhelo de que apliquemos las enseñanzas en nuestras vidas cotidianas y así podamos liberarnos y liberar a otros de sufrimiento. Durante la charla, incentiva a la audiencia a mantener una mente abierta. Con frecuencia esto es comparado con el asombro de un pequeño viendo el mundo sin ideas preconcebidas.
También recuerda al maestro Zen Suzuki Roshi quien decía que “en la mente del principiante hay muchas posibilidades, pero muy pocas en la del experto.” Al finalizar la charla, dedica el mérito de la ocasión a todos los seres. Este gesto de amistad universal ha sido comparado a una gota de agua fresca de manantial. Si la colocamos sobre una roca a plena luz del sol, pronto se evaporará.
Sin embargo, si la vertemos en el océano, nunca se perderá. Así que, el deseo consiste en no mantener las enseñanzas sólo en nosotros, sino que las utilicemos para beneficiar a otros. Este enfoque refleja los llamados tres nobles principios: bueno al comienzo, bueno a mitad de camino y bueno al final. Estos pueden ser utilizados en todas las actividades de nuestras vidas.
Podemos comenzar cualquier cosa que hagamos –comenzar nuestro día, sentarnos a comer o encaminarnos a una reunión de trabajo—con la intención de ser abiertos, flexibles y amables. Luego podemos proseguir con una actitud inquisitiva. Como su maestro Chögyam Trungpa Rimpoche solía decir: “Vive tu vida como un experimento.”
Al concluir la actividad, ya sea que hayamos tenido éxito o fallado en nuestra intención, sellamos el acto pensando acerca de otros, acerca de aquellos que están teniendo éxito y fallando en todo el mundo. Deseamos que cualquier cosa que hayamos aprendido en nuestro experimento también pueda beneficiarlos a ellos. Pema Chodron finaliza el prólogo diciendo que es en este espíritu que ofrece esta guía sobre el entrenamiento del guerrero compasivo. Que sea de beneficio al principio, en el medio y al final. Que nos ayude a dirigirnos hacia los lugares que nos asustan. Que pueda aportar información a nuestras vidas y ayudarnos a morir sin remordimiento
La Excelencia de la bodhichitta
Es tan sólo con el corazón que uno puede ver correctamente.
Lo que es esencial es invisible al ojo humano.
Antoine de Saint-Exupéry
Cuando yo tenía alrededor de seis años recibí la enseñanza esencial sobre la bodhichitta de una vieja mujer sentada al sol. Un día caminando frente a su casa sintiéndome sola, no amada y brava, pateando cualquier cosa que pudiese encontrar, ella me dijo: “Pequeña, no vayas a ir por allí dejando que la vida endurezca tu corazón”. Allí mismo recibí esta instrucción básica: que nosotros mismos podemos permitir que las circunstancias de nuestras vidas nos endurezcan tanto como para volvernos cada día más resentidos y temerosos, o podemos permitir que nos suavicen y nos vuelvan más amables y abiertos a lo que nos asusta. Nosotros siempre tenemos esta alternativa.
Si fuésemos a preguntarle al Buda qué es la Bodhichitta, podría decirnos que este mundo en mucho más fácil de entender que traducir. Podría incentivarnos a buscar maneras de encontrar su significado en nuestras propias vidas. Podría agregar que es sólo la Bodhichitta la que puede sanar, que la Bodhichitta es capaz de transformar el corazón más duro y la más prejuiciada y temerosa de las mentes. Chitta significa “mente” y también “corazón” o “actitud”. Bodhi quiere decir “despierto”, “iluminado” o “completamente abierto”.
Algunas veces el corazón y la mente completamente abiertos de la bodhichitta son llamados “el punto suave”, un lugar tan vulnerable y tierno como una herida abierta. Es comparado en parte, con nuestra habilidad para amar. Aún las personas más crueles tienen este punto suave. Incluso los animales más viciosos aman a sus crías. Como lo dice Trungpa Rimpoche: “Todos aman algo, aunque sólo sean tortillas.”
Bodhichitta también es comparada en parte con la compasión -nuestra habilidad para sentir el dolor que compartimos con otros. Sin embargo, sin darnos cuenta de ello continuamente nos cerramos a este dolor porque nos asusta. Levantamos paredes protectoras construidas de opiniones, prejuicios y estrategias, barreras que son construidas sobre un profundo temor de ser heridos. Estas paredes son fortificadas aún más por emociones de todo tipo: rabia, codicia, indiferencia, celos y envidia, arrogancia y orgullo.
Pero, afortunadamente para nosotros, el punto suave -nuestra innata habilidad para amar e interesarnos por las cosas -es como una grieta en estas paredes que construimos. Es una apertura natural en las barreras que creamos cuando tenemos miedo. Con la práctica nosotros podemos aprender a encontrar esta grieta. Podemos aprender a capturar ese momento vulnerable -de amor, de gratitud, de soledad, de vergüenza, de torpeza -para despertar la Bodhichitta.
Una analogía para la Bodhichitta es la crudeza de un corazón herido. Algunas veces este corazón herido da nacimiento a la ansiedad y el pánico. Otras, a la rabia, el resentimiento y la culpa, pero bajo la dureza de esa armadura está la ternura de la genuina tristeza. Esta es nuestra conexión con todos aquellos que han amado alguna vez. Este genuino corazón de tristeza puede enseñarnos gran compasión. Puede hacernos humildes cuando somos arrogantes y suavizarnos cuando somos duros, poco amables, hirientes o despiadados. Nos despierta cuando preferimos dormir y se abre paso a través de nuestra indiferencia. Este continuo dolor de corazón es una bendición que, cuando es aceptada plenamente, puede ser compartida con todos.
El Buda dijo que nunca estamos separados de la iluminación. Aún en esos momentos en los que nos sentimos más confundidos, nunca estamos separados del estado iluminado. Esto es un planteamiento revolucionario. Incluso personas como nosotros con vacilaciones y confusión tenemos esta mente iluminada llamada Bodhichitta. Es más, la apertura y el calor de la Bodhichitta son, de hecho, nuestra verdadera naturaleza y condición.
Aun cuando nuestra neurosis se siente mucho más básica que nuestra sabiduría, incluso cuando nos sentimos más confundidos y carentes de esperanza, la Bodhichitta --como el cielo abierto—siempre está aquí, sin ser afectado por las nubes que lo cubren temporalmente. Dado que estamos tan familiarizados con las nubes, pudiésemos por supuesto encontrar las enseñanzas del Buda difíciles de creer.
Sin embargo, la verdad es que, en medio de nuestro sufrimiento, en medio de los tiempos más duros, podemos contactar este noble corazón de Bodhichitta. Siempre está disponible, tanto en el dolor como en la alegría.
Una joven mujer me escribió acerca de encontrarse en una pequeña ciudad en el Cercano Oriente rodeada de gente gritando, chillando y amenazándola con tirarle piedras a ella y a sus amigos porque estos eran norteamericanos. Por supuesto, estaba aterrada y lo que le sucedió es interesante. De repente ella se identificó con cada persona que a través de la historia había sido odiada y despreciada alguna vez. Ella entendió lo que es ser despreciada por cualquier razón: grupo étnico, antecedentes raciales, preferencias sexuales, género. Algo se partió bien abierto y ella se colocó en los zapatos de millones de seres oprimidos y pudo ver con una nueva perspectiva. Ella incluso entendió su compartida humanidad con aquellos que la odiaban. Esta sensación de profunda conexión, de pertenecer a la misma familia, es Bodhichitta.
Bodhichitta existe en dos niveles. Primero, tenemos la Bodhichitta incondicional, una experiencia inmediata que es refrescante, libre de concepto, libre de opinión y de nuestro estado habitual donde nos sentimos atascados. Contrario a lo que estamos acostumbrados a pensar, es algo tremendamente bueno que no podamos identificar nada ni siquiera ligeramente, es como saber, a nivel muy profundo, medular, que allí no hay nada que perder. Segundo, está la Bodhichitta relativa, nuestra habilidad para mantener nuestros corazones y mentes abiertas al sufrimiento sin necesariamente desconectarnos de la situación.
Aquellos que se entrenan de todo corazón en despertar la Bodhichitta relativa y la Bodhichitta incondicional son llamados Bodhisattvas o guerreros - no guerreros que matan y hacen daño sino guerreros de la no-agresión, aquellos que escuchan los lamentos del mundo. Hay hombres y mujeres dispuestos a entrenarse en medio del fuego.
Esto quiere decir que los guerreros-bodhisattvas se adentran en situaciones retadoras a fin de aliviar el sufrimiento. Esto también hace referencia a su disposición de ir más allá de la propia reactividad personal y el auto engaño, también se refiere a su dedicación por desplegar la energía básica y no distorsionada de la Bodhichitta. Tenemos muchos ejemplos de maestros guerreros --gente como la Madre Teresa y Martin Luther King- quienes reconocieron que el mayor de los males proviene de nuestras propias mentes agresivas.
Ellos dedicaron sus vidas a ayudar a otros a que entendieran esta verdad. También hay muchos seres ordinarios que pasan la vida entera entrenándose en abrir sus corazones y sus mentes a fin de poder ayudar a otros a hacer lo mismo. Al igual que ellos, nosotros podríamos aprender a relacionarnos con nosotros mismos y con nuestro mundo como guerreros. Podríamos entrenarnos en despertar nuestro coraje y nuestro amor.
Disponemos de ambos, métodos formales e informales para ayudarnos a cultivar esta valentía y gentileza. Hay prácticas para nutrir nuestra capacidad para regocijarnos, para aflojar el aferramiento, para amar y para derramar una lágrima. Están aquellos que nos enseñan a permanecer abiertos en medio de la incertidumbre. Hay otros que nos ayudan a permanecer presentes en aquellos momentos en los que habitualmente tendemos a desconectamos.
Dondequiera que estemos, podemos entrenarnos como guerreros. Las prácticas de meditación, de bondad amorosa, de compasión, alegría y ecuanimidad son nuestras herramientas. Con la ayuda de estas prácticas, podemos descubrir el punto suave de la Bodhichitta. Encontraremos esa ternura en el dolor y en la gratitud. Lo encontraremos detrás de la dureza de la rabia y en la tembladera del miedo. Está disponible en la soledad, así como también en la gentileza. Muchos de nosotros preferimos prácticas que no vayan a causar incomodidad, pero al mismo tiempo queremos sanar.
El entrenamiento en la bodhichitta no funciona de esa manera. Para comenzar, un guerrero acepta que nunca podemos saber que es lo que está por sucedernos. Podemos tratar de controlar lo incontrolable buscando que todo nos proporcione seguridad y sea predecible, siempre deseando sentirnos cómodos y seguros. Pero la verdad es que nunca podemos evitar la incertidumbre. Este no saber forma parte de la aventura y es también lo que nos asusta.
El entrenamiento en la bodhichitta no ofrece promesas de finales felices. Más bien, este “Yo” que quiere encontrar seguridad --que quiere algo a qué aferrarse-- puede finalmente aprender a crecer. La pregunta central del entrenamiento del guerrero no es cómo evadimos la incertidumbre y el miedo sino cómo nos relacionamos con la incomodidad, cómo practicamos con la dificultad, con nuestras emociones, con los impredecibles encuentros de un día corriente. Con demasiada frecuencia nos relacionamos como tímidos pájaros que no se atreven a abandonar el nido.
Aquí nos sentamos en un nido que se está poniendo bastante hediondo y que no ha cumplido su función durante mucho tiempo. Nadie llega para alimentarnos. Nadie nos está protegiendo ni manteniéndonos calientitos y sin embargo, seguimos deseando que aparezca la madre pájaro. Podríamos hacernos el último favor y finalmente abandonar el nido. Es obvio que esto implica coraje. Está bien claro que podríamos utilizar algunas sugerencias que nos ayuden. Puede que dudemos que estemos a la altura de ser un guerrero-en-entrenamiento. Pero podemos preguntarnos lo siguiente: ¿Prefiero crecer y relacionarme con la vida directamente, o escojo más bien vivir y morir con miedo?
Todos los seres tienen la capacidad de sentir la ternura –experimentar un corazón roto, el dolor y la incertidumbre. De allí que el corazón iluminado de la Bodhichitta esté disponible para todos nosotros. El maestro de Insight Meditation Jack Kornfield habla acerca de haber presenciado esto en Cambodia durante el período del Khmer Rouge. Cincuenta mil personas se habían vuelto comunistas a punta de pistolas, amenazados con morir si continuaban con sus prácticas budistas.
A pesar del peligro, se estableció un templo en el campo de refugiados y veinte mil personas asistieron a la ceremonia de apertura. No hubo discursos ni oraciones sino el cántico continuo de una de las enseñanzas centrales del Buda: El odio nunca cesa con odio. Sólo con amor es sanado. Esta es una ancestral y eterna ley. Miles de personas cantaron y lloraron sabiendo que la verdad en estas palabras era mucho más grande que su propio sufrimiento.
La Bodhichitta tiene esta clase de poder. Nos va a inspirar y apoyar en tiempos buenos y en tiempos malos. Es como descubrir una sabiduría y un coraje que ni siquiera sabemos que tenemos. Así como la alquimia cambia cualquier metal en oro, la bodhichitta puede, si nosotros lo permitimos, transformar cualquier actividad, mundo, o pensamiento en un vehículo para despertar nuestra compasión.
Dando con el manantial
“Un ser humano es parte del todo llamado por nosotros “el universo”, una parte limitada en tiempo y espacio. El se experimenta a sí mismo, sus pensamientos y sensaciones, como algo separado del resto -cierto tipo de ilusión óptica de la conciencia. Esta ilusión es como una prisión para nosotros, limitándonos a nuestros propios deseos y afectos por unas cuantas personas más cercanas a nosotros. Nuestra labor debe ser la de liberarnos de esta prisión ampliando el círculo de comprensión y compasión para abrazar a todas las criaturas vivientes y a la totalidad de la naturaleza en su belleza.”
Albert Einstein.
Cuando estábamos cavando el terreno para el centro de retiro en Gampo Abbey (la Abadía Gampo), dimos con un manto de piedra y apareció una pequeña grieta. Un minuto después estaba goteando agua. Una hora más tarde, el flujo era mucho más fuerte y la grieta más ancha. Encontrar la bondad básica de la bodhichitta es como eso --perforar y dar con un manantial de agua viva que ha sido temporalmente encapsulada en la roca sólida.
Cuando tocamos el centro del dolor, cuando nos sentamos con la incomodidad sin tratar de insistir en ella, cuando nos mantenemos presentes en el dolor de la censura o la traición y permitimos que nos suavice, estos son esos momentos en los que nos conectamos con la bodhichitta. Perforando en ese tembloroso y tierno lugar tiene un efecto transformador. Estar en este lugar puede sentirse incierto e incómodo, pero es también un gran alivio. Con sólo estar allí, inclusive por un momento, se siente como un genuino acto de gentileza hacia nosotros mismos. Siendo lo suficientemente compasivos como para darle cabida a nuestros propios temores exige coraje, por supuesto, y definitivamente se siente opuesto a la intuición. Pero es lo que necesitamos hacer.
Es difícil saber si reír o llorar ante la situación humana. Aquí estamos con tanta sabiduría y ternura, y –aún sin saberlo—lo cubrimos para protegernos de la inseguridad. Aún cuando tenemos el potencial para experimentar la libertad de una mariposa, misteriosamente preferimos el pequeño y temeroso capullo del ego.
Un amigo me estaba contando acerca de sus padres ancianos en Florida. Ellos viven en un área donde hay pobreza y dificultades. La amenaza de la violencia parece ser muy real. Su manera de relacionarse con esto consiste en vivir en una comunidad amurallada protegida por perros guardianes y portones eléctricos. Esperan, por supuesto, que no vaya a entrar nada que los asuste.
Desafortunadamente, los padres de mi amigo se están volviendo más y más temerosos de salir de esas paredes. Quieren ir a la playa o al campo de golf, pero tienen demasiado miedo como para moverse. Aún cuando ahora le pagan a alguien para que haga las compras por ellos, la sensación de inseguridad se está volviendo cada vez más fuerte. Últimamente se han vuelto paranóicos incluso respecto a aquellos que son admitidos a través de los portones: las personas que arreglan lo que se ha dañado, los jardineros, los plomeros, y los electricistas. A través de su aislamiento, se están volviendo incapaces de relacionarse con un mundo impredecible. Esta es una analogía muy precisa para la forma en que trabaja el ego.
Tal y como lo señaló Albert Einstein, la tragedia de experimentarnos a nosotros mismos como separados de los demás es que esta ilusión se convierte en una prisión. Más triste aún, nos acobardamos ante la posibilidad de liberarnos. Cuando las barreras caen, no sabemos qué hacer.
Necesitamos un poco más de información respecto a cómo se siente cuando las paredes comienzan a derrumbarse. Necesitamos que nos digan que el miedo y la tembladera acompañan al crecimiento y que aflojar nuestro aferramiento requiere de coraje. Encontrando el coraje para dirigirnos hacia los lugares que nos asustan no puede suceder sin una compasiva investigación acerca de las formas en que funciona el ego. Así que nos preguntamos a nosotros mismos “¿Qué es lo que hago cuando siento que no puedo manejar lo que está sucediendo? ¿Hacia dónde miro buscando fuerzas y en qué pongo mi confianza?”
El Buda enseñó que la flexibilidad y la apertura proporcionan fuerza y que salir corriendo de la inmediatez de la experiencia nos debilita y nos trae dolor. Pero ¿entendemos que familiarizarnos con el salir corriendo es la clave?
La apertura no surge del resistir nuestros temores sino del llegar a conocerlos. En lugar de ir tras esas paredes y barreras con un martillo, les prestamos atención. Con gentileza y honestidad nos acercamos a ellas. Las tocamos y las olemos y llegamos a conocerlas bien. Comenzamos el proceso de reconocer nuestras aversiones y nuestros anhelos. Nos familiarizamos con las estrategias y creencias que utilizamos para levantar las paredes: ¿Cuáles son los cuentos que me meto a mi mismo? ¿Qué me desagrada y qué me atrae?
Comenzamos a volvernos curiosos acerca de lo que está sucediendo. Sin llamar bueno o malo lo que estamos contemplando, simplemente observamos tan objetivamente como podamos. Podemos observarnos con humor, no volviéndonos excesivamente serios, moralistas o rígidos acerca de esta investigación. Año tras año, nos entrenamos en permanecer abiertos y receptivos a lo que sea que surja. Poco a poco, muy lentamente, las grietas en las paredes parecen volverse más grandes y, como por magia, la bodhichitta puede fluir libremente.
Una enseñanza que nos apoya en este proceso de desbloquear la bodhichitta es la de Los tres señores del materialismo. Existen tres formas en las que nos aislamos a nosotros mismos de este fluido e impredecible mundo, tres estrategias que utilizamos para proporcionarnos la ilusión de seguridad. Estas enseñanzas nos incentivan a familiarizarnos mucho con estas estrategias del ego, a ver claramente cómo es que continuamos buscando comodidad y facilidad en formas tales que tan sólo contribuyen a fortalecer aún más nuestros temores.
El primero de los tres señores del materialismo es llamado El señor de la forma. Representa la forma en la que recurrimos a lo externo para proporcionarnos una sólida base de operaciones. Podemos comenzar a prestar atención a nuestros métodos de escape. ¿Qué es lo que hago cuando me siento ansioso o deprimido, aburrido o solo? ¿Es acaso la “terapia de las compras” mi forma de lidiar con eso, o recurro al alcohol o a la comida? ¿Me animo a mi misma con drogas o sexo, o busco aventuras? ¿Prefiero retirarme a la belleza de la naturaleza o al delicioso mundo proporcionado por un libro realmente bueno? ¿Lleno el espacio haciendo llamadas telefónicas, navegando en Internet, viendo la televisión por horas?
Algunos de estos métodos son peligrosos, algunos son chistosos, algunos son bastante benignos. El punto es que podemos utilizar equivocadamente cualquier sustancia o actividad para huir de la inseguridad. Cuando nos volvemos adictos al señor de la forma, estamos creando las causas y las condiciones para que el sufrimiento aumente. Sin importar qué tan duro tratemos, no podemos obtener ninguna satisfacción duradera. Por el contrario, los mismos sentimientos de los que estamos tratando de escapar se fortalecen.
Una analogía tradicional para el dolor causado por el señor de la forma es la de un ratón atrapado en una trampa porque no puede resistir comer el queso. El Dalai Lama ofrece un interesante giro sobre esta analogía. Cuenta que cuando era un niño en Tibet trataba de atrapar ratones, no porque deseara matarlos, sino porque quería probar ser más listo que ellos. Dice que los ratones en Tibet deben ser más listos que los ratones ordinarios porque el nunca tuvo éxito en atrapar uno.
Por el contrario, ellos se convirtieron en sus modelos de una conducta iluminada. Sintió que, al contrario de la mayoría de nosotros, ellos se habían dado cuenta de que lo mejor que podían hacer por ellos mismos era refrenarse del placer a corto plazo de comer el queso a fin de tener el placer a largo plazo de poder vivir. El Dalai Lama nos incentiva a seguir el ejemplo de los ratones.
No importa cómo quedemos atrapados, nuestra reacción usual no es la de tener curiosidad acerca de lo que está sucediendo. No investigamos naturalmente las estrategias del ego. La mayoría de nosotros simple y ciegamente buscamos algo familiar que asociamos con alivio y luego nos preguntamos por qué permanecemos insatisfechos. El enfoque radical de la práctica de la bodhichitta consiste en prestar atención a lo que hacemos. Sin juzgarlo, nos entrenamos en reconocer gentilmente cualquier cosa que esté sucediendo. Eventualmente pudiésemos decidir dejar de hacernos daño en la misma forma de siempre.
El segundo de los tres señores del materialismo es El señor de la palabra. Este señor representa la manera en la que utilizamos creencias de todo tipo para brindarnos a nosotros mismos la ilusión de certeza acerca de la naturaleza de la realidad. Cualquiera de los “ismos” –político, ecológico, filosófico, o espiritual- puede ser malinterpretado de esta manera. “Lo correcto políticamente hablando” constituye un buen ejemplo de la forma en que opera este señor. Cuando creemos en lo correcto de nuestro punto de vista, podemos ser muy estrechos de mente y prejuiciados respecto a las faltas de otras personas.
Por ejemplo, ¿Cómo reacciono cuando mis creencias respecto al gobierno son cuestionadas? ¿Y qué hay de cuando otros no están de acuerdo con mis sentimientos acerca de la homosexualidad o los derechos de la mujer o el entorno ecológico? ¿Qué sucede cuando mis ideas acerca del fumar o tomar alcohol son igualmente cuestionadas? ¿Qué es lo que hago cuando no son compartidas mis convicciones religiosas?
Con frecuencia los practicantes nuevos abrazan la meditación o las enseñanzas budistas con apasionado entusiasmo. Nos sentimos parte de un nuevo grupo, contentos de tener una nueva perspectiva. Pero al hacerlo ¿juzgamos a las personas que ven el mundo de manera diferente? ¿Cerramos nuestras mentes a otros porque no creen en el karma?
El problema no está solamente con las creencias sino cómo las utilizamos para conseguir terreno bajo nuestros pies, cómo los utilizamos para sentirnos bien y hacer que otra persona esté equivocada, cómo las utilizamos para evadir sentirnos incómodos al no saber qué es lo que está sucediendo. Esto me recuerda un hombre que conocí en los años 60 cuya pasión era protestar contra la injusticia.
Dondequiera que pareciera que fuese a resolverse un conflicto, allí se metía en una especie de oscuridad, de melancolía. Cuando surgía una nueva causa para ser defendida, volvía a exaltarse nuevamente.
Jarvis Jay Masters es un amigo budista que vive en la fila de la muerte. En su libro Finding Freedom (Encontrando libertad), cuenta una historia de cuando fue seducido por el señor de la palabra. Una noche estaba sentado en su cama leyendo cuando un vecino, Omar, gritó: “Hey Jarvis, pon el canal siete”. Jarvis tenía imagen, pero sin sonido. Miró y vio un puñado de gente enfurecida levantando sus brazos en el aire. “Hey Omar, ¿qué está sucediendo? y su vecino le contestó: “Es el Ku Klux Klan Jarvis, ellos están gritando y chillando acerca de cómo es que todo es culpa de los negros y de los judíos”.
Unos minutos más tarde, Omar vuelve a gritarle: “Hey, mira lo que está sucediendo ahora”. Jarvis miró el televisor y vio una gran cantidad de gente marchando, llevando pancartas y siendo arrestados. El dijo: “Puedo darme cuenta con sólo verlos de que están realmente bravos acerca de algo. ¿Qué es lo que le sucede a esa gente? Omar dijo: “Jarvis, esa es una demostración ambientalista. Están exigiendo acabar con la tala de los árboles y la matanza de ballenas y de todo. ¿Ves esa mujer enfurecida ante el micrófono y a todas esas personas gritando? Diez minutos más tarde Omar volvió a llamarlo “Hey Jarvis ¿estás viendo todavía? ¿Puedes ver lo que está pasando ahora? Jarvis miró el televisor y esta vez vio un puñado de gente en sus trajes y corbatas quienes parecían tener una verdadera protesta acerca de algo.
Él dijo: “¿Qué sucede con estos tipos? y Omar le contestó: “Jarvis, ese es el presidente y los senadores de los Estados Unidos y ellos están luchando y argumentando ahí mismo en la televisora nacional, cada uno tratando de convencer al público de que el otro es el culpable de esta terrible economía.” Jarvis dijo: “Bueno Omar, en verdad he aprendido algo interesante esta noche y es que así lleven la vestimenta del Klan o la ambientalista o trajes realmente costosos, toda esta gente tiene los mismos rostros llenos de rabia.”
Quedar atrapado por el señor de la palabra pudiese comenzar con una simple razonable convicción acerca de lo que sentimos que es cierto. Sin embargo, si nos encontramos correctamente indignados, ese es un signo seguro de que hemos ido demasiado lejos y que nuestra habilidad para llevar a cabo un cambio se verá perjudicada. Creencias e ideales se han convertido simplemente en otra forma de levantar muros.
El tercer señor, El señor de la mente, utiliza la estrategia más sutil y seductora de todas. El señor de la mente entra en juego cuando tratamos de evadir la incomodidad buscando estados mentales especiales. De esta manera podemos utilizar drogas. Podemos utilizar los deportes. Podemos utilizar enamorarnos. Podemos utilizar las prácticas espirituales. Existen muchas formas de obtener estados mentales alterados.
Estos estados especiales son adictivos. Se siente tan bien poder liberarse de la experiencia mundana. Queremos más. Por ejemplo, con frecuencia los nuevos meditadores esperan que con su entrenamiento puedan trascender el dolor de la vida ordinaria. Es decepcionante, para decir lo menos, que a uno le indiquen tocar a fondo la crudeza de las cosas, permanecer abierto y receptivo tanto en el aburrimiento tanto como en la bienaventuranza.
Algunas veces, de la nada, las personas tienen experiencias increíbles. Recientemente una abogada me dijo que había ocurrido una cosa extraordinaria mientras estaba parada en una esquina esperando que cambiara la luz.
De repente su cuerpo se expandió hasta sentirse tan grande como el universo entero. Ella sintió instintivamente que ella y el universo eran uno. No tuvo duda de que esto era en efecto cierto. Supo que ella no estaba, como lo había asumido previamente, separada de todo lo demás. No es necesario decir que la experiencia sacudió sus creencias y le hizo cuestionarse lo que hacemos con nuestras vidas, dedicando tanto tiempo tratando de proteger la ilusión de un territorio personal. Ella entendió cómo este predicamento conduce a las guerras y a la violencia que están aumentando en todo el planeta.
El problema surgió cuando ella comenzó a aferrarse a su experiencia, cuando ella la quería experimentar nuevamente. La percepción ordinaria ya no le era satisfactoria: la dejaba sintiéndose conflictuada y fuera de base. Ella sitió que si no podía permanecer en ese estado alterado mas le valdría morir pronto.
En los años 60 conocí gente que tomaba LSD todos los días con la creencia de que así podían mantener esa “nota”. Más bien se frieron el cerebro. Aún conozco hombres y mujeres que son adictos a enamorarse. Como Don Juan, no pueden soportar cuando ese brillo inicial comienza a desaparecer, siempre andan buscando alguien nuevo. Aún cuando las experiencias extremas pudiesen mostrarnos la verdad e informarnos acerca de por qué estamos entrenándonos, esencialmente ellas no son gran cosa. Si no podemos integrarlas a las altas y bajas de nuestras vidas, si nos aferramos a ellas, más bien nos van a estorbar. Podemos confiar en nuestras experiencias como válidas, pero luego debemos seguir adelante y aprender a llevarnos bien con nuestros vecinos.
Entonces inclusive las interiorizaciones más remarcables pueden comenzar a penetrar nuestras vidas. Tal y como Milarepa –el yogui tibetano del siglo XII dijo cuando escuchó las experiencias extremas de su discípulo Gampopa- “No son ni buenas ni malas. Sigue meditando”. Los estados especiales en sí no son el problema, es su cualidad adictiva. Siendo inevitable que lo que sube, baje, cuando tomamos refugio en el señor de la mente estamos condenados a la decepción.
Cada uno de nosotros tiene una variedad de tácticas habituales para evadir la vida tal cual es. Dentro de la cáscara de una nuez, ese es el mensaje de los tres señores del materialismo. Esta simple enseñanza es, así parece, la autobiografía de cada uno de nosotros. Cada vez que utilizamos estas estrategias nos volvemos menos capaces de disfrutar la ternura y maravilla que está disponible en los más insignificantes de los momentos.
El conectarse con la bodhichitta es algo ordinario, de todos los días. Cuando no salimos corriendo de la incertidumbre cotidiana, podemos contactar la bodhichitta. Es una fuerza natural que desea emerger. Es, de hecho, indetenible. Una vez que dejamos de bloquearla con las estrategias del ego, el agua refrescante de la bodhichitta definitivamente comenzará a fluir. Podemos volverla más lenta. Podemos taparla. Sin embargo, dondequiera que haya una apertura, la bodhichitta siempre va a aparecer como esas ramitas y flores que emergen de las aceras tan pronto como encuentran una grieta.
Los Hechos de la vida.
“La actitud llena de frescura comienza a darse cuando vemos que ayer fue ayer y ahora se ha ido; que hoy es hoy y ahora es nuevo. Así es -cada hora, cada minuto está cambiando. Si dejamos de observar el cambio, entonces dejamos de verlo todo como nuevo”.
Dzigar Kongtrul Rimpoche
El Buda enseñó que existen tres características inherentes a la existencia humana: la impermanencia, la ausencia de un “yo o ego”, y el sufrimiento o la insatisfacción.
Según el Buda, las vidas de todos los seres están marcadas por estas tres cualidades. Reconocerlas como reales y verdaderas dentro de nuestra propia experiencia nos ayuda a relajarnos con las cosas tal cual son. Cuando escuché por primera vez esta enseñanza me pareció académica y ajena. Pero una vez que fui incentivada a prestar atención -a ser curiosa respecto a lo que estaba sucediendo con mi cuerpo y mi mente- algo cambió.
Pude observar desde mi propia experiencia que nada es estático. Mis estados de ánimo están cambiando continuamente, como el tiempo. Definitivamente, no estoy en control sobre qué pensamientos y emociones van a surgir ni puedo impedir que fluyan. La quietud es seguida por el movimiento, el movimiento fluye de nuevo hacia la quietud. Incluso el más persistente de los dolores físicos, cuando le presto atención, cambia como las mareas.
Siento gratitud hacia el Buda por haber señalado que aquello contra lo que luchamos toda nuestra vida puede ser reconocido como experiencia ordinaria. La vida si va continuamente hacia arriba y hacia abajo. Las personas y las situaciones son impredecibles y también lo es todo lo demás. Todos conocemos el dolor de tener aquello que no deseamos: los santos, los pecadores, los ganadores, los perdedores. Siento gratitud de que alguien haya visto la verdad y haya señalado que nosotros no sufrimos este tipo de dolor debido a nuestra propia incapacidad para hacer bien las cosas.
Que nada es estático o fijo, que todo es efímero, pasajero e impermanente, constituye la primera marca de la existencia. Es el estado ordinario o común de las cosas. Todo está en proceso. Todo –cada árbol, cada hoja de hierba, todos los animales, insectos, seres humanos, edificios, lo animado y lo inanimado—siempre está cambiando, momento a momento. No tenemos que ser místicos o físicos para saber esto. Sin embargo, a nivel de experiencia personal, nos resistimos a este hecho básico. Significa que la vida no siempre va a ir en nuestra dirección. Significa que hay pérdida, así como hay ganancia, y eso nos disgusta.
En una oportunidad, yo estaba cambiando de trabajo y de casa al mismo tiempo. Me sentía insegura y fuera de base. Esperando que el dijese algo que me ayudase a trabajar con estos cambios, me quejé ante Trungpa Rimpoche respecto a tener dificultad con las transiciones.
El me miró como en blanco y dijo: “Nosotros siempre estamos en transición”. Después dijo: “Si puedes simplemente relajarte con eso, no vas a tener problemas”. Sabemos, que todo es impermanente; sabemos que todo se acaba. Aun cuando podemos aceptar esta verdad intelectualmente, a nivel emocional tenemos un rechazo profundamente arraigado.
Queremos permanencia; tenemos expectativas de permanencia. Nuestra tendencia natural es la de buscar seguridad; creemos que podemos encontrarla. A nivel cotidiano, experimentamos la impermanencia como frustración. Utilizamos nuestra actividad diaria como un escudo contra la ambigüedad fundamental de nuestra situación, gastando muchísima energía tratando de evitar la impermanencia y la muerte. No nos gusta que nuestros cuerpos cambien de forma. No nos gusta el hecho de que envejecemos. Le tememos a las arrugas y a una piel seca.
Utilizamos productos como si de hecho creyéramos que nuestra piel, que nuestro cabello, que nuestros ojos y dientes, pudiesen de alguna milagrosa forma escapar la verdad de la impermanencia. Las enseñanzas budistas aspiran liberarnos de esta forma tan limitada de relacionarnos.
Nos incentivan a relajarnos gradual y totalmente en la ordinaria y obvia verdad del cambio. Aceptar esta verdad no significa que estemos mirando el lado oscuro. Lo que ello quiere decir es que comenzamos a entender que no somos el único que no puede solucionarlo todo. Dejamos de creer que existen personas que se las han ingeniado para evadir la incertidumbre.
La segunda marca de la existencia es la ausencia de un “yo o ego”. Como seres humanos somos tan impermanentes como cualquier otra cosa. Cada célula en el cuerpo está cambiando continuamente. Los pensamientos y las emociones surgen y se desvanecen ininterrumpidamente. Cuando estamos pensando que somos competentes o que no tenemos esperanza ¿en qué nos estamos basando? ¿En este momento pasajero? ¿En el éxito o el fracaso de ayer?
Nos aferramos a una idea fija de quienes creemos que somos y eso nos convierte en impedidos. Nada ni nadie es una entidad fija. Que la realidad del cambio sea una fuente de libertad para nosotros o una fuente de horrenda ansiedad hace una significativa diferencia. ¿Los días de nuestras vidas van sumando más y más sufrimiento o más y más capacidad para la alegría? Esa es la pregunta importante.
Algunas veces ausencia del ego es llamada no-yo. Estas palabras pueden ser malinterpretadas. El Buda no estaba implicando que desapareceremos o que pudiésemos borrar nuestra personalidad. Siendo estudiante, pregunté en una oportunidad “¿La experiencia de la ausencia de ego no hace que la vida se vea en cierta forma como beige?” No es así.
El Buda estaba señalando que la idea fija que tenemos acerca de nosotros mismos como algo sólido y separado de otros es dolorosamente limitante. Es posible moverse a través del drama de nuestras vidas sin creer tan a pecho en el personaje que interpretamos. Que nos tomemos a nosotros mismos con tanta seriedad, que seamos tan absurdamente importantes en nuestras propias mentes, constituye un problema para nosotros. Nos sentimos justificados en enfadarnos con todo. Nos sentimos justificados en denigrarnos o en sentir que somos más inteligentes que otras personas. La importancia personal nos duele, limitándonos al estrecho mundo de nuestros gustos y disgustos. Terminamos hartos de nosotros mismos y del mundo. Nunca quedamos satisfechos.
Tenemos dos alternativas: cuestionamos nuestras creencias o no lo hacemos. Aceptamos nuestras rígidas versiones sobre la realidad, o comenzamos a ponerlas a prueba. Según el Buda, entrenarse en mantener una mente abierta y curiosa, entrenarse en disolver nuestras creencias y aquello que asumimos, es la mejor forma de utilizar nuestras vidas. Cuando nos entrenamos en despertar la bodhichitta, estamos nutriendo la flexibilidad de nuestra mente.
En el más ordinario de los términos, la ausencia de ego es una identidad flexible que se manifiesta como curiosidad, como adaptabilidad, como humor, como un juego. Es nuestra capacidad para relajarnos aún sin saber, sin estar tratando de descifrarlo todo, nuestra capacidad para no estar para nada seguros de quiénes somos, ni de quiénes son los demás.
El único hijo de este hombre fue dado de baja en batalla. Inconsolable, el padre se encerró a sí mismo en su casa durante tres semanas negándose a cualquier clase de apoyo o bondad. En la cuarta semana el hijo regresó a casa. La gente del pueblo lloraba al ver que no estaba muerto. Llenos de alegría acompañaron al joven a casa de su padre y tocaron a la puerta. “Padre” llamó el hijo, “He regresado”. Pero el viejo se negó a contestar. La gente gritó: “Tu hijo está aquí, no lo mataron”. Pero el viejo no se acercó a la puerta. “Váyanse y déjenme con mi dolor”, gritó. “Yo se que mi hijo se ha marchado para siempre y ustedes no pueden engañarme con sus mentiras”.
Sucede lo mismo con nosotros. Estamos seguros acerca de quiénes somos y quiénes son los otros y esto nos ciega. Si otra versión de la realidad llega tocándonos la puerta, nuestras ideas fijas nos impiden que las aceptemos. ¿Cómo vamos a pasar este corto período de vida? ¿Vamos a fortalecer nuestra bien perfeccionada habilidad para luchar contra la incertidumbre, o vamos a entrenarnos en abandonar la lucha? ¿Vamos a aferrarnos tercamente en “Yo soy así y tu eres así o vamos a ir más allá de esa mente estrecha”? ¿Podríamos comenzar a entrenarnos como guerreros aspirando a reconectarnos con la flexibilidad natural de nuestro ser y ayudar a otros a hacer lo mismo? Si comenzamos a movernos en esa dirección, empezarán a abrirse ilimitadas posibilidades para nosotros.
La enseñanza acerca de la ausencia de un yo o ego apunta a nuestra naturaleza dinámica y cambiante. Este cuerpo nunca de sintió de la manera en que se está sintiendo ahora. Esta mente está teniendo un pensamiento que, aún cuando parezca repetitivo, nunca va a ser pensado de nuevo. Puedo decir “¿No es eso maravilloso? Pero usualmente nosotros no lo experimentamos como maravilloso, lo experimentamos como desalentador y tratamos de encontrar piso.
El Buda fue lo suficientemente generoso como para mostrarnos una alternativa. No estamos atrapados en la identidad del éxito o el fracaso, ni en ninguna identidad, ni en términos de cómo nos ven otros ni cómo nos vemos nosotros mismos. Cada momento es único, desconocido, completamente fresco. Para un guerrero en entrenamiento, la ausencia de ego o de una identidad separada, que existe independientemente y que es permanente, es causa de alegría en vez de causa de temor.
La tercera marca de la existencia es sufrimiento, insatisfacción. Tal y como Suzuki Roshi lo expone, es tan sólo practicando a través de una sucesión continua de situaciones agradables y desagradables que nosotros adquirimos verdadera fortaleza. Aceptar que el dolor es inherente y vivir nuestras vidas desde este entendimiento es crear causas y condiciones para la felicidad.
Para ponerlo en una forma concisa, sufrimos cuando nos resistimos a la noble e irrefutable verdad de la impermanencia y la muerte. Sufrimos no porque seamos básicamente malos o merezcamos ser castigados, sino debido a las tres trágicas equivocaciones. Primero, tenemos la expectativa de que aquello que está siempre cambiando pudiese ser manejable y predecible. Nacemos con un ansia de seguridad y de tenerlo todo resuelto y esto gobierna nuestros pensamientos, palabras y acciones.
Somos como la gente que encontrándose en un bote que se está hundiendo tratan de aferrarse al agua. El dinámico, energético y natural flujo del universo no es aceptable a la mente convencional. Nuestros prejuicios y adicciones son patrones que surgen del miedo a fluido mundo. Sufrimos debido a que equivocadamente tomamos por permanente aquello que está siempre cambiando.
Segundo, andamos como si fuésemos separados de todo lo demás, como si fuésemos una identidad fija cuando nuestra verdadera situación es que no existe eso que llamamos yo. Insistimos en ser Alguien, con A mayúscula. Obtenemos seguridad a partir de definirnos a nosotros mismos como valiosos o insignificantes, superiores o inferiores. Desperdiciamos un tiempo precioso exagerando, llenando de romanticismo o deprimiéndonos con una complaciente certeza de que sí, ese es quien somos. Equivocamos la apertura de nuestro ser -la inherente maravilla y sorpresa de cada momento- por un ser sólido e irrefutable. Debido a esta equivocación, sufrimos.
Tercero, buscamos felicidad en todos los lugares equivocados. El Buda llamó a este hábito “tomar al sufrimiento por felicidad”, como la polilla volando hacia la llama. Tal y como sabemos, las polillas no son las única que se destruyen a sí mismas a fin de encontrar alivio momentáneo.
En términos de cómo buscamos felicidad, todos somos como el alcohólico que bebe para parar la depresión que aumenta con cada trago, o como el drogadicto que se inyecta a fin de obtener alivio del sufrimiento que aumenta con cada pinchazo.
Un amigo que siempre está a dieta señalaba que esta enseñanza sería más fácil de seguir si nuestras adicciones no ofrecieran alivio momentáneo. Nos mantenemos atrapados debido a que experimentamos situaciones de corta vida a partir de ellas. Al repetir nuestra búsqueda de gratificación instantánea yendo tras adicciones de todo tipo –algunas aparentemente benignas, otras obviamente letales- continuamos reforzando viejos patrones de sufrimiento. Nosotros voluntariamente fortalecemos patrones disfuncionales.
Así, nos volvemos menos y menos capaces de tolerar inclusive la más leve de las incomodidades e inquietudes. Nos habituamos a ir tras algo para aliviar la incomodidad del momento. Lo que comienza con un leve cambio de energía –un pequeño encogimiento de estómago, una vaga e indefinible sensación de que algo malo está a punto de suceder- aumenta hasta convertirse en adicción.
Esta es nuestra forma de tratar de hacer la vida predecible. Debido a que malinterpretamos aquello que siempre acaba en sufrimiento como lo que nos aportará felicidad, permanecemos atorados en el hábito repetitivo de ir aumentando nuestra propia insatisfacción. En la terminología budista, este círculo vicioso es llamado samsara.
Cuando comienzo a dudar de que tenga lo necesario para mantenerme presente en la impermanencia, en la ausencia de ego y el sufrimiento, eso me lleva a recordar la jocosa recomendación de Trungpa Rimpoche de que no existe cura para el calor y el frío. No hay cura para los hechos de la vida.
Esta enseñanza sobre las tres marcas de la existencia puede motivarnos a dejar de luchar contra la naturaleza de la realidad. Podemos dejar de hacerle daño a otros y a nosotros mismos en nuestros esfuerzos por escapar las alternancias de placer y dolor. Podemos relajarnos y estar totalmente presentes para nuestras vidas.
Aprendiendo a permanecer
La práctica de meditación es considerada una buena y de hecho excelente forma de trascender la guerra en el mundo: tanto nuestra propia lucha individual, como aquellas aún mayores. Como especie, nunca deberíamos subestimar nuestra baja tolerancia a la incomodidad.
Ser incentivado a permanecer con nuestra propia vulnerabilidad es noticia que podemos utilizar. La práctica de la meditación sentada es nuestro apoyo para aprender a hacerlo. También conocida como la práctica de la atención y conciencia plena, es la base del entrenamiento de la bodhichitta, el asiento natural del guerrero bodhisattva.
La meditación sentada cultiva la gentileza amorosa y la compasión, las cualidades relativas de la bodhichitta. Nos proporciona una forma de acercarnos a nuestros pensamientos y emociones y a entrar en contacto con nuestros cuerpos. Es un método para cultivar amigabilidad incondicional hacia nosotros mismos y rasgar la cortina de indiferencia que nos distancia del sufrimiento de los demás. Es nuestro vehículo para aprender a ser una persona verdaderamente amorosa.
A través de la meditación, gradualmente comenzamos a darnos cuenta de que hay espacios en nuestro diálogo interior. En medio de nuestro constante hablar con nosotros mismos, experimentamos una pausa, como si nos estuviéramos despertando de un sueño. Reconocemos nuestra capacidad para relajarnos en la claridad, el espacio y la atención plena que ya existen en nuestras mentes. Experimentamos momentos de estar aquí que se sienten simples, directos, y ordenados. Este regresar a la inmediatez de nuestra experiencia es entrenarse en bodhichitta incondicional. Simplemente estando aquí, nos relajamos más y más en la abierta dimensión de nuestro ser. Se siente como saliendo de un mundo de fantasía y descubriendo la simple verdad.
Sin embargo, no hay garantía de que la meditación sentada sea de beneficio. Podemos practicar durante años sin que nos penetre nuestras mentes y corazones. Podemos utilizar la meditación para reforzar nuestras falsas creencias: que nos va a proteger de la incomodidad; que nos va a acomodar; que va a hacer realidad nuestras esperanzas y eliminar nuestros temores. Esto sucede porque no entendemos apropiadamente por qué estamos practicando.
¿Por qué meditamos?
Esta es la pregunta que sabiamente deberíamos hacernos.
¿Por qué inclusive vamos a molestamos en pasar tiempo solos con nosotros mismos?
Primero que todo, ayuda entender que la meditación no es sólo acerca de sentirse bien. Pensar que esta es la razón por la que meditamos es prepararnos para fallar, vamos a asumir que lo estamos haciendo mal casi siempre que nos sentemos: inclusive el meditador más asentado experimenta dolor psicológico y físico.
La meditación nos toma tal cual somos, con nuestra confusión y nuestra sanidad. Esta completa aceptación de nosotros tal cual somos es llamada maitri, una simple y directa relación con nuestra forma de ser. Tratar de arreglarnos a nosotros mismos no es de ninguna ayuda. Implica lucha y auto-descalificación. El denigrarnos es probablemente la mayor forma de cubrir nuestra bodhichitta. ¿No tratar de cambiar significa que tenemos que permanecer bravos y adictos hasta el día en que morimos?
Esta es una pregunta razonable. A la larga, tratar de cambiarnos a nosotros mismos no funciona porque nos estamos resistiendo a nuestra propia energía. El mejoramiento personal puede tener resultados temporales, pero una transformación duradera se lleva a cabo solamente cuando nos honramos a nosotros mismos como la fuente de sabiduría y compasión. Como lo señalaba el maestro budista Shantideva del siglo VIII, somos muy similares a una persona ciega que encuentra una joya enterrada en un montón de basura.
Aquí mismo, en medio de lo que nos gustaría botar, en lo que encontramos repulsivo y atemorizante, descubrimos la calidez y la claridad de la bodhichitta. Es tan sólo cuando comenzamos a relajarnos respecto a nosotros mismos que la meditación se convierte en un proceso transformador. Sólo cuando nos relacionamos con nosotros mismos sin estar moralizando, sin dureza, sin autoengaños, podremos abandonar los patrones dañinos. Sin maitri, el renunciar a los viejos hábitos se vuelve abusivo. Este es un punto importante.
Cuando practicamos meditación, cultivamos cuatro cualidades de maitri: constancia, clara visión, el experimentar nuestro dolor y atención al momento presente. Estas cualidades no solo se aplican a la meditación sentada, sino que son esenciales a todas las prácticas de bodhichitta y también para poder relacionarnos con situaciones difíciles en nuestra vida diaria.
Constancia. Cuando practicamos meditación estamos fortaleciendo nuestra habilidad para ser constantes con nosotros mismos. No importa lo que surja –que nos duelan los huesos, aburrimiento, sueño, o los pensamientos y emociones más salvajes- desarrollamos una fidelidad para con nuestra experiencia. Aún cuando muchos meditadores lo tomen en consideración, no salimos del salón de meditación corriendo y chillando. Más bien reconocemos ese impulso sin etiquetarlo como correcto o equivocado. Esto no es pequeña cosa.
Somos incentivados a meditar diariamente, aunque sea por breve tiempo, a fin de cultivar esta constancia para con nosotros mismos. Nos sentamos bajo toda clase de circunstancias –ya sea que nos sintamos saludables o enfermos, estemos de buen humor o deprimidos, ya sea que sintamos que nuestra meditación está desarrollándose bien o desbaratándose completamente.
A medida que continuamos sentándonos observamos que la meditación no tiene que ver con hacerlo bien o lograr un cierto estado ideal. Es acerca de poder permanecer presentes con nosotros mismos. Se vuelve cada vez más claro que no nos liberaremos de patrones autodestructivos a menos que desarrollemos una comprensión compasiva de lo que ellos son.
Un aspecto de la constancia consiste en simplemente permanecer con nuestro cuerpo. Debido a que la meditación hace énfasis en trabajar con la mente, es fácil olvidar que tenemos un cuerpo. Cuando se siente a meditar, es importante relajarse en su cuerpo y entrar en contacto con lo que esté sucediendo. Comenzando con el tope de su cabeza, usted puede dedicar unos minutos a desarrollar conciencia de cada parte de su cuerpo.
Cuando llega a lugares que están doliendo o que están tensos, usted puede inspirar y expirar tres ó cuatro veces, manteniendo su atención conciente sobre esa área. Puede detenerse una vez que llega a las plantas de sus pies, o si lo prefiere, puede repetir este proceso de repaso corporal de abajo hacia arriba. Luego, en cualquier momento durante su período de práctica, usted puede sintonizarse de nuevo con la sensación global de estar en su cuerpo.
Durante un momento usted puede traer su atención conciente directamente de nuevo aquí. Usted está sentado meditando. Hay sonidos, olores, percepciones visuales, molestias físicas; usted está inspirando y expirando. Usted puede reconectarse con su cuerpo en esta forma cada vez que lo desee –quizás una o dos veces durante una sesión de meditación sentada. Luego regrese a la técnica.
En la meditación descubrimos nuestra inherente inquietud. Algunas veces nos paramos y nos largamos. Algunas veces nos sentamos ahí, pero nuestros cuerpos se menean y retuercen y nuestras mentes se van lejos. Esto puede ser tan incómodo que sentimos que es imposible permanecer. Sin embargo, esta sensación puede enseñarnos no sólo acerca de nosotros mismos sino también acerca de lo que significa ser humano. Todos nosotros obtenemos seguridad y comodidad del mundo imaginario de recuerdos, fantasías y planes. Realmente no deseamos permanecer con la desnudez de nuestra presente experiencia. El permanecer presentes va en contra de nuestra inclinación.
Estos son los momentos en los que solamente la gentileza y el sentido de humor pueden proporcionarnos la fortaleza para aquietarnos. La instrucción básica es: Permanezca, permanezca, quédese ahí, simplemente permanezca. Aprender a permanecer con nosotros mismos en meditación es como entrenar a un perro.
Si lo entrenamos a fuerza de golpes, vamos a terminar con un perro obediente pero inflexible y más bien aterrado. El perro puede obedecer cuando decimos “Quédate”, “Ven” “Siéntate”, pero también estará neurótico y confundido. Al contrario, entrenar con gentileza y bondad resulta en alguien que es flexible y confiado, que no se molesta cuando las situaciones son impredecibles e inseguras. Así que cuando estemos dispersos y distraídos, nos incentivamos gentilmente a “permanecer” y centrarnos.
¿Estamos experimentando inquietud? “permanecemos” ¿Una mente discursiva? “permanecemos” ¿Están el miedo y el aburrimiento fuera de control? “permanecemos” ¿Nos duelen los tobillos y molesta la espalda?, “permanecemos”. ¿Qué voy a cenar? “permanecemos” ¿Qué estoy haciendo aquí? “permanecemos” ¡No puedo aguantar esto un minuto más! “permanecemos” Así es como cultivamos la constancia.
Clara visión. Luego de haber estado meditando durante un tiempo, es común sentir que estamos retornando en vez de despertando. “Yo era bastante centrado hasta que comencé a meditar; ahora parece que siempre estoy inquieto.” “No acostumbraba a ponerme brava, ahora sucede todo el tiempo.” Podemos quejarnos de que la meditación está arruinando nuestra vida, pero de hecho tales experiencias son un signo de que estamos comenzando a ver con más claridad. A través del proceso de practicar la técnica a diario, año tras año, comenzamos a ser muy honestos con nosotros mismos. Una clara visión es otra forma de decir que nos engañamos menos a nosotros mismos.
El poeta Beat Jack Kerouac, sintiéndose en su mejor momento para un avance espiritual sensacional, le escribió a un amigo antes de retirarse en medio de la naturaleza: “Si no llego a tener una visión en Desolation Peak entonces mi nombre no es William Blake.” Pero más tarde escribió que le resultaba muy difícil enfrentar la verdad desnuda. “Pensé, en junio cuando llegue al tope y todos se marchen, que llegaré a estar cara a cara con Dios o el tathagata (Buda) y descubrir de una vez por todas cuál es el sentido de toda esta existencia y sufrimiento… pero más bien me he enfrentado cara a cara conmigo mismo, sin licor, sin drogas, sin posibilidad de falsedades, sino cara a cara con el viejo Rencoroso… Yo.”
La meditación requiere de paciencia y maitri. Si este proceso de ver con claridad no está basado en la autocompasión se tornará en un proceso de autoagresión. Necesitamos autocompasión para estabilizar nuestras mentes. La necesitamos para trabajar con nuestras emociones. La necesitamos a fin de permanecer.
Cuando aprendemos a meditar somos instruidos a sentarnos en una cierta posición sobre un cojín o una silla. Recibimos la instrucción de tan sólo permanecer en el momento presente, dándonos cuenta de nuestra respiración cada vez que sale y entra el aire por la nariz.
Recibimos la instrucción de que cada vez que nuestra mente esté divagando, sin rudeza ni juicios, debemos darnos cuenta de ello y regresar a nuestra respiración. Nos entrenamos en regresar a este momento de estar aquí. En el proceso de hacer esto, nuestra confusión, nuestra dispersión, nuestra ignorancia comienza a transformarse en clara visión.
El darnos cuenta se convierte en un hecho clave para ver simplemente lo que es. Darnos cuenta de que es ambos, tanto nuestra claridad como nuestra confusión. No estamos tratando de liberarnos de los pensamientos. Más bien, estamos viendo claramente nuestros mecanismos de defensa, nuestras creencias negativas acerca de nosotros mismos, nuestros deseos y expectativas. También vemos nuestra bondad, nuestro coraje, nuestra sabiduría.
A través del proceso de practicar regularmente la técnica de la atención plena, ya no podemos continuar escondiéndonos de nosotros mismos. Vemos claramente las barreras que levantamos para protegernos de la experiencia desnuda. Aún cuando continuamos asociando las paredes que levantamos con seguridad y comodidad, también comenzamos a sentirlas como cierta restricción. Esta situación claustrofóbica es importante para el guerrero. Marca el comienzo del desear una alternativa para nuestro pequeño y familiar mundo. Comenzamos a buscar aire. Deseamos disolver las barreras entre nosotros y los demás.
Experimentando zozobra emocional. Muchas personas, incluso practicantes de muchos años, recurren a la meditación como una manera de escapar de las emociones difíciles. Es posible malinterpretar el “darnos cuenta” como una forma de hacer que la negatividad se esfume.
No importa cuántas veces hayamos sido instruidos de permanecer abiertos a cualquier cosa que surja, aún así, podemos utilizar la meditación como represión. La transformación solamente ocurre cuando nosotros recordamos, respiración tras respiración, año tras año, movernos hacia nuestra zozobra emocional sin condenar ni justificar nuestra experiencia.
Trungpa Rimpoche describe la emoción como una combinación de energía que existe por sí misma y pensamientos. La emoción puede proliferar sin nuestras conversaciones interiores. Si estamos enfadados cuando nos sentamos a meditar, somos incentivados a darnos cuenta de lo que sucede y dejarlo ser. Sin embargo, bajo los pensamientos algo permanece - una vital y palpitante energía. No hay nada malo, nada dañino acerca de esta energía subyacente. Nuestra práctica consiste en permanecer con ella, experimentarla, dejarla tal cual es.
Existen ciertas técnicas avanzadas en las cuales usted intencionalmente propicia las emociones al pensar en personas o situaciones que le enojan o desatan su lujuria o su miedo. La práctica consiste en dejar que los pensamientos se vayan y conectarse directamente con la energía preguntándose a uno mismo ¿Quién soy yo sin estos pensamientos?
Lo que nosotros hacemos con la práctica de la meditación es mucho más simple que eso, pero lo considero igualmente atrevido. Cuando surge aún sin haber sido invitada la zozobra o la inquietud emocional, permitimos que los pensamientos que se van uniendo unos a otros se vayan y permanecemos con la energía.
Esta es una experiencia que se siente, no es un comentario verbal acerca de lo que está sucediendo. Podemos sentir la energía en nuestros cuerpos. Si podemos permanecer con eso, sin manifestarla ni reprimirla, entonces nos despierta. El no permanecer con nuestra propia energía es un predecible hábito humano. Manifestarla de una u otra manera o reprimirla son tácticas que utilizamos para alejarnos de nuestro dolor emocional.
Por ejemplo, la mayoría de nosotros cuando nos ponemos bravos gritamos o sobreactuamos. Alternamos expresiones de rabia con el sentirnos avergonzados de nosotros mismos y llenándonos de culpa. Nos atoramos en un comportamiento repetitivo a tal punto que nos volvemos expertos en eso. De esta manera continuamos fortaleciendo nuestras dolorosas emociones.
Una noche, años atrás, me encontré a mi novio abrazando apasionadamente a otra mujer. Estábamos en casa de una amiga, quien tenía una valiosa colección de cerámica. Yo estaba furiosa y buscando algo que arrojarle. Todo lo que tomaba tenía que ponerlo de vuelta en su sitio porque valía cuando menos mil dólares. ¡Estaba completamente enfurecida y no podía encontrar nada para arrojárselo encima! No había salidas para dejar de experimentar mi propia energía. Lo absurdo de la situación cortó totalmente a través de mi rabia. Salí, miré el cielo y reí hasta que finalmente acabé llorando.
En el budismo Vajrayana se dice que la sabiduría es inherente en las emociones. Cuando luchamos contra nuestra energía estamos rechazando nuestra fuente de cordura. La rabia sin la fijación conceptual no es nada más que clara visión, pura sabiduría. El orgullo sin la fijación conceptual es experimentado como ecuanimidad. La energía de la pasión cuando está libre de aferramientos es sabiduría que ve todos los ángulos.
En el entrenamiento de la bodhichitta también nos volvemos la energía viviente de las emociones. Cuando estas se intensifican, lo que usualmente sentimos es miedo. Este miedo siempre está acechando en nuestras vidas. En la meditación sentada practicamos abandonar cualquier cuento que nos estemos contando a nosotros mismos y a permanecer con las emociones y el miedo. Así nos entrenamos en abrir el temeroso corazón a la inquietud de nuestra propia energía. Aprendemos a permanecer con la experiencia de nuestra zozobra emocional.
Atención al momento presente. Otro factor que cultivamos en el transformador proceso de la meditación es la atención a este preciso momento. Momento a momento decidimos estar plenamente aquí. Atender en cuerpo y mente nuestro momento presente es una forma de ser tiernos hacia nosotros mismos, hacia los demás y el mundo. Esta cualidad de atención es inherente en nuestra habilidad para amar. Regresar al momento presente toma algo de esfuerzo, pero este es muy liviano.
La instrucción es la de “regresar y seguir”. Tocamos los pensamientos al darnos cuenta de ellos y luego los dejamos ir. Es una forma de relajar nuestra lucha, como tocar una burbuja con una pluma. Es una forma no agresiva de estar aquí. Algunas veces encontramos que nos gustan tanto nuestros pensamientos que no queremos que se vayan. Observar nuestra película interior es mucho más entretenido que traer de vuelta nuestra mente a casa.
No hay duda de que nuestro mundo de fantasía puede ser muy jugoso y seductor, así que nos entrenamos en utilizar un “suave” esfuerzo cuando interrumpimos nuestros patrones habituales, en otras palabras, nos entrenamos en cultivar autocompasión.
Practicamos meditación para conectarnos con maitri y la apertura incondicional. Al no bloquear nada deliberadamente, al tocar nuestros pensamientos directamente y después dejarlos ir con una actitud de que no son gran cosa, nosotros podemos descubrir que nuestra energía fundamental es tierna, saludable, y fresca. Podemos comenzar a entrenarnos como guerreros, descubriendo que es la bodhichitta y no la confusión lo que es básico en nosotros.
Los slogans del guerrero
En el siglo XI, Atisha Dipankara llevó las enseñanzas completas de bodhichitta de la India al Tibet. Enfatizó particularmente las llamadas enseñanzas loyong, enseñanzas para entrenar la mente. Lo que es tan actualizado acerca de ellas es que nos muestran cómo transformar las circunstancias difíciles en camino hacia la iluminación; que aquello que comúnmente más nos desagrada acerca de nuestras vidas, constituye la carne y las papas de las prácticas de Atisha para el entrenamiento de la mente. Que aquello que vemos como grandes obstáculos –debido a la rabia, a nuestro resentimiento, a nuestra rigidez- lo utilizamos como combustible para despertar la bodhichitta.
Después del fallecimiento de Atisha, estas enseñanzas fueron mantenidas en secreto pasadas tan sólo a los discípulos más cercanos. No volvieron a ser ampliamente conocidas hasta el siglo XII, cuando el tibetano Geshe Chekawa las organizó en cincuenta y nueve eficaces slogans. Hoy día estas sentencias son conocidas como los slogans del lojong o los slogans de Atisha. Familiarizarse con ellos y tenerlos presentes en mente a través de nuestras vidas constituye una valiosa práctica de bodhichitta.
Geshe Chekawa tenía un hermano que no simpatizaba con las enseñanzas budistas y siempre le estaba haciendo la guerra. Sin embargo, cuando sanaron muchos leprosos que estudiaban con Chekawa, este comenzó a interesarse en las enseñanzas que ellos estaban recibiendo. Escondiéndose afuera de la puerta de Chekawa, el irascible hermano empezó a escuchar las enseñanzas acerca de utilizar circunstancias desagradables y molestas como el camino.
Cuando Chekawa empezó a notar que su hermano se estaba volviendo cada vez menos irritable, más flexible, y más considerado, se dio cuenta de que había estado escuchando y aplicando las enseñanzas sobre el entrenamiento de la mente. Fue entonces cuando decidió enseñar los slogans del lojong en forma más pública. Pensó, que, si habían podido ayudar a su hermano, podrían ayudar a cualquier persona.
Por lo general, nos dejamos tomar por el ‘momentum’ habitual y no interrumpimos nuestros patrones ni siquiera ligeramente. Cuando nos sentimos traicionados o decepcionados ¿se nos ocurre acaso practicar? Usualmente no. Pero allí mismo, en medio de nuestra confusión, es donde los slogans de Atisha son más penetrantes. La parte fácil consiste en familiarizarnos con ellos. Más retador es recordar aplicarlos. Recordar un slogan justo en medio de la irritación –por ejemplo “Siempre medita sobre lo que te provoque resentimiento” - puede causar una pausa en nosotros antes de actuar motivados por el resentimiento diciendo algo dañino. Una vez que nos familiarizamos, un slogan como este surgirá espontáneamente en nuestra mente y nos recordará permanecer con la energía emocional en vez de expresarla.
Los slogans para el entrenamiento de la mente nos presentan retos. Cuando estamos escapando del momento presente con una reacción habitual, ¿podemos recordar un slogan que pudiese hacernos regresar? En vez de andar dando vueltas ¿podemos dejar que la intensidad emocional de ese momento acalorado al rojo vivo o más bien helado nos transforme?
La médula de la práctica de los slogans consiste en asumir la actitud del guerrero respecto a la incomodidad. Nos incentiva a preguntarnos ¿Cómo puedo practicar ahora mismo, aquí en este doloroso momento y transformarlo en camino al despertar? Contamos con muchas oportunidades para hacernos esta pregunta cualquier día común y corriente de nuestras vidas.
El slogan “Entrénate en las tres dificultades” nos proporciona directrices acerca de cómo practicar, cómo interrumpir nuestras reacciones habituales. Las tres dificultades son: 1) darnos cuenta y aceptar nuestra neurosis como neurosis, 2) hacer algo diferente y 3) aspirar a continuar practicando en esta forma.
Darnos cuenta y aceptar que estamos todos enrollados es el primero y más difícil paso en cualquier práctica. Sin el compasivo reconocimiento de que estamos atascados, es imposible liberarnos de la confusión. “Hacer algo diferente” consiste en cualquier cosa que interrumpa nuestro viejo hábito de tenazmente dar rienda suelta a nuestras emociones. Hacemos entonces cualquier cosa por cortar la fuerte tendencia a prolongarlas.
Podemos abandonar la línea argumental y conectarnos con la energía subyacente o hacer cualquiera de las prácticas bodhichitta introducidas en este texto. Cualquier cosa que no sea habitual funcionará -inclusive cantar o bailar o trotar alrededor de la manzana. Hacemos cualquier cosa que no refuerce nuestros hábitos que nos invalidan. La tercera práctica difícil es la de recordar que esto no es algo que hacemos una o dos veces. Interrumpir nuestros hábitos destructivos y despertar nuestro corazón es trabajo de toda una vida.
En esencia, la práctica es siempre la misma: en vez de caer presa de una reacción en cadena de venganza o de odio hacia uno mismo, gradualmente aprendemos a atajar la reacción emocional y abandonar las líneas argumentales. Luego sentimos la sensación corporal completamente. Una forma de hacer esto consiste en inspirarlo hacia nuestro corazón. Dándonos cuenta de la emoción, abandonando cualquier cuento que nos estemos metiendo a nosotros mismos, sintiendo la energía del momento, cultivamos compasión hacia nosotros mismos. Luego, podemos ir un paso adelante. Podemos reconocer que existen millones de seres que se están sintiendo en la misma forma que nosotros en este momento e inspirar la emoción en nombre de todos con el deseo de que podamos todos liberarnos de la confusión y reacciones habituales limitantes.
Cuando podemos reconocer nuestra propia confusión con compasión, podemos extender esa compasión a otros igualmente confundidos. Este paso de ensanchar el círculo de compasión es donde reside la magia del entrenamiento de la bodhichitta.
La ironía es que aquello que más deseamos evitar en nuestras vidas es crucial para despertar la bodhichitta. Es en estos lugares interiores emocionalmente jugosos donde el guerrero obtiene sabiduría y compasión. Claro, vamos a querer salirnos de esos lugares con mucha más frecuencia de lo que vamos a querer permanecer en ellos. Es por esto, que el coraje y la compasión hacia nosotros mismos son vitales. Permanecer con el dolor sin gentileza amorosa es tan solo una lucha.
Cuando el fondo se está desintegrando pudiésemos de pronto recordar el slogan “Si puedes practicar estando distraído, entonces estás bien entrenado”. Si podemos practicar cuando nos sentimos celosos, llenos de resentimiento, despreciativos, cuando nos detestamos a nosotros mismos, entonces estamos bien entrenados.
Una vez más, practicar significa no continuar fortaleciendo los patrones habituales que nos mantienen atrapados y hacer cualquier cosa que podamos por mejorar, proporcionando un respiradero en la culpa y la auto justificación. Practicar significa hacer lo mejor que podamos por permanecer con la fuerte energía sin expresarla ni reprimirla. Al hacerlo, nuestros hábitos se vuelven más permeables.
Nuestros patrones están bien establecidos, son seductores y reconfortantes. El simplemente desear un respiradero no es suficiente. Aquellos de nosotros que luchamos con esto lo sabemos. La clave es la atención plena. ¿Acaso vemos los cuentos que nos estamos contando a nosotros mismos y cuestionamos su validez? Cuando estamos distraídos por una fuerte emoción, ¿acaso recordamos que ese es nuestro camino?
¿Podemos sentir la emoción e inspirarla hacia nuestros corazones por nosotros mismos y por todos los demás? Si podemos recordar experimentar en esta forma inclusive ocasionalmente, nos estaremos entrenando como guerrero. Y cuando no podamos practicar estando distraídos, pero sepamos que no podemos, aún así estaremos entrenándonos bien. Nunca debemos subestimar el poder de reconocer compasivamente lo que está sucediendo.
Cuando nos estamos sintiendo confundidos acerca de nuestras palabras y acciones y acerca de lo que causa y no causa daño, de la nada pudiese surgir el slogan “De los dos testigos, atente al principal”. De los dos testigos -uno mismo y los otros- nosotros somos los únicos que conocemos la completa verdad acerca de nosotros mismos.
Algunas veces la forma en la que vemos nuestra ignorancia es teniendo una respuesta del mundo exterior. Los otros pueden ser de grandísima ayuda en mostrarnos nuestros puntos ciegos. Particularmente si nos hacen respingar, seríamos muy sabios de prestarles atención a sus interiorizaciones y críticas. Pero ultimadamente, nosotros somos los que sabemos qué está sucediendo en nuestras mentes y corazones. Somos los únicos que escuchamos nuestras conversaciones interiores, que sabemos cuando nos retiramos o nos sentimos inspirados.
Cuando comenzamos a entrenarnos vemos que hemos sido bastante ignorantes respecto a lo que estamos haciendo. Primero, vemos que rara vez podemos relajarnos en el momento presente. Segundo, vemos que hemos fabricado todo tipo de estrategias para evitar permanecer en el momento presente, particularmente cuando sentimos miedo de que lo que está sucediendo vaya a doler. También vemos nuestra fuerte creencia de que, si tan sólo pudiésemos hacerlo todo bien, podríamos encontrar un lugar seguro, cómodo y a salvo donde pasar el resto de nuestras vidas.
Creciendo en los cincuenta, durante cierto tiempo creí que lo que veía en los programas estelares de la televisión era la típica familia. Todos se llevaban muy bien. Nadie se emborrachaba o se prendía de furia. Nunca había nada realmente feo. Muchos de los que veíamos la televisión pensábamos, por supuesto, que nuestras familias eran la excepción de la regla. La verdad continuó silenciada a favor del “Sueño Americano”.
A medida que practicamos, comenzamos a conocer la diferencia entre nuestra fantasía y la realidad. Mientras más constantes seamos con nuestra experiencia, nos volvemos más concientes del momento en que comenzamos a ponernos tiesos y a retroceder. Cuando nos estamos denigrando a nosotros mismos, ¿lo sabemos? ¿Entendemos de dónde viene el deseo de agredir a otro? ¿Aspiramos a no continuar descendiendo por el viejo camino auto destructivo? ¿Nos damos cuenta de que el sufrimiento que sentimos es compartido por todos los seres? ¿Sentimos acaso algún deseo de que todos podamos dejar de cultivar las semillas de la miseria? Sólo “el principal” conoce las respuestas a estas preguntas.
No podemos esperar que siempre vayamos a vernos dejando de incurrir en una reacción habitual. Pero a medida que comenzamos a vernos con más frecuencia y trabajamos por interrumpir nuestros patrones habituales, sabemos que el entrenamiento en la bodhichitta está penetrando. Nuestro deseo de ayudar no sólo a nosotros mismos sino a todos los seres sintientes crecerá poco a poco. De modo que, en todas las actividades, no sólo algunas veces cuando las cosas van bien o particularmente mal, entrénense con los slogans de Atisha sobre la bodhichitta. Pero recuerden, “No traten de ser los más rápidos”, “Abandonen cualquier esperanza de realización”, y “No esperen ningún aplauso”.
Las cuatro ilimitadas cualidades
Que todos los seres sintientes disfruten de felicidad y de la raíz de la felicidad.
Que puedan liberarse del sufrimiento y de la raíz del sufrimiento.
Que no se separen de la gran alegría libre de sufrimiento.
Que puedan permanecer en la gran ecuanimidad, libres de pasión, agresividad y prejuicios.
El cántico de las cuatro inconmensurables
Todo depende de nosotros. Podemos pasarnos la vida cultivando nuestros resentimientos y apetitos o podemos explorar el camino del guerrero -nutriendo la apertura mental y el coraje. La mayoría de nosotros seguimos fortaleciendo nuestros hábitos negativos y por lo tanto cultivamos las semillas de nuestro propio sufrimiento. Sin embargo, las prácticas de bodhichitta constituyen diversas formas en las que podemos cultivar las semillas del bienestar. Particularmente poderosas son las prácticas de aspiración de las cuatro ilimitadas cualidades -gentileza amorosa, compasión, alegría y ecuanimidad.
En estas prácticas comenzamos cerca de casa, es decir, expresamos el deseo de que nosotros y nuestros seres queridos podamos disfrutar de felicidad y liberarnos de sufrimiento. Luego, gradualmente extendemos esa aspiración a un círculo cada vez más amplio de relaciones. Comenzamos justo donde nos encontramos ahora mismo, es decir, donde sentimos genuinas nuestras aspiraciones.
Empezamos dándonos cuenta de dónde ya sentimos amor, compasión, alegría y ecuanimidad. Ubicamos nuestra presente experiencia de estas cuatro inconmensurables cualidades sin importar cuan limitadas pudiesen encontrarse: en nuestro amor por la música, en nuestra empatía con los niños, en la alegría que
sentimos al escuchar buenas noticias, o en la ecuanimidad que experimentamos cuando estamos con buenos amigos.
Aún cuando pudiésemos pensar que lo que experimentamos es poca cosa, sin embargo, comenzamos con eso y lo nutrimos. No necesita ser algo grandioso. Cultivar estas cuatro cualidades nos proporciona interiorización respecto a nuestra experiencia actual. Nos proporciona entendimiento del estado de nuestra mente y de nuestro corazón ahora mismo.
Llegamos a conocer la experiencia del amor y de la compasión, de la alegría y la ecuanimidad y también de sus opuestos. Aprendemos cómo se siente cuando una de estas cuatro cualidades está atascada y cómo se siente cuando está fluyendo libremente. Nunca pretendemos que sentimos algo que no sentimos. La práctica depende de abrazar toda nuestra experiencia. Volviéndonos íntimos con cómo es que nos cerramos y cómo nos abrimos, despertamos nuestro ilimitado potencial.
Aún cuando comenzamos esta práctica con la aspiración -por nosotros o por nuestros seres queridos- de liberarnos de sufrimiento, pudiese parecer que estuviésemos solamente diciendo palabras. Inclusive este deseo compasivo hacia aquellos cercanos a nosotros pudiese parecernos falso. Pero mientras no nos estemos engañando a nosotros mismos, esta pretensión tiene el poder de descubrir la bodhichitta.
Aun cuando nosotros sabemos lo que sentimos, hacemos las aspiraciones a fin de movernos más allá de lo que ahora parece posible. Luego de practicar por nosotros y por aquellos cercanos a nosotros, nos estiramos aún más: enviamos buena voluntad hacia aquellos que encontramos neutrales en nuestras vidas y también a la gente que no nos gusta.
Pudiese sentirse como estirándose en tratar de creer que se dice “Que esta persona que me está sacando de quicio pueda disfrutar de felicidad y liberarse de sufrimiento” pero probablemente lo que sentimos genuinamente es rabia. Esta práctica es como un ejercicio que estira el corazón más allá de sus capacidades actuales. Podemos esperar encontrar algo de resistencia.
Descubrimos que tenemos nuestros límites: podemos permanecer abiertos a ciertas personas, pero mantenernos cerrados a otros. Vemos ambos, nuestra claridad y nuestra confusión. Estamos aprendiendo de primera mano lo que todos los que han incursionado en este camino han aprendido: que todos somos una paradójica mezcla de un rico potencial que consiste en ambos: neurosis y sabiduría.
Tengamos claro que la práctica de la aspiración es diferente a hacer afirmaciones. Las afirmaciones son como decirse a usted mismo que es compasivo y valiente a fin de esconder el hecho de que secretamente usted se siente un perdedor. Al practicar las cuatro cualidades ilimitadas, nosotros no estamos tratando de convencernos de nada ni estamos tratando de esconder nuestros verdaderos sentimientos. Estamos expresando nuestra disposición de abrir nuestros corazones y acercarnos más a nuestros temores. La práctica de la aspiración nos ayuda a hacer esto en medio de relaciones cada vez más difíciles.
Si nos damos cuenta del amor, la compasión, la alegría y la ecuanimidad que sentimos ahora y la nutrimos a través de estas prácticas, la expansión de esas cualidades se dará por sí sola. Despertar las cuatro cualidades provee la calidez necesaria para que emerja una fortaleza ilimitada. Ellas tienen el poder de distender nuestros viejos hábitos y derretir la dureza helada de nuestras fijaciones y mecanismos de defensa. No nos estamos forzando a ser buenos. Cuando vemos cuan fríos y agresivos podemos ser, no estamos pidiéndonos arrepentimiento.
Más bien, estas prácticas de aspiración desarrollan nuestra habilidad para permanecer fieles a nuestra propia experiencia sea esta la que sea. En esta forma, llegamos a conocer la diferencia entre una mente abierta y una cerrada, desarrollando gradualmente la atención conciente y la gentileza necesaria para beneficiar a otros. Estas prácticas desbloquean nuestro amor y nuestra compasión, alegría y ecuanimidad, una y otra vez permitiendo que se expanda su infinito potencial.
La gentileza amorosa
“La paz entre los países debe reposar sobre la sólida base del amor entre los individuos.”
Mahatma Gandhi
Nuestros intentos personales para vivir humanamente en este mundo nunca son en vano. Escoger cultivar amor en vez de odio puede ser justo lo que se requiere para salvar de la extinción a este planeta. ¿Qué es lo que permite que nuestra buena voluntad se expanda y que disminuya nuestra rabia? Esta es una pregunta significativa. Tradicionalmente se dice que la ignorancia es el techo de la agresividad y el sufrimiento. Pero ¿qué es lo que estamos ignorando? Enfrascados en la visión tipo túnel de nuestros asuntos personales, lo que ignoramos es nuestra hermandad con otros.
Una razón por la que nos entrenamos como guerreros-bodhisattvas es para reconocer nuestra interconexión, para crecer en la comprensión de que cuando le hacemos daño a otro nos estamos haciendo daño a nosotros mismos. Así que nos entrenamos en reconocer nuestra rigidez. Nos entrenamos en ver que los otros no son tan diferentes de nosotros mismos. Nos entrenamos en abrir nuestras mentes y corazones a situaciones cada vez más difíciles.
Para quien aspira ser un bodhisattva, la práctica esencial es la de cultivar maitri. En las enseñanzas Shambhala esto es llamado “colocar nuestra temerosa mente en la cuna de la gentileza amorosa”. Otra imagen para maitri o gentileza amorosa es la de una madre pájaro que protege y se interesa por su cría hasta que estos se encuentran lo suficientemente fuertes para salir volando. La gente a veces pregunta ¿Quién soy yo en esta imagen ¿la madre o el pichón?
La respuesta es que nosotros somos ambos: tanto la madre como los pequeños pichones. Es muy fácil identificarse con los bebés –ciegos, sin plumas y desesperados por atención. Nosotros somos una impresionante mezcla de algo que no es aún totalmente bello y sin embargo es profundamente amado. Que esta sea nuestra actitud hacia nosotros mismos o hacia otros, es la clave para aprender a amar. Nos mantenemos con nosotros mismos y con los demás cuando estamos chillando por comida y no tenemos plumas y también más adelante cuando somos más grandes y agraciados según los parámetros mundanos.
Al cultivar la gentileza amorosa, nos entrenamos, primero, en ser honestos, amorosos, y compasivos hacia nosotros mismos. En lugar de alimentar la auto-descalificación, comenzamos a cultivar una gentileza que ve con claridad. Algunas veces nos sentimos bien y fuertes. Algunas veces nos sentimos inadecuados y débiles. Pero como el amor de una madre, maitri es incondicional. No importa cómo nos sintamos, podemos aspirar a ser felices.
Podemos aprender a pensar y actuar en formas tales que siembren las semillas de nuestro futuro bienestar, volviéndonos gradualmente más concientes de lo que causa alegría, así como también de lo que causa sufrimiento. Sin una gentileza amorosa hacia nosotros mismos, es muy difícil, si no imposible, llegar a sentirla de manera genuina por los demás.
Ir de la agresividad a la incondicional gentileza amorosa pudiese parecer como una tarea atemorizante, pero comenzamos con lo que nos resulta familiar. La instrucción para cultivar ilimitada maitri consiste en, primero, encontrar la ternura que ya poseemos. La tocamos con nuestra gratitud o aprecio –nuestra presente habilidad para sentir buena voluntad. De manera muy no-teórica, establecemos contacto con el punto suave de la bodhichitta.
Ya sea que lo encontremos en la ternura de sentir amor o en la vulnerabilidad de sentirnos solos, es algo inmaterial. Si buscamos ese suave y abierto espacio interior, siempre podremos encontrarlo. Por ejemplo, inclusive en la dureza de roca de la rabia, si buscamos bajo la superficie de la agresión, generalmente encontraremos miedo. Hay algo bajo la solidez de la rabia que se siente muy crudo y sensible. Bajo la actitud defensiva está la cualidad de corazón roto, la ausencia de defensas protectoras de la bodhichitta.
Sin embargo, en lugar de sentir esta ternura, nosotros tendemos a cerrarnos y protegernos de la incomodidad. Que nos cerremos no es un problema. De hecho, darnos cuenta de cuando lo hacemos es una parte importante del entrenamiento. El primer paso en cultivar la gentileza amorosa consiste en ver cuando estamos erigiendo barreras entre nosotros y los demás. Este compasivo reconocimiento es esencial.
A menos que entendamos -sin juzgar- que estamos endureciendo nuestro corazón, no hay posibilidad de disolver esa coraza. De no disolver la armadura, mantendremos siempre rezagada la gentileza amorosa de la bodhichitta. Siempre estamos obstruyendo nuestra propia capacidad innata para amar sin haberlo planificado. Así que nos entrenamos en despertar la gentileza amorosa de la bodhichitta en toda clase de relaciones, tanto en las que abrimos nuestro corazón como en las que estamos bloqueados. Todas estas relaciones se convierten en ayudas para descubrir nuestra habilidad para sentir y expresar amor.
La práctica formal de la gentileza amorosa o maitri tiene siete etapas. Comenzamos engendrando gentileza amorosa hacia nosotros y luego la expandimos a nuestro propio paso hasta incluir a nuestros seres queridos, amigos, personas “neutrales”, aquellos que nos irritan, a todos los anteriores como un grupo, y finalmente, a todos los seres a través del tiempo y del espacio. Ampliamos gradualmente el círculo de la gentileza amorosa.
La aspiración tradicional utilizada es: “Que yo y los demás seres podamos disfrutar de felicidad y de la raíz de la felicidad”. Al enseñar esto he encontrado que a veces la gente tiene problemas con la palabra felicidad. Dicen cosas como: “El sufrimiento me ha enseñado mucho y la felicidad me mete en problemas”. No están seguros de que sea la felicidad lo que desean para sí mismos o para los demás. Esto puede deberse a que nuestra noción convencional de felicidad es demasiado limitada. Para llegar al corazón de la práctica de la gentileza amorosa vamos a tener que poner la aspiración por la felicidad en nuestras propias palabras. Un hombre me dijo acerca de su aspiración de que el y los demás puedan llegar a realizar su completo potencial.
La aspiración de una mujer que conozco consiste en que todos podamos aprender a pensar, hablar y actuar de modo que todo contribuya a desarrollar bienestar. La aspiración de otra persona es que todos los seres -incluyéndose a sí mismo- comiencen a confiar en su innata bondad fundamental. Es importante que cada uno de nosotros hagamos la aspiración tan genuinamente como nos sea posible.
Para trabajar con esta práctica es útil considerar de antemano a las personas y animales hacia quienes ya nos sentimos amorosos. Esto podría ser un sentimiento de gratitud o de reconocimiento o un sentimiento de ternura. Cualquier sentimiento de genuino corazón estará bien. Si ayuda, podemos inclusive comenzar una lista de aquellos que nos inspiran estos sentimientos con facilidad.
Tradicionalmente comenzamos la práctica con nosotros mismos, pero algunas veces la gente encuentra eso muy difícil. Es importante incluirnos, pero por quien empecemos no es nada crítico, el punto está en entrar en contacto con un honesto sentimiento de buena voluntad e incentivarlo a expandirse. Si usted puede abrir su corazón con facilidad hacia su perro o su gato, comience ahí y luego muévase hacia relaciones más retadoras. La práctica es acerca de conectarnos con ese suave espacio interior en forma tal que sea verdadero para nosotros, no acerca de pretender un sentimiento en particular. Simplemente ubique esa habilidad para sentir un buen corazón y atesórelo, incluso si este decae y fluye.
Antes de comenzar la práctica de la aspiración nos sentamos tranquilamente durante unos minutos. Luego empezamos las siete etapas de la práctica de la gentileza amorosa. Decimos: “Que yo (o una persona amada) pueda disfrutar de felicidad y de la raíz de la felicidad” o lo ponemos en nuestras propias palabras. Quizás digamos: “Que aprendamos a ser seres verdaderamente amorosos”. O “Que tengamos suficiente para alimentarnos y un lugar donde dormir en donde nos sintamos cómodos y seguros”.
Luego de hacer esta aspiración por nosotros mismos o por alguien a quien amamos con facilidad, nos movemos hacia un amigo. Esta relación debe ser un poco más complicada. Por ejemplo: nos interesamos por su bienestar, pero quizás también nos sintamos celosos. Decimos: “Que Jane pueda disfrutar de felicidad y de la raíz de la felicidad” y enviamos gentileza amorosa hacia ella. Podemos pasar tanto tiempo como deseemos en cada una de las etapas de este proceso, sin criticarnos a nosotros mismos si algunas veces lo encontramos artificial o artificioso.
La cuarta etapa consiste en cultivar gentileza amorosa hacia una persona neutral. Esto será por ejemplo hacia alguien que encontramos pero que realmente no conocemos. No nos sentimos ni de una manera ni de otra hacia esa persona. Decimos: “Que el zapatero (el chofer del autobús, la mujer que vive en el apartamento del frente, el latonero que está en la calle) pueda disfrutar de felicidad y de la raíz de la felicidad”. Luego observamos sin juzgar si nuestro corazón se abre o se cierra. Practicamos el darnos cuenta de cuándo está bloqueada la ternura y cuándo está fluyendo libremente.
Las enseñanzas budistas nos dicen que durante el curso de incontables vidas todos los seres han sido nuestras madres. Que alguna vez, todos estos seres han sacrificado su propia comodidad por nuestro bienestar, y viceversa.
Aún cuando en estos días “madre” no siempre tiene una connotación positiva, es punto consiste en considerar a todos los que nos encontramos como nuestros seres queridos. Dándonos cuenta y apreciando a los seres en las calles, en los supermercados, en medio del tráfico, en los aeropuertos, podemos incrementar nuestra capacidad para amar. Utilizamos estas aspiraciones para debilitar las barreras de indiferencia y liberar el buen corazón de la gentileza amorosa.
La quinta etapa de la práctica de maitri consiste en trabajar con una persona difícil, alguien a quien encontremos irritante. Cuando vemos a esta persona tendemos a armar nuestro corazón. Continuamos como antes haciendo la aspiración de la gentileza amorosa “Que esta persona que encuentro tan irritante pueda disfrutar de felicidad y de la raíz de la felicidad”. “Que esta mujer por la que experimento tanto resentimiento pueda despertar la bodhichitta”. Es conveniente, al menos al principio, no comenzar con las relaciones más difíciles. Si nos zambullimos en los traumas de nuestra vida nos vamos a sentir abrumados. Luego podríamos comenzar a temerle a la práctica y dejarla.
De modo que en esta quinta etapa trabajamos con la sensación de negatividad, pero no con su variedad más difícil. Si comenzamos primero con relaciones menos difíciles, podemos confiar en que nuestra capacidad para permanecer abiertos a la gente que encontramos desagradable gradualmente se va a expandir por sí sola.
Debido a que nos retan hasta los límites de la apertura de nuestra mente, las relaciones difíciles son, en muchas formas, las más valiosas para la práctica. La gente que nos irrita, son aquellos quienes inevitablemente levantan nuestra fachada. A través de ellos pudiésemos llegar a ver nuestros mecanismos de defensa con mucha claridad. Shantideva explicó esto de la siguiente manera: Si nosotros deseamos practicar la generosidad y aparece un pordiosero, eso son buenas noticias. El pordiosero nos brinda la oportunidad de aprender a dar. De la misma manera, si queremos practicar paciencia y gentileza amorosa incondicional y llega un enemigo, somos afortunados. Sin aquellos que nos irritan nunca tendremos una oportunidad para practicar.
Antes de que Atisha llevara las prácticas de la bodhichitta de la India al Tibet, le habían dicho que los tibetanos eran universalmente risueños y gentiles. El temía que de ser eso cierto, no iba a encontrar a nadie que le provocase y le mostrase dónde tenía que continuar entrenándose. De modo que escogió llevarse consigo a la persona que consideraba más difícil en su vida -el muchacho bengalí que le servía el te- quien tenía tantas habilidades para mostrarle a él sus faltas como su propio gurú. El chiste es que en realidad no necesitaba un sirviente bengalí. Ya había muchas personas irritantes en Tíbet.
La sexta etapa de la práctica es llamada “disolviendo las barreras por completo”. Nos visualizamos a nosotros mismos, a nuestros seres queridos, a un amigo o amiga, a una persona neutral, y a nuestro actual sirviente bengalí –a todos de pie frente a nosotros. Llegado este punto, tratamos de conectarnos con el sentimiento de gentileza de corazón con todos estos individuos. Evocamos la misma gentileza amorosa por los seres amados que por los enemigos en nuestras vidas, así como también por aquellos que evocan indiferencia. Decimos “Que cada uno de nosotros disfrute igualmente de felicidad y de la raíz de la felicidad”. O, de nuevo, podemos ponerlo en nuestras propias palabras.
La séptima y última etapa consiste en expandir la gentileza amorosa a todos los seres. Extendemos nuestra aspiración tanto como podamos. Podemos comenzar con aquellos cercanos y gradualmente ampliar nuestro círculo para incluir al vecindario, la ciudad, la nación, y el universo. “Que todos los seres en el universo puedan disfrutar de felicidad y sus causas”. Esto es equivalente a hacer la aspiración de que reine la paz en todo el universo.
Cada etapa de la práctica nos proporciona una oportunidad adicional para aflojar la rigidez de nuestros corazones. Está bien asumir tan sólo una etapa y trabajar con esta durante un tiempo. De hecho, mucha gente se entrena en la primera etapa durante una semana o más, aspirando una y otra vez que ellos mismos puedan disfrutar de felicidad y sus causas. También podemos simplificar las etapas. Una forma de práctica de gentileza amorosa tiene estos tres pasos: “Que yo pueda disfrutar de felicidad y sus causas. Que tú puedas disfrutar de felicidad y sus causas. Que todos los seres en todas partes puedan disfrutar de felicidad y sus causas.”
Al final de la práctica, abandonamos todas las palabras, todos los anhelos y simplemente regresamos a la simplicidad no-conceptual de la meditación sentada. El punto más importante de hacer estar práctica consiste en poner al descubierto la habilidad para amar sin condiciones, sin limitaciones.
Hacer las aspiraciones es como echarle agua a la semilla de la buena voluntad de modo que pueda comenzar a crecer. En el curso de hacer esto, entraremos en contacto con nuestras barreras -escepticismo, resentimiento, indignación, orgullo, sentimiento de ser inadecuado, mudez y todas las demás. A medida que continuamos haciendo esta práctica, nos volvemos amigos de nuestros temores, de nuestros aferramientos y de nuestras aversiones. Un corazón incondicional hacia otros no es ni siquiera una posibilidad a menos que nos ocupemos de nuestros propios demonios. Todo lo que encontramos se convierte en una oportunidad para practicar la gentileza amorosa.
La compasión
En otras tradiciones los demonios son expelidos externamente. Pero en mi tradición, los demonios son aceptados con compasión.
Machik Labdron
Así como nutrir nuestra habilidad para amar es una forma de despertar la bodhichitta, lo es igualmente nuestra habilidad para sentir compasión. Sin embargo, la compasión es más retadora a nivel emocional que la gentileza amorosa, porque involucra la disposición de sentir dolor. Definitivamente, requiere el entrenamiento de un guerrero.
Para despertar la compasión, en el siglo XIX el yogui Patrul Rimpoché sugirió imaginarnos seres en tormento -un animal a punto de ser sacrificado, una persona esperando ser ejecutada. Para hacerlo más inmediato, recomendó imaginarnos a nosotros mismos en el lugar de ellos. Particularmente dolorosa es su imagen de una madre sin brazos viendo como un río furioso se lleva a su pequeño hijo.
Contactar directa y totalmente el sufrimiento de otro ser es tan doloroso como estar en los zapatos de esa mujer. Para la mayoría de nosotros, el mero hecho de considerar algo así es atemorizante. Cuando practicamos desarrollar bodhichitta, podemos esperar experimentar nuestro temor al dolor. La práctica de la compasión es atrevida. Involucra aprender a relajarnos y permitirnos a nosotros mismos movernos gentilmente hacia aquello que nos asusta.
El truco está en hacerlo para permanecer con la confusión emocional sin endurecerla hasta convertirla en aversión, permitir que el miedo nos suavice en lugar de endurecernos oponiendo resistencia. Puede ser difícil tan sólo pensar acerca de seres en tormento, ni que decir de actuar en beneficio de ellos. Reconociendo esto, comenzamos con una práctica que es bastante fácil. Cultivamos la valentía a través de hacer aspiraciones. Deseamos que todos los seres, incluyéndonos a nosotros mismos y aquellos que no nos gustan, podamos liberarnos de sufrimiento y de la raíz del sufrimiento.
Utilizamos la misma práctica de aspiración de siete etapas para suavizar nuestros corazones y también para volvernos más honestos y benevolentes respecto a cómo y cuándo nos cerramos. Sin condenarnos ni justificarnos, llevamos a cabo el valiente trabajo de abrirnos al sufrimiento. Este puede ser el dolor que surge cuando colocamos barreras o el dolor de abrir el corazón a nuestro propio sufrimiento o el de otro ser.
Aprendemos tanto de nuestros propios fracasos como de nuestros triunfos. Al cultivar la compasión nos retiramos de la totalidad de nuestra experiencia -nuestro sufrimiento, nuestra empatía, así como también nuestra crueldad y terror. Tiene que ser así. La compasión no es una relación entre un sanador y un herido. Es una relación entre iguales. Sólo cuando nosotros conocemos bien nuestra propia oscuridad podemos estar presentes con la oscuridad de otros. La compasión se vuelve real cuando reconocemos nuestra compartida humanidad.
Tal y como en la práctica de la gentileza amorosa, comenzamos la práctica de la compasión donde nos encontramos ahora y luego iremos expandiendo nuestra capacidad. Comenzamos ubicando nuestra presente habilidad para ser genuinamente tocados por el sufrimiento. Hacemos una lista de aquellos que evocan un sentimiento de compasión. Pudiese incluir a nuestro nieto o a nuestro hermano o nuestro amigo que le tiene miedo a la muerte, a los seres que vemos en las noticias o acerca de las que leemos en un libro. El punto consiste en simplemente entrar en contacto con una genuina compasión, dondequiera que la encontremos.
Para comenzar la práctica formal de la compasión, lo hacemos como antes, con un período de meditación en silencio. Luego comenzamos las siete aspiraciones. Comenzando con nosotros mismos, elevamos la aspiración tradicional: “Que podamos liberarnos del sufrimiento y de la raíz del sufrimiento”. Podemos poner esto en nuestras propias palabras buscando que el proceso se sienta genuino.
Es importante que la aspiración no se sienta sentimental ni falsa. Tic Nhat Hanh sugiere estas alternativas: “Que yo pueda estar a salvo de accidentes. Que esté libre de rabia, de miedo y preocupaciones. Que yo no caiga en un estado de indiferencia ni quede atrapado en los extremos del aferramiento o la aversión. Que no sea presa del auto engaño.”
Luego de cultivar compasión por nosotros mismos, nos movemos hacia alguien de nuestra lista: “Que los animales de laboratorio se vean libres de sufrimiento. Que mi sobrino adolescente se libere a sí mismo de la adicción a la heroína. Que mi abuelo en el asilo de ancianos no se sienta solo ni temeroso.” El punto consiste en no abrumarnos sino simplemente contactar genuina compasión.
La tercera etapa consiste en visualizar a un amigo y cultivar la intención de que el o ella no sufran. Puede ser la aspiración formal de que nuestro amigo(a) se libere de sufrimiento y de la raíz del sufrimiento, o puede ser algo más específico: “Que Jack deje de enojarse tanto con su hermano. Que María pueda liberarse de su implacable dolor físico.” Luego continuamos con las personas neutrales y con aquellos que no nos gustan.
La gente neutral en la cuarta etapa presenta un reto interesante. Muchos de nosotros llegamos a este punto y nos quedamos mudos. Decimos la aspiración, pero no nos podemos conectar con gente que no conocemos. Podemos sentir un shock al darnos cuenta de cuan indiferentes o inclusive temerosos somos hacia tanta gente. Particularmente si vivimos en una ciudad, hay miles de personas a quienes ignoramos a diario.
Por esta razón, encuentro particularmente importante hacer aspiraciones por los llamados neutrales. Cuando miramos a alguien en la calle y le deseamos que se libere de sufrimiento, esa persona comienza a entrar en foco. Podemos de hecho sentir que se derrumban las barreras. Al hacer esta compasiva aspiración, comenzamos a liberarnos a nosotros mismos de la prisión del aislamiento y la indiferencia.
En la quinta etapa, cuando generamos compasión por las personas difíciles en nuestras vidas, llegamos a ver los prejuicios y aversiones incluso con más claridad. Pudiese sentirse completamente irracional tener un deseo compasivo hacia esta gente tan irritante y belicosa. Desear que aquellos que nos disgustan y nos inspiran temor no sufran puede sentirse como un salto demasiado grande. Este es un buen momento para recordar que cuando endurecemos nuestro corazón hacia cualquiera, nos hacemos daño a nosotros mismos.
El hábito del miedo, el hábito de la rabia, el hábito de la lástima de nosotros mismos, a todos les damos poder y los fortalecemos cuando continuamos cayendo en ellos. La cosa más compasiva que podemos hacer es interrumpir estos hábitos. En lugar de siempre retirarnos y levantar murallas, podemos hacer algo impredecible acompañado de una aspiración compasiva. Podemos visualizar el rostro de esta persona tan difícil y decir su nombre si eso nos ayuda. Luego decimos las palabras: “Que esta persona que me irrita pueda liberarse de sufrimiento y de las raíces del sufrimiento.” Al hacer esto, comenzamos a disolver nuestro miedo. Hacemos este gesto compasivo con el fin de desbloquear nuestra habilidad para escuchar los llantos del mundo.
La sexta etapa es donde hacemos la aspiración compasiva por nosotros mismos, por los seres amados, por un amigo, por los neutrales y los difíciles todos juntos. Es así como nos entrenamos en iluminar las opiniones y los prejuicios que nos apartan de otros. Decimos la aspiración de que todos, de igual modo, podamos liberarnos del sufrimiento y sus causas. Luego extendemos nuestra aspiración más y más, deseando que todos los seres sin excepción se liberen de sufrimiento y de la raíz del sufrimiento, deseando que ya nunca más sean víctimas de sus propios prejuicios.
Como resultado de la práctica compasiva, comenzaremos a tener una comprensión más profunda de las raíces del sufrimiento. Deseamos no solamente que disminuyan las manifestaciones externas de sufrimiento sino también que todos podamos dejar de pensar y de actuar en formas tales que contribuyan a aumentar la ignorancia y la confusión. Aspiramos liberarnos de las fijaciones y de una mente cerrada. Deseamos disolver el mito de que somos separados.
Se dice que todos los seres están predispuestos a despertar y a acercarse a los demás y que esta inclinación natural puede ser nutrida. Esto es lo que estamos haciendo cuando hacemos las aspiraciones. Sin embargo, si no cultivamos estas inclinaciones, ellas disminuirán progresivamente. Bodhichitta es como la levadura que nunca pierde potencia. Cada vez que agregamos la humedad y la calidez de la compasión, esta se expandirá automáticamente. Sin embargo, si la mantenemos en el congelador, nada sucede.
Personalmente encuentro particularmente útil, llevarse las aspiraciones compasivas al mercado. Me gusta hacer estas prácticas ahí en medio de este mundo paradójico e impredecible. De esta manera trabajo con mi intención, pero también comienzo a actuar. En términos tradicionales, esto es cultivar ambos niveles de la bodhichitta: la aspiración y la acción. Algunas veces esta es la única forma de hacer que esta práctica se sienta significativa ante el sufrimiento que continuamos viendo.
Parada en la cola del banco, yo pudiese tonar al desafiante adolescente frente a mi y decir esta aspiración: “Que el pueda liberarse de sufrimiento y sus causas.” En el ascensor junto a un extraño, yo pudiese notar sus zapatos, sus manos, la expresión de su rostro. Contemplo el hecho de que, así como yo, ella no quiere estrés en su vida, que así como yo, ella tiene preocupaciones. A través de nuestras esperanzas y temores, de nuestros placeres y sufrimientos, estamos profundamente interconectados. Yo hago esta clase de cosas en todo tipo de situaciones –en la mesa del desayuno, en el salón de meditación, en sala de espera del dentista. Cuando practico las aspiraciones en el mismo lugar, ya no me siento tan separada de los demás. Cuando leo en las noticias que alguien a quien no conozco estaba en un accidente, trato de no pasar simplemente al próximo artículo. Genero compasión por ella y por su familia como si se tratara de mi mejor amiga. Aún más retador es hacer estas aspiraciones por alguien que ha sido violento hacia otros.
Las prácticas de aspiración de las cuatro cualidades son entrenamientos en no guardarse nada, entrenamiento en ver nuestras limitaciones y no nutrirlas. Gradualmente le agarraremos el golpe al ir más allá de nuestro miedo a sentir dolor. Esto es lo que se requiere para involucrarse con los sufrimientos del mundo, extender amor y compasión, alegría y ecuanimidad hacia todos sin excepción. Una maestra me dijo en una oportunidad que, si yo deseaba felicidad duradera, la única forma de lograrlo consistía en salir de mi capullo. Cuando le pregunté cómo podría aportarles felicidad a otros, ella me dijo: “En la misma forma.” Esta es la razón por la que trabajo con esta práctica de aspiraciones: la mejor manera de servirnos a nosotros mismos es amando e interesándose por la felicidad de los demás. Estas son herramientas poderosas para disolver las barreras que perpetúan no sólo nuestra propia infelicidad sino el sufrimiento de todos los seres.
Tonglen
Todos son iguales en la alegría y el sufrimiento, siendo así, se guardián de todos, como de ti mismo.
Shantideva
Tonglen, o cambiándose a uno mismo por otros, es otra práctica de bodhichitta para activar la gentileza amorosa y la compasión. En tibetano, la palabra tonglen significa literalmente “enviando y tomando”. Hace referencia a estar dispuestos a inspirar tanto nuestro dolor y sufrimiento como el de otros y a expirar alegría hacia todos. Las enseñanzas sobre bodhichitta que Atisha llevó al Tibet incluyeron la práctica de tonglen.
Aún cuando hay muchas formas en las que podemos abordar el tonglen, la esencia de la práctica es siempre la misma. Inspiramos lo que es doloroso y no deseado con el deseo sincero de que nosotros y los demás podamos liberarnos de sufrimiento. Al hacer esto, abandonamos la línea argumental que acompaña el dolor y nos permitimos sentir la energía subyacente.
Abrimos completamente nuestros corazones y nuestras mentes c a lo que sea que surja. Al expirar, enviamos alivio del dolor con la intención de que tanto nosotros como los demás podamos ser felices.
Cuando estamos dispuestos a permanecer incluso un momento con una incómoda energía, aprendemos gradualmente a no temerle. Luego, cuando vemos a alguien sufriendo, ya no estaremos cerrados a la idea de inspirar su sufrimiento y enviarle alivio.
La práctica formal de tonglen tiene cuatro etapas. La primera etapa es un breve momento de quietud o apertura -un momento de bodhichitta incondicional. La segunda etapa consiste en visualizar y trabajar con la textura, la cruda energía de la claustrofobia y la espaciosidad. La tercera etapa es la esencia de la práctica: inspirando cualquier cosa que no se desee y expirando una sensación de alivio. En la cuarta etapa extendemos nuestra compasión aún más al incluir a aquellos que están experimentando los mismos sentimientos. Si lo deseamos, podemos combinar la tercera y la cuarta etapas inspirando y expirando por nosotros y por otros simultáneamente.
De modo que la primera etapa de tonglen es un momento de mente abierta o bodhichitta incondicional. Aún cuando esta etapa es crucial, es difícil de describir. Se relaciona con la enseñanza budista de shunyata -traducida con frecuencia como “vacuidad” o “apertura”. Al experimentar shuyata a nivel emocional pudiésemos sentir como si fuésemos lo suficientemente grandes como para hacerle campo a todo, que no hay lugar donde las cosas se pudiesen atracar. Si relajamos nuestra mente y dejamos de luchar, las emociones pueden moverse a través de nosotros sin solidificarse ni proliferar.
Fundamentalmente, experimentar apertura es tener confianza en la viva cualidad de la energía básica o fundamental. Desarrollamos la confianza para permitir que esta surja, que permanezca y luego pase. Esta energía es dinámica, no se puede atrapar, siempre está fluyendo.
De modo que nuestro entrenamiento consiste primero que todo, en darnos cuenta de cómo bloqueamos la energía o la congelamos, cómo tensamos nuestros cuerpos y nuestras mentes. Luego nos entrenamos en suavizarnos, en relajarnos y abrirnos a la energía sin interpretaciones ni juicios.
El primer chispazo de apertura nos recuerda que siempre podemos aflojar nuestras ideas preestablecidas y conectarnos con algo abierto, fresco e imparcial. Luego, durante las siguientes etapas, cuando comenzamos a inspirar la energía de la claustrofobia y los sentimientos no deseados, los inspiramos hacia un espacio muy amplio, tan vasto como el claro cielo azul. Posteriormente enviamos lo que podamos para ayudarnos a todos a experimentar la libertad de una mente abierta y flexible. Mientras más tiempo practiquemos, más accesible e incondicional será este espacio. Tarde o temprano vamos a darnos cuenta de que ya estamos despiertos.
Muchos de nosotros no tenemos idea de cómo se siente un destello de apertura. La primera vez que la reconocí fue algo simple y directo. En el salón de meditación donde me encontraba había un ventilador grande que hacía mucho ruido. Después de un rato, era tan continuo que ya no notaba el sonido, pero luego, el ventilador se paró abruptamente y allí hubo una pausa, un gran silencio. Esa fue mi introducción a shunyata.
Para un destello de apertura, algunas personas visualizan un vasto océano o un cielo sin nubes -cualquier imagen que conlleve espacio ilimitado. Al comienzo de la práctica en grupo se escucha el sonido de una campana. Simplemente escuchar el sonido de la campana pudiese actuar como recordatorio de una mente abierta. El flash o destello es relativamente corto, no más largo de lo que toma que la campana deje de resonar. No podemos aferrarnos a esa experiencia. Simplemente la rozamos levemente y luego seguimos.
En la segunda etapa de tonglen comenzamos a inspirar las cualidades de la claustrofobia: pesada, gruesa y caliente. Pudiésemos visualizarla como polvo de carbón o como humo contaminante amarillo/marrón. Luego expiramos las cualidades de la especialidad: frescura, apertura, luz y quietud.
Pudiésemos visualizar esto como una brillante noche de luna, como un radiante sol brillando sobre el agua o como los colores de un arco iris. Sea como fuese que imaginásemos estas texturas, imaginamos inspirándolas y expirándolas a través de los poros de nuestro cuerpo, no sólo a través de nuestra nariz.
Hacemos esto hasta sentir que va sincronizado con nuestra respiración y que estamos claros acerca de lo que estamos tomando y enviando. Está bien inspirar un poco más a fondo de lo usual, pero es importante dedicarles el mismo tiempo a la inspiración y la expiración.
Sin embargo, podremos encontrar que favorecemos la inspiración o la expiración en vez de mantenerlas balanceadas. Por ejemplo, pudiésemos no querer interrumpir la frescura y la luminosidad de la expiración inspirando algo que es caliente, pesado y grueso. Como resultado de esto, la expiración puede ser larga y generosa y la inspiración corta y algo incómoda.
O, puede que no tengamos problema conectándonos con la claustrofobia en la inspiración, pero sintamos que no tenemos mucho que enviar. Entonces nuestra expiración pudiese ser prácticamente inexistente. Si nos sentimos atacados por la pobreza de esta manera, podemos recordar que lo que enviamos no son nuestras posesiones personales. Estamos simplemente abriéndonos al espacio que siempre está presente y lo estamos compartiendo.
En la tercera etapa comenzamos a hacer el intercambio por una persona en particular. Inspiramos el dolor de esta persona y le enviamos alivio. Tradicionalmente, la instrucción consiste en comenzar haciendo el tonglen por aquellos que encienden espontáneamente nuestra compasión, como los que colocamos en nuestra lista.
Al inspirar visualizamos que nuestros corazones se abren ampliamente para aceptar el dolor. Al inspirar enviamos ese coraje y apertura. No nos aferramos a eso pensando “Finalmente tengo algo de alivio en mi vida, quiero mantenerlo por siempre”. Más bien lo compartimos. Cuando practicamos así, inspirar se vuelve apertura y aceptación de lo que no es deseado; expiración se vuelve aflojar el aferramiento y abrirnos aún más. Inspirando y expirando estamos invirtiendo los viejos hábitos de cerrarnos al dolor y aferrarnos a cualquier cosa que resulte consolador.
Algunos hospicios de SIDA incentivan a los pacientes a hacer tonglen por otros que tengan SIDA. Esto los conecta de manera muy real con todos en su situación y ayuda a aliviar su vergüenza, miedo y aislamiento. Los trabajadores de los hospicios hacen tonglen para crear una atmósfera de claridad de modo que las personas alrededor de ellos puedan encontrar su propio coraje e inspiración y liberarse del miedo.
Hacer tonglen por otra persona airea, ventila nuestro muy limitado punto de referencia personal, esa estrechez mental que constituye la fuente de tanto sufrimiento. Entrenarnos en liberar nuestro apretado aferramiento a ‘mi’ e interesarnos sinceramente por otros es lo que nos conecta con el punto suave de la bodhichitta. Por eso, es que hacemos tonglen. Hacemos la práctica cada vez que haya sufrimiento -sea nuestro o de otros. Luego de cierto tiempo se vuelve imposible saber si estamos practicando por nuestro propio beneficio o por el beneficio de otros. Estas distinciones comienzan a resquebrajarse.
Por ejemplo, quizás estamos practicando tonglen porque queremos ayudar a nuestra enfermiza madre, pero de alguna manera, nuestras propias emociones reactivas -culpa, miedo, rabia o resentimiento- surgen y parecen bloquear un genuino intercambio.
Llegado este momento, podemos alterar nuestro foco y comenzar a inspirar nuestros conflictivos sentimientos utilizando nuestro dolor personal como nexo con otras personas que también se sienten bloqueadas y temerosas. Abrir nuestros corazones a las emociones que están atascadas tiene el poder de clarificar el aire y también de beneficiar a nuestra madre. Algunas veces pudiésemos no saber qué enviar en la expiración. Podemos enviar algo genérico, como espacio y alivio o gentileza amorosa, o podemos enviar algo específico y concreto, como un bouquet de flores.
Una mujer que estaba practicando tonglen por su padre esquizofrénico no tenía dificultad en inspirar con el anhelo de que el pudiese liberarse de sufrimiento, pero se encontraba atascada en la expiración, porque no tenía idea de qué enviar que pudiera ayudarle. Finalmente tuvo la idea de enviarle una buena taza de café, uno de sus placeres favoritos.
El punto consiste en utilizar cualquier cosa que funcione. La práctica es acerca de abrirnos a lo que sea que surja, pero es importante no ser extremadamente ambiciosos. Aspiramos a mantener abiertos nuestros corazones en el momento presente, pero sabemos que no siempre va a ser posible. Podemos confiar en que si hacemos tonglen tan bien como podamos hacerlo actualmente, nuestra habilidad para sentir compasión se expandirá gradualmente.
Cuando estamos practicando tonglen por un individuo en especial, siempre incluimos la cuarta etapa la cual consiste en extender la compasión a todos de la misma manera. Si estamos por ejemplo haciendo tonglen por nuestra hermana que ha perdido a su marido, podemos inspirar el sufrimiento de otras personas que lloran seres queridos que han perdido y enviarles alivio a todos.
Si estamos practicando por un niño que ha sufrido de abuso, podemos inspirar y expirar por todos los niños que sienten miedo, que están desprotegidos y expandir eso aún más a todos los seres que están viviendo en el terror. Si estamos haciendo tonglen con nuestro propio dolor, siempre recordamos a aquellos que padecen angustias similares y los incluimos al inspirar y expirar. En otras palabras, comenzamos con algo particular y genuino y luego ampliamos el círculo tanto como podamos.
Recomiendo utilizar el tonglen como una práctica en el mero sitio. Hacer tonglen a lo largo de nuestro día puede sentirse más natural que hacerlo sobre el cojín. Por una parte, nunca falta material. Cuando surge un fuerte sentimiento no deseado o vemos a alguien haciendo daño, no hay nada teórico respecto a qué es lo que vamos a utilizar en nuestra práctica. No hay cuatro etapas que recordar ni conflicto para sincronizar texturas con la respiración.
Ahí mismo, cuando es muy real e inmediato, inspiramos y expiramos con el sufrimiento. La práctica diaria nunca es abstracta. Tan pronto como surgen emociones incómodas, nos entrenamos en inspirarlas y abandonar el proceso argumental. Al mismo tiempo, extendemos nuestros pensamientos e interés hacia otras personas que sienten la misma incomodidad e inspiramos con el anhelo de que todos podamos liberarnos de esta clase de confusión en particular.
Luego, cuando expiramos, nos enviamos a nosotros y a los demás cualquier clase de alivio que pensemos podrá ayudar. También practicamos así cuando nos encontramos a personas y animales que están experimentando dolor físico. Podemos tratar de hacer esto cada vez que surjan situaciones y sentimientos difíciles y con el tiempo se volverá más automático.
También ayuda tomar nota en nuestra vida diaria de cualquier cosa que nos aporte alegría. Tan pronto nos damos cuenta de esto podemos pensar en compartirlo con otros, cultivando así aún más la actitud del tonglen. Como guerreros-bodhisattvas, mientras más nos entrenemos en cultivar esta actitud, más descubriremos nuestra capacidad para experimentar alegría y ecuanimidad. Debido a nuestra valentía y disposición para trabajar con la práctica, podemos experimentar mejor nuestra propia bondad fundamental y la de los demás.
Podemos apreciar el potencial de toda clase de gente: de aquellos que encontramos agradables, de los que encontramos desagradables y de aquellos que ni siquiera conocemos. Así, el tonglen comienza a airear nuestros prejuicios y nos introduce a un mundo mucho más tierno y de mentalidad más amplia. Sin embargo, Trungpa Rimpoche solía decir que cuando practicamos tinglen no hay garantías.
Nosotros tenemos que responder nuestras propias preguntas. ¿En verdad alivia el sufrimiento? Además de ayudarnos a nosotros ¿también beneficia a otros? Si alguien al otro lado del planeta está sufriendo ¿podrá ayudarla el que a alguien le importe? El tonglen no es para nada metafísico. Es simple y muy humano. Podemos hacerlo y descubrir por nosotros mismos lo que sucede.
Encontrar la habilidad para regocijarnos
Permite que la flor de la compasión florezca en el rico suelo de maitri y riégala con el agua buena de la ecuanimidad en la refrescante sombra de la alegría.
Longchenpa
A medida que nos entrenamos en las prácticas de bodhichitta, vamos gradualmente sintiendo más alegría, la alegría que proviene de una creciente apreciación de nuestra bondad fundamental. Continuamos experimentando fuertes emociones conflictivas, aún experimentamos la ilusión de separatividad, pero hay una apertura fundamental en la que comenzamos a confiar. Esta confianza en nuestra fresca e incondicional naturaleza nos proporciona alegría ilimitada -una alegría que está completamente libre de deseo y aferramiento. Esta es la alegría de la felicidad sin nada que lamentar.
¿Cómo cultivamos las condiciones para que la alegría se expanda? Nos entrenamos en permanecer presentes. En la meditación sentada, nos entrenamos en mantener atención plena y maitri: en estar presentes con nuestros cuerpos, nuestras emociones, nuestros pensamientos. Permanecemos con nuestra pequeña parcela de terreno y confiamos que pueda ser cultivado, ese cultivo lo llevará a desarrollar su completo potencial. Aún cuando está lleno de rocas y el suelo está seco, comenzamos a arar este terreno con paciencia. Dejamos que el proceso evolucione naturalmente.
Al comienzo la alegría es tan sólo una sensación de que nuestra propia situación es trabajable. Dejamos de andar buscando un lugar más apropiado donde poder estar. Hemos descubierto que la continua búsqueda de algo mejor no funciona. Esto no quiere decir que de repente empiecen a crecer flores donde antes sólo había rocas. Significa que tenemos confianza en que algo crecerá. A medida que cultivamos nuestro jardín, las condiciones se vuelven más apropiadas para el crecimiento de la bodhichitta.
La alegría surge a partir de no renunciar a nosotros mismos, de permanecer plenamente atentos con nosotros mismos y comenzar a experimentar nuestro gran espíritu de guerrero. También proveemos las condiciones para que la alegría se expanda entrenándonos en las prácticas del corazón, y en particular entrenándonos en la valorar y regocijarnos. Así como con las otras cualidades ilimitadas, podemos hacer esto como una práctica de aspiración de siete etapas.
Una aspiración tradicional para despertar la estimación y la alegría es “Que yo y los demás nunca nos separemos de la gran alegría que está libre de sufrimiento”. Esto hace referencia a siempre permanecer en el espacio abierto, ilimitada naturaleza de nuestras mentes; se refiere a conectarnos con la fortaleza interior de la bondad fundamental.
Sin embargo, para hacer esto comenzamos con ejemplos condicionados de buena fortuna tales como salud, inteligencia básica, un entorno tolerable- las condiciones afortunadas que constituyen un precioso nacimiento humano.
Para el guerrero que despierta, la mayor ventaja consiste en encontrarnos en un momento en que sea posible escuchar y practicar las enseñanzas de bodhichitta. Somos doblemente bendecidos si además contamos con un amigo(a) espiritual -un guerrero más preparado- para guiarnos.
Podemos practicar la primera etapa de la aspiración aprendiendo cómo regocijarnos de nuestra propia buena fortuna. Podemos entrenarnos en regocijarnos inclusive con la más pequeña de las bendiciones de nuestra vida. Con facilidad podemos descuidar nuestra propia buena fortuna; con frecuencia la felicidad se presenta en formas tales que a veces ni nos damos cuenta. Es como la comiquita de un hombre completamente asombrado que dice ¿Qué fue eso? Abajo uno podía leer: “Robert experimenta un momento de bienestar”. La cotidianidad de nuestra buena fortuna puede hacerla difícil de ver.
La clave está en permanecer aquí, totalmente conectados con el momento, prestando atención a los detalles de nuestra vida. Al ocuparnos de las cosas ordinarias –de nuestras pailas en la cocina, de nuestra ropa, de nuestros dientes- nos regocijamos en ellos. Cuando lavamos unos vegetales o nos cepillamos el cabello, estamos expresando valorización, aprecio: amistad hacia nosotros mismos y hacia la cualidad viviente que está presente en todo.
Esta combinación de atención plena y amistad nos conecta completamente con la realidad y nos proporciona alegría. Cuando extendemos nuestra atención y aprecio hacia nuestro entorno y otras personas, nuestra experiencia de alegría se hace aún mayor.
En la tradición Zen, a los estudiantes se les enseña inclinarse ante otras personas, así como ante objetos ordinarios como vía para expresar su respeto. Son enseñados a tener igual cuidado de las escobas, las pocetas y las plantas a fin de mostrar gratitud hacia estas cosas. Observar a Trungpa Rimpoche poner la mesa del desayuno una mañana fue como ver alguien arreglar unas flores o crear una escenografía.
Ponía tanto cuidado y deleite en colocar cada detalle -el lugar para los manteles y las servilletas; los tenedores, cuchillos y cucharillas; los platos y las tazas de café. ¡Le tomó varias horas completar la tarea! Desde entonces, aún cuando yo sólo dispongo de unos minutos, aprecio el ritual de sentarse a la mesa como una oportunidad para estar presente y regocijarme.
El regocijarse con las cosas ordinarias no es sentimental ni vulgar. De hecho, requiere tener agallas. Cada vez que abandonamos nuestras quejas y permitimos que la buena fortuna de nuestra vida diaria nos inspire, entramos al mundo del guerrero. Podemos hacer esto incluso en los momentos más difíciles. Todo lo que vemos, escuchamos, gustamos y olemos tiene el poder de fortalecernos e inspirarnos. Como Longchenpa decía, la cualidad de la alegría es como encontrar una sombra agradable y refrescante.
La segunda etapa en aprender a regocijarnos consiste en pensar en un ser querido y apreciar su buena fortuna. Comenzamos con una persona hacia la que nos sintamos bien. Podemos imaginarnos el rostro del ser querido o decir su nombre si eso hace la práctica más real. Después, en nuestras propias palabras nos regocijamos – que, habiendo estado enferma, ahora esté bien de salud, sintiéndose contenta y alegre, que el niño que se sentía solo ahora ha encontrado un amigo. Somos incentivados a mantenerlo todo muy simple. El punto consiste en encontrar nuestra espontánea y natural capacidad para alegrarnos con la felicidad de otro ser, bien sea que se sienta imperturbable o fugaz.
En las próximas tres etapas de la práctica, a medida que practicamos con personas por la que sentimos menos afecto, nuestra habilidad para apreciar y regocijarnos en su buena fortuna se ve frecuentemente bloqueada por la envidia y otras emociones. Este es un punto importante para el bodhisattva en entrenamiento. Nuestra práctica consiste en darnos cuenta de nuestro buen corazón y nutrirlo. Pero también se trata de mirar de cerca las raíces del sufrimiento –ver la forma en la que cerramos nuestros corazones con emociones tales como los celos. Personalmente encuentro a la práctica de regocijarse, una herramienta especialmente poderosa para hacer esto.
¿Qué sucede cuando hacemos el gesto de regocijarnos por la buena fortuna de nuestro vecino? Podemos decir las palabras “Estoy muy contenta de que Henry haya ganado la lotería” pero ¿qué está sucediendo en nuestras mentes y en nuestros corazones? Cuando decimos “Me alegra que Tania tenga novio” ¿cómo nos sentimos de verdad?
La aspiración para regocijarnos puede sentirse falsa comparada con nuestro resentimiento o envidia o lástima de nosotros mismos. Sabemos cuan fácil es permitir que las emociones nos atrapen y nos apaguen. Seremos sabios si nos preguntamos por qué mantenemos tal amargura como si esta nos fuese a hacer felices o aligerar nuestro dolor. Es más bien como tomar veneno de ratas y pensar que la rata va a morir. Nuestro deseo de alivio y los métodos que utilizamos para lograrlo definitivamente no concuerdan, no están en sintonía.
Cada vez que nos atrapemos, es recomendable recordar las enseñanzas: recordar que el sufrimiento es resultado de una mente agresiva. Inclusive una pequeña irritación nos causa dolor cuando nos la permitimos.
Llegó el momento de preguntarnos ¿Por qué me estoy haciendo esto a mí mismo de nuevo? Contemplar las causas del sufrimiento allí mismo en el mero sitio nos da poder. Empezamos a reconocer que tenemos lo que se necesita para cortar con nuestro hábito de tomar veneno. Incluso si nos toma el resto de nuestras vidas, aún así, podemos hacerlo.
Cuando trabajamos con personas neutrales ¿qué sucede en nuestros corazones? Decimos las palabras en nuestra práctica o en la calle: “Me regocijo en el señor que está sentado confortablemente tomando sol”. “Me alegro por el perro que finalmente adoptaron”. Decimos las palabras y ¿qué sucede? Cuando vemos a los demás con aprecio ¿suben o bajan las barreras? Las personas difíciles son, como siempre, los mejores maestros. Aspirar regocijarnos en su buena fortuna es una estupenda oportunidad para investigar nuestras reacciones y nuestras estrategias.
¿Cómo reaccionamos a su buena suerte, buena salud, buenas noticias? ¿Con envidia? ¿Con rabia? ¿Con miedo? ¿Cuál es nuestra estrategia para retirarnos de lo que estamos sintiendo? ¿Venganza? ¿Descalificación de nosotros mismos? ¿Qué cuento nos echamos a nosotros mismos? (“Ella es una presumida”. “Yo soy un perdedor”).
Estas reacciones, estrategias y cuentos son el material del que están hechos los capullos y las paredes de nuestra propia prisión. Luego, justo en el sitio, podemos ir por debajo de las palabras a la experiencia no verbal de la emoción. ¿Qué está sucediendo en nuestros corazones, en nuestros hombros, en nuestra garganta? Permanecer con la sensación física es radicalmente diferente a mantenerse aferrado al cuento. Requiere apreciación del momento presente. Es una forma de relajarnos, una forma de entrenarnos en suavizarnos en lugar de endurecernos. Permite que el terreno de la alegría ilimitada -nuestra propia bondad fundamental- pueda abrirse paso y brillar.
¿Podemos ahora regocijarnos por nosotros mismos, por nuestros seres queridos, amigos, los neutrales, los difíciles, por todos juntos? ¿Podemos regocijarnos por todos los seres a través del tiempo y el espacio?
“Solo mantén siempre una mente jovial” es uno de los slogans del entrenamiento mental. Esto puede sonar como una aspiración imposible. Como me dijo una vez un hombre: “Siempre, es un tiempo muy largo”. Sin embargo, a medida que nos entrenamos en desbloquear nuestra bondad fundamental, encontraremos que cada momento contiene la apertura que fluye libremente y la calidez que caracterizan a la ilimitada alegría.
Este es el camino que tomamos para cultivar la alegría, aprendiendo a no armarnos contra nuestra bondad fundamental, aprendiendo a apreciar lo que tenemos. La mayor parte del tiempo no hacemos esto.
En lugar de apreciar donde estamos, luchamos continuamente y nutrimos nuestra insatisfacción. Es como tratar de hacer que crezcan las flores arrojándole cemento al jardín.
Pero a medida que utilizamos las prácticas de bodhichitta para entrenarnos, pudiésemos llegar al punto donde vemos la magia del momento presente; gradualmente pudiésemos despertar a la verdad de que siempre hemos sido guerreros viviendo en un mundo sagrado. Esta es la continua experiencia de la ilimitada alegría. Es cierto que no siempre lo experimentaremos, pero año tras año se vuelve más y más accesible.
En una oportunidad, la cocinera de Gampo Abbey se estaba sintiendo muy infeliz. Como la mayoría de nosotros, con sus pensamientos y acciones continuaba alimentando la tristeza y hora tras hora su estado de ánimo se tornaba más oscuro. En algún momento decidió ventilar sus emociones –las que continuaban incrementando- horneando galletas con trocitos de chocolate. Sin embargo, su plan no resultó.
Las quemó todas completamente. Llegado ese punto, en lugar de botar las galletas quemadas en la basura, las guardó en sus bolsillos y en su morral y salió a caminar. Anduvo por un sucio camino de tierra con su cabeza guindando y su mente ardiendo con resentimiento.
Se decía a sí misma: Entonces ¿dónde está toda la belleza y la magia de la que oigo hablar todo el tiempo? En ese momento miró hacia arriba. Allí, caminando hacia ella estaba un pequeño zorro.
Su mente se detuvo, aguantó la respiración y se quedó mirando. El zorro se sentó frente a ella, mirándola a ver qué pasaba. Ella metió la mano en uno de sus bolsillos y alcanzó unas galletas.
El zorro las comió lentamente y luego se marchó. Ella nos contó a todos esta historia diciendo: “Hoy aprendí que la vida es muy preciada. Aún cuando tenemos la determinación de bloquear la magia, esta se abrirá paso y nos despertará. Ese pequeño zorro me enseñó que no importa cuan cerrados lleguemos a estar, siempre podemos mirar afuera de nuestro capullo y conectarnos con la alegría”.
Aumentando el entrenamiento en la alegría
Para hacer que las cosas sean tan fáciles de comprender como sea posible, podemos resumir las cuatro ilimitadas cualidades en la simple frase “un bondadoso corazón”. Simplemente entrénese en tener un bondadoso corazón siempre y en todas las situaciones.
Patrul Rimpoché
¿Cómo hacemos para que las enseñanzas sean reales? En medio de nuestras vidas repletas de cosas por hacer ¿cómo descubrimos nuestra inherente claridad y compasión? ¿Cómo desarrollamos la confianza de que la apertura y maitri están disponibles incluso en los momentos más frenéticos? Cuando nos sentimos abandonados, inadecuados o solos ¿podemos asumir la perspectiva de un guerrero y contactar la bodhichitta?
Compartir el corazón es una simple práctica que puede ser utilizada en cualquier momento y en toda situación. Engrandece nuestra perspectiva y nos ayuda a recordar que todos estamos interconectados. Una versión de tonglen en el mismo lugar también constituye un método para engrandecer nuestra habilidad para regocijarnos.
La esencia de esta práctica es que cuando encontramos dolor en nuestra vida inspiramos hacia nuestro corazón reconociendo que otros también sienten lo mismo. Es una forma de darnos cuenta de cuando nos estamos cerrando y entrenarnos en abrirnos una vez más. Cuando encontramos cualquier placer o ternura en nuestra vida, apreciamos eso y nos regocijamos. Luego deseamos que otros seres también puedan experimentar esta delicia o este alivio.
Dentro de la cáscara de una nuez, cuando la vida es placentera, piense en los demás. Cuando la vida es una carga, piense en los demás. Si este es el único entrenamiento que recordamos hacer, nos va a reportar enormes beneficios a nosotros y a los demás. Es una forma de traer cualquier cosa que encontremos en nuestra vida al camino del despertar de la bodhichitta.
Incluso la más simple de las cosas puede ser la base de esta práctica -una hermosa mañana, una buena comida, una ducha. Aún cuando existen muchos de esos momentos ordinarios pasajeros en nuestros días, usualmente les pasamos de lado volando. Olvidamos la alegría que pueden proporcionar. De modo que el primer paso consiste en hacer un alto, detenernos, darnos cuenta, y apreciar lo que está sucediendo. Aún cuando esto sea todo lo que hagamos, es revolucionario.
Después pensamos en alguien que está sufriendo y deseamos que esa persona pudiese tener este placer para endulzar y elevar su vida. Cuando practicamos dar de esta manera, no menospreciamos nuestro propio placer. Digamos que estamos comiendo una deliciosa fresa. No pensamos “Oh, yo no debería estar disfrutando tanto de esto, otras personas no tienen ni una miga de pan”. Nosotros simplemente apreciamos al máximo la jugosa fruta. Luego deseamos que Peter o Rita pudiesen experimentar tal placer. Deseamos que cualquiera que está sufriendo pudiese experimentar tal delicia.
La incomodidad del tipo que sea también se convierte en base para la práctica. Inspiramos sabiendo que nuestro dolor es compartido, hay personas por todo el mundo sintiéndose tal y como nos sentimos ahora. Este simple gesto es una semilla de compasión por nosotros y los demás.
Si lo deseamos, podemos ir más allá. Podemos desear que una persona en particular o que todos los seres puedan liberarse de sufrimiento y sus causas. De esta manera, nuestro dolor de muelas, nuestro insomnio, nuestro divorcio, y nuestro terror se convierten en nuestra conexión con toda la humanidad.
Una mujer me escribió acerca de practicar con su miseria diaria en el tráfico. Su resentimiento y rigidez, el temor de perder una cita, se habían convertido en su conexión de corazón con todas las otras personas sentadas impacientes en sus vehículos. Ella comenzó a sentir su relación con la gente que la rodeaba e inclusive a entusiasmarse con la oportunidad de su práctica diaria de tonglen en el tráfico.
Esta simple forma de entrenamiento con el placer y el dolor nos permite utilizar cualquier cosa que tengamos, dondequiera que nos encontremos, para conectarnos con otras personas. Produce un coraje en el mismo sitio, el cual utilizaremos para sanarnos a nosotros mismos y a nuestros hermanos y hermanas en el planeta.
Pensando en grande
Al practicar gentileza amorosa, compasión y al regocijarnos, nos estamos entrenando en pensar en grande, en abrir nuestros corazones tanto como podamos, a nosotros mismos, a nuestros amigos, e inclusive a la gente que no nos gusta. Estamos cultivando un imparcial estado de ecuanimidad. Sin esta cuarta ilimitada cualidad, los otras tres estarán limitadas por el hábito de me gusta o no me gusta, lo acepto o lo rechazo.
Cada vez que alguien preguntaba a cierto maestro Zen cómo se encontraba, su respuesta siempre era “Estoy bien”. Finalmente, uno de sus estudiantes le preguntó: “Roshi ¿cómo puede estar siempre bien, acaso nunca tiene un mal día? El maestro Zen le contestó: “Seguro que si. En los días malos, estoy bien. En los días buenos, estoy bien”. Esto es ecuanimidad.
La imagen tradicional para la ecuanimidad es un banquete al que todos estamos invitados. Esto significa que todos y todo, sin excepción, está en la lista de invitados. Considere a su peor enemigo. Considere alguien que pudiese hacerle daño a usted. Considere a Hitler y a los traficantes de drogas enganchando a los jóvenes. Invítelos a esta fiesta.
Entrenarse en la ecuanimidad es aprender a abrir la puerta a todos, es darles la bienvenida a todos los seres, invitar a la vida a que venga y nos visite. Claro que, a medida que van llegando ciertos invitados, podemos sentir temor y aversión.
Sin embargo, nos permitimos abrir un poquito la puerta si eso es todo lo que podemos hacer por el momento, y nos permitimos cerrar la puerta cuando lo estimemos necesario. Cultivar la ecuanimidad es un trabajo en progreso. Aspiramos pasar nuestras vidas entrenándonos en la gentileza amorosa y en el coraje que se requiere para recibir lo que venga -enfermedad, salud, pobreza, riqueza, penas y alegrías. Les damos la bienvenida y llegamos a conocerlos a todos.
La ecuanimidad es más grande que nuestra limitada perspectiva común. Esperamos obtener lo que queremos y tememos perder lo que tenemos, esto describe nuestro predicamento habitual. Las enseñanzas budistas identifican ocho variaciones en esta tendencia a esperar y temer: placer y dolor; alabanza y culpa; ganancia y pérdida; fama y desgracia.
Mientras permanezcamos atrapados en uno de estos extremos, el potencial para el otro siempre va a estar presente. Ellos se persiguen el uno al otro. Ninguna felicidad duradera proviene de estar atrapado en este círculo de atracción y aversión. Nunca podremos trabajar la vida de manera tal que eliminemos todo lo que tememos y terminemos disfrutando de todo lo que nos gusta. Por lo tanto, el guerrero-bodhisattva cultiva la ecuanimidad, esa vasta mente que no estrecha la realidad a favor o en contra, gusto y disgusto.
Para cultivar la ecuanimidad practicamos atraparnos cada vez que sintamos atracción o rechazo, antes de que se endurezca en aferramiento o negatividad. Nos entrenamos en permanecer con el suave punto interior y utilizamos nuestras ambivalencias como pasos en el camino para conectarnos con la confusión de los demás. En este sentido, las emociones fuertes son útiles. Cualquier cosa que surgiere, sin importar cuan mal se sienta, podemos utilizarla para extender nuestro parentesco a aquellos que sufren el mismo tipo de agresión o apetencia, quienes, tal como nosotros, quedan atrapados por la esperanza y el temor. Así es como llegamos a darnos cuenta de que todos estamos en el mismo barco. Todos necesitamos desesperadamente estar más concientes de lo que nos conduce a la felicidad y lo que nos lleva hacia el sufrimiento.
Hace poco me encontraba en un centro de práctica visitando a una amiga. Durante días escuché a mucha gente hablar acerca de que ella siempre llega tarde a todo. Se estaban sintiendo irritados y llenos de inconvenientes. Ella siempre justificaría su retraso con lo que para ella parecían buenas razones. El hecho de que ella se justificaba a sí misma molestaba aún más a la gente.
Un día me la encontré sentada sobre un banco. Su rostro estaba rojo y temblaba de rabia. Tenía una cita con alguien y llevaba esperando quince minutos y la persona no había aparecido. Fue difícil no ver la ironía de su reacción. Sin embargo, esperé a ver si ella reconocía que se había volteado la mesa, que esto era lo que ella había forzado a muchas personas a vivir durante años. Sin embargo, esa conciencia nunca surgió.
Aún no pudo poderse en los zapatos de los demás, por el contrario, permaneció completamente indignada, alimentando su rabia y escribiendo notas ofensivas. Aún no estaba lista para sentir su parentesco con todas las personas a quienes había dejado esperando. Tal y como la mayoría de nosotros, ella misma intensificaba su propio sufrimiento. En lugar de permitir que la experiencia la suavizara, la utilizaba para fortalecer su rudeza, su rigidez e indiferencia.
Es fácil continuar, aún después de años de práctica, endureciéndonos en una posición de rabia e indignación. Sin embargo, si podemos contactar la vulnerabilidad y la crudeza del resentimiento y la rabia o de lo que sea, puede emerger una perspectiva más amplia.
En el momento en que decidimos permanecer con la energía de lo que sucede en lugar de actuar de alguna manera y representarla, nos estaremos entrenando en ecuanimidad, en pensar en algo más grande que correcto o incorrecto.
Así es como todas las cuatro ilimitadas cualidades evolucionan de limitadas a ilimitadas: practicando en atrapar nuestra mente en el momento en que está endureciéndose en puntos de vista rígidos y hacer lo mejor que podamos por suavizarnos. A través del suavizarnos, las barreras se derrumban.
La práctica de la ecuanimidad en el mero sitio consiste en caminar por la calle con la intención de permanecer tan despiertos y atentos como sea posible, sea quien sea que nos encontremos. Esto es entrenarnos en ser emocionalmente honestos con nosotros mismos y estar más a disposición de otros.
A medida que vemos pasar la gente, simplemente nos damos cuenta de si nos cerramos o nos abrimos internamente. Notamos si sentimos atracción, rechazo o indiferencia, sin agregarle nada extra, por ejemplo, algún comentario. Pudiésemos sentir compasión hacia alguien que parece deprimido, o contentos por alguien que se sonríe. Pudiésemos sentir temor y aversión hacia otra persona sin ni siquiera saber por qué. Darnos cuenta de cuándo nos abrimos y cuándo nos cerramos sin comentarios, ensalzándonos o culpabilizándonos, constituye la base de nuestra práctica. Practicar de esta manera durante una cuadra puede abrirnos los ojos.
Podemos llevar la práctica aún más lejos utilizando lo que venga como base para la empatía y la comprensión. Sentimientos cerrados como por ejemplo el miedo o el rechazo se convierten entonces en oportunidades para recordar que otros también quedan atrapados en lo mismo. Estados mentales abiertos como la amigabilidad, la simpatía y el contento, también nos conectan muy personalmente con la gente que nos cruzamos en la calle. De una u otra manera, estamos estirando nuestros corazones.
Al igual que con otras de las ilimitadas cualidades, la ecuanimidad puede ser practicada formalmente en siete etapas. Cuando tenemos una sensación de espacio y comodidad interior que no está determinado por las preferencias y los prejuicios, esto es ecuanimidad. Podemos desear para nosotros y para nuestros seres queridos poder permanecer en esta sensación de libertad interior. Luego extendemos esta aspiración a nuestros amigos, a las personas neutrales y a nuestros enemigos.
Después tenemos la aspiración de que todos nosotros podamos permanecer en la ecuanimidad. Finalmente, podemos extender la aspiración a todos los seres en tiempo y espacio. “Que todos los seres sin excepción puedan permanecer en la ecuanimidad libres de pasión, de agresión y prejuicios”. También podemos hacer la práctica de la ecuanimidad antes de comenzar las prácticas de gentileza amorosa y compasión. Simplemente reflexionamos acerca de cuanto dolor es causado por el aferramiento y la aversión, cuanto dolor está presente en el miedo a perder la felicidad, cuanto dolor está presente al sentir que ciertas personas no son dignas de nuestro amor y compasión.
Después podemos aspirar a la fortaleza y el coraje para sentir ilimitada gentileza amorosa e ilimitada compasión por todos los seres sin excepción, incluyendo aquellos que no nos gustan o a quienes tememos. Con esta intención comenzamos la práctica de las siete etapas.
El Sutra de la gentileza amorosa dice “Con una mente sin fronteras uno puede acoger a todos los seres vivientes irradiando amigabilidad sin límites sobre todo el mundo entero, arriba, abajo, y alrededor”. Al practicar la ecuanimidad, nos entrenamos en ampliar nuestro círculo de comprensión y compasión para incluir lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo.
Sin embargo, la ilimitada ecuanimidad, libre de cualquier clase de prejuicio, no es lo mismo que la armonía ulterior donde todo es finalmente suave. Es más bien un asunto de estar totalmente involucrado con lo que sea que se presente. Podemos llamarlo estar completamente vivos.
El entrenamiento en la ecuanimidad requiere que dejemos atrás algo de equipaje: la comodidad de rechazar trozos completos de la experiencia, por ejemplo, y la seguridad de darle la bienvenida tan sólo a aquello que nos agrada. El coraje para continuar con este proceso de despliegue surge de la compasión por uno mismo y de darnos mucho tiempo. Si continuamos practicando de esta manera durante meses y años, sentiremos que nuestras mentes y nuestros corazones se hacen más grandes. Cuando la gente me pregunta cuánto tiempo va a tomar esto, les digo “Al menos hasta que usted muera”.