Dando el salto
Pema Chodron
Traducción y edición:
María Mercedes Márquez
Caracas, 2006
Alimentando al lobo apropiado
Como seres humanos, tenemos el potencial para desprendernos de viejos hábitos y el potencial para amar y ocuparnos unos de otros. Tenemos la capacidad de despertar y vivir conscientemente, pero como ustedes lo habrán notado, también tenemos una fuerte inclinación a permanecer dormidos.
Es como si estuviésemos siempre en una encrucijada continuamente escogiendo qué camino tomar. Momento a momento podemos escoger ir hacia una mayor claridad y felicidad o hacia el dolor y la confusión.
A fin de tomar esta decisión sabiamente, muchos de nosotros nos orientamos hacia prácticas espirituales de diversa índole con el anhelo de que nuestras vidas se iluminen y encontrar la fortaleza necesaria para lidiar con nuestras dificultades.
Sin embargo, en estos tiempos parece ser crucial que también tengamos en mente el contexto más amplio en el cual tomamos decisiones acerca de cómo vivimos: el contexto de nuestra amada tierra y la condición bastante inestable en la que se encuentra.
Para muchos, la práctica espiritual representa una manera de relajarse y de acceder a cierta paz mental. Queremos sentirnos más calmados, más enfocados, y con nuestras frenéticas y estresantes vidas ¿quién puede culparnos? Sin embargo, en estos días tenemos la responsabilidad de pensar en un modo mucho más amplio.
Si la práctica espiritual es relajante, si nos proporciona cierta paz mental, eso es estupendo –pero ¿está acaso esta satisfacción personal ayudándonos a abordar lo que está sucediendo en el mundo? La pregunta fundamental es: ¿estamos viviendo de una forma que suma aun más agresión y egocentrismo a la ya existente, o estamos agregando algo de la tan necesaria sanidad?
Muchos de nosotros nos sentimos profundamente inquietos con respecto al estado del mundo. Sé cuan sinceramente la gente desea que las cosas cambien y que todos los seres en todas partes se liberen de sufrimiento. Pero si somos honestos con nosotros mismos, ¿tenemos acaso alguna idea de cómo poner esta aspiración en práctica cuando se trata de nuestras propias vidas? ¿Tenemos alguna claridad con respecto a cómo nuestras propias palabras y acciones pudiesen estar causando sufrimiento?
Incluso, si reconocemos que estamos haciendo un desastre, ¿tenemos alguna idea respecto a cómo dejar de hacerlo? Estas siempre han sido preguntas importantes, pero lo son muy especialmente hoy. Estos son tiempos en los que trabajar en nosotros mismos tiene que ver con mucho más que nuestra felicidad personal.
Trabajar en nosotros mismos y volvernos más conscientes acerca de nuestra propia mente y emociones pudiese ser la única forma de encontrar las soluciones que tienen que ver con el bienestar de todos los seres y la supervivencia de la tierra misma.
Hay una historia que circuló ampliamente unos cuantos días después de los ataques del 11 de Septiembre de 2001, que ilustra nuestro dilema. Un abuelo nativo americano estaba hablándole a su nieto acerca de la violencia y la crueldad en el mundo y cómo es que esta llega a producirse. Dijo que era como si dos lobos estuviesen luchando en su corazón. Un lobo era muy bravo y vengativo, y el otro lobo era bondadoso y comprensivo. El joven preguntó a su abuelo cuál de los lobos ganaría la lucha en su corazón y el abuelo contestó “El que gane será el que yo decida alimentar.”
De modo de que este es nuestro reto, el reto para nuestra práctica espiritual y el reto para el mundo: Cómo podemos entrenarnos ahora mismo- no más adelante- en alimentar al lobo apropiado. Cómo podemos apelar a nuestra innata inteligencia para ver lo que ayuda y lo que hace daño, lo que aumenta la agresión y lo que descubre nuestro bondadoso corazón.
Con la economía global en caos y el medio ambiente del planeta en riesgo; con la guerra intensificándose y aumentando el sufrimiento, es hora de que cada uno de nosotros, en nuestras propias vidas, demos el salto y hagamos lo que sea que podamos para darle un giro a las cosas. Ayudará incluso el más mínimo gesto por alimentar al lobo apropiado. Ahora, más que nunca, estamos todos juntos en esto.
Dar el salto tiene que ver con asumir un compromiso con nosotros mismos y con la tierra -asumir el compromiso de abandonar nuestros viejos resentimientos; de no evadir a la gente ni a las situaciones y emociones que nos hacen sentir incómodos; de no aferrarnos a nuestros temores, a una mente cerrada, a un corazón duro, a nuestras dudas.
Ahora es el momento de desarrollar confianza en nuestra bondad fundamental y en la bondad fundamental de nuestras hermanas y hermanos en este mundo; es hora de desarrollar confianza en nuestra habilidad para abandonar nuestras viejas formas de permanecer atorados y escoger sabiamente. Podríamos hacer eso ahora y aquí mismo.
En nuestros encuentros cotidianos podemos vivir de manera que eso nos ayude a aprender a hacerlo. Cuando le hablamos a alguien que no nos gusta y con quien no estamos de acuerdo –quizás un miembro de la familia o una persona en el trabajo- tendemos a gastar gran cantidad de energía enviando rabia hacia ellos.
Sin embargo, ese resentimiento y egocentrismo -tan familiares como puedan resultarnos- no constituyen nuestra naturaleza fundamental como seres humanos. Todos tenemos la habilidad natural para interrumpir viejos hábitos. Todos nosotros sabemos cuan saludable es ser amables, cuan transformador es el amar, el gran alivio que experimentamos al desprendernos de viejos resentimientos.
Con tan solo un pequeño giro en la perspectiva, podemos darnos cuenta de que la gente agrede y dice cosas terribles por las mismas razones que nosotros. Con un poco de sentido de humor podemos ver que nuestras hermanas y hermanos, nuestras parejas, nuestros hijos, nuestros compañeros de trabajo, nos vuelven locos de la misma manera en que nosotros volvemos locos a otras personas.
El primer paso en este proceso de aprendizaje consiste en ser honesto consigo mismo. La mayoría de nosotros nos hemos vuelto tan buenos en darle poder a nuestra negatividad e insistir en que estamos en lo correcto, que el lobo feroz cobra más y más brillo, y el otro lobo está simplemente ahí con sus ojos entornados. Pero no estamos atascados en esta forma de ser. Cuando estamos sintiendo resentimiento o cualquier fuerte emoción, podemos reconocer que estamos siendo trabajados y darnos cuenta de que ahora mismo podemos elegir conscientemente ser agresivos o aquietarnos. Todo se reduce a elegir cuál de los dos lobos queremos alimentar.
Claro que si tenemos la intención de poner a prueba este enfoque vamos a necesitar de ciertos parámetros. Necesitamos formas de entrenamiento en este camino de elegir sabiamente. Este camino implica descubrir tres cualidades de ser seres humanos, tres cualidades básicas que siempre han estado con nosotros pero que quizás han acabado siendo enterradas y casi olvidadas.
Estas cualidades son: la inteligencia natural, la calidez natural y la apertura natural. Cuando digo que el potencial de la bondad existe en todos los seres, eso significa reconocer que todos y cada uno de los seres, en cualquier lugar del planeta, tiene estas cualidades y puede apelar a ellas para ayudarse a sí mismo y ayudar a otros.
La inteligencia natural siempre está accesible a nosotros. Cuando no estamos atrapados en la trampa de la esperanza o el temor, intuitivamente sabemos cuál es la acción apropiada. Si no estamos obscureciendo nuestra inteligencia con rabia, lástima de nosotros mismos o deseos, nosotros sabemos qué es lo que ayudará y qué lo que empeorará las cosas. Nuestras reacciones emocionales tan bien perfeccionadas nos causan que hagamos y digamos cualquier clase de locuras.
Deseamos ser felices y vivir en paz, pero cuando nuestras emociones surgen, de alguna manera los métodos que utilizamos para alcanzar esta felicidad tan solo nos hace sentir más miserables. Nuestros anhelos y nuestras acciones, con demasiada frecuencia, no están en sintonía. Sin embargo, todos tenemos acceso a la inteligencia fundamental que puede ayudar a resolver nuestros problemas en vez de empeorarlos.
La calidez natural es nuestra compartida capacidad para amar, para tener empatía, para tener sentido de humor. También es nuestra capacidad para sentir gratitud, aprecio y ternura.