El dharma que se enseña
y
el dharma que se experimenta
Pema Chodron
Traducción y edición: María Mercedes Márquez
Caracas, 2007
Tradicionalmente existen dos maneras de describir las enseñanzas de Buda: el dharma que se enseña y el dharma que se experimenta. El dharma que se enseña ha aparecido continuamente desde tiempos del Buda en libros y conferencias de un modo fresco y puro. A pesar de surgir en la India en un tiempo, espacio y cultura muy diferentes de las que hoy conocemos, la esencia de las enseñanzas llegó a transmitirse hasta el sudeste asiático, Japón, China, Corea, Vietnam y Tíbet al norte, por personas que fueron capaces de expresar lo que habían aprendido.
En nuestros días existe gran cantidad de libros excelentes que contienen enseñanzas fundamentales; uno puede leer obras de Chogyam Trungpa Rimpoche, de Tarthang Tulku, de Suzuki Roshi, de Joseph Goldstein y Ayya Khema entre otros, así como también las traducciones de Herbert Guenther. Hay diferentes maneras de leer y escuchar las enseñanzas, y también hay sabores ligeramente distintos, pero descubrimos que si escogemos en cada una un tema como puede ser Las Cuatro Nobles Verdades, la soledad o la compasión, todas dicen lo mismo en concordancia con su propio estilo y cultura. Las enseñanzas son las mismas y también su esencia.
El dharma que se enseña es como una joya, una joya preciosa. Al igual que la bodhichitta, puede llegar a cubrirse de polvo pero, sin embargo, sigue siendo lo mismo. Cuando alguien saca la joya a la luz y la muestra a todo el mundo, entra en resonancia con los corazones y mentes de quienes la contemplan.
Las enseñanzas son también como una bella campana de oro escondida en la más profundo de una oscura caverna; cuando alguien la saca al exterior y la hace sonar, la gente puede escuchar el tintineo. Así es el dharma que se enseña. La tradición dice que el dharma puede enseñarse, pero que es necesario tener oídos para escucharlo. Esta afirmación se compara con tres recipientes.
Si somos como un recipiente agujereado en su base, aunque se vierta el dharma en su interior, saldrá afuera. Si somos como un recipiente con veneno, el dharma que se vierta en su interior, al mezclarse con él, se malinterpretará, convirtiéndose en veneno. Es decir, si estamos llenos de resentimiento y amargura, quizás lo interpretemos según nuestra propia amargura y resentimiento. Y si el recipiente está boca abajo, es imposible verter nada en él. Tenemos que estar despiertos y abiertos para escuchar el dharma que se enseña.
El dharma que se experimenta no es un dharma diferente, aunque algunas veces se sienta de modo distinto. Una experiencia común es que cuando escuchamos las enseñanzas, resuenan en nuestro corazón y en nuestra mente, nos sentimos inspirados por ellas, pero no acabamos de entender cómo aplicarlas a la vida cotidiana.
Cuando a la hora de la verdad perdemos el trabajo, o la persona a la que amamos nos abandona, o suceden otros acontecimientos que hacen que nuestras emociones se vuelvan locas y violentas, no acabamos de entender cómo relacionarlo con Las Cuatro Nobles Verdades. Sentimos un dolor tan intenso que las Cuatro Nobles Verdades a su lado parecen patéticas.
Trungpa Rimpoché una vez dijo que el dharma debe experimentarse, porque cuando la realidad de nuestras vidas con todos sus obstáculos, problemas y experiencias se vuelve intensa y nos obliga a empezar a cuestionarnos, ninguna creencia filosófica se puede comparar a la realidad que estamos experimentando.
Lo que descubrimos si continuamos profundizando en las enseñanzas y meditando es que nada de cuanto hemos escuchado es ajeno a nuestras vidas. El dharma es el estudio de lo que es, y la única forma de saber qué es lo verdadero es a través del estudio de nosotros mismos. El maestro Zen Dogen dijo: “Conocerte o estudiarte a ti mismo es olvidarte de ti mismo, y si te olvidas de ti mismo, todas las cosas te iluminan”. Conocerte o estudiarte a ti mismo significa simplemente averiguar cuál es nuestra experiencia de la alegría, nuestra experiencia del sufrimiento, nuestra experiencia de sentirnos aliviados y renovados, y nuestra experiencia del dolor.
Es todo lo que tenemos y necesitamos para conseguir una viva experiencia del dharma, comprender que el dharma y nuestras vidas son la misma cosa.
“La práctica diaria consiste sencillamente en desarrollar una total aceptación y apertura hacia todas las situaciones y emociones del resto de las personas”. Uno lo lee, lo escucha y quizás incluso hable sobre ello, pero básicamente ¿qué significa?
Al leerlo uno cree que más o menos lo entiende, pero cuando intentamos llevarlo a la práctica, comprobar su eficacia a través de nuestra propia experiencia, nuestras propias ideas de lo que significa se vienen abajo; descubrimos algo fresco y nuevo que no habíamos visto antes.
Identificarse con el dharma significa vivir de ese modo, probarlo, intentar descubrir qué significa realmente cuando perdemos el trabajo, cuando nuestro amante nos deja plantadas o cuando morimos de cáncer. “Sé abierto y acepta todas las situaciones y personas” ¿Cómo hacerlo? Quizá sea el peor consejo que nadie pueda darnos, pero tenemos que descubrirlo por nosotros mismos.
A menudo escuchamos las enseñanzas con tanta subjetividad que pensamos que nos enseñan qué es lo verdadero y qué es lo falso, pero el dharma nunca nos lo dice. Simplemente nos anima a descubrirlo. Sin embargo, al vernos obligados a expresarnos con palabras, hacemos afirmaciones. Por ejemplo, decimos: La práctica diaria consiste sencillamente en desarrollar una total aceptación y apertura hacia todas las situaciones y emociones del resto de las personas.
Esto nos suena a verdad, y lo contrario a falso. Pero no es así. Simplemente nos anima a descubrir qué es lo verdadero y qué es lo falso. A intentar vivir de ese modo para observar qué sucede. Aprenderemos a enfrentarnos a todas nuestras dudas, miedos y deseos y a lidiar con ellos.
Cuando empezamos a vivir de esta forma, con la sensación de ¿En realidad qué significa todo esto?, descubrimos que es muy interesante. Pasado algún tiempo incluso nos olvidamos de que nos lo estamos preguntando; simplemente practicamos la meditación o vivimos nuestra vida y tenemos lo que tradicionalmente se llama una visión interior que significa una espontánea noción de lo que es verdad.
La percepción llega de improviso, como si deambulando a oscuras alguien encendiera todas las luces y descubriéramos un palacio y dijéramos: ¡Oh. Siempre ha estado aquí!
Aunque la visión sea muy simple no siempre significa una sorpresa. Es como si durante toda nuestra vida hubiésemos tenido sobre la mesa ese recipiente lleno de una sustancia blanca sin saber qué es. Tenemos miedo de averiguarlo. Quizá sea LSD, cocaína o raticida. Un día nos humedecemos el dedo y la tocamos, se adhieren algunos granitos, los probamos y ¡Caramba, es sal!
Nadie puede decirnos lo contrario, es así de obvio, claro y sencillo. Así que todos tenemos visiones interiores. Las tenemos en nuestra meditación y quizá las compartimos –o no- con los demás. Sentimos como si hubiésemos descubierto algo que nadie más conoce y que, sin embargo, es completamente claro y sencillo.
Nunca podemos negar el dharma que se experimenta porque es claro y auténtico. Pero viajar en el camino entre el dharma que se enseña y el dharma que se experimenta implica, animarnos a no creer siempre lo que se nos enseña, sino a cuestionarlo. Todo lo que tenemos que hacer es vivir de ese modo y se convertirá en nuestro camino.
El modo de hacerlo es permanecer abiertos y no cerrarnos nunca. No encerrarnos nunca en nosotros mismos. No se trata sólo de breves y agradables aforismos, sino que en realidad son las enseñanzas más profundas presentadas de un modo aparentemente simple.
Puede que pensemos: ¡Oh, sí, no cerrarse nunca, está muy bien! Pero ¿qué significa en realidad? Es obvio que no significa que si nos cerramos somos una mala persona. Ya hemos aprendido lo que es maitri, el amor compasivo y la actitud de no juzgarnos y de aceptarnos a nosotros mismos, de no tener miedo de ser quien somos.
En el libro titulado “Mente Zen, mente de principiante”, Suzuki Roshi cuenta que recibió una carta de uno de sus alumnos que decía: “Querido Roshi, usted me envió un calendario que contenía una sentencia muy inspiradora cada mes, pero ya antes de llegar a febrero he descubierto que no estoy a la altura”. Suzuki Roshi se reía del hecho de que la gente utilice el dharma para sentirse desdichada. También hay personas con una comprensión del dharma llena de conceptos que puede que lo utilicen para volverse arrogantes y orgullosas. Si nos descubrimos interpretando erróneamente las enseñanzas, ellas mismas, las propias enseñanzas nos mostrarán dónde nos hemos equivocado. En cierto sentido el dharma es como una red perfecta de la que no podemos escapar.
El dharma tiene que asimilarse con sinceridad y no sólo usarlo como un modo de sentirnos confortables y seguros, o para continuar con nuestro patrón de conducta habitual de menospreciarnos o de luchar por alcanzar la perfección.
En un inicio, puede que descubramos que utilizamos el dharma del mismo modo que hemos hecho con todo lo demás, pero por tratarse del dharma, puede que se nos ocurra que lo estamos utilizando para menospreciarnos o para volvernos perfeccionistas y nos preguntemos: ¿Lo estoy utilizando para transformar el mundo en amor y luz o para convertirlo en un duro lugar lleno de resentimiento?
En una oportunidad Trungpa Rimpoche nos explicó que como la mayoría de los tulkus (un tulku es la re-encarnación reconocida de un maestro anteriormente iluminado, la cual manifiesta las cualidades espirituales de aquel maestro), creció en una atmósfera muy estricta.
Cuando hacía cosas consideradas impropias de un tulku le pegaban y tenía que estudiar muy duramente. Dijo que era un niño difícil y que por ello a menudo le castigaban, pero también era inteligente y estaba orgulloso de sí mismo. Sus tutores nunca le alababan, siempre le reñían diciéndole que tenía que trabajar con más ahínco.
Sin embargo sabía que estaban impresionados por su brillantez. Contó que cuando le llegó el momento de empezar a ver a su gurú, Jamgon Kongtrul de Sechen, para que revisara sus estudios, estaba impaciente por mostrar su conocimiento e inteligencia.
Era a primera hora de la mañana y la luz que penetraba a través de la ventana se reflejaba en el rostro de Jamgon Kongtrul. Rimpoché se sentó a su lado. Jamgon Kongtrul permaneció un rato en silencio y finalmente dijo: Bien, dime lo que sepas sobre Las seis paramitas (Las seis paramitas o perfecciones son: la generosidad, la disciplina, la paciencia, el esfuerzo, la meditación y la sabiduría) y Rimpoche, seguro de sí mismo, lo expuso de un tirón con toda clase de referencias y lo que sobre el tema le habían enseñado sus diversos maestros. Al terminar, Jamgon Kongtrul guardó silencio y luego dijo: Pero ¿qué sientes sobre todo eso?
Sorprendido, Rimpoché dijo ¿Qué importa lo que sienta? Este es el modo en que me lo enseñaron y así se han enseñado desde la primera vez que fueron presentadas. A lo que Jamgon Kongtrul le respondió: Está muy bien conocerlas intelectualmente, pero ¿qué es lo que sientes sobre ello?
¿Cuál es tu experiencia? Rimpoché decía que Jamgon Kongtrul siempre le enseñó de esta forma. Quería saber cuál era su experiencia de la generosidad, de la disciplina y de todo lo demás. Esto fue lo que Jamgon Kongtrul fomentó y cultivó en él.
En cuanto al dharma que se enseña, Trungpa Rimpoché lo escuchó muy bien y con gran claridad. En su propia vida recibió numerosas enseñanzas y siempre quiso que nosotros también aprendiésemos y estudiásemos. Pero lo que más le importaba era que descubriéramos el auténtico significado de las cosas y no simplemente aceptáramos el punto de vista de otra persona sin ni siquiera cuestionarlo.
Por ejemplo, cuando Rimpoché hablaba sobre los preceptos decía que estaba muy bien, que podíamos conocer los doscientos cincuenta o trescientos preceptos de memoria con todas sus referencias, pero que lo primordial era comprender su auténtico significado. Pongamos por caso que sepamos que el primer precepto es no matar y que quizá conozcamos todas las historias de cómo surgió dicho precepto y también el razonamiento de que el hecho de matar incrementa la fijación en el ego y que observar los preceptos interrumpe la cadena de causa y efecto; puede que sepamos todo esto, pero la verdadera cuestión es por ejemplo, cuando surge el deseo de matar
¿Por qué queremos destruir? ¿Qué es lo que está sucediendo en realidad? ¿Qué es lo que esta situación nos muestra? A Rimpoché le enseñaron de ese modo y así es como él nos enseñó.
El dharma que se enseña y el dharma que se experimenta son descripciones de cómo vivir, de cómo utilizar nuestra vida para despertar en lugar de dormirnos, y si escogemos pasar el resto de nuestra vida intentando descubrir qué significa <despertar> y qué significa <dormir>, creo que podremos alcanzar la Iluminación.
Que nuestra sincera motivación y esfuerzos
contribuyan al beneficio de todos los seres sin excepción alguna.