Pema Chödron
Traducción y edición: María Mercedes Márquez
Caracas, 2003
No causar daño obviamente incluye no matar, robar o mentirle a la gente. También incluye no ser agresivo, no ser agresivo con nuestras acciones, no ser agresivo con nuestras palabras, no ser agresivo con nuestras mentes. Aprender a no causarnos daño a nosotros mismos o a los demás, es una enseñanza budista fundamental sobre el poder curativo de la no-agresión.
La base de la sociedad iluminada es no hacernos daño a nosotros mismos ni a los demás. No hacerlo ni al principio, ni a mitad de camino, ni al final. Es así como podría haber un mundo sano. Comienza con ciudadanos sanos, y eso es lo que somos. La agresión más básica hacia nosotros mismos o el daño más básico que podemos hacernos es permanecer ignorantes por no tener el valor y el respeto hacia nosotros mismos como para vernos honesta y gentilmente.
La base para no causar daño es el ser concientes, esa sensación de relacionarnos con claridad, con respeto y compasión con lo que sea que veamos. Esto es lo que la práctica básica nos muestra. Pero el estar concientes no se limita a la meditación formal, nos ayuda a relacionarnos con todos los detalles de nuestras vidas, nos ayuda a ver y a escuchar y a oler, sin cerrar nuestros ojos ni nuestros oídos ni nuestras narices. El relacionarnos honestamente con la inmediatez de nuestra experiencia y respetarnos a nosotros mismos lo suficiente como para no juzgarla, es un camino que dura toda la vida.
A medida que nos volvemos más involucrados de corazón en este camino de honesta gentileza, se presenta como casi un shock el darnos cuenta de cuánto nos hemos cegado a nosotros mismos con respecto a las formas en las que causamos daño.
Nuestro estilo está tan enraizado allí que no podemos escuchar cuando las personas tratan de decirnos -ya sea gentil o rudamente- que quizás estamos causando daño al ser como somos, o por la forma como nos relacionamos con otros. Nos hemos acostumbrado tanto a la forma como hacemos las cosas, que de cierta manera, los demás también se han acostumbrado a ella.
Es doloroso afrontar que hacemos daño a otros y eso toma algo de tiempo. Es un camino que se da gracias a nuestro compromiso con la gentileza y la honestidad, con el permanecer concientes, con el estar atentos. Gracias al estar atentos y concientes podemos ver nuestros deseos y nuestra agresividad, nuestros celos y nuestra ignorancia. No los aderezamos con nada más, simplemente los vemos. Sin la atención-despierta o conciente, nosotros no podemos verlos.
La siguiente etapa consiste en refrenarnos. Estar alertas y concientes es la base; refrenarse, es el camino. Refrenarse es una de esas palabras tiesas que suenan represivas. Sin embargo, en este contexto, el refrenarse es en gran parte, el método para convertirse en una persona del dharma. Es la cualidad de no necesariamente tener que brincar por atrapar algo de entretenimiento en el momento en que nosotros sentimos que se aproxima un leve roce de aburrimiento. Es la práctica de no tener que llenar el espacio inmediatamente, simplemente porque hay una pausa, un alto.
En una oportunidad me fue dada una interesante práctica de meditación que combinaba la atención conciente y el refrenarse. Nos dijeron que simplemente notáramos cuáles eran nuestros movimientos físicos cada vez que nos sintiéramos incómodos.
Comencé a notar que cada vez que me sentía incómoda hacía cosas como tocarme el cabello, rascarme la nariz o la cabeza aunque no me picara nada, o también me enderezaba el cuello de la camisa. Hacía todo tipo de pequeños y brincones movimientos cada vez que sentía inadecuada o que me estaba quedando fuera de base. Nuestra instrucción era la de no tratar de cambiar nada, de no criticarnos por cualquier cosa que estuviésemos haciendo sino simplemente estar atentos y ver lo que hacíamos.
El darnos cuenta de cómo es que tratamos de evadir la situación es una forma de entrar en contacto con la ausencia de base. En cuanto a refrenarnos -el no actuar en forma habitualmente impulsiva- tiene algo que ver con el renunciar a esa mentalidad orientada hacia el entretenimiento y la dispersión.
A través del refrenarnos, vemos que hay algo entre el surgimiento de no querer algo - la agresión, la soledad o lo que fuere- y cualquiera que sea la acción que tomamos como resultado. Hay algo allí en nosotros que aún cuando no sabemos de qué se trata no deseamos experimentar, y nunca lo experimentamos porque actuamos con muchísima rapidez, compulsivamente, sin pensarlo.
Bajo nuestras vidas ordinarias, bajo todo lo que hablamos, bajo todos los movimientos que hacemos, de todos los pensamientos en nuestras mentes, allí lo que hay es puro espacio, esencialidad, ausencia fundamental de base, de complicación. Allí subyace todo el tiempo.
Sin embargo, esto que es puro espacio lo experimentamos equivocadamente como inquietud, como impaciencia, como incomodidad, o miedo porque nunca nos permitimos llegar al fondo del mismo y conocerlo, nunca tocamos esencia. Por el contrario, nuestra tendencia habitual a juzgar y calificar lo que sucede, secundada por la impulsividad, motiva la pasión, la agresividad, la ignorancia, los celos y el orgullo, la actividad o la palabra inútil, inadecuada o dañina.
Refrenarnos es el método para llegar a conocer la naturaleza de esta inquietud y miedo. Es un método para ubicarnos en ese espacio que es simple apertura mental, en esa ausencia de base. Si nosotros inmediatamente nos entretenemos a nosotros mismos hablando, actuando, pensando -si nunca hay una pausa, un alto para orientarnos hacia nuestro interior- nunca vamos a poder relajarnos. Siempre vamos a estar corriendo, andando en círculos, escapando a través de nuestras vidas.
Refrenarnos es una forma de hacernos amigos de nosotros mismos en el más profundo nivel posible. Podemos comenzar a relacionarnos con lo que yace bajo las burbujas y con todo aquello que sale y se expresa a sí mismo como un comportamiento lleno de tensión, controlador, manipulador, o como sea que fuere. Bajo todo eso, hay algo muy suave, muy tierno pero nosotros lo experimentamos como miedo o incomodidad.
Hubo una vez una joven guerrera. Su maestro le dijo que tenía que vérselas con el miedo. Ella no quería hacerlo. Aquello parecía demasiado agresivo, le daba miedo, le parecía poco amistoso, pero el maestro le dijo que ella tenía que hacerlo y le dio las instrucciones para la batalla. Llegó el día.
La estudiante guerrera se paró a un lado y el miedo al otro. La guerrera estaba sintiéndose muy pequeña y el miedo parecía grande e iracundo. Ambos tenían sus armas. La joven guerrera se levantó y fue hacia el miedo, se postró tres veces y preguntó “Puedo tener permiso para librar batalla con usted” y el miedo dijo: “Gracias por mostrarme tanto respeto como para pedirme permiso”.
Luego la joven guerrera dijo: ¿Cómo puedo vencerte? y el miedo contestó: “Mis armas son que yo hablo rápido y me acerco mucho a tu cara. Entonces te debilitas completamente y haces cualquier cosa que yo diga. Si no haces lo que yo diga entonces no tengo ningún poder. Tu puedes escucharme y respetarme, puedes, incluso ser convencida por mí, pero si no haces lo que yo diga, no tengo poder”. En esa forma, la estudiante guerrera aprendió a vencer el miedo.
Así es de hecho como funciona. Tiene que haber cierto tipo de respeto –respeto hacia nosotros mismos- alguna comprensión de cómo nuestras emociones tienen el poder de mantenernos dando y dando vueltas en círculos. Esa comprensión nos ayuda a descubrir cómo es que incrementamos nuestro propio sufrimiento, nuestra confusión, cómo podemos causarnos daño a nosotros mismos.
Debido a que tenemos bondad fundamental, sabiduría fundamental, inteligencia fundamental o básica, nosotros podemos dejar de hacernos daño a nosotros mismos y también a otros. Gracias a la atención-conciente, podemos ver las cosas cuando estas surgen.
Gracias a nuestra comprensión no caemos en la cadena de reacción inmediata que hace que las cosas crezcan de un minuto al infinito. Más bien permitimos que las cosas se queden en el minuto, que permanezcan pequeñas. No contribuimos a que continúen expandiéndose hasta convertirse en una guerra o en violencia doméstica.
Todo se logra a través de aprender a hacer una pausa por un momento, aprender a no hacer la misma cosa impulsivamente una y otra vez. El hecho de simplemente hacer una pausa, en vez de llenar el espacio inmediatamente, es una experiencia transformadora. Esta pausa es práctica de paciencia, así comenzamos a conectarnos con la inquietud fundamental y también con el espacio fundamental.
El resultado es que dejamos de hacer daño. Comenzamos a conocernos a nosotros mismos más a fondo y a respetarnos. Cualquier cosa puede surgir, cualquier cosa puede entrar a nuestra casa, podemos encontrar cualquier cosa sentada en el sofá de nuestro salón y nosotros no nos inquietamos. Hemos sido procesados a fondo a través del llegar a conocernos, procesados a fondo por esta honesta y gentil práctica de meditación.
Este proceso nos conecta con el resultado de no causar daño, con el bienestar fundamental de nuestro cuerpo, palabra y mente. El bienestar del cuerpo es como una montaña. Suceden muchas cosas en una montaña. Surgen vientos, lluvia y nieve.
El sol se pone muy caliente, cruzan las nubes, los animales hacen sus necesidades en la montaña y también las personas. La gente bota toda su basura y otras personas la limpian. Muchas cosas vienen y van en la montaña, pero ella simplemente permanece sentada allí.
Una vez que nos hemos visto a nosotros mismos completamente, se da una quietud de cuerpo que es como una montaña. Ya no brincamos por cualquier cosa ni tenemos que rascarnos la nariz, tocarnos las orejas, pegarle a alguien, salir corriendo del cuarto, o llenarnos de tragos hasta la inconciencia.
Una profunda y buena relación con nosotros mismos resulta en ser estables, pero cuidado, eso no significa que nosotros no corramos, ni brinquemos ni bailemos. Lo que quiere decir es que no lo hacemos en una forma compulsiva. Nosotros no sobre actuamos, no comemos de manera exagerada, tampoco fumamos exageradamente, no hablamos por hablar, ni tratamos de seducir en forma exagerada. Simplemente dejamos de causar daño.
El bienestar de la palabra es como un laúd sin cuerdas. Aún sin cuerdas, el instrumento musical se proclama a sí mismo. Esta es una imagen de nuestra palabra estando estabilizada. Ello no significa que estamos controlando, frenando, tratando duramente de no decir lo incorrecto. Ello significa que nuestra palabra es directa, discreta y disciplinada. No comenzamos a derramar palabras simplemente porque nadie más está hablando y nosotros estamos nerviosos. No parloteamos como urracas parlanchinas.
Lo hemos escuchado todo, hemos sido insultados y hemos sido elogiados. Sabemos lo que es estar en situaciones donde todos están bravos, y donde todos están tranquilos.
Nos sentimos en casa en el mundo porque nos sentimos en casa con nosotros mismos, de modo que no sentimos que tengamos que salir corriendo por la boca debido a nuestro nerviosismo y a nuestros patrones habituales. Nuestra forma de hablar es domada y cuando hablamos, comunicamos. No desperdiciamos el don del hablar en expresar nuestra neurosis.
El bienestar de la mente es como el agua de un lago sin hondas en la superficie. Cuando no hay hondas, todo en el lago se puede ver. Cuando el agua está agitada nada se puede ver. El agua quieta del lago es una imagen de nuestra mente quieta, tranquila, tan llena de ilimitada amigabilidad por toda la basura que yace en el fondo del lago, que no sentimos la necesidad de remover las aguas para simplemente no ver lo que está allí.
No causar daño requiere permanecer despierto. Parte del estar despierto es calmarnos lo suficiente como para notar lo que decimos y lo que hacemos. Mientras más presenciemos nuestra cadena emocional de reacciones y entendamos cómo funciona, será más fácil el refrenarnos. El estar despiertos, calmados y el darnos cuenta, se convierten en una forma de vida.
En la raíz de todo el daño que causamos está la ignorancia. A través de la meditación eso es lo que comenzamos a deshacer y entonces, cuando vemos que no tenemos atención conciente, que raramente nos refrenamos, que tenemos poco bienestar, eso ya no es confusión, eso es el comienzo de la claridad.
A medida que los momentos de nuestra vida pasan, nuestra habilidad para ser sordos, mudos y ciegos ya como que no funciona tan bien. En vez de hacernos a nosotros mismos más rígidos, el proceso nos libera. Esta es la liberación que surge naturalmente cuando estamos completamente aquí, sin ninguna ansiedad acerca de la imperfección.
Simplemente aquí y ahora aceptando lo que surja.