Revertir la rueda del samsara
Pema Chodron
Traducción y edición: María Mercedes Márquez
Caracas, 2007
De alguna manera seguimos distanciándonos de las enseñanzas del Buda, seguimos distanciándonos del dharma. Es como si lo considerásemos una filosofía o un curso de autoayuda, y por mucho que se nos anime a hacer de la meditación y de las enseñanzas algo relevante para nuestra vida emocional, seguimos olvidándonos de aplicarlas cuando nos atascamos.
Cuando estamos enfadados con alguien o tenemos el corazón partido, cuando queremos vengarnos o suicidarnos, en momentos así no solemos pensar que la meditación y las enseñanzas sean muy aplicables. No logramos conectarlas con la realidad de la situación.
Algunas personas piensan que la meditación no es suficiente, pero sé que el dharma no sólo es más revolucionario, sino que en muchos casos, el dharma mismo nos aporta las herramientas y el apoyo necesarios para encontrar nuestra propia belleza, nuestra propia intuición, nuestra propia capacidad de trabajar con el dolor y la neurosis.
Parece que uno de los trucos es tener la suficiente fe en el dharma, tener una profunda convicción de que el dharma sí funciona, como para llevarlo directamente a nuestras pesadillas, no como una teoría que nos separa de nuestros principales problemas, ni como algo que nos exige un nivel determinado, sino como un buen alimento, una medicina sin efectos secundarios que es aplicable siempre y en todas partes. La clave reside en cambiar nuestros hábitos, y en particular, nuestros hábitos mentales.
Recuerdo el día que comprendí sin sombra de duda que somos nosotros mismos los que creamos nuestra situación por nuestra forma de usar la mente, por nuestra forma de estructurar nuestras respuestas a la vida de la misma familiar y predecible manera.
Surgió una situación con el dinero, se nos estaba acabando. Empecé a sentirme tensa, como si un gran peso se asentara literalmente sobre mi cabeza. Comencé a sentir pánico, tenía que buscar una vía de salida. Hasta que no encontrase una manera de resolver el problema no podría relajarme, no podría disfrutar de los rayos del sol que atraviesan el agua ni del águila posada en el árbol frente a la ventana de mi habitación.
Todo aquel escenario era persistentemente familiar. No sé por qué lo pude ver aquella vez con más claridad que en otras ocasiones. Probablemente fue el resultado de observar mi propia experiencia durante tantos años tan honesta y ecuánimemente como podía. Posiblemente también fue el resultado de todo el entrenamiento meditativo realizado para ver en qué momento me desoriento y pierdo mi centro y a continuación volver a centrarme en el presente.
En cualquier caso, ese día no me sentí atrapada. Allí mismo, en medio del estado mental más habitual, pude ver lo que estaba haciendo. No sólo lo pude ver, sino que también pude detenerlo. Dejé de seguir mi plan habitual para salvar la situación. Decidí no correr de un lado para otro tratando de evitar el desastre.
Dejé que los pensamientos de “soy la única que puede salvarnos de esto” fueran y vinieran. Decidí ver qué pasaría si yo no aportaba nada aunque eso significara que todo se cayera en pedazos. A veces simplemente hay que dejar que todo se derrumbe.
El primer paso, y el más duro, fue no actuar. No evitar el desastre iba contra el núcleo de mi manera de operar. Me sentí ante una enorme rueda con una inercia colosal para seguir en la dirección habitual y yo le estaba dando vueltas. De eso se trata el dharma, de cambiar nuestros hábitos, de invertir el proceso de solidificar tanto las cosas, de revertir la rueda del samsara.
El proceso comienza cuando nos damos cuenta que nos estamos descentrando de la manera habitual. Generalmente sentimos que hay un gran problema y que tenemos que resolverlo. La instrucción es detenerse, lo que equivale decir “no salir corriendo en la dirección conocida ni emplear viejos trucos, sino hacer algo que no nos resulte familiar”.
En las enseñanzas budistas hay muchas instrucciones para voltear la realidad. Escuchamos consejos acerca de cómo por ejemplo: “meditar sobre lo que a uno le provoque resentimiento” o “reclinarse sobre las aristas más afiladas del asunto”. Mientras Trungpa Rimpoché estaba todavía en Tíbet, su maestro Khempo Gangshar le educó en este estilo de vida, se denominaba: “Instrucciones sobre la naturaleza no dual de la realidad”.
Una vez preguntamos a Rimpoché qué había pasado a Khempo Gangshar cuando escaparon de Tíbet y nos dijo que no estaba seguro, pero que había oído que mientras el resto de ellos huía hacia India, Khempo Gangshar caminaba hacia China. Este es un tipo de instrucción que podemos aplicar a nuestra vida y puede producir cambios revolucionarios en nuestra manera de percibir las cosas.
Mi primer paso fue decidir que no iba a actuar siguiendo mi impulso habitual. Se trataba de una prueba, de una exploración de las enseñanzas budistas que dicen que creamos nuestra propia realidad, que lo que percibimos es nuestra propia proyección.
Todo en mí anhelaba repetir el antiguo curso de actuación, pero recordé las enseñanzas que dicen que hasta que no dejemos de aferrarnos a los conceptos del bien y del mal, el mundo seguirá manifestándose como diosas amistosas o demonios dañinos. Quería explorar si eso era verdad o no. Pude experimentar sin ponerme rígida ni hosca, gracias al profundo entrenamiento que tenía en hacerme amiga de mis pensamientos y emociones.
En cierto sentido, si no cultivamos una amistad incondicional hacia nosotros mismos, no avanzamos en el sendero. Es una gran ayuda saber que cuando meditamos y cuando escuchamos las enseñanzas, lo que estamos haciendo es desplegar bondad.
Sin embargo, tras muchos años de práctica, muchos seguimos practicando con culpabilidad como si fuéramos a ser excomulgados por no hacerlo bien. Como para no sentirnos avergonzados con nosotros mismos temiendo que alguien descubra que somos “malos” meditadores.
Quizá la enseñanza más importante sea la de aflojar y relajarse. Para trabajar con nuestras locas y embrolladas mentes es de gran ayuda recordar que lo que hacemos es abrir paso a la suavidad que ya está en nosotros y dejarla extenderse.
Dejamos que suavice las agudas aristas de la autocrítica y la queja. Algunos podemos aceptar a los demás, estén donde estén, con mucha más facilidad de lo que nos aceptamos a nosotros mismos. Sentimos que la compasión está reservada para los demás y nunca se nos ocurre sentirla hacia nosotros mismos.
Mi experiencia me enseña que cuando practicamos sin tomárnoslo como un deber, vamos descubriendo gradualmente nuestro despertar y nuestra confianza. Gradualmente, sin programa previo excepto el de ser honestos y bondadosos, asumimos la responsabilidad de estar aquí, en este mundo impredecible, en este momento único, en este precioso cuerpo humano.
Por fin llegué a ese momento en el que estaba preparada para aminorar el impulso habitual de mi mente y dejar de ser tan predecible. Empecé dejando de actuar de la manera habitual. Me resultó difícil porque sentía muchas ganas de resolver el problema, era la sensación que Trungpa Rimpoche llamaba “la nostalgia del samsara”.
Pero mi curiosidad respecto a las enseñanzas era mayor que mi anhelo de hacer lo que siempre había hecho. Estaba entrando en tierra de nadie y me sentía temblorosa. Era una situación real, no una elevada teoría que hubiera leído en algún libro. No sabía qué pasaría a continuación, pero cualquier cosa era preferible a reaccionar como siempre lo había hecho.
Cada acto cuenta. Cada pensamiento y emoción también cuentan. Este es el único camino que tenemos. Aquí es donde hemos de aplicar las enseñanzas y donde llegamos a entender por qué meditamos. Sólo vamos a estar aquí un breve espacio de tiempo. Aunque vivamos hasta los 108 años, nuestra vida será demasiado breve para ser testigos de todas sus maravillas.
El dharma es cada acto, cada pensamiento, cada palabra que pronunciamos. ¿Estamos dispuestos a darnos cuenta cada vez que nos descentramos sin necesariamente tener que avergonzarnos? ¿Aspiramos al menos a no considerarnos un problema, sino seres humanos muy típicos que en este mismo momento pueden tomarse un descanso y dejar de ser tan predecibles?
Según mi experiencia, así es como nuestros pensamientos empiezan a hacerse cada vez menos frecuentes, menos avasallantes. Mágicamente, de repente parece que hay mucho más espacio para respirar, mucho más espacio para bailar y mucha más felicidad. El dharma puede curar nuestras heridas, antiguas heridas procedentes de un malentendido tan antiguo que ya ni podemos verlo.
La instrucción es relacionarnos compasivamente con nosotros mismos aceptando el lugar donde nos encontramos y empezar a considerar que nuestra situación es “trabajable”. Estamos tan atrapados en el hábito de aferrarnos a las cosas y fijarlas, que eso hace que tengamos la misma reacción una y otra vez. Así es como proyectamos nuestro mundo.
Cuando vemos este mecanismo aunque sólo sea un segundo cada tres semanas, podemos atraparle rápidamente el truco a este proceso de solidificar las cosas, y podemos detener nuestro mundo claustrofóbico, dejando en el suelo el equipaje que acarreamos desde siglos y finalmente entrar en un nuevo territorio. Para lograrlo, es imprescindible hacer de la práctica del dharma algo personal, explorarlo de corazón y relajarnos con confianza.