Servidores de la paz
Pema Chödron
Traducción y edición: María Mercedes Márquez
Caracas, enero 2008
Suponga que hubiera un lugar al que pudiésemos ir para aprender el arte de la paz, una especie de campamento de entrenamiento para guerreros espirituales. En lugar de pasar horas y horas disciplinándonos para derrotar al enemigo podríamos pasar horas y horas disolviendo las causas de la guerra. Un proyecto así podría llamarse entrenamiento para bodhisattvas, o formación para los servidores de la paz.
La palabra bodhisattva hace referencia a aquel que se ha comprometido con el camino de la compasión. El campamento podría ser dirigido por Nelson Mandela, por la Madre Teresa y por Su Santidad el Dalai Lama, pero es más probable que estuviese dirigido por personas de las que nunca hemos oído hablar como los hombres y mujeres ordinarios de todo el mundo que dedican sus vidas a ayudar a otros a liberarse del dolor.
Los métodos aprendidos en el entrenamiento para bodhisattvas podrían incluir la práctica de la meditación shámata-vipáshyana y el tonglen. También podrían incluir Las Seis Paramitas, las seis actividades de los servidores de la paz. La palabra “paramita” significa “pasar a la otra orilla”.
Estas acciones son como una balsa que nos lleva al otro lado del río del samsara. Las paramitas también reciben el nombre de acciones trascendentes porque se basan en ir más allá de las nociones convencionales de virtud y falta de virtud. Nos preparan para ir más allá de las limitaciones de las visiones dualistas y desarrollar una mente flexible.
Uno de los mayores desafíos del campamento sería el de evitar volvernos moralistas. Estando presente gente de todas las naciones, habría muchas opiniones conflictivas sobre lo que es ético y lo que no lo es, sobre lo que nos ayuda y lo que no.
¡Muy pronto necesitaríamos a las personas más tranquilas y despiertas del lugar para que dirigieran un curso sobre flexibilidad y humor!
A su manera, Trungpa Rimpoché diseñó un curso de este tipo para sus estudiantes. Hacía que memorizáramos ciertos cantos y a los pocos meses que ya los teníamos memorizados, cambiaba los textos. Nos enseñaba ciertos rituales y era extremadamente preciso respecto a cómo debían ser realizados.
Más o menos cuando empezábamos a criticar a la gente que lo hacía mal, volvía a enseñar los rituales de una manera completamente distinta. Imprimíamos manuales que describían todos los procedimientos adecuados, pero generalmente se quedaban obsoletos antes de salir de la prensa.
Después de años de este tipo de formación, uno empieza a soltar el apego. Si la instrucción dice que hoy hay que ponerlo todo a la derecha, uno lo hace con toda la impecabilidad que puede. Cuando mañana la instrucción sea ponerlo todo a la izquierda, uno lo hará de todo corazón. La idea de que hay una forma correcta de hacer las cosas se va disipando en la niebla.
La meditación shámata y el tonglen son métodos bien probados para educarse en la adaptabilidad y abandonar la rigidez mental. Las seis paramitas completan estas prácticas y acercan la formación del practicante a la vida cotidiana. Son los medios que permiten que todo lo que hacemos se vuelva una forma de vivir el arte de la paz. Lo que hace que las paramitas sean diferentes de las acciones ordinarias es que se basan en prajna. Prajna es una forma de ver que disuelve constantemente cualquier tendencia a usar las cosas para poder contar con un suelo bajo los pies, una especie de detector de mentiras y falsedades que nos impide convertirnos en personas “virtuosas”.
Cuando nos estamos educando en el arte de la paz no se nos promete que, dadas nuestras nobles intenciones, conseguiremos nuestros objetivos. De hecho, no se puede prometer que las enseñanzas vayan a dar fruto. En lugar de ello, se nos anima a mirar profundamente, la alegría y el dolor, la risa y el llanto, la esperanza y el miedo, y, a todo lo que vive y muere.
Aprendemos que lo verdaderamente curativo es la gratitud y la ternura. No es que digamos “Ya sé que yo no importo mucho, pero si cambio el mundo, será mejor para los demás”. Es menos complicado que todo eso. No pretendemos salvar el mundo sino preguntarnos cómo les va a los demás y reflexionar sobre cómo les afectan nuestras acciones.
Las cinco primeras acciones trascendentes son: generosidad, disciplina, paciencia, esfuerzo entusiasta y meditación, y son inseparables de la sexta: sabiduría, la cual impide que utilicemos nuestras acciones para sentirnos confirmados y seguros. Prajna es la sabiduría que corta con el inmenso sufrimiento que produce el tratar de proteger nuestro propio territorio.
Las mismas palabras generosidad, disciplina, paciencia y esfuerzo entusiasta, puede que para muchos de nosotros contengan connotaciones de rigidez. Pueden sonar como una pesada lista de “obligaciones” y puede que nos recuerden las reglas del colegio o los sermones moralistas.
Sin embargo, las paramitas no tienen nada que ver con estar a la altura de alguien o de algo. Si creemos que tienen que ver con lograr un nivel de perfección entonces estaremos derrotados antes de empezar. Es más exacto describir las paramitas como un viaje de exploración.
La primera de las paramitas es la generosidad, el camino de aprender a dar. Cuando nos sentimos inadecuados y sin valor, acumulamos cosas. Tenemos mucho miedo, miedo de perder lo que tenemos y a sentirnos aún más pobres de lo que nos sentimos. Esta mezquindad es extremadamente triste. Podemos mirarla y derramar una lágrima por nuestra forma tan miedosa de apegarnos a las cosas.
El apego nos hace sufrir tremendamente. Deseamos la comodidad, pero en lugar de ello reforzamos la aversión, el sentido del pecado y la sensación de que somos seres sin esperanza. Las causas de la agresión y el miedo comienzan a disolverse por sí mismas cuando vamos más allá de la pobreza de la acumulación. Por eso, la instrucción básica respecto a la generosidad es aprender a pensar en términos más grandes, hacernos el mayor favor del mundo y dejar de cultivar nuestros propios hábitos. Cuanto más experimentemos la riqueza fundamental, más podemos soltar nuestros aferramientos.
Esta riqueza fundamental está disponible a cada momento, la clave está en relajarse. Relajarse ante la nube del cielo; relajarse ante el pequeño pájaro de alas grises; relajarse cuando suena el teléfono. Podemos ver la simplicidad de las cosas tal como son. Podemos oler cosas, saborear cosas, sentir emociones y tener recuerdos. Cuando somos capaces de estar presentes sin decir “estoy de acuerdo con esto” o “definitivamente no estoy de acuerdo con lo otro”, cuando podemos simplemente estar presentes de manera directa entonces encontramos la riqueza fundamental por todas partes. No es nuestra ni de ellos, sino que siempre está disponible para todos. Está en la gota de lluvia, en la gota de sangre, en el dolor de corazón y en el deleite. Esta riqueza es la naturaleza de las cosas. Es como el sol en el sentido de que brilla sobre todos y todas las cosas indiscriminadamente. Es como un espejo en el sentido de que está dispuesta a reflejar cualquier cosa sin aceptarla ni rechazarla.
El camino de la generosidad consiste en conectarnos con esta riqueza, atesorarla tanto que comencemos a regalar cualquier cosa que la bloquee. Regalamos nuestros anteojos de sol, nuestros abrigos largos, nuestras capuchas y nuestros disfraces. En resumen, nos abrimos y nos dejamos tocar. A esto se le llama crear confianza en la riqueza omnipresente. A nivel ordinario y cotidiano la experimentamos como flexibilidad y calidez.
Cuando uno toma el voto de bodhisattva formalmente, debe dar un obsequio a su maestro y esa donación será el punto focal de la ceremonia. Las directrices dicen que se ha de dar algo precioso, algo de lo que nos cueste separarnos. Una vez pasé todo un día con un amigo que estaba decidiendo qué dar. En cuanto pensaba en algo, su apego por ello se hacía más intenso. Al poco rato estaba a punto de tener un ataque de nervios.
El pensamiento de perder una de sus queridas pertenencias era más de lo que podía soportar. Más tarde comenté aquel episodio con un maestro que estaba de visita y dijo que quizás hubiera sido una buena ocasión para que aquel hombre desarrollara la compasión por sí mismo y por toda la gente atrapada en la miseria del deseo vehemente, del aferramiento, por todos los que son incapaces de soltar.
Los bienes materiales pueden ayudar a la gente. Si se necesita alimento y lo podemos proporcionar, eso es lo que hemos de hacer. Si se necesita cobijo, libros o medicinas y las podemos dar, eso es lo que debemos hacer. Hemos de cuidar de quien necesite nuestros cuidados de la mejor manera posible. Sin embargo, la transformación real tiene lugar cuando abandonados el apego y regalamos lo que pensamos que no podemos dar.
La acción externa es capaz de aflojar nuestros hábitos de apego profundamente arraigados.
En la medida en que somos capaces de dar así, podemos comunicar esta capacidad a otros. A esto se le llama dar el regalo de la intrepidez.
Cuando tocamos la simplicidad y la bondad de las cosas y tomamos conciencia de que básicamente no estamos hundidos en el barro, podemos compartir ese alivio con los demás. Podemos andar juntos el camino, compartiendo lo que hemos aprendido sobre abrir armaduras y retirar parasoles y ser lo suficientemente intrépidos como para quitarnos nuestras máscaras.
También podemos dar el regalo del dharma. En la medida de nuestra capacidad podemos dar instrucciones de meditación y hablar a la gente acerca de la práctica shámata y del tonglen; ofrecer libros y cintas a los demás; hablarles de charlas y sesiones de prácticas. Así damos a la gente las herramientas para averiguar por sí mismos qué es lo que nos anima a aflojar nuestra fijación y a pensar en términos grandes.
Disolver las causas de la agresión requiere disciplina, una disciplina suave pero precisa. Sin la paramita de la disciplina simplemente no contamos con la fuerza necesaria para evolucionar. Recuerdo el primer retiro que dirigí tras la publicación de La Sabiduría de no escapar. La mayoría de las personas habían venido porque se sentían atraídas por la noción de Maitri (amorosa bondad) que impregna el libro.
Hacia el tercer día de trabajo, estábamos todos sentados en meditación cuando una mujer de repente se puso de pie, hizo unos estiramientos y se acostó en el suelo. Cuando lo interrogué al respecto un poco más tarde, me dijo que se sentía tan cansada que pensó en ser buena consigo misma y darse un descanso. Ahí me di cuenta de que tenía que hablar de la magia de la disciplina y de no dejarnos arrastrar por los estados de ánimo.
La primera vez que medité con los estudiantes de Trungpa Rimpoché fue en 1972. Él no llevaba mucho tiempo en Norteamérica y su trabajo estaba empezando a evolucionar. En una esquina de la habitación había un hombre montado sobre tres cojines redondos y cada cinco o diez minutos se venía abajo con todo el montaje. Entonces volvía a colocar los cojines y continuaba. Otra estudiante daba saltos y salía corriendo de la habitación llorando.
Lo hizo como unas cinco veces en una sesión de una hora. Cuando empezamos a meditar caminando, había tantos estilos distintos y excéntricos como personas. Una persona doblaba mucho la rodilla y daba los pasos medio flotando; otro andaba hacia atrás. Todo aquello era muy entretenido, pero nos distraía enormemente. Poco después, Rimpoché comenzó a introducir poco a poco el mismo tipo de meditación sentada para todos y las cosas se calmaron considerablemente.
Lo que disciplinamos no es nuestra “maldad” o nuestra “equivocación” sino cualquier tipo posible de escape de la realidad. En otras palabras, la disciplina nos permite estar aquí y conectarnos con la riqueza del momento. Lo que libera a la disciplina de la posible aplicación de nuestra tendencia a la severidad es prajna: la sabiduría.
Disciplina no equivale a decirnos que no debemos disfrutar de nada placentero o que debemos controlarnos a toda costa. Por el contrario, el camino de la disciplina nos proporciona el ánimo necesario para poder relajarnos. Es una especie de proceso de deshacer que nos ayuda a ir contra el núcleo de nuestros dolorosos comportamientos habituales.
A nivel externo podemos pensar en la disciplina como en una estructura temporal. Por ejemplo, un período de meditación de media hora o una clase de Dharma de dos horas. Probablemente el mejor ejemplo del uso de la disciplina es la técnica de meditación. Nos sentamos en cierta posición y somos todo lo fieles que podemos a la técnica. Dirigimos ligeramente la atención a la expiración y a la inspiración una y otra vez en medio de nuestros cambios de humor, de nuestros recuerdos, dramas y aburrimiento.
Este proceso tan simple y repetitivo es como invitar a la riqueza básica a entrar en nuestras vidas. Por tanto, seguimos las instrucciones como otros cientos de meditadores lo han hecho antes que nosotros.
Dentro de esta estructura, procedemos con compasión. Así, a nivel interno, la disciplina consiste en volver a la delicadeza, a la honestidad, a aflojar. Consiste en encontrar el punto de equilibrio entre lo demasiado tenso y lo demasiado flojo; entre lo demasiado relajado y lo demasiado rígido. La disciplina nos proporciona el apoyo necesario para desacelerarnos lo suficiente y estar lo suficientemente presentes como para que podamos vivir nuestra vida sin hacernos un gran lío con ella. Nos proporciona la fuerza necesaria para dar nuevos pasos hacia la ausencia de suelo bajo los pies.
La paramita de la paciencia es el antídoto contra la ira; una forma de aprender a amar y cuidar cualquier cosa que nos encontremos en el camino. Cuando hablamos de paciencia no nos referimos a soportar situaciones, a sonreír y aguantar. En cualquier situación dada, en lugar de reaccionar inmediatamente, podemos masticar la situación, podemos olerla, mirarla y abrirnos a ver qué contiene.
Opuesta a la paciencia está la agresión; el deseo de saltar y moverse, de poner más presión en nuestras vidas, de tratar de llenar el espacio. El camino de la paciencia incluye actitudes como relajarnos, abrirnos a lo que está ocurriendo, experimentar la sensación de maravillarnos.
Una amiga me contó que cuando era niña, su abuela, que era una india Cherokee, la llevaba a ella y a su hermano de paseo para ver animales y les solía decir: “Si se quedan quietos podrán ver algo, y si se permanecen silenciosos, podrán escuchar algo.” Aunque ella nunca empleó la palabra paciencia, eso es lo que mi amiga y su hermano aprendieron. Una de las formas de practicar la paciencia es hacer tonglen.
Cuando queremos hacer un movimiento repentino, cuando empezamos a acelerarnos, cuando sentimos que necesitamos resolver algo, cuando alguien nos grita y nos sentimos insultados, nuestro primer impulso es devolver el grito o desquitarnos. Queremos sacar el veneno fuera de nosotros. En lugar de ello podemos conectarnos con nuestra inquietud humana y con nuestra agresión básica practicando tonglen por todos los seres.
Esto nos permite una sensación de espacio y amplitud que desacelera las cosas todavía más. Sentados o de pie, presentes en ese lugar, podemos crear el espacio para que no ocurra lo habitual. El hecho de darnos tiempo para contactar, para saborear y ver la situación, puede hacer que nuestras palabras y acciones resultantes sean muy diferentes.
Como todas las demás paramitas, el esfuerzo entusiasta tiene una cualidad de camino, es un proceso. Cuando empezamos a practicarlo, nos damos cuenta de que a veces podemos hacerlo y otras no. Entonces la pregunta pasa a ser: ¿Cómo conectarnos con la inspiración? ¿Cómo conectarnos con la chispa y la alegría que están disponibles en todo momento? El esfuerzo no consiste en forzarnos, no se trata de un proyecto que tenemos que acabar, o de ganar una carrera. El esfuerzo es más bien como despertarse una mañana fría y nevada en un refugio de montaña dispuestos a dar una larga caminata, pero sabiendo que tenemos que comenzar por levantarnos y encender el fuego.
Preferiríamos quedarnos cálidamente en la cama, pero saltamos de ella y encendemos el fuego porque la belleza del día que tenemos por delante sobrepasa nuestro deseo de comodidad. Cuanto más amplia es nuestra perspectiva, más nos conectamos con una alegría energizante. El esfuerzo consiste en conectarnos con nuestro deseo de iluminación. Nos permite actuar, dar y trabajar, valorando todo lo que se cruza en nuestro camino.
Si realmente supiéramos la infelicidad que causa en este planeta nuestra tendencia a evitar el dolor y la búsqueda de placer; si entendiéramos que este hecho nos hace desgraciados y corta nuestra conexión con nuestro corazón y nuestra inteligencia básica, practicaríamos la meditación como si se nos estuviera quemando el cabello. No pensaríamos que tenemos mucho tiempo y que podemos dejar la práctica para más adelante. Gracias a prajna, las paramitas se convierten en formas de desprendernos de nuestros mecanismos de defensa. Cada vez que damos; cada vez que practicamos la disciplina, la paciencia o el esfuerzo entusiasta, es como desprendernos de una pesada carga.
La paramita de la meditación nos permite seguir por este camino; es la base de una sociedad iluminada que no está basada en pérdidas y ganancias, en ganar o perder. Cuando nos sentamos a meditar, podemos conectarnos con algo no condicionado, con un estado mental, con un entorno básico que no se aferra ni reacciona a nada. La meditación es probablemente la única actividad que no añade nada a nuestro escenario vital. Permitimos que todo vaya y venga sin más. La meditación es una ocupación totalmente no violenta y no agresiva.
La base del cambio real consiste en no llenar el espacio automáticamente y permitir más bien la posibilidad de conectarnos con una apertura incondicional. Podríamos decir que esto supone prepararnos para una tarea que es casi imposible y quizás sea verdad, pero, por otro lado, cuanto más nos quedamos con esa imposibilidad, más descubrimos que es posible después de todo.
Cuando nos apegamos a recuerdos y pensamientos, nos estamos apegando a algo que es inasible. Si nos permitimos entrar en contacto con esos fantasmas y dejarlos pasar, podemos descubrir un espacio, un alto en el parloteo, vislumbrar el cielo abierto.
Éste es nuestro derecho por nacimiento, la sabiduría con la que nacimos, el vasto despliegue de riqueza primordial, de apertura primordial, de sabiduría primordial. Entonces, todo lo que tenemos que hacer es descansar sin distracción en el presente inmediato, en este mismo instante personal, y si somos arrastrados por pensamientos, anhelos, esperanzas y miedos, podemos volver una y otra vez a este presente. Estamos aquí.
Es como si fuéramos arrastrados de este lugar por el viento y el mismo viento nos devolviera a él. Podemos descansar en el lugar que se crea cuando un pensamiento se ha ido y el siguiente aún no ha surgido. Podemos ejercitarnos en volver al corazón inmutable de este mismo instante ya que de él procede toda la compasión y toda la inspiración.
La sexta paramita es prajna, que convierte en oro todas nuestras acciones. Se dice que las demás paramitas pueden darnos puntos de referencia, pero prajna corta con todo. Prajna nos deja sin hogar, sin lugar donde habitar y gracias a ello, por fin podemos relajarnos. No más luchar, no más morder, no más tomar partido. A veces sentimos un tremendo anhelo por nuestros antiguos hábitos.
Cuando trabajamos con generosidad podemos observar nuestras ganas de aferrarnos. Cuando trabajamos con disciplina vemos nuestra nostalgia de desvincularnos de todo. Cuando trabajamos con paciencia descubrimos nuestro deseo de velocidad. Cuando practicamos el esfuerzo entusiasta nos damos cuenta de nuestra pereza. La meditación nos permite ver nuestro discurso interminable, nuestra inquietud.
Simplemente dejamos tranquila esa nostalgia sabiendo que todos los seres humanos nos sentimos así. En este camino existe un lugar para la nostalgia de la misma forma que existe un lugar para todo lo demás. Año tras año seguimos quitándonos nuestra armadura y avanzando más hacia ese estado en el que no tenemos suelo bajo los pies. Ésta es la formación del bodhisattva, la formación del servidor de la paz.
El mundo necesita gente que tenga esta formación: policías bodhisattvas; políticos bodhisattvas; padres bodhisattvas; conductores de autobús bodhisattvas; bodhisattvas en el banco y en los supermercados. Se nos necesita en todos los niveles de la sociedad. Se nos necesita para transformar nuestras mentes y acciones en beneficio de los demás.