Pema Chodron
Traducción y edición: María Mercedes Márquez
Caracas, agosto, 2006
Practicamos para liberarnos de una carga, la carga de la estrechez de nuestra perspectiva causada por el deseo, la agresividad, la ignorancia y el miedo. Nos sentimos cargados por las personas con las que vivimos, por las situaciones cotidianas y sobre todo por nuestras propias personalidades.
Gracias a la práctica, tomamos conciencia de que no tenemos por qué oscurecer la alegría y la apertura presentes en cada momento de nuestra existencia, que podemos despertar a la bondad fundamental, básica, que es nuestro derecho por nacimiento. Cuando lo conseguimos, ya no nos sentimos cargados por la depresión, la preocupación o el resentimiento. La vida nos parece espaciosa como el cielo y el mar. Hay sitio para relajarse, respirar y nadar, para nadar tan lejos que perdamos todo punto de referencia en la orilla.
¿Cómo trabajamos con la sensación de sentirnos llevando cargas? ¿Cómo aprendemos a relacionarnos con lo que parece interponerse entre nosotros y la felicidad que pensamos que merecemos? ¿Cómo aprendemos a relajarnos y a conectarnos con la alegría fundamental?
A nivel global vivimos tiempos difíciles. El despertar ya no es un lujo ni un ideal, por el contrario es algo críticamente necesario. No debemos añadir más depresión, más desánimo ni más ira a las ya existentes. Se está volviendo esencial aprender a relacionarnos saludablemente con los tiempos difíciles. La tierra parece suplicarnos que nos conectemos con la alegría y descubramos nuestra esencia más íntima. Es la mejor manera posible de beneficiar a los demás.
Tradicionalmente, existen tres métodos para relacionarnos directamente con las circunstancias difíciles haciendo de ellas un camino de despertares y alegría. Al primer método lo llamaremos “no más lucha”, al segundo, “usar el veneno como medicina”, y al tercero, “contemplar cualquier cosa que surja como sabiduría iluminada”.
Estas son las tres técnicas para trabajar con el caos, con las dificultades y los sucesos no deseados de nuestra vida cotidiana.
El primer método, “no más lucha”, se resume en las instrucciones de la meditación shámata-vipashyana. Cuando nos sentamos en meditación palpamos directamente cualquier cosa que surja en nuestra mente. Nos damos cuenta de que ha surgido un pensamiento, una emoción o una imagen y volvemos a la inmediatez y simplicidad de la respiración.
Hacemos lo mismo con los estímulos externos. Una y otra vez volvemos a la conciencia prístina y libre de conceptos. La práctica meditativa es nuestra forma de aceptar. Al hacerlo dejamos de luchar con nosotros mismos, dejamos de luchar con las circunstancias, las emociones y los estados de ánimo. Esta instrucción básica es una herramienta que podemos emplear para entrenarnos tanto en la práctica meditativa como en nuestra vida diaria. Surja lo que surja, podemos verlo con una actitud libre de juicio.
Esta instrucción es aplicable al trabajo con el desagrado y su miríada de disfraces. Surja lo que surja, entrénese una y otra vez en observarlo, en verlo tal cual es, sin darle un nombre, sin tirarle piedras, sin desviar la mirada. Deje pasar todas esas historias. Los pensamientos surgen y se disuelven eternamente. Así es como son las cosas. Este es el principal método para trabajar con situaciones dolorosas, ya se trate del dolor global, de un dolor doméstico o de cualquier tipo de dolor.
Podemos dejar de luchar con lo que ocurre y ver su verdadero rostro sin llamarle “enemigo”. Es una gran ayuda recordar que nuestra práctica no está relacionada con conseguir algo, que no tiene que ver con ganar o perder, sino con dejar de luchar y relajarnos en lo que es. Esto es lo que hacemos cuando nos sentamos en meditación y poco a poco esta actitud se va extendiendo al resto de nuestra vida. Es como invitar a lo que nos da miedo a que se presente y se quede un rato con nosotros.
Milarepa, el santo yoghi y poeta del Tibet entonaba esta canción a los demonios que encontraba en su cueva: “Es maravilloso que hayan venido hoy. Vuelvan también mañana, de vez en cuando hemos de conversar un rato”. Empezamos a trabajar con los demonios de nuestra mente. Después desarrollamos la sabiduría y la compasión para comunicarnos de manera sana con las amenazas y miedos de nuestra vida cotidiana.
La yoguini tibetana Machig Labdron, practicó intrépidamente insistiendo en este punto de vista. Dijo que en su tradición no se exorcizaba a los demonios sino que se les trataba con compasión. El consejo recibido de su maestro y que ella a su vez transmitió a sus discípulos fue: “Acércate a lo que te resulte repulsivo. Ayuda a quienes piensas que no puedes ayudar y acude a los lugares que te dan miedo”. Este camino comienza cuando nos sentamos en meditación y no luchamos con nuestra propia mente.
El segundo método para trabajar con el caos es “emplear el veneno como medicina”. Podemos utilizar las situaciones difíciles -el veneno- como combustible para despertar. Cuando surge algo incómodo, cualquier tipo de conflicto, cualquier idea de desvalorización, cualquier cosa que nos desagrade, avergüence o resulte dolorosa, en lugar de tratar de librarnos de ello, lo inspiramos. Los tres venenos son: la pasión, el deseo (que incluye el apetito desordenado o adicción), la agresividad (que incluye el rechazo) y la ignorancia (que incluye la negación o tendencia a cerrarnos).
Solemos pensar que estos venenos son malos y que debemos evitarlos, pero en este caso, desde la perspectiva de las enseñanzas de Buda, nuestra actitud debe ser diferente porque ellos se pueden convertir en semillas de compasión y apertura.
Cuando surge el sufrimiento la instrucción consiste en abandonar la línea argumental, todos esos pensamientos que tendemos a alimentar, e inspirar, no sólo la ira, el resentimiento o la soledad que podamos sentir, sino el dolor de todos aquellos seres que en este momento están sintiendo la misma rabia, amargura o aislamiento. Inspiramos el sufrimiento de todos los que estén sufriendo. Este veneno no es sólo nuestra desgracia personal, nuestra falta, nuestra mancha, nuestra vergüenza, también es parte de la condición humana. Nos volvemos concientes de eso.
Es nuestro parentesco con todas las cosas vivas. Este veneno constituye el material que necesitamos para entender la sensación que produce ponerse en el lugar de otro ser. En lugar de huir o evitar el veneno, lo inspiramos y nos conectamos plenamente con él. Hacemos esto con la intención de que todos nos podamos ver libres de sufrimiento. Después expiramos enviando una sensación de vasto espacio, una sensación de ventilación o frescura.
Lo hacemos con la intención de que todos podamos relajarnos y experimentar la esencia interna de nuestra mente.
Desde la infancia se nos dice que hay algo equivocado en nosotros, en el mundo y en todo lo que pasa. Que no es perfecto, que tiene bordes que pulir, que sabe amargo, que suena demasiado alto, que es demasiado suave, demasiado afilado, demasiado insípido. Tratamos de mejorar las cosas porque siempre nos estamos enfrentando con algo supuestamente malo, algo erróneo, algo problemático. El punto principal de estos métodos es disolver la lucha dualista, nuestra tendencia habitual a luchar contra lo que nos está ocurriendo. La instrucción de estos métodos es avanzar hacia las dificultades en lugar de retirarnos.
Nos damos cuenta que no solemos recibir frecuentemente este tipo de consejos y además, que todo lo que ocurre no sólo es útil y trabajable sino que es el camino mismo. Podemos utilizar todo lo que nos ocurre como un medio para despertar. Podemos utilizar todo lo que ocurre -ya se trate de nuestras emociones y pensamientos conflictivos o de nuestra situación externa- para ver dónde estamos dormidos y cómo podemos despertar completamente, totalmente, sin reservas.
Por lo tanto, el segundo método es utilizar el veneno como medicina, emplear las situaciones difíciles para despertar nuestro genuino interés por otros que, al igual que nosotros, a menudo se encuentran en situaciones dolorosas. Como dice el dicho: “Cuando el mundo está lleno de maldad, todos los percances y las dificultades deben transformarse en el camino de la iluminación”.
El tercer método para trabajar con el caos es “considerar lo que surja como una manifestación de la energía iluminada”. Podemos considerarnos como seres que hemos despertado. Podemos mirar nuestro mundo como un lugar sagrado.
Observar cualquier cosa que surja como energía del despertar invierte nuestro patrón fundamental habitual de tratar de evitar el conflicto, de tratar de ser mejores de lo que somos, de tratar de allanar el camino y embellecer las cosas, de tratar de probar que el dolor es un error y que no existiría en nuestra vida si lo hiciéramos todo correctamente. Esta visión da un giro total a este patrón particular y nos anima a ver nuestras vidas cotidianas como la base operativa desde la que alcanzar la iluminación.
En nuestra vida diaria a menudo sentimos pánico, palpitaciones o un nudo en el estómago porque estamos discutiendo con alguien o porque teníamos un plan estupendo que no está funcionando. ¿Cómo nos metemos en tales dramas? ¿Cómo lidiamos con los demonios de nuestras esperanzas y miedos? ¿Cómo dejamos de luchar contra nosotros mismos? Machig Labdron nos aconseja enfrentarnos a lo que nos de miedo, pero ¿cómo hacerlo?
Estamos tratando de aprender a no dividirnos en “nuestro lado bueno” y “nuestro lado malo”, en “nuestro lado puro” y “nuestro lado impuro”.
La lucha fundamental es con nuestra propia sensación de estar equivocados, con nuestra propia culpa y nuestra propia vergüenza de ser quienes somos. Esas son las cosas con las que nos tenemos que reconciliar. El punto es que podemos disolver la sensación de dualismo entre “nosotros y ellos”, entre “esto y aquello”, entre “aquí y allá” avanzando hacia lo que nos resulta difícil y deseamos apartar de nosotros.
En términos de nuestra experiencia cotidiana, los métodos para tratar el caos nos animan a no sentir vergüenza de nosotros mismos. No hay nada de que sentirse avergonzado. Es como la cocina étnica, podemos sentirnos orgullosos de exponer nuestras albóndigas judías, nuestro curry hindú, nuestros guisos afro-americanos, nuestras arepas venezolanas, nuestras hamburguesas y papas fritas norteamericanas.
Hay mucho material jugoso del que podemos sentirnos orgullosos. El caos es parte de nuestro campo de juego, en lugar de buscar algo más elevado o más puro, simplemente trabaje con él tal cual es.
El mundo en el que nos encontramos y la persona que creemos ser son las bases de nuestro trabajo. Esto que llamamos vida es la forma en que se manifiesta la sabiduría fundamental, y esta sabiduría es la base de la libertad y también de la confusión. Estamos haciendo una elección a cada momento: ¿Qué camino seguir? ¿Cómo vamos a relacionarnos con el material crudo de nuestra existencia?
Hemos estudiado tres maneras muy prácticas de trabajar con el caos: no más lucha, el veneno como medicina y considerarlo todo como una manifestación de la sabiduría. En primer lugar hemos de aprender a abandonar las líneas argumentales.
Desacelerarnos lo suficiente como para estar simplemente presentes, olvidando toda esa multitud de juicios y esquemas y dejar de luchar. En segundo lugar, podemos utilizar cada día de nuestra vida para tomar una actitud diferente frente al sufrimiento. En lugar de apartarlo de nosotros, podemos inspirarlo con el deseo de que todo el mundo se libere de él, con el deseo de que la gente de todas partes experimente alegría en sus corazones. Podemos transformar el dolor en alegría.
El caos de aquí adentro y el caos de ahí afuera es básicamente energía, son el juego de la sabiduría primordial. Depende de nuestra percepción, el considerar nuestra situación como un cielo o como un infierno. Por último, ¿no podríamos relajarnos un poco y aligerarnos? Cuando despertamos por la mañana, podemos dedicar el día a aprender estas actitudes. Podemos cultivar nuestro sentido del humor y darnos un descanso. Cada vez que nos sentemos a practicar meditación, podemos pensar que es una ocasión para aligerarnos, para cultivar el sentido del humor, para relajarnos.