Intimidad con el miedo
Pema Chodron
Traducción y edición: María Mercedes Márquez
Caracas, 2006
Cuando nos aproximamos a la verdad, se da el miedo como reacción natural. Embarcarse en la travesía espiritual es como introducirse en un bote muy pequeño y meterse mar adentro en pos de tierras desconocidas. Con una práctica sentida de corazón surge la inspiración, pero tarde o temprano también se encuentra el miedo. Todo lo que sabemos es que cuando lleguemos al horizonte vamos a pasmarnos al borde del mundo. Al igual que todos los exploradores, somos llevados a descubrir lo que nos espera allá adelante sin siquiera saber aún si tenemos el coraje para enfrentarlo.
Si nos interesamos en el budismo y decidimos averiguar qué es lo que tiene que ofrecernos, pronto descubriremos que hay diferentes rutas acerca de cómo seguir adelante. Con la meditación shámata, en sánscrito o shiné en tibetano, comenzamos a tranquilizar la mente; con la meditación vipáshyana sánscrito, o lak-tong en tibetano se desarrolla la clara visión, comenzamos a practicar el estar concientes, totalmente presentes, en todas nuestras actividades y pensamientos. Las enseñanzas vajrayana, nos introducen a la noción de trabajar con la energía de todas las situaciones, viendo, sea lo que fuere que surgiese, como inseparable del estado despierto o iluminado.
Cualquiera de estos enfoques puede atraparnos y aumentar nuestro entusiasmo por explorar aún más, pero si deseamos ir más allá de la superficie y practicar sin duda alguna, es inevitable que en algún momento lleguemos a experimentar temor. El miedo es una experiencia universal. Inclusive el más pequeño insecto lo siente. Nosotros navegamos en pozos tibios, ponemos nuestro dedo cerca de los suaves y abiertos cuerpos de las anémonas marinas y ellas se cierran. Todo hace eso espontáneamente.
No es algo terrible el que sintamos miedo cuando nos enfrentamos a lo desconocido. Eso forma parte del estar vivos, es algo que todos compartimos. Nosotros reaccionamos en contra de la posibilidad de la soledad, de la muerte, de no tener nada a que aferrarnos. El miedo es una reacción natural al aproximarnos a la verdad. Si nos comprometemos con nosotros mismos a permanecer donde estamos, entonces nuestra experiencia se torna muy vívida. Las cosas se vuelven muy claras cuando no hay necesidad de escapar.
Durante un largo retiro, tuve lo que a mí me pareció la reveladora sacudida de que no podemos estar en el presente y mantener encendido nuestro drama personal simultáneamente. Puede que suene bastante obvio, es cierto, pero cuando usted descubre algo como esto por sí mismo, eso produce un cambio en usted. La impermanencia se torna muy vívida en el momento presente.
Lo mismo sucede con la compasión, la fantasía y el coraje. También sucede con el miedo. De hecho, cualquiera que esté parado en el borde de lo desconocido, totalmente en el presente, sin puntos de referencia, experimenta la ausencia de piso. Es allí, cuando nuestra comprensión va aún más a fondo, cuando encontramos que el momento presente es un lugar bastante vulnerable que puede ser completamente tierno y revelador al mismo tiempo.
Cuando comenzamos nuestra exploración tenemos todo tipo de ideales y expectativas. Estamos a la búsqueda de respuestas que puedan satisfacer un ansia que hemos venido sintiendo por mucho tiempo. Claro que la gente trata de prevenirnos. Recuerdo cuando recibí instrucciones de meditación por primera vez. La instructora me comunicó la técnica y las instrucciones respecto a cómo practicar y luego dijo, “Por favor no se marche de aquí pensando que la meditación es una vacación de la irritabilidad”. En cierta forma todas las advertencias en el mundo no nos convencen completamente.
De lo que estamos hablando es de llegar a conocer el miedo, de familiarizarnos con el miedo mirándolo directamente a los ojos, no como una manera de resolver los problemas, sino como una forma de deshacer completamente viejas formas de ver, de oler, de escuchar, de saborear y de pensar. La verdad es que cuando comenzamos realmente a hacer esto, nos encontramos siendo continuamente humillados. Allí no hay mucho espacio para la arrogancia que nos proporciona el aferrarnos a nuestros ideales. La arrogancia que inevitablemente surge va a ser continuamente liquidada por nuestro entusiasmo por dar un paso adelante, por ir un poco más lejos.
La clase de descubrimientos que se hacen a través de la práctica no tienen nada que ver con creer en algo, tienen mucho más que ver con tener la valentía de morir, el valor de morir continuamente. Las instrucciones acerca de estar concientes, de la vacuidad, o de trabajar con la energía, apuntan todas a la misma cosa: estar justo en el sitio nos permite agarrarnos, nos permite clavar las uñas.
Eso nos ubica, nos siembra en tiempo y espacio al punto en que nos encontramos. Cuando nosotros nos detenemos allí y no hacemos nada más, no rechazamos nada, no le echamos la culpa a nadie y tampoco lo descargamos todo sobre nosotros, entonces nos encontramos con una pregunta abierta que no tiene una respuesta conceptual. También encontramos nuestro corazón.
En una oportunidad asistí a una charla acerca de la experiencia espiritual de un hombre en la India en los años 60. El dijo que tenía la determinación de liberarse de sus emociones negativas. Luchó contra la rabia y la lujuria; luchó contra la flojera y el orgullo, pero deseaba más que nada liberarse de su miedo. Su maestro de meditación le repetía que dejara de luchar, pero él tomó eso como simplemente otra forma de explicar cómo trascender sus obstáculos.
Finalmente, el maestro lo envió a practicar meditación en una pequeña choza al pié de las montañas. Cerró la puerta, se sentó a practicar y cuando se hizo de noche, encendió tres pequeñas velas. Alrededor de la medianoche, escuchó un ruido en un rincón de la choza y en medio de la oscuridad vio una serpiente muy grande. Le pareció como una cobra-rey. Estaba frente de él, amenazándolo.
Durante toda la noche permaneció totalmente alerta, manteniendo sus ojos sobre la serpiente. Estaba tan asustado que no se podía mover. Todo lo que había allí era la serpiente, el, y miedo. Justo antes del amanecer se apagó la última vela y el comenzó a llorar. No lloraba en desesperación sino de ternura. Sintió todo lo que los animales y la gente en el mundo entero desean, supo acerca de su alienación y sus luchas.
Toda su meditación no había sido otra cosa que aún más separación y lucha. El aceptó -realmente de corazón aceptó- que se había resistido y que había luchado y que tenía miedo. Aceptó que también era preciosísimo más allá de toda medida -sabio y tonto, pobre y rico. Sintió tanta gratitud que se levantó en la total oscuridad, caminó hacia la serpiente y se postró ante ella. Luego, se quedó profundamente dormido en el suelo.
Cuando despertó, la serpiente se había marchado. Nunca supo si había sido cosa de su imaginación o si verdaderamente había estado allí, pero parecía no importar. Como lo dijo al final de la charla, tanta intimidad con el miedo hizo que colapsaran todos sus dramas imaginarios y el mundo a su alrededor finalmente se reveló.
Nadie nos dice nunca que dejemos de huir del miedo. Muy rara vez nos dicen que nos acerquemos, que simplemente estemos allí, que nos familiaricemos con el miedo. En una oportunidad le pregunté al maestro Zen, Kobun Chino Roshi cómo se relacionaba él con el miedo y me dijo, “Yo me pongo de acuerdo con el miedo. Me pongo de acuerdo”.
Pero la recomendación que usualmente recibimos es la de endulzarlo un poco, suavizarlo un poco, tomar una pastilla, o distraernos, pero que por supuesto, hagamos todo lo posible para que desaparezca. Sin embargo, no necesitamos ese tipo de apoyo porque desasociarnos del miedo es lo que hacemos naturalmente todo el tiempo. Habitualmente brincamos y nos confundimos cuando se da la más mínima sensación de miedo. Sentimos que se acerca y chequeamos a ver.
Es bueno saber que nosotros hacemos eso, no como una vía para sobreponernos, sino como una vía para desarrollar compasión incondicional. La cosa más conmovedora y lo que rompe el corazón es cuando nosotros nos engañamos a nosotros mismos respecto al momento presente. Algunas veces nos encontramos en un rincón sin salida, todo se desmorona y se nos agotan las opciones de escape.
En esos momentos, la más profunda verdad espiritual parece bastante directa y ordinaria. No hay dónde escapar. Nosotros lo vemos tan bien como cualquier otra persona -mucho mejor que cualquier otra persona.
Tarde o temprano entendemos que aún cuando no podemos hacer que el miedo parezca bonito, sin embargo, nos introducirá a todas las enseñanzas que hemos escuchado o leído.
De modo que la próxima vez que se encuentre frente al miedo considérese muy afortunado. Es aquí donde surge la valentía. Usualmente tendemos a pensar que la gente valiente no siente miedo, pero la verdad es que ellos son íntimos del miedo.
El truco está en continuar explorando, aún cuando encontremos que algo no es como lo habíamos pensado. Eso es precisamente lo que vamos a descubrir una y otra vez: que nada es como lo habíamos pensado.
La vacuidad no es como la habíamos imaginado. Tampoco el estar concientes, ni el miedo. La compasión no es nada de lo que habíamos pensado. Ni el amor, ni la naturaleza búdica, ni el valor.
Estas son las palabras clave para las cosas que no conocemos pero que cualquiera puede experimentar. Estas son palabras que apuntan a lo que la vida realmente es cuando dejamos que las cosas se desbaraten y permanecemos en el momento presente.
Cuando las cosas se desbaratan y nos encontramos al borde de no sabemos qué, la prueba de cada uno de nosotros es la de permanecer en ese instante y no concretizar. El camino espiritual no tiene nada que ver con el cielo y finalmente llegar a un lugar que es verdaderamente estupendo. Tiene que ver con estar aquí, ahora.
Gampo Abbey era un lugar al que siempre había querido ir. Trungpa Rimpoché me pidió ser la directora de la abadía, así que finalmente me encontré a mí misma estando allí. Aquello era una invitación a probar mi amor por un buen reto porque durante los primeros años eso fue como ser hervida estando viva. Lo que me sucedió cuando llegué a la abadía fue que todas las cosas se desbarataron.
Todas las formas en las que yo me protegía a mí misma, todas las formas en las que me engañaba a mí misma, todas las formas en las que mantenía mi bien pulida autoimagen, todo ello se desbarató. Sin importar cuan duro trataba, simplemente no podía manipular la situación. Mi estilo estaba volviendo locos a todos, y yo no lograba encontrar ningún sitio donde esconderme.
Siempre había pensado acerca de mí misma como una persona flexible y servicial que le caía bien a casi todo el mundo. En cierta medida había podido mantener esta ilusión a lo largo de casi toda mi vida. Durante mis primeros años en la abadía, descubrí que había estado viviendo en un cierto tipo de malentendido.
No era que yo no tuviera buenas cualidades, era simplemente que yo no era la niña dorada más fabulosa que existía. Había invertido tanto en esa imagen de mí misma, pero ahora simplemente ya no se estaba manteniendo. Todos mis asuntos inconclusos eran expuestos vívidamente y con mucha precisión en Technicolor, y no sólo a mí misma sino a todos los demás también.
Todo aquello que antes no había podido ver acerca de mí misma ahora era repentinamente dramatizado, y como si eso no fuera suficiente, los demás eran libres para comunicar sus apreciaciones respecto a mí y lo que yo estaba haciendo. Era todo tan doloroso que me preguntaba a mí misma si volvería a ser feliz de nuevo. Sentía que arrojaban bombas sobre mí casi todo el tiempo y que explotaban decepciones.
En un lugar donde se estaba dando tanta práctica y estudio continuamente, yo no podía perderme en tratar de justificarme a mí misma y culpabilizar a otros. Ese tipo de escape no estaba disponible.
Durante esa época recibimos la visita de una maestra y la recuerdo diciéndome: “Cuando te hayas vuelto buena amiga de ti misma, tu situación se tornará mucho más amigable”. Yo había aprendido esa lección antes y sabía que era el único camino. Yo tenía la costumbre de mantener un aviso pegado a mi pared que decía: “Sólo en la medida en que nos exponemos una y otra vez a la desilusión, a la decepción, es que podemos encontrar en nosotros, aquello que es indestructible”. En cierta forma, aún antes de escuchar las enseñanzas budistas, yo sabía que éste era el espíritu del verdadero despertar. Se trataba de abandonarlo todo.
Sin embargo, cuando el fondo se desbarata y no podemos encontrar nada a que aferrarnos, eso duele bastante. Nos miramos en el espejo del baño y allí estamos con nuestras espinillas, con nuestro rostro que envejece, con nuestra falta de gentileza, con nuestra agresividad y timidez todo eso. Aquí es donde entra la ternura.
Cuando las cosas están movedizas y nada funciona puede que nosotros nos demos cuenta de que estamos en el borde de algo. Pudiésemos realizar que éste es un lugar muy vulnerable y tierno y que la ternura puede ir hacia un lado y hacia otro.
Podemos cerrarnos y sentirnos resentidos o podemos entrar en contacto con ese cierto tipo de movimiento irregular. Hay definitivamente algo tierno y en movimiento en el sentirnos fuera de base. Es un cierto tipo de prueba, el tipo de prueba que necesitan los guerreros espirituales a fin de despertar sus corazones. Algunas veces es debido a la enfermedad o a la muerte que nos encontramos a nosotros mismos en este lugar. Experimentamos un sentimiento de pérdida, pérdida de nuestros seres amados, pérdida de nuestra juventud, pérdida de nuestra vida.
Tengo un amigo que está muriendo de SIDA. Estuvimos hablando antes de que yo saliera de viaje. El dijo, “Yo no quise esto, lo odiaba y me aterraba, pero ha sucedido que esta enfermedad ha sido mi mayor regalo”. Él dijo, “Ahora, cada momento me es tan preciado. Todos los seres en mi vida me son tan preciados. Toda mi vida significa tanto para mi “. Algo había realmente cambiado y el se sentía listo para su muerte. Algo que era aterrador y horrible se había convertido en un regalo. El que las cosas se encuentren desbaratándose es un cierto tipo de prueba y también un cierto tipo de curación. Pensamos que el punto está en pasar la prueba o superar el problema, pero la verdad es que las cosas no quedan del todo resueltas. Llegan juntas y se separan de nuevo. Luego vuelven a venir todas juntas y nuevamente vuelven a separarse. Así es. La curación viene del permitir que haya espacio para que todo suceda: espacio para el dolor, para el alivio, para la miseria, para la alegría.
Cuando pensamos que algo nos va a traer alegría, no sabemos realmente qué es lo que va a suceder. Cuando pensamos que algo nos va a causar miseria, tampoco lo sabemos. Permitir espacio para no saberlo es la cosa más importante de todas. Tratamos de hacer aquello que pensamos va a ayudar, pero nosotros no sabemos. Nunca sabemos si vamos a caernos largo a largo o si vamos a poder sentarnos derechos. Cuando se da una gran decepción, nosotros no sabemos si eso es el final de la historia. Pudiese ser sólo el comienzo de una gran aventura.
Leí en algún sitio acerca de una familia que tenía un solo hijo. Ellos eran muy pobres. Este hijo era extremadamente preciado para ellos y lo único que importaba a esta familia era el que el pudiese traer algún tipo de apoyo financiero y prestigio. Luego cae de un caballo y queda lisiado. Aquello pareció como el final de sus vidas.
Dos semanas después, el ejército llegó al poblado buscando todos los jóvenes saludables y fuertes para ir a luchar en la guerra y a este joven le fue permitido quedarse y ocuparse de su familia. La vida es así. Nosotros no sabemos nada. Llamamos malo a algo, llamamos bueno a algo, pero en verdad nosotros simplemente no sabemos.
Pensar que podemos encontrar algún placer duradero y evitar el dolor es lo que en el budismo es llamado samsara, un ciclo sin esperanza que gira y gira eternamente y causa que nosotros suframos enormemente. La primera noble verdad del Buda señala que el sufrimiento es inevitable para los seres humanos mientras vivamos creyendo que las cosas duran para siempre, que no se desintegran, que podemos contar con ellas para satisfacer nuestras ansias de seguridad. Desde este punto de vista, el único momento en el cual nosotros realmente sabemos qué es lo que está sucediendo es cuando nos quitan la alfombra bajo los pies y no podemos encontrar ningún sitio donde caer. Nosotros utilizamos estas situaciones para despertarnos o para adormecernos. Ahora mismo, en el mismísimo instante de la ausencia de base está la semilla de ocuparnos de aquellos que necesitan de nuestro cuidado y descubrir nuestra bondad fundamental.
Recuerdo vívidamente un día a comienzos de la primavera cuando toda mi realidad se volcó sobre mí. Aún cuando eso fue antes de haber escuchado enseñanzas budistas, fue lo que podría llamarse una genuina experiencia espiritual. Sucedió cuando mi esposo me dijo que estaba teniendo una relación amorosa con otra persona. Nosotros vivíamos en Nuevo México.
Yo estaba parada frente a nuestra casa de adobe bebiendo una taza de te. Escuché un carro acercarse y cerrarse una puerta. Luego el se acercó y sin preaviso me dijo que estaba teniendo una relación amorosa con otra persona y que quería el divorcio. Recuerdo el cielo y lo inmenso que era. Recuerdo el sonido del río y el vapor que subía del té. No existía el tiempo, no había pensamientos, no había nada, tan sólo la luz y una profunda e ilimitada quietud. Después me recuperé, tomé una piedra y se la lancé.
Cuando alguien me pregunta cómo fue que me involucré en el budismo, siempre digo que fue debido a la rabia que sentía hacia mi esposo. La verdad es que él salvó mi vida. Cuando ese matrimonio se derrumbó, yo traté duro, muy, muy duro de regresar a cierto tipo de confort, a cierto tipo de seguridad, a cierto tipo de lugar familiar donde poder descansar. Afortunadamente para mí, nunca se dio. Instintivamente sabía que la aniquilación de mi dependiente y cómoda forma de ser era la única forma de seguir adelante.
La vida es una buena maestra, y una buena amiga. Las cosas siempre están en transición, si tan sólo pudiésemos darnos cuenta. Nada nunca permanece en la forma en la que nos gustaría soñarlo. La situación descentrada y entre uno y otro estado es una situación ideal, una situación en la cual nosotros no nos vemos atrapados y podemos abrir nuestras mentes y nuestros corazones más allá de cualquier límite.
Es un estado de cosas muy tierno, donde no hay agresividad, un estado sin fronteras. Para poder permanecer con esa sacudida -permanecer con un corazón deshecho, con un estómago encogido, con la sensación de desesperanza y deseando poder desquitarse- ese es el camino de un verdadero despertar. Lidiando con esa incertidumbre, logrando destellos de relajación en medio del caos, aprendiendo a no entrar en pánico- este es el camino espiritual.
Teniendo destellos de atraparnos a nosotros mismos, de atraparnos gentil y compasivamente, es el camino del guerrero. Nos atrapamos a nosotros mismos millones de veces cada vez que una y otra vez, nos guste o no, caemos en el resentimiento, en la amargura, en la indignación, en cualquier forma en la que nos endurecemos, inclusive en una sensación de alivio, en una sensación de inspiración. Cada día podríamos pensar acerca de la agresividad en el mundo, en New York, Los Ángeles, Taiwan, Beirut, Colombia, en Iraq, en todas partes. Alrededor del mundo, todos siempre le dan al enemigo y el dolor continúa y aumenta, continúa para siempre. Cada día podríamos reflexionar acerca de esto y preguntarnos ¿es que acaso yo voy a sumar algo más a la ya existente agresividad en el mundo? Cada día, en el momento en que las cosas se ponen difíciles, nosotros podemos simplemente preguntarnos ¿es que acaso voy a practicar la paz, o voy a ir a la guerra?