Tal y como es, relájese
Pema Chodron
Traducción y edición: María Mercedes Márquez
Caracas, 2000
Una vez que conocemos esta instrucción, podemos ponerla en práctica. Luego, lo que sucede de allí en adelante, depende de nosotros. Ultimadamente, todo se reduce a la pregunta de qué tan dispuestos estamos nosotros a despertar y aflojar nuestro rollo. ¿Qué tan honestos queremos ser con nosotros mismos?
La instrucción de meditación que Chogyam Trungpa Rimpoché impartió a sus estudiantes es llamada meditación shámata-vipáshyana. Cuando enseñó por vez primera en Occidente, les dijo a sus estudiantes que simplemente abrieran sus mentes y se relajaran, que, si los pensamientos los distraían, ellos podrían simplemente dejar que los pensamientos se disolvieran y regresar una vez más al estado mental abierto y relajado.
Después de varios años, Rimpoché se dio cuenta de que algunas personas que se le habían acercado encontraron esta simple instrucción un tanto imposible de poner en práctica y que ellos necesitaban más técnica a fin de poder continuar. Llegado ese punto, sin cambiar realmente la intensión básica de la meditación, comenzó a impartir instrucciones en una forma ligeramente diferente.
Puso más énfasis en la postura, y le dijo a la gente que pusieran una atención suave en la expiración. Más adelante, dijo que la expiración era lo más cerca que uno podía aproximarse a simplemente dejar que la mente permaneciera en su estado de apertura natural y aun así tener un objeto al cual regresar.
Enfatizó que debía ser una expiración común y corriente, natural, no forzada para nada, y que la atención debía ser suave, un cierto tocar y soltar por así decirlo. También dijo que alrededor del 25% de la atención debía estar en la respiración a fin de que uno pudiese continuar estando consciente de su entorno y no considerarlo como una intromisión u obstáculo a la meditación. Años más tarde, utilizó una analogía humorística comparando una persona que medita con alguien completamente disfrazado sosteniendo una cuchara repleta de agua. Uno podría estar muy contento sentado allí en ese disfraz y aun así distraerse poco de la cuchara repleta de agua que tiene en la mano.
El punto era no tratar de lograr cierto estado especial o de trascender los sonidos y movimientos de la vida ordinaria. Por el contrario, nosotros éramos incentivados a cultivar una actitud más relajada respecto a nuestro entorno y apreciar el mundo a nuestro alrededor y la verdad ordinaria y corriente que se da en cada momento.
La mayoría de las técnicas de meditación utilizan un objeto de meditación -algo a lo que uno regresa una y otra vez sin importar lo que esté sucediendo en nuestra mente. En la lluvia, tormentas, nieve, bajo un clima estable o lo contrario, usted simplemente regresa al objeto de la meditación. En este caso, el aliento que sale es el objeto de la meditación -la elusiva, fluida, siempre cambiante, imposible de asir, y, sin embargo, expiración continuamente surgiendo. Cuando usted inspira, es como una pausa o un alto. No hay nada en particular que hacer excepto esperar por la próxima expiración.
En una oportunidad expliqué esta técnica a una amiga que había pasado años haciendo una concentración muy focalizada en ambos, el aire que entra y el aire que sale, así como en otros objetos de meditación. Cuando ella escuchó esta instrucción dijo: ¡pero eso es imposible! Nadie puede hacer eso; hay toda una parte donde no hay nada de que estar consciente.
Esa fue la primera vez que me di cuenta de que construir precisamente dentro de la instrucción era la oportunidad de aflojar completamente. He escuchado a maestros Zen hablar acerca de la meditación como la disposición de morir una y otra vez, y allí estaba -a medida que cada aliento salía y se disolvía, había un chance de morir a todo lo que había pasado antes y relajarse en vez de entrar en pánico.
Rimpoché nos pidió a nosotros como instructores de meditación, no hablar de “concentrarse” en el aliento que sale sino más bien buscar utilizar un lenguaje más fluido, así que les hablábamos a los estudiantes de “tocar el aliento que sale y dejarlo ir” o de “coloque una ligera y gentil atención sobre el aliento saliente, o ser uno con el aliento a medida que éste se va relajando hacia afuera”. La guía básica seguía siendo la de abrirse y relajarse sin agregar nada extra, sin conceptualización, pero continuar regresando a la mente tal cual es, clara, lúcida y fresca.
Luego de algún tiempo, Rimpoché agregó otro refinamiento a la instrucción. Comenzó a pedirnos que le colocáramos a nuestros pensamientos la etiqueta de “pensando”. Allí estábamos nosotros centrados en el aliento que salía, y antes de que nos diéramos cuenta de lo que había sucedido, nos habíamos ido completamente planificando, pre-ocupándonos, fantaseando; nos habíamos ido a otro mundo, a un mundo hecho totalmente de pensamientos.
En el punto donde nos dábamos cuenta de que nos habíamos ido, recibíamos la instrucción de decirnos a nosotros mismos “pensando” y, sin hacer de ello una gran cosa, simplemente regresábamos de nuevo a centrar nuestra atención en el aliento que salía.
En una oportunidad vi la ejecución de una danza acerca de esto. La bailarina salía al escenario y se sentaba en posición de meditación. En unos pocos segundos, pensamientos de pasión comenzaban a surgir. La bailarina se movía a través del proceso, volviéndose cada vez más y más frenética a medida que ese pequeñísimo destello inicial de pasión comenzaba a volverse más y más presente hasta que se convertía en una completa fantasía sexual. Después, sonaba una pequeña campana y una voz calmada decía “pensando”.
Decirse “pensando” es un punto muy interesante en la meditación. Es el punto en el que nosotros podemos entrenarnos conscientemente en la gentileza y en el desarrollar una actitud carente de juicio.
La palabra para la amorosa-gentileza en sánscrito es maitri. Maitri también es traducida como la amistad incondicional, así que cada vez que usted se dice a sí mismo “pensando”, usted está cultivando esa amistad incondicional hacia cualquier cosa que surgiere en su mente. Siendo este tipo de compasión incondicional difícil de darse, este simple y directo método para despertarla es excesivamente precioso.
Algunas veces nos sentimos culpables, algunas veces arrogantes. Algunas veces nuestros pensamientos y recuerdos nos aterrorizan y nos hacen sentir totalmente miserables. Los pensamientos atraviesan nuestra mente todo el tiempo, y cuando nos sentamos, estamos proveyendo una gran cantidad de espacio para que todos ellos surjan. Tal como nubes en un amplio cielo o como olas en un vasto océano a todos nuestros pensamientos les es dado el espacio para aparecer.
Si uno se queda pegado y nos lleva lejos, ya sea que le llamemos placentero o desagradable, la instrucción es la de etiquetarlo todo como “pensando” con tanta apertura y gentileza como podamos y permitir que se disuelva de nuevo en el gran espacio. Cuando las nubes y las olas regresan inmediatamente, no hay problema. Nosotros simplemente nos damos cuenta de ello y una y otra vez, con amistad incondicional, las etiquetamos como simplemente “pensando” y les permitimos que se vayan una y otra vez.
Algunas veces la gente utiliza la meditación para tratar de evadir sentimientos negativos y pensamientos perturbadores. Nosotros pudiésemos tratar de utilizar la etiqueta como una vía para librarnos de aquello que nos inquieta, que nos molesta, y si nos conectamos con algo inspirador o celestial, nosotros pudiésemos pensar que finalmente lo tenemos y tratar de permanecer donde hay paz y armonía y nada que temer.
Así que desde el mismo comienzo es de gran ayuda siempre recordarse a uno mismo que la meditación es acerca de abrirse y relajarse con lo que sea que surgiese, sin estar seleccionando o escogiendo. Definitivamente no está diseñada para reprimir nada, pero igualmente, tampoco se pretende incentivar el aferramiento.
Allen Ginsberg utilizaba la expresión de “mente sorprendida”. Usted se sienta y -¡wham! surge una sorpresa bastante asquerosa. Está bien. Que así sea. Esta parte no debe ser rechazada sino compasivamente reconocida como “pensando” y se le deja ir. Entonces ¡wow! surge una sorpresa deliciosa. Está bien. Que así sea. A esta parte no debemos aferrarnos, sino reconocerla compasivamente como “pensando” y la dejamos ir. Estas sorpresas son infinitas.
Milarepa, el yogui tibetano del siglo XII, entonó estupendos cánticos acerca de la forma apropiada de meditar. En uno de los cánticos dice que la mente tiene más proyecciones que motas de polvo en un rayo de luz, y que, inclusive cientos de lanzas no podrían ponerle fin a eso. Así que, como meditadores, nosotros podemos muy bien dejar de luchar contra nuestros pensamientos y darnos cuenta de que la honestidad y el sentido del humor son mucho más inspiradores y nos ayudan mucho más que cualquier tipo de solemne esfuerzo religioso por, o en contra de algo.
En cualquier caso, el punto es no tratar de liberarnos de nuestros pensamientos, sino más bien de ver su verdadera naturaleza. Los pensamientos nos mantendrán a nosotros girando en círculos si caemos en ellos, pero realmente son como imágenes de un sueño. Son como una ilusión, no son en realidad tan sólidos como parecen. Ellos son, como dijimos, simplemente pensamientos.
A través de los años, Rimpoché continuó refinando las instrucciones sobre la postura. Dijo que, en la meditación, luchar nunca era una buena idea. Así que, si nuestras piernas o espalda estaban doliendo, se nos decía que estaba bien moverse. Sin embargo, se evidenció claramente, que, trabajando con la postura apropiada, a uno le era posible llegar a sentirse mucho más relajado y centrado en su cuerpo haciendo sutiles ajustes. Grandes movimientos proporcionaban confort durante unos cinco o diez minutos y luego nosotros queríamos movernos de nuevo.
Al principio encontramos muy excitante esta meditación. Es como un nuevo proyecto y pensamos que, si lo hacemos, quizás todo aquello que no queremos con nosotros va a desaparecer y nos volveremos personas abiertas, que no juzgan y que son incondicionalmente amistosos. Pero luego de algún tiempo la sensación de proyecto se disuelve. Uno simplemente encuentra tiempo cada día y uno se sienta con uno mismo. Regresamos una y otra vez a la respiración, a través del fastidio, de la incomodidad, del miedo y del bienestar. Esta perseverancia y repetición -cuando es hecha con honestidad, un simple toque, con humor y gentileza- es su propio premio.
Una vez que conocemos esta instrucción, podemos ponerla en práctica, de ahí en adelante, lo que sucede depende de nosotros. Ultimadamente, todo se reduce al asunto de qué tan dispuestos estamos a despertar, qué tan honestos con nosotros mismos queremos ser.