LOS CUATRO RECORDATORIOS

Los cuatro recordatorios

Pema Chodron 

Traducción y edición: María Mercedes Márquez

Caracas, agosto, 2006

Los cuatro recordatorios tradicionales son fundamentales ya que nos recuerdan por qué debemos hacer un continuo esfuerzo por volver al momento presente. El primero nos recuerda nuestro precioso nacimiento humano; el segundo, la verdad de la impermanencia; el tercero, la ley del karma, y el cuarto, la inutilidad de continuar errando en el samsara. 

Ellos constituyen cuatro herramientas para despertarnos continuamente y recordar por qué practicamos, por qué cuando volvemos a casa debemos intentar crear un espacio cada día para meditar, para poder estar plenamente con nosotros mismos.

¿Por qué ocuparse de despertar en lugar de continuar dormidos?  ¿Por qué pasar el resto de la vida sembrando semillas del despertar, aspirando a dar un salto, a abrirnos cada vez más y convertirnos en  guerreros espirituales?  ¿Por qué ocuparnos de sentarnos a meditar cuando tenemos todos esos problemas económicos, matrimoniales, problemas con las amistades, de comunicación, problemas de todo género, y nos sentimos tan atrapados? ¿Por qué ocuparnos en levantar los ojos y mirar al cielo e intentar hallar un claro o algún espacio en esta densa discursividad?  Nos estamos planteando estas cuestiones fundamentales todo el tiempo.

Las enseñanzas de los cuatro recordatorios van dirigidas a contestar ese tipo de preguntas.  Podemos reflexionar sobre ellas en cualquier momento, tanto si vivimos en Vancouver, Minnesota, Chicago, en la ciudad de New York, en Calcuta, en la cima del Monte Everest o en el fondo del océano.  Lo mismo da que seamos un ser acuático, un espíritu, un humano, un ser infernal o un dios; seamos lo que seamos podemos reflexionar sobre estos cuatro recordatorios.

El primero nos recuerda el precioso nacimiento humano. Todos los que estamos aquí sentados tenemos lo que se llama tradicionalmente un buen nacimiento, algo excepcional y maravilloso.  Todo lo que tenemos que hacer es tomar la revista Time y compararnos con casi toda la gente de cualquier página, para darnos cuenta de que aunque tengamos nuestras desdichas, nuestros malos estados psicológicos, la sensación de sentirnos atrapados, etcétera, estos son nada comparados con lo que podrían ser en términos de morir arrollado por un tanque, morir de hambre, ser bombardeado, estar prisionero, padecer una grave adicción al alcohol, a las drogas o a cualquier otra cosa que sea autodestructiva.

El otro día leí sobre una muchacha de diecinueve años adicta al crack, embarazada de nueve meses, cuya vida consistía en pincharse y prostituirse para poder conseguir más dinero y poder pincharse de nuevo.  Estaba a punto de dar a luz un bebé que sería un adicto al crack.  Esta era toda su vida y seguiría viviendo así hasta la muerte.

Pero por otro lado, simplemente  vivir una vida acomodada y rodeada de lujo tampoco funciona, pues en ese caso no tenemos la oportunidad de desarrollar una suficiente comprensión del sufrimiento de los demás ni de aprender a abrir nuestro corazón. 

Estamos totalmente atrapados en la agradable sensación de tener doscientos o trescientos pares de zapatos en el armario como Imelda Marcos, o una bella casa con piscina, o sea lo que sea.  Lo esencial es poder llegar a comprender que tengamos lo que tengamos en la actualidad, tenemos todo lo necesario para despertar. No estamos sufriendo un intenso e ineludible dolor ni estamos experimentando un absoluto placer que nos hace adormecernos en la ignorancia. Cuando nos sentimos deprimidos es bueno reflexionar sobre ello. 

Quizá sea un buen momento para leer los periódicos con asiduidad y recordar que la vida puede llegar a ser terrible. Como seres humanos comunes y corrientes, estamos en una posición en la que siempre puede sucedernos algo.  No lo sabemos. Somos como los judíos que vivían en Francia, Alemania u Holanda en 1936, simplemente estamos viviendo una vida cotidiana, levantándonos por la mañana, ingiriendo dos o tres comidas al día, siguiendo nuestras rutinas, y entonces un día aparece la Gestapo y nos lleva.  O quizá estemos viviendo tranquilamente en Pompeya y de repente el volcán entra en erupción y morimos sepultados por la lava.

Puede ocurrir cualquier cosa.  Vivimos en unos tiempos muy inciertos. Quién sabe, incluso a nivel personal puede que mañana descubramos que padecemos una enfermedad incurable o que alguien a quien queremos mucho la tiene.  Es decir, la vida puede dar un giro.  Puede ocurrir cualquier cosa. 

 Así es. ¡Que preciosa, que dulce y preciosa es nuestra vida!  Estamos en medio de su belleza, tenemos salud, inteligencia, educación, dinero suficiente, etcétera, y sin embargo, cada uno de nosotros conoce la depresión.  Desde luego  que ocurre. 

Una cosa que Rimpoché enseñó y que manifestó a cuantos le conocíamos, es que aunque no sea fácil lograrlo, el sentirse deprimido no es razón para olvidar la preciosa situación que tenemos.  La depresión es como el clima, va y viene, cambia todo el tiempo.  Muchos y diferentes sentimientos, emociones y pensamientos llegan y se van para siempre, pero ello no es razón para olvidar que nuestra situación humana  es muy preciosa.

Empezar a comprender que la vida humana es muy preciosa se convierte en una de nuestras herramientas más poderosas. Es como el agradecimiento.  Si nos sentimos agradecidos a nuestra vida, aunque lleguen los camiones nazis y nos lleven, no perdemos ese sentimiento de agradecimiento. 

Hay un lema mahayana que dice: “sé agradecido con todos”. Básicamente no importa lo difícil que se vuelva la situación: una vez que tenemos esta sensación de agradecimiento hacia nuestra propia vida y hacia lo precioso del nacimiento humano, podemos ir a cualquier estado existencial.  Lo que quiero decir es que ahora nos resulta fácil. 

Si creemos que podremos empezar a sentirnos agradecidos cuando estemos en una situación infernal, si pensamos que podemos mejorar de improviso, descubriremos que es quinientas veces más difícil que en la presente situación; nos costará un gran esfuerzo.  Ahora estamos en la más fácil y la mejor situación, es bueno recordarlo.  Es conveniente recordar todas las enseñanzas que hemos escuchado sobre la bondad fundamental, la alegría primordial y la gratitud.

En el vajrayana se dedica un especial énfasis a la devoción, la cual podría definirse como una especie de inmensa gratitud con una enorme visión.  La devoción es recordar a todos aquellos que han trabajado tan duramente, que han padecido las mismas neurosis, sufrimientos, depresiones, dolores de muelas, las mismas dificultades en sus relaciones, las mismas fracturas interiores, todo lo mismo, y que nunca se dieron por vencidos. 

Por eso son una inspiración para nosotros.  Podríamos decir que son nuestros héroes y heroínas, porque al leer sus historias -al leer la historia de Milarepa, por ejemplo-, en lugar de sentirnos intimidados, nos identificamos con ellas en todo momento. Nos vemos en cada episodio, comprobamos que es posible seguir avanzando sin darnos nunca por vencidos.  Sentimos devoción hacia el linaje de unas personas que se han esforzado tanto por facilitarnos las cosas.  Algunas veces nos encontramos con un maestro determinado que parece personificar todo eso para nosotros, y entonces también tenemos un guru por quien sentimos devoción. 

Es como si esos hombres y mujeres transmitieran un linaje de gratitud, coraje, alegría y visión.  Y son como nosotros, excepto que nosotros a veces nos desanimamos. El hecho de que existan esos ejemplos nos hace sentir una gran gratitud y devoción hacia esas personas nos infunde la fuerza necesaria para creer que nosotros también podemos seguir ese linaje.

Entonces, todo cuanto hagamos para hacernos conscientes de que el nacimiento humano es muy precioso puede ser fuente de inspiración para los demás.

A inicios de los setenta un amigo mío no cesaba de repetirme: hagas lo que hagas, no intentes que esos sentimientos desaparezcan. Y continuó aconsejándome: todo cuanto puedas aprender trabajando con esos sentimientos de desánimo, miedo, desconcierto, de sentirte inferior o de resentimiento, todo lo que puedas hacer para trabajar con esas emociones, hazlo por favor, porque será toda una fuente de inspiración para los demás.

Realmente fue un buen consejo pues cuando empezaba a deprimirme recordaba: espera un momento, quizá sólo tengo que averiguar cómo despertarme a mí misma genuinamente porque hay mucha gente que sufre como yo, y si yo puedo hacerlo, ellos también.  Entonces experimenté la sensación de estar interconectada: si una persona común y corriente como yo puede hacerlo, todos los demás pueden hacerlo. 

Esto es lo que solía decirme: Si una persona tan miserable como yo, que se deja invadir por la ira, la depresión y la traición puede hacerlo, entonces cualquiera puede hacerlo, o  sea que voy a intentarlo. Fue un buen consejo que me ayudó a comprender mi precioso nacimiento humano.

El segundo recordatorio es la impermanencia.

La vida es muy breve. Aunque vivamos cien años seguirá siendo breve.  Además su duración es imprevisible.  Nuestras vidas son impermanentes. 

A mí misma me quedan como mucho, treinta años, quizá treinta y cinco, pero eso sería el máximo.  Puede que sólo me queden veinte.  Puede que incluso no me quede ni un día.  Pensar que no disponemos de demasiado tiempo es aleccionador. Nos hace sentir que hemos de aprovecharlo.  Si comprendemos que no nos quedan tantos años y vivimos como si sólo tuviéramos un día, entonces el sentido de la impermanencia realza el sentimiento de lo precioso que es el nacimiento humano y de la gratitud.

Tradicionalmente se dice que a partir del momento en que nacemos empezamos a morir.  Recuerdo que en Boulder cada año exponían unas figuras de tamaño natural.  La primera de ellas representaba un recién nacido y continuaba con todas las etapas de la vida. 

Uno no podía dejar de identificarse con esa figura que se hacía cada vez más grande y más fuerte hasta alcanzar la flor de la vida, y después todo empezaba a ir cuesta abajo y la figura aparecía envejeciendo, para acabar convertida en un cadáver.  No sabemos siquiera si vamos a tener el privilegio de recorrer todo ese proceso, y aunque lo hagamos, la impermanencia es muy real.

Cuando nos deprimimos puede que nos digamos: ¿Por qué ocuparme de sentarme a meditar? ¿Por qué insistir en comprender qué cosa es esta depresión  por mi propio beneficio y por el de los demás?  ¿Por qué me arrastra hacia abajo?  ¿Cómo es que ayer el cielo era tan azul y hoy es tan gris? ¿Por qué ayer todo el mundo me sonreía y ahora todos parecen estar enojados conmigo?  ¿Por qué ayer sentía como si todo lo hiciera bien y hoy tengo la sensación de hacerlo todo mal?  ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? 

Aunque estemos solos haciendo un retiro, seguimos deprimiéndonos.  Allí no podemos culpar a nadie, simplemente surge esa sensación. Nos preguntamos ¿qué es?, ¿qué es?, ¿qué es?  Quiero saberlo.  ¿Cómo puedo despertar? ¿Qué puedo hacer que no sea completamente habitual?  ¿Cómo puedo evitar quedarme estancada en esta rutina?  ¿Cómo detenemos el hábito de nuestro proceso?

Las enseñanzas dicen que por eso nos sentamos a meditar.  Por eso nos hacemos conscientes.  Observa atentamente.  Presta atención a los detalles. Recordar la impermanencia nos impulsa a fijarnos en las enseñanzas, a observar qué es lo que nos dicen sobre trabajar con nuestra vida, cómo despertar, cómo sobreponernos, cómo trabajar con las emociones. 

Pero a veces, aunque las leamos y leamos, no podemos encontrar la respuesta en ninguna parte,  pero, puede que entonces nos la dé alguien que viaja en el metro, o que lo descubramos a través de una película, o incluso en un anuncio televisivo. Si realmente nos hacemos esas preguntas, hallaremos la respuesta en cualquier parte.  Pero si no nos la hacemos, desde luego  que no habrá respuesta.

Impermanencia significa que la esencia de la vida es efímera.  Algunas personas son tan hábiles en la práctica de ser conscientes que, en realidad, son capaces de percibir cada pequeño movimiento de su mente, siempre cambiante, cambiante, cambiante. 

También pueden sentir los cambios del cuerpo, siempre cambiante, cambiante, cambiante.  Es absolutamente sorprendente.  El corazón bombea la sangre constantemente, la sangre no cesa de circular, la comida es digerida, y se repite todo el proceso.  Es sorprendente y muy impermanente. 

Cada vez que viajamos en carro puede que esa sea la última vez.  Si nos obsesionamos con ello, la impermanencia puede volvernos locos porque tendremos miedo de bajar la acera y hasta de salir de la casa. No tenemos por qué obsesionarnos con ello, simplemente  nos damos cuenta de lo peligrosa que es la vida. 

Es bueno darse cuenta de ello, nos hace sentir la realidad de la impermanencia.  Es bueno que nos demos cuenta de que vamos a morir, de que la muerte está acechándonos en cualquier momento.  Muchas tradiciones espirituales tienen meditaciones sobre la muerte para que nos entre en la cabeza que la vida no es eterna.  Puede acabar al minuto siguiente.  A veces se dice que el fin de cada expiración es en realidad el final, allí es donde está la oportunidad de morir por completo.

Suzuki Roshi dio la instrucción: “Siéntate inmóvil.  No te anticipes.  Simplemente permanece dispuesto a morir una y otra vez”.  Es un buen recordatorio.  Estar dispuestos a morir una y otra vez realza el primer recordatorio, el sentido de la gratitud y de la preciosa condición del nacimiento humano.  

La impermanencia también puede enseñarnos mucho sobre cómo animarnos si dejamos que algunas veces nos asuste.  Se dice: Practica como si tu pelo estuviera ardiendo.  Está bien si ello nos asusta. El miedo puede hacer que nos planteemos muchas preguntas. 

Si no consigue desanimarnos hará que nos preguntemos: ¿Qué es el miedo?  ¿De dónde viene?  ¿De qué estoy asustada?  La impermanencia es muy buen recordatorio.

El tercer recordatorio es el karma: cada acción provoca un resultado.

Se podría hacer todo un seminario sobre la ley del karma, pero fundamentalmente, en nuestra vida cotidiana nos recuerda que el modo en que vivamos es importante.  En especial es importante a nivel mental.  Cada vez que estamos dispuestos a reconocer nuestros pensamientos, a dejar de apegarnos a ellos y a regresar al frescor del momento presente, estamos sembrando las semillas de la mente despierta en nuestro inconsciente.

Después de un tiempo lo que sucede es que nuestros pensamientos son más despiertos, más abiertos.  Nos estamos condicionando hacia la apertura en lugar de dormirnos.  Quizá descubramos que nos hemos dejado llevar por nuestros pensamientos, pero podemos usar nuestra mente, desear regresar a este  “ahora”, a la inmediatez del momento.

Cada vez que intentamos hacerlo, estamos sembrando las semillas de nuestro propio futuro, cultivando esta innata y fundamental mente despierta, aspirando poder dejar de aferrarnos a nuestro habitual modo de proceder y a hacer algo fresco.  Básicamente es dejar de apegarse a los pensamientos, a su agitado movimiento y volver al momento presente.

En uno de nuestros cánticos decimos: “Surja lo que surja tiene el frescor de lo recién surgido y posee la esencia de la realización. Otórgame tus bendiciones para que mi mente esté libre de conceptualizaciones”. 

Aquí el frescor significa el deseo de sentarnos derechos si estamos encorvados.  Si queremos pasar el día en cama con la cabeza bajo la cobija, significa tener la intención de levantarnos, darnos una ducha con un buen jabón, bajar a la perfumería y comprar algo que huela realmente bien, plancharnos la camisa, dar brillo a nuestros zapatos, hacer lo que sea para animarnos. 

Significa hacer lo necesario para contrarrestar el deseo de lanzarlo todo al suelo, de meterlo bajo la cama, de no lavarnos, de sumergirnos en esa oscuridad.  Cuando aparecen sentimientos de este tipo uno se siente como si el mundo entero colaborara con su propio estado mental actuando a modo de espejo. La oscuridad parece estar por todas partes.  La gente se siente irritada con uno, todo se nos cierra. 

Pretender animarnos no es fácil, y a veces parece hipócrita, se nos hace cuesta arriba.  Pero el recordatorio es que si queremos cambiar nuestro habitual estancamiento, sólo nosotros podremos hacerlo. No les estoy diciendo lo que tienen que hacer, simplemente me estoy refiriendo a la conveniencia de ver que siempre reaccionamos del mismo modo cuando empiezan a aparecer esos nocivos sentimientos de desasosiego, depresión y miedo.  Siempre hacemos lo mismo, nos cerramos como de costumbre, como es habitual en nosotros. 

Según la ley del karma, cada acción acarrea un resultado.  Sabemos que si pasamos el día en la cama con la cabeza bajo la cobija, o comemos en exceso por millonésima vez, o nos emborrachamos, esto nos va a deprimir, a desanimarnos más,  aún cuando habitualmente lo hagamos creyendo que con ello nos vamos a sentir mejor. 

A medida que envejecemos más sabemos acerca de lo que nos hace sentir desgraciados. La ley del karma dice: “¿Cómo te quieres encontrar mañana, la próxima semana, el año que viene, cinco años más tarde, diez años después?  Depende de ti cómo utilices tu vida”.

Esto no quiere decir que tengamos que ser el número uno dándonos ánimos, o que intentemos mejorar al máximo nuestros hábitos.  Sólo tiene que ver con este sentido de recordarnos a nosotros mismos.  Algunas veces podemos decir: “me importa un comino”, pero después del cuarto día de permanecer bajo las sábanas con nuestra sucia y maloliente ropa, con las medias puestas, la botella vacía al lado de la cama, sea el escenario que sea, decimos: “Quizá podría salir y comprarme una nueva camisa, darme una ducha, ir a ver el océano, pasear por las montañas, hacer una buena comida o intentar algo para mejorar mi situación, para animarme”. 

Aunque nos sintamos muy hundidos, en lugar de comer veneno, podemos salir y comprar el mejor filete, o sea lo que sea para cada quien. Karma significa que nosotros sembramos las semillas y cosechamos el fruto. Recordarlo puede sernos muy útil. Cuando nos descubrimos en un lugar oscuro en el cual hemos estado innumerables, innumerables veces, podemos pensar: “Quizá es tiempo de conseguir una pequeña pala de oro y desenterrarme de este lugar”.

Recuerdo muy bien mi primera entrevista con mi maestro Chogyam Trungpa Rimpoché porque dudaba en explicarle cuál era realmente el problema de mi vida y en lugar de hacerlo desperdicié toda la entrevista charlando.  Después de un rato me preguntó: ¿Cómo va tu meditación?  Yo le respondí: Oh, muy bien. Y seguimos charlando.  En el último medio segundo antes de acabar, solté: “Estoy pasando una época terrible, me siento llena de odio y bla, bla, bla”.  

Rimpoché me acompañó hasta la puerta y me dijo: Bien, estás sintiendo como si una gran ola te arrollara y te golpeara.  Te descubres tendida en el fondo del océano con la cara hundida en la arena, y a pesar de tener toda la nariz, la boca, las orejas y los ojos llenos de arena, vuelves a levantarte y empiezas a nadar.  Entonces viene otra ola y te golpea de nuevo.  Las olas no cesan de llegar, pero cada vez que te descubres en el suelo, te levantas y empiezas a nadar.  Pasado un tiempo descubrirás que las olas parecen volverse más pequeñas.

Así es como actúa el karma.  Si permaneces tendido en el suelo, te ahogarás.  Vivirás con esa sensación de estar ahogándote todo el tiempo sin tener el privilegio de llegar a morir.  Así que no nos desanimamos y pensamos: Bien, me he levantado de la cama y me he dado una ducha.  ¿Cómo es que mi vida aún no es como una película de Walt Disney?  Creí que me iba a convertir en Blancanieve.  Creí que viviría feliz y comería perdices. 

El príncipe me besó y yo desperté. ¿Cómo es que no vivo feliz?  Las olas continúan viniendo y derribándonos, pero nos volvemos a levantar y con una sensación de despertarnos a nosotros mismos, nos mantenemos en pie.  Como dijo Rimpoché: “Después de un tiempo descubrirás que las olas parecen volverse más pequeñas”. Esto es lo que realmente ocurre.  Así es como el karma actúa.  Permitamos que esto sea un recordatorio.  Es precioso y breve, y podemos usarlo bien.

Hay otra historia de cuando Rimpoché fue a ver a su maestro Jamgon Kongtrul de Sechen. Rimpoché dijo que aquella mañana, al entrar en la habitación, Jamgon Kongtrul sostenía un bello objeto de metal blanco plateado que brillaba bajo el sol, con un largo mango y algo que parecían puntas en su extremo.

Jamgon Kongtrul le dijo que se lo habían enviado de Inglaterra.  Rimpoché, acercándose, se sentó y observó el objeto.  Jamgon Kongtrul dijo: “Sirve para comer”. Cuando los asistentes le trajeron el desayuno, tomó las cuatro puntas y las introdujo en una porción de comida, la levantó, se la metió en la boca y dijo: “Así es como comen en ese lugar.  Lo meten en la comida, pinchándola con las cuatro puntas y se la introducen en la boca”.  Rimpoché lo observó y pensó que era un objeto de lo más ingenioso. 

Entonces Jamgon Kongtrul le dijo: “Algún día vas a conocer a la gente que fabricó esas cosas y vas a trabajar con ellos.   No te resultará fácil, porque descubrirás que están más interesados en seguir durmiendo que en despertar”.  Eso dijo sobre nosotros. Así que al comprender que es cierto, recordamos que depende de nosotros mismos, podemos sentir gratitud por nuestra preciosa vida, por su brevedad y singularidad, o podemos volvernos más resentidos, duros, amargados, y más defraudados.  De nosotros depende cómo actúe la ley del karma.

Finalmente el cuarto recordatorio es la inutilidad de continuar girando en esta rueda que tradicionalmente se llama samsara.   Cierta vez dijo alguien que tenía la sensación de ser como una grabación que no cesaba de repetirse.  Se había quedado atrapada, y cada vez que la repetía de nuevo, se hundía más en el surco. 

También he oído decir a algunas personas que, a veces, cuando se oyen hablar, se sienten como si fueran una grabadora pasando el mismo cassette una y otra vez.  Las pone enfermas, pero de algún modo lo siguen haciendo porque sienten como una curiosa y pequeña identidad que les da cierta seguridad, aunque sea dolorosa.  Esto es el samsara.

La esencia del samsara es nuestra tendencia a buscar el placer y evitar el dolor, a buscar la seguridad y evitar la incertidumbre, a buscar el confort y evitar la incomodidad.  La enseñanza básica es que esto nos hace seguir siendo desdichados e infelices, nos aprisiona en una pequeña y limitada visión de la realidad.  Así es como nos mantenemos apretujados en el interior de un capullo.

En el exterior están todos los planetas, las galaxias y el vasto espacio, pero nosotros estamos metidos en esos capullos, o quizá dentro de una cápsula, como la de una vitamina.  Con nuestras actitudes, momento tras momento nos estamos diciendo que preferimos seguir en su interior.  Preferimos seguir siendo una píldora vitamínica a la experiencia o el sufrimiento de salir a ese gran espacio y ver qué pasa. 

Encontramos la vida en esta cápsula,  agradable y segura.  Todo está aparentemente bajo control.  Para nosotros, en ella todo es seguro, previsible, agradable y nos inspira confianza.  Al entrar en nuestra casa sabemos exactamente dónde se hallan los muebles, están distribuidos tal como nos gusta. 

Sabemos que tenemos todos los electrodomésticos que necesitamos y la ropa que preferimos.  Si nos sentimos inquietos nos basta con llenar esos espacios.  Nuestra mente siempre está buscando zonas seguras.  Estamos en esta zona segura y así es como consideramos la vida, tenerlo todo bajo control, tener seguridad.

Para nosotros, la muerte por ejemplo, es perderla.  Por eso la tememos y nos causa tanta angustia.  Podría tildarse a la muerte de embarazosa; sentirse incómodo y fuera de lugar.  Sentirse completamente confuso y no saber qué dirección tomar también podría definir la muerte y eso nos asusta mucho.  Queremos saber qué está sucediendo. 

La mente siempre está buscando zonas seguras, y esas zonas continuamente se están desmoronando.  Entonces nos abrimos paso para conseguir otra zona segura.  Empleamos toda la energía y malgastamos nuestras vidas intentando re-crear esas zonas seguras que siempre acaban desmoronándose.  Eso es el samsara. 

Lo opuesto al samsara es cuando se derrumban todos los muros, cuando el capullo desaparece por completo y estamos totalmente abiertos hacia todo lo que sucede, sin encerrarnos ni centrarnos en nosotros mismos.  Ese es el viaje del guerrero, aquello a lo que aspiramos. Es lo que nos estimula e inspira a saltar, a que nos echen del nido, a asumir los ritos de iniciación, a crecer, a avanzar hacia algo incierto y desconocido.  

Desde el punto de vista despierto, el confort que perseguimos, esta seguridad por la que luchamos constantemente y que nos resulta tan preciada, constituyen ese capullo, esa píldora vitamínica, y eso es un tipo de muerte.  El samsara viene a ser entonces, preferir  la muerte a la vida. El cuarto recordatorio es rememorarlo.

Cuando nos descubrimos con esos viejos y familiares sentimientos de ansiedad porque nuestro mundo se está cayendo a pedazos y no estamos a la altura de la imagen que nos habíamos hecho de nosotros mismos, y todo nos irrita más allá de las palabras porque nadie hace lo que nosotros queremos, todo el mundo destruye nuestros planes, nos sentimos miserables, nadie nos gusta, nuestra vida está llena de desdicha emocional, confusión y conflicto, cuando nos encontremos en ese punto, es bueno recordar simplemente que estamos atravesando toda esa agitación emocional simplemente porque nuestra acogedora situación se ha visto, en mayor o menor grado, aparentemente amenazada.

Espero que esos cuatro recordatorios tradicionales:  la preciosa condición del nacimiento humano, la verdad de la impermanencia, la ley del karma, que es causa y efecto, y la inutilidad de continuar prefiriendo la muerte a la vida, nos ayuden durante el resto de nuestras vidas a despertar, a que vivamos aquí, ahora, y conscientes siempre de que estamos de paso.

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Que nuestra sincera motivación y esfuerzos

contribuyan a liberar del sufrimiento a todos los seres sin excepción alguna.