Mandala
La arquitectura de la iluminación
Robert Thurman
Traducción y edición: María Mercedes Márquez
Caracas, abril 2017
FUNDAMENTO FILOSÓFICO
En la usanza budista, un mandala es la matriz o modelo, de un universo perfeccionado, es decir, el entorno nutritivo de un ser perfeccionado en extática interconexión con otros seres igualmente perfeccionados. Es un anteproyecto o plan de acción para la budeidad concebido como logro, no solo de la máxima liberación y suprema bienaventuranza de un individuo, sino también como el logro de tal liberación y bienaventuranza, por un individuo completamente integrado con su entorno y campo de asociados.
La definición tradicional de tantra es proceso, continuum o continuidad [en tibetano, rgyud, hilo]. De acuerdo a la notable introspección del difunto Venerable Tara Tulku, Abad Eméritus de la Universidad tántrica de Gyuto, tantra es el proceso de demoler el mundo samsárico, removiendo su fundamento, la ignorancia, y luego, reconstruyendo ese fundamento sobre la base de la sabiduría. Dentro de la visión del tantra como un proceso de re-creación del mundo, los mandalas son modelos utilizados para crear mundos búdicos.
De acuerdo a la tradición pali, la declaración del Buda Sakyamuni luego de la iluminación enfatizó el proceso de demolición: “Te he encontrado, Oh constructor de la casa. He derribado tus paredes y techo. He salido de tu casa. Al fin soy libre.” En el vehículo individual –el hinayana-, el principio del mandala es simbolizado por el monumento de la estupa que conmemora la presencia mental del Buda en sus reliquias físicas, a través de la idea de su presencia verbal en el cuerpo del dharma, los textos y enseñanzas que proveen acceso al mundo de la liberación, y por su presencia física en símbolos e íconos.
De acuerdo a la tradición sánscrita, Sakyamuni habló de manera más positiva acerca de la budeidad después de su iluminación: “Profunda, pacífica, sin proliferación, luminosa y no creada –esta realidad que he encontrado es como un elixir de inmortalidad.”
Para el vehículo mesiánico o universal, el vajrayana, el principio del mandala expresa la idea de la “perfección del universo búdico.” Tal transformación cósmica es posible debido a la infinita presencia no-dual en cada átomo y energía subatómica, de la verdad y cuerpos beatificados, y es actualizada por las actividades de incontables cuerpos de emanación del Buda ayudando incesantemente a los seres a través de los universos.
¿Cómo llega el “mandala” a tener tal significado?
Juzgando a partir de traducciones tibetanas del sánscrito, manda, fue traducido al tibetano como (dkyil), el cual puede significar esencia, (snyingpo), así como también asiento, (khri), mente, (sems), e incluso centro (dkyil). Va junto a bodhi, iluminación o despertar, para indicar el lugar bajo el árbol bodhi donde la completa perfección del ser sintiente tuvo lugar, donde la consciencia subjetiva, liberada de la adicción a frustrantes compulsiones, florece con un entendimiento tan vasto y profundo que conoce el infinito, transformándose en el mismo, poco a poco.
¿Dónde ha podido ser encapsulada la esencia o el asiento de tal iluminación? ¿Dónde ha podido estar? La, se dice que es un círculo, un perímetro cerrado que contiene la esencia, la joya, el ornamento.
En un sentido convencional, cada ser es un mandala, en vez de un simple punto de consciencia. Nosotros somos nuestro entorno tanto como somos la entidad en el entorno.
Así, la imagen de mí mismo [lo que convencionalmente llamo “yo”] como viviente, consciente, humano, masculino, blanco, cincuenta y cinco, norteamericano, de habla inglesa, etc. etc., va de la mano con un modelo de mis padres, ancestros, descendencia y posteridad (e incluso en algunas culturas, mis vidas anteriores y futuras), actualmente dentro del mundo social norteamericano centrado en Washington, D.C. y su mandala de monumentos y estructuras institucionales.
“Yo”, existo dentro de un modelo físico de ser, una estructura de procesos atómicos, moleculares, celulares y energéticos formados en un cuerpo sostenido por la gravedad en el continente americano, entre los océanos Atlántico y Pacífico, en el redondo planeta Tierra, tercer planeta desde el sol, con la luna girando a su alrededor, el sol como estrella en la galaxia de la Vía Láctea, en tal y cual nébula, etc. etc. Si “yo” hace referencia a un punto de consciencia en el centro de todo esto, entonces esto presupone el completo cercado, el modelo que contiene este “yo”, mi físico imaginado y mi entorno social e interpersonal imaginado.
Cuando un ser ordinario es descrito en el budismo como un grupo de cinco montones [skandha] agregados, o sistemas de materia, [incluyendo objetos sensoriales al igual que órganos de los sentidos], de sensaciones, ideas, emociones y consciencia, ese ser es descrito como un sistema de procesos dentro de un entorno, no como un separado punto de consciencia.
De igual modo, cuando nos convertimos en budas perfeccionados, cuando alcanzamos la culminación de nuestro potencial evolucionario, nuestros entornos también se transforman.
Dentro de nuestro modelo de mundo existente, existen rastros de culminaciones evolucionarias de otros seres que se convirtieron en budas como el Buda Sakyamuni. Los budas no son simples superordinarios puntos de consciencia, ellos son mundos diferentes, diferentes mandalas o entornos. La misma fábrica de nuestro mundo, está tejida de los mundos búdicos de infinitos budas del pasado y del presente.
El espacio sagrado bajo el árbol de la iluminación en Bodhgaya es llamado “la esencia de la iluminación” [bodhi-manda], o el asiento de diamante [vajrasana], y es considerado completamente impenetrable por cualquier entidad espiritual o física. El espíritu de los seres en el proceso de renacimiento, el estado intermedio –bardo-, no pueden atravesarlo, aun cuando pueden atravesar montañas y planetas. Esto proporciona un impacto mítico a la inconcebible realidad de un ser infinito en un específico lugar, el infinito, más allá de límites y sin embargo teniendo un centro.
El infinito no puede ser excluido de ningún lugar específico; siendo ilimitado, no puede ser excluido de nada. Así, el infinito es ultimadamente indivisible del finito.
La consciencia infinita disfruta de paz absoluta y bienaventuranza ilimitada. Está totalmente presente en todas partes, todo es su centro. De modo que un mandala no es un escape de nada: el infinito no necesita protección de nada, ya que nada puede ser algo más que ello.
Un mandala es compasión, es forma, es infinita sabiduría expresando amor infinito extendido a aquellos atrapados en la finita-infinita dicotomía, a quienes abre una puerta a la liberación, una entrada hacia la libertad, un portal al infinito.
La descripción de la iluminación con frecuencia es presentada como teniendo dos aspectos para acomodarla a nuestro hábito de pensamiento binario. Es la perfección de la mente y la perfección del cuerpo, la transmutación de la muerte y de la vida, la culminación de sabiduría y mérito, el disfrute de la perfeccionada ausencia de forma y la forma perfecta. Todas estas polaridades están integradas a través del climax evolucionario de la sabiduría y la compasión, o bienaventuranza.
Cuando nos enfocamos en la iluminación, principalmente como unión con la realidad absoluta –el cuerpo de la verdad, la realización de la vacuidad y la sabiduría intuitiva de la ausencia de ego- vemos tan sólo una parte de su inconcebible naturaleza.
También debemos descubrir la iluminación como el involucramiento creativo de liberación infinita de la forma. Este es el continuo proceso iluminado de involucramiento con los seres; indefinidas emanaciones motivadas por la compasión y empoderadas por la dicha -tulku.
De modo que la transparencia de la iluminación es una clara luz, no una luz blanca, sino una luz que integra blanco con negro, una luz que lo penetra todo, incluyendo las sombras.
Las siguientes ideas están expresadas en el tantra
El Pabellón de Diamante
Si la vacuidad fuese todo el arte para ello,
Uno nunca alcanzaría la budeidad.
Un efecto nunca difiere en clase de su causa;
De modo que la vacuidad no es todo el arte que hay en ello.
Los Victoriosos enseñan la vacuidad para acabar con los hábitos egoístas
De ambos, de los egocéntricos y los cínicos.
Pero son el mandala y el entorno,
Los que incorporan el arte de la bienaventuranza universal.
Es el yoga del orgullo búdico
Lo que hace accesible la budeidad.
Un maestro tiene treinta y dos marcas excelentes,
De modo que el arte consiste en asumir la meta
Del auténtico Cuerpo de Forma del Maestro.
El camino a la budeidad tiene dos aspectos, el absoluto y el relativo. La mente logra el absoluto, los maestros bodhi, el relativo. El logro de la sabiduría por la mente, es el mismo para los vehículos budistas esotérico (mantrayana) y exotérico (sutrayana). La mente realiza la realidad última a través del yoga de la vacuidad, evoluciona la sabiduría trascendente y se convierte en el Cuerpo Búdico de la Verdad.
El arte del cuerpo es diferente en los dos vehículos.
En el vehículo exotérico, comprende la realidad relativa, viaja en un vehículo causal o de medios, practica el yoga de las tres primeras trascendencias, evoluciona gran compasión a través del arte de la interacción positiva y a través de la progresión de incontable cantidad de vidas, se convierte en el Cuerpo de Forma Búdico.
En el vehículo tántrico esotérico, el cuerpo comprende la realidad relativa, viaja en un vehículo de efecto u objetivo, practica el yoga de la deidad (desarrolla la visión búdica y el orgullo búdico), evoluciona gran compasión como efecto, como gran bienaventuranza, reúne eones de evolución sutil de la realidad en una o unas cuantas vidas en un nivel corporal burdo, y se convierte en el Cuerpo de Forma Búdico.
El camino del tantra comienza en la meditación creativa que emplea la imaginación para “asumir la forma de un buda.”
Transforma al ser y al universo en la experiencia y un reino de iluminación. Utiliza la imaginación para simular la budeidad y al reino búdico, a fin de acelerar la actual transformación y llevar a cabo el voto del bodhisattva, sin esperar por el flujo de la historia en tiempo ordinario.
Para que esto sea del todo posible depende de la física budista sobre la realidad última de la vacuidad. Esto lógicamente implica la relatividad de todo el espacio y tiempo, siendo la vacuidad última de todas las cosas exactamente equivalente a su superficial relatividad. Una vez que la realidad última es comprendida como vacía de cualquier sustancialidad intrínseca, realidad, identificación u objetividad, su aparente naturaleza, en cualquier nivel de experiencia es entendido, como siendo totalmente convencional, meramente constituido por mera designación colectiva.
Los seres ordinarios dominados por la equivocación (avidya), estructuran su universo en un mundo convencional mantenido por imaginaciones convencionales, coordinadas por lenguajes ordinarios y sistemas conceptuales.
Pero los budas estructuran los universos de acuerdo a las necesidades de los seres en ellos, cuyas absolutamente abiertas sensibilidades empáticas, ellos, los budas, revelan sin equivocación.
Una vez que el convencionalismo de las realidades es comprendido, incluso conceptualmente, el bodhisattva es liberado del realismo ingenuo que le atrapa en la equivocación; se libera para reconstruir una extraordinaria realidad iluminada si eso ayuda a liberarse a sí mismo y a otros. El peligro de quedar atrapado en adicionales ilusiones es evitado por el conocimiento de la ausencia de ego.
El realismo ingenuo acerca de la realidad ordinaria -ya críticamente descartado- no es probable que surja en una extraordinaria realidad imaginativamente construida.
La realización inicial de la vacuidad, aun a nivel conceptual principalmente, no erradica inmediatamente los hábitos personales instintivos, las profundas estructuras de la equivocación que dominan la percepción habitual.
En el Vehículo Universal ordinario, el vajrayana, este proceso de profundización, donde la comprensión inicial sin equivocación sobre la vacuidad conduce a la experiencia intuitiva ulterior, no conceptual, libre de equivocación de la vacuidad, en el estado de la sabiduría del samadhi, que es como el espacio, es llamada la unión de la introspección crítica (vipáshyana) y la quietud concentrativa (shámata).
El proceso consiste en una permanente fluctuación cada vez más estrecha entre el samadhi que es como el espacio, donde todas las apariencias se desvanecen como reflejos de la luna en el agua bajo la investigación crítica de realidades aparentemente objetivas y subjetivas, y la sabiduría resultante, que es como una ilusión, donde las realidades despuntan nuevamente.
El practicante que es como una joya, el genio calificado para el Vajra, el Rayo Diamantino o el Vehículo tántrico, puede evadir este proceso de oscilación, al percibir los objetos aparentes y sus vacuidades últimas simultáneamente con igual fuerza intuitiva. No requiere de la desaparición de los objetos a fin de experimentar su vacuidad.
La mera cognición de la apariencia es la crítica efectiva de cualquier substancia fuera de la vacuidad, y tal cognición de la vacuidad, descarta bajo la superficie de las apariencias, cualquier juicio de la nada como verdadera vacuidad o absoluto.
Pura y simple cognición de la apariencia es la crítica efectiva de cualquier reconstruida sustancia fuera de la vacuidad, y tal cognición de la vacuidad impide cualquier sensación de inexistencia como una realidad vacía o absoluta debajo de la superficie de las apariencias –nihilismo-.
En la famosa metáfora del XI Dalai Lama, el practicante es como el borracho cuya turbia visión revela dos lunas en el cielo, quien, sin embargo, y de manera exuberante, llama a sus dos camaradas y les dice: ‘Allí está la luna’.
Por lo tanto, el yogui tántrico puede jugar con las apariencias, para cultivar la percepción purificada de éstas, como el universo búdico en forma del mandala del palacio del beatífico cuerpo búdico de Akanishta, y puede jugar con las sabidurías vacías para cultivar la compasión como gran bienaventuranza, como la misma representación de la budeidad.
La misma sabiduría bienaventurada e indivisible del yogui se torna en su cuerpo búdico, y la clara luz de la vacuidad misma, se convierte en su mente búdica, el Dharmakaya, en cuerpo de la verdad.
Desde el comienzo, este enfoque no dual es mucho más expedito en propiciar la sintonía de las capas sutiles intuitivas de conciencia con las capas filosóficamente iluminadas de conciencia. Para la realización de la vacuidad, llega directo a los instintos movilizando las sutiles y muy sutiles formas de conciencia, tales como las experimentadas durante el orgasmo y la muerte.
De modo que mandala es una matriz de representación. Es la arquitectura de la iluminación en sus bienaventuradas y compasivamente generadas emanaciones. Es un palacio-útero dentro del cual, la infinita sabiduría y compasión pueden manifestarse a los seres ordinarios como formas discernibles.
También es una estructura percibida como simbólica de las cualidades iluminadas por los seres ordinarios dominados por el pensamiento equivocado. Utilizando su arquitectura de lo sagrado, ellas pueden imitar la forma de buda. Es natural que el modelo del palacio real o del sagrado precinto del templo sugiera transcendencia, seguridad y la gloria de la exaltación de lo divino.
Podemos llamar al principio del mandala, la idea de que la budeidad es una realidad perfeccionada que no excluye a la realidad ordinaria, transformando así, a otros como a sí mismo; a la comunidad, así como a lo individual; al entorno, así como a un ser consciente.
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