Ondas de Compasión

Olas de compasión

Sakyong Mipham Rimpoché 

Traducción y edición: María Mercedes Márquez  

Abril, 2008

Saliendo recientemente de un retiro de meditación, fui confrontado por las noticias de la catástrofe del tsunami. Había estado tratando de meditar en el constante sufrimiento del mundo y allí estaba ¡impactante!  A medida que fui viendo las imágenes en la televisión sentí una fuerte conexión emocional con la situación porque había visitado y había vivido en algunas de las áreas afectadas. Al principio era difícil absorber el nivel de devastación y el sufrimiento que estaba ocurriendo, pero como había estado meditando en la compasión tenía una visión y una práctica con la que relacionarme con la situación de alguna manera, aunque pequeña.

Muchas personas con las que luego hablé del tsunami me dijeron, que les había parecido tan monumental y distante que ellos no pudieron realmente enfocar su mente alrededor de eso ni tampoco involucrarse mucho emocionalmente. Yo podía entender cuán difícil era para ellos relacionarse con la enormidad del evento especialmente si no sentían una conexión personal con el sudeste asiático.  Sin embargo, su dificultad me sacudió como un síntoma de la constante lucha que tenemos para relacionarnos con el sufrimiento de otros.

A medida que nuestra tecnología se vuelve más sofisticada, quizás pensemos que nuestras respuestas emocionales también necesitan ser más sofisticadas. Pero lo que parece mejor es el simple y directo sentimiento que no está respaldado con lógica ni retorcidos conceptos tales como “Quizás ellos se lo merecían”, o “Me alegra que no me haya pasado a mí”, o “Ellos han debido estar preparados”, o incluso “Ese es su karma”. 

Estas respuestas distorsionadas reflejan pobremente nuestro propio estado mental. Si la compasión no se siente como algo natural eso probablemente se debe a que aun estamos pensando en nosotros mismos. Queremos que se vaya el sufrimiento porque nos asusta o nos causa dolor a nivel personal. Bajo tales circunstancias, contemplar la compasión constituye la práctica ideal.

Contemplar la compasión instaura el hábito de orientar nuestros pensamientos hacia el dolor y el tormento de otros seres.  Simplemente al sentarnos con eso descubrimos que una clara y natural onda de compasión surge de las profundidades de nuestra mente.  A nosotros no nos gusta ver sufrir a otros porque tampoco nos gusta vernos sufrir a nosotros mismos.  Naturalmente queremos que cese el sufrimiento de otros ya sea el de una persona o el de 150.000 personas.

El desastre del tsunami demuestra de manera hermosa esta realidad.  Primero, fue difícil de creer lo que había sucedido; luego, una gran urgencia de compasión surgió en las mentes de las personas por todo el mundo: queríamos que cesara el sufrimiento de esos individuos.  Esa primera ola de compasión fue espontánea, no-pensada; el razonamiento aun no había entrado en escena.

La siguiente etapa fue más práctica: queríamos ayudar.  Las personas se sobrepusieron a sus dudas y comenzaron a actuar. Llegado ese punto, fuimos de la aspiración de la compasión a su actualización. Comenzaron a fluir las donaciones y poco a poco la fuerza de la compasión y el coraje eclipsaron el shock inicial del desastre.

Nuestros intentos por ayudar parecían tan pequeños comparados con la enormidad de la catástrofe; sin embargo, todos estábamos involucrándonos en lo que sentíamos en el fondo de nuestros corazones.  Esta era la energía natural de la mente en plena acción.

Algunas veces imaginamos que la compasión es una actividad noble y espiritual.  Según las enseñanzas budistas, el sincero interés y la compasión por el bienestar de otros es la fuente de la satisfacción mundana. 

Cuando tratamos de distanciarnos del dolor o de la alegría de otros estamos distanciándonos a nosotros mismos de nuestra propia felicidad, ya que la genuina alegría yace del interesarse por el bienestar de otros; de tener una compasión directa cuando atraviesan dificultades, así como deleitarnos cuando están bien. 

Al final de las prácticas budistas, dedicamos a todos los seres el mérito de lo que hemos acumulado; así es como compartimos con otros nuestra mente compasiva. Otra manera de hacerlo es deleitándonos en el mérito de otros, bien sean budas, maestros realizados, bodhisattvas o seres ordinarios involucrados en acciones benéficas.

En vez de sentirnos amenazados o celosos por el buen trabajo de otros, nosotros podemos cultivar diariamente la alegría al verlos practicar la compasión, la gentileza amorosa y la sabiduría.  Si nos deleitamos en esto, se dice que compartimos su mérito. 

He tenido la oportunidad de estudiar bajo la guía de grandes maestros de meditación, todos brillantes en su propio estilo.  Cuando por ejemplo me preguntan cómo le está yendo a alguien, si yo contesto que fulano de tal no está bien, inmediatamente se relacionan con su sufrimiento respondiendo con gentileza y compasión porque realmente no desean que nadie sufra.

Si digo que a alguien le está yendo muy bien, que está practicando o que tiene un trabajo nuevo o que está feliz con su familia, sus reacciones son básicas.  Sin excepción, responden de manera simple y honesta.  A través del simple tono de sus voces puedo escuchar el genuino deleite que están experimentando en la buena actividad de otros.  

Esta es una interesante actitud por asumir incluso cuando vemos recuentos en la televisión de otros donando dinero o trasladándose a áreas devastadas para ofrecer ayuda.  Sentir felicidad y alegría por esos seres que se involucran en algo bueno es una forma muy fácil de involucrarnos en la virtuosa mente de la compasión y la felicidad que ésta genera.

Cuando vemos o escuchamos acerca de las heroicas o beneficiosas vidas de otros, podemos utilizar eso como una oportunidad para conectarnos con nuestra compasiva mente iluminada.  

Una de las meditaciones más beneficiosas en el budismo es la de contemplar cuan afortunados somos al tener esta vida tan preciada. La muerte puede llegar de improviso, por lo tanto, no debemos perder tiempo en actividades mentales sin sentido cuando pudiésemos estar involucrándonos en el amor y la compasión. 

Este desastre nos recuerda con cuanta facilidad damos nuestra situación por sentada.  Podemos sentirnos abrumados por el acontecer diario, pero rara vez nos damos cuenta de que fundamentalmente estamos viviendo en un medio muy inestable.  La vida humana es una rica oportunidad.  Debemos utilizarla sabiamente, lo que significa hacer lo que naturalmente nuestra mente anhela hacer, extenderse a través del genuino interés y la gentileza. Peter, uno de mis estudiantes, estaba sentado tomando el desayuno en Tailandia luego de una carrera a lo largo de la playa cuando de repente, de ninguna parte, golpeó el tsunami. 

Repentinamente el entorno se convirtió en una poderosa y vívida ilustración de estas simples y profundas verdades. Me dijo que su primer pensamiento fue cuan afortunado era de estar con vida, y luego inmediatamente su corazón se abrió a todos los que estaban sufriendo a su alrededor.  Su meditación había cobrado vida. Me dijo que emocionalmente se sentía mejor equipado para lidiar con lo que estaba pasando porque había meditado sobre estos principios. 

La vida es siempre impredecible, pero sin importar qué suceda, siempre podemos depender de la compasión y el deleite. La bondad y la compasión de la respuesta mundial al tsunami demostraron la elemental energía de la apertura que está disponible para todos nosotros. 

Lo sucedido prueba que podemos ir de frente con nuestra compasión y cuidados y que está bien proclamarlo.  Se dice que una pequeña tira atada a un dedo puede poco a poco mover un tanque de aceite hacia delante.  Cada vez que mostramos compasión estamos incentivando a otros a involucrarse en liberar la energía innata de la mente, un poder que ultimadamente, es más fuerte que cualquier fuerza en la naturaleza. 

………………………..