El camino a casa
Sakyong Mipham Rimpoché
Traducción, edición y Comentario: María Mercedes Márquez
Cada vez que salgo de un retiro de meditación me golpea el nivel de velocidad y estrés en nuestro medio. No estoy hablando solamente acerca de los occidentales. La primera vez que fui a Tíbet la vida allí era muy simple, pero cuando regresé tres años más tarde, los teléfonos celulares estaban sonando y la distracción era visible incluso mientras estaba llevando a cabo ceremonias. Algo más que he notado últimamente es que somos bombardeados con malas noticias, pero la gente que yo admiro siempre se ha enfocado en las buenas noticias, que ya tenemos en nosotros nuestra sabiduría, compasión y todos los otros elementos de la iluminación.
C. No sé si lo mismo sucede en otras ciudades, pero aquí en Caracas es muy evidente entre las personas el hábito de comunicar malas noticias o de involucrarse en conversaciones negativas cuando se encuentran o se reúnen socialmente. Es más, si miramos con detenimiento nos sorprenderemos al comprobar que en la mayoría de los casos se entablan verdaderas competencias por ver quién tiene la peor noticia o quién aporta el tema más negativo. Esto no es algo de ahora, es una tendencia muy enraizada en los caraqueños que tendríamos que averiguar más a fondo a qué obedece.
En última instancia, dice el lama, el vivir en medio de tiempos estresantes no afecta nuestras cualidades iluminadas, pero sí demanda que nos involucremos más en despertarlas. Para transformar el entorno debemos comenzar con nuestra propia mente. No podemos esperar a que cambien los demás primero.
A nivel absoluto, la iluminación ya está aquí, pero a nivel relativo necesitamos ingeniar sus causas y condiciones. La mente es una situación neutra como una sábana de algodón que podemos teñir de cualquier color que queramos, pero a menos que la sostengamos, las tendencias kármicas –cualquier clase de hábitos que hayamos acumulado en el pasado- simplemente asumirán el control. La práctica del camino es tomar esa tela blanca e ir poco a poco tiñéndola como queramos.
El camino consiste en tres elementos: la visión, la meditación y la acción.
La visión es nuestra orientación y cómo orientamos nuestra vida está íntimamente conectado con nuestra motivación. Tradicionalmente, las enseñanzas budistas enumeran tres clases de motivación: pequeña, mediana y grande.
Estos niveles de motivación describen la forma en la que evolucionamos en el camino de la iluminación. Cuando nos levantamos en la mañana, ¿hacia dónde nos lleva nuestra mente? Sea a dónde sea, todo lo demás surgirá a partir de esa motivación. Si nuestra motivación es pequeña, utilizaremos nuestro día obteniendo las cosas que pensamos nos harán felices, comida, ropa y amigos. Si es un poco más grande, puede que sumemos algo de yoga para sentirnos mejor, puede que incluso lo llevemos aun más allá como para pensar acerca de las consecuencias kármicas de nuestras acciones, pero todo continúa girando alrededor de “mi”.
Con una mediana motivación ya no estamos tan centrados en nuestra propia felicidad, la base de nuestras acciones es la gentileza amorosa y la compasión. Estamos madurando. Con una mayor motivación colocamos la felicidad de otros antes que la nuestra. Esta es la motivación del Buda. Si nos levantamos en la mañana y el primer pensamiento que surge es “Hay tantos seres sintientes; incluso si soy la última persona sobre la tierra, permaneceré aquí para ayudarlos.” Esa es una gran visión. La motivación es tan sólo una actitud y no cuesta nada, entonces ¿por qué no tener una gran motivación?
¿Por qué es tan importante la visión? La visión es la forma en la que está orientada nuestra mente y esta determina lo que obtenemos. Nuestra realización está basada en el tamaño de nuestra visión. La visión de la iluminación es que nosotros estamos asumiendo el cargo de nuestro propio destino. A menos que llevemos la mente donde nosotros queremos que vaya, lo que nos rodea la llevará donde quiera.
Al orientar nuestra mente cada mañana nos estaremos dando un apoyo en el segundo elemento del camino, la meditación. La meditación es esencialmente un proceso dualista en el cual nosotros ubicamos nuestra mente en un objeto. Cuando centramos nuestra mente en algo, la mente absorbe sus cualidades porque nos estamos familiarizando con eso. Esto no es particularmente una verdad espiritual; es nuestra realidad de todos los días. Por ejemplo, si el objeto es la rabia que usted siente hacia su esposo, usted se familiariza más con la rabia, absorbiendo sus cualidades como una esponja.
Al final, esa meditación conduce a la acción. Usted le grita a su esposo o sale furiosa de la habitación.
La meditación es un enfoque pro-activo a esta realidad mental. Practicamos seleccionar el objeto, en vez de dejarnos llevar por cualquier clase de pensamientos y emociones que surjan de manera caprichosa. Inclinamos nuestra mente hacia cualidades que la lleven hacia adelante.
Comenzamos con la técnica de la estabilización llamada shámata, “permaneciendo tranquilamente”, en la cual nos enfocamos en la respiración. A través de esta práctica nuestra mente se ubica y podemos trabajar con ella. ¿Por qué es importante esto?
Nosotros pudiésemos tener buenas intenciones, pero si no podemos controlar nuestra mente nunca podremos desplegarlas. Por ejemplo, queremos ser compasivos, pero nos volvemos discursivos, nos distraemos por nuestros altibajos mentales. Antes de poder cultivar compasión necesitamos poseer nuestra mente.
Eso es lo que hacemos en la meditación estabilizadora, donde nos calmamos y experimentamos el espacio de la mente simplemente estando allí. A partir de allí, nuestra mente se torna mucho menos acelerada.
El que la mente repose tranquilamente tiene increíbles implicaciones. Si usted está presente en el momento, usted está presente en su vida y puede por lo tanto observar lo que está sucediendo en ella. Si usted puede observar lo que está sucediendo, usted puede emitir juicios y decidir hacia dónde quiere ir.
Llegado este punto –conocido como el momento presente- usted puede cambiar su karma. Usted puede reorientar todo su camino, porque en términos del futuro usted está en el asiento del chofer. Usted se está más iluminado. Usted está despertando.
Nosotros nos reorientamos activamente en la contemplación, la segunda clase de meditación, conocida como vipáshyana desarrollamos una “clara visión de cómo son las cosas” tomando a un pensamiento como el objeto de nuestra meditación.
Por ejemplo, podemos enfocarnos en nuestra motivación planteándolo de manera muy simple: “Yo quiero meditar”, “Quiero desarrollar la compasión,” “Quiero andar el camino de la iluminación,” o “Quiero llegar a ser un iluminado.”
En otros momentos pudiésemos contemplar alguna cualidad –la generosidad, la diligencia, la disciplina o la paciencia- las cuales pudiesen apoyar nuestra motivación.
Esta es la práctica de fabricar nuestras cualidades iluminadas de modo que nuestra mente se oriente naturalmente en esa dirección. Sabemos que somos compasivos de manera innata, y también sabemos que no nos sentimos bien porque hay un bloqueo, de modo que ideamos nuestra naturaleza búdica a fin de que esta se revele. A esto lo llamamos comprensión o entendimiento relativo.
Puede que esa comprensión o entendimiento sea breve, pero no debemos desanimarnos. Al familiarizarnos con la visión estamos clarificando nuestro futuro.
Una cosa es tener la actitud de la iluminación y otra cosa es actuar de manera iluminada. Esto viene a ser lo que llamamos la conducta o la actividad, el tercer elemento del camino del practicante. Si tenemos una comprensión apropiada de nuestra motivación y estamos acostumbrándonos a nuestras cualidades iluminadas, hay muchas probabilidades de que podamos lidiar con el ritmo acelerado de la vida y el estrés de manera más efectiva.
Primero podemos crear espacio en nuestra mente para ver dónde estamos. Luego podemos reorientarnos recordándonos lo que estamos haciendo. Eso nos permite decirnos algo como “Seguro. Estoy cansado, tengo prisa y mi teléfono está sonando de nuevo.
Sin embargo, puedo permanecer en el camino centrado con el diez por ciento de mi mente que realmente quiere hacer esto.” Mientras más desarrollemos las herramientas para seguir adelante en el mismo momento, menos influencia tendrá el restante noventa por ciento de nuestra mente.
Nuestra tendencia kármica para sumergirnos en la agitación y la mentalidad discursiva decrecerán progresivamente.
Visión, meditación y conducta nos proporcionan una forma de recordar lo que estamos haciendo, por qué lo estamos haciendo y luego desplegar nuestra propia iluminación. Al hacerlo estamos andando en el camino.
Estamos progresando.