“ABRA SU MENTE”

Abra su mente

Tarthang Tulku 

Extractos de su libro del mismo nombre

Traducción y edición: María Mercedes Márquez 

Enero, 2001

Maestro tibetano educado dentro de la tradición budista, Tarthang Tulku es mundialmente conocido como profesor innovador. Algunas de sus enseñanzas impartidas en el Instituto Nyngma, en Berkeley, California, fueron publicadas bajo el título “Abra su mente”. A través de este taller, tendremos la oportunidad de aproximarnos a ellas. A continuación, fragmentos y comentarios de la introducción del libro hecha por el Dr. Herbert V. Guenther.

Del contacto con las enseñanzas de Tarthang Tulku algo nos queda muy claro y esto es que, cuando el conocimiento es producto de la experiencia de vida se puede transmitir sin esfuerzo como parte de un proceso creativo sin fin.  En  las  enseñanzas budistas se destaca la importancia de aprender, no en el sentido de acumular datos -aunque obviamente es indispensable en el proceso de aprendizaje- sino más bien como un esfuerzo por entender.

Escuchamos acerca de “la experiencia”  entendiendo por ello, la fuente de todo aprendizaje que insiste en lo cualitativo como parte integral de la vida.  Estamos hablando de la experiencia antes de ser encausada a través del conocido patrón del pensamiento ordinario que todo lo vuelve cuantificable y mensurable, en datos aislados e inanimados que le quitan lo cualitativo a la vida. Nos damos cuenta de que se requiere otra forma de enfocar la experiencia, necesitamos del enfoque meditativo, es decir, de una actitud centrada en el aprendizaje, en una atenta concentración en una cosa o una situación, para lograr percibir su naturaleza intrínseca y poder manejarla eficientemente.

Al plantearnos nuestra existencia como una fuente inagotable de oportunidades para aprender de la experiencia, ésta se revela como una espectacular red de situaciones interconectadas e interdependientes, donde, si estamos atentos y centrados, podemos obtener conocimiento de primera mano que nos abre a su vez a más profundos niveles de conciencia.

Comúnmente estamos dispersos y fragmentados en toda situación; a través de la actitud meditativa aprendemos a centrarnos en cada situación y apreciar sus posibilidades.  Basados en este conocimiento, aprendemos igualmente a actuar apropiadamente, a no violentar el delicado tejido de las situaciones de la vida.

¿Qué entendemos por conocimiento?

Comúnmente entendido, es más bien una cierta acumulación de datos respecto a algo específico. Estos datos suelen ser de carácter informativo, es decir, conocimiento racional producto de la acumulación de información intelectual. También puede ser de carácter práctico respecto a algo como por ejemplo el campesino que sabe como sembrar, o conocimiento de carácter emocional o sentimental producto de la propia experiencia.

En todos estos casos hemos abordado la experiencia para obtener el conocimiento desde algún segmento de nosotros mismos  y no desde la totalidad, y en lugar de la apertura y el espacio mental, son nuestra ideas pre-concebidas, nuestros patrones de comportamiento, nuestros juicios de valores, nuestras simpatías o rechazos, todos nuestros hábitos, los que han teñido en una u otra forma, la transparencia básica de esa experiencia-conocimiento.

En estas enseñanzas se está planteando el conocimiento como producto de la experiencia de vida, pero abordando la experiencia de vida desde otra perspectiva, desde la perspectiva meditativa. 

En este sentido, “meditación” es una manera de experimentar cualquier situación en la que podamos encontrarnos, y siendo algo eminentemente práctico, nos ayuda a desarrollar conciencia a través de la práctica constante de la atención, del discernimiento intuitivo y la apertura.

El desarrollo del ser humano es un continuo proceso de expansión hacia horizontes cada vez más amplios, donde, estando atentos a cada paso, igualmente nos dejamos deslumbrar por la maravilla de la totalidad.

¿Y qué significa estar vivos?

Para unos es lo contrario de, o simplemente no estar muertos.  Para otros, respirar, movernos, interactuar con los demás, sentir, pensar.  Pero, aún cuando todos estos aspectos forman parte de la experiencia de estar vivos, son sólo eso, fragmentos de una totalidad.

Por otra parte, nos estamos respondiendo a partir de acciones orientadas hacia fuera de nosotros mismos y en función de otros, pero la experiencia de estar vivos comienza y termina por ser una experiencia propia y única de cada ser, condicionada por la calidad de su percepción, es decir, la percepción condiciona la experiencia, nosotros creamos nuestra propia experiencia, nosotros creamos nuestras propias circunstancias, nuestra propia vida. 

Aprendiendo mediante la experiencia

La mediación es una manera de abrir nuestra vida a la riqueza de la experiencia, no una práctica esotérica limitada a ciertos tiempos y lugares.  Ya sea que vivamos en la quietud del campo o en el alboroto de la ciudad, la meditación puede convertirse en un estilo de vida.  En este tipo de meditación nos entrenamos en abarcar y aprender de todas nuestras experiencias. 

Esto supone un estado de conciencia en todo lo que hacemos. Todo se incluye en la meditación: desde el simple acto de levantarse cada mañana hasta nuestros sueños nocturnos. Aprendemos a abrir nuestros sentidos a cada matiz de la experiencia, conscientes incluso, de los más mínimos aspectos de nuestra vida como la forma en que caminamos y cómo hablamos con los demás, cómo vivimos, qué está sucediendo en nuestra vida, cómo nos afecta nuestra experiencia... éste es el fundamento de la realidad y la fuente de la conciencia espiritual.

Es posible cultivar esta conciencia en todos los aspectos de nuestra vida  -en el trabajo, en nuestras relaciones, e incluso en nuestras habilidades.  Todos éstos son maestros potenciales a los cuales podemos abrirnos y de quienes podemos aprender cuando vemos las posibilidades de crecimiento que existen en todo lo que hacemos.  A medida que aprendemos de nuestra experiencia, nuestro aprecio por la vida aumenta; nuestros sentidos se vuelven más agudos; nuestra mente se vuelve más clara y perceptiva. 

Desarrollar la conciencia, la concentración, la honestidad, la compasión y la apertura, puede ser una experiencia reveladora que no sólo nos beneficiará a nosotros mismos sino que creará en nosotros cualidades que pueden servir de guía a quienes nos rodean. A medida que nuestra conciencia se desarrolla, todo nuestro marco de referencia se va transformando. Podemos ver la interrelación que hay entre el pensamiento y la acción, y, en consecuencia, tenemos más sensibilidad al comunicarnos con los demás.

Nuestras observaciones penetran a niveles más profundos: descubrimos cómo se producen los sentimientos y cómo funciona el pensamiento.  Cuando nuestra conciencia se desarrolla más aún, podemos incluso percibir el vínculo que hay entre el pasado, el presente y el futuro, y, en consecuencia, aprender a dirigir nuestras acciones de manera tal que nuestra vida nos satisfaga y sea plena.

Sin embargo, al comienzo nuestra visión es limitada: no es fácil saber cuáles serán los resultados de nuestras acciones.  Podemos seguir las directrices de la sociedad, pero pocas de ellas han sido creadas con algo más que un propósito miope y con un resultado a la vista.

 Así pues, aunque los resultados de nuestras acciones puedan parecer buenos en determinado momento, a la larga pueden ser dañinos.  Entonces, en un momento de frustración, podemos forzar las situaciones y empeorar el resultado.

Cuando estamos concientes se abre nuestra visión hacia una acción más constructiva  y la paciencia permite que nuestra visión funcione.  La paciencia actúa en silencio, como un agente secreto, y nos protege de caer en la acción inútil y en el desespero.  Cuando concientemente desarrollamos la paciencia, ésta puede volverse una respuesta natural y apropiada a cada nueva situación, nos fortalecemos aún para las circunstancias más difíciles.

Cuando la paciencia se desarrolla intensamente, la conciencia aparece incluso en nuestros aspectos negativos. Vemos que todo lo que sucede es una manifestación de la energía, la cual es, en sí misma, una forma de conciencia y nos damos cuenta de que toda experiencia, durante todas las veinticuatro horas del día, es parte de la naturaleza de la iluminación. 

A esta conciencia pueden llegar todos los que la buscan, siempre puede llegarse a ella ahondando en la naturaleza de la experiencia.  Nuestra experiencia puede llevarnos mucho más allá de nuestra manera usual de pensar, de ver y de ser.  Puede llevarnos a la misma iluminación.

Cuando llegamos a un estado de verdadera conciencia, nos volvemos como flores de loto: el loto es puro y bello, aunque crece en el fango.  Una vez que somos concientes, podemos funcionar adecuadamente aún en medio de la confusión del mundo.  Nuestra actitud positiva nos beneficia a nosotros y beneficia a los demás, vivimos la verdad que hemos adquirido. 

El samsara es como una fruta venenosa. 

Nos la comemos con gusto, pero al final nos ha de matar, a menos que podamos transmutar su veneno.  Nada relacionado con el samsara puede, finalmente, darnos libertad y felicidad o verdaderamente satisfacer nuestros deseos.  Pero cuando vivimos concientemente, el veneno no nos hace daño porque el nirvana puede ser vivido dentro del samsara.  Son lo mismo.

Sin embargo, esto puede ser muy difícil de comprender si no sabemos primero cómo transmutar las emociones y cómo superar nuestros obstáculos.  Cuando estemos en capacidad de hacer esto, entonces todo lo que hagamos nos será útil, pero hasta que eso ocurra, aunque muchas de nuestras actividades nos puedan parecer satisfactorias, sólo estaremos acumulando karma –más necesidades y más obstáculos.

Comenzamos entonces por aprender cómo funciona el samsara, cómo es que acumulamos dolor y frustración. Comenzamos a darnos cuenta de que no hay paz, no hay placer, no hay nada deseable en nuestra manera de vivir, y de que nuestra experiencia, de una u otra manera, siempre se echa a perder por la preocupación, la culpa o la ansiedad. 

Cuando nos damos cuenta de esto, vemos que no hay otra alternativa que despertar, ya no podemos volver a nuestra ignorancia. Podemos decir que el samsara es nuestro campo de entrenamiento, pero sin embargo, vemos como no nos deja en paz.  Sufrimos, envejecemos y finalmente morimos.  Todo el mundo tiene que pasar por esto pero muy pocos pueden aceptar esta verdad.

La impermanencia es una de las causas de sufrimiento, y la ansiedad mental puede parecer aún más dolorosa que la enfermedad física.  Por eso tenemos que aceptar la responsabilidad de nuestros compromisos y de nuestro karma. Que seamos o no seamos libres, depende de nuestro punto de vista y de nuestra manera de trabajar en el mundo. 

Podemos aprender a transformar las situaciones negativas. Incluso el más bello cuerpo humano será destruido. Si nuestro cuerpo es como una casa alquilada, a menos que lo usemos no tiene ningún valor para nosotros.  Pero es importante saber utilizar nuestra vida constructivamente.

 La vida es temporal y muy valiosa.  No tenemos mucho tiempo para perder. 

Podemos utilizar bien nuestra vida o perder el tiempo buscando placeres y satisfacciones que simplemente aumentan nuestros deseos y nuestra frustración cuando no podemos alcanzarlos. 

Si aprendemos a estar satisfechos en todo momento, jamás perderemos el tiempo. Una vez que el deseo inicial de despertar aparece en nosotros, algo pasa inconscientemente dentro de nosotros.

Puede que al principio vayamos en contra de este deseo y creemos más sufrimiento, pero es a través de este sufrimiento que podemos eliminar muchos obstáculos y despertar.  Una vez que comencemos a buscar el despertar, no hay manera de ir atrás.  La influencia positiva de este deseo de despertar es muy grande, pero tenemos que aprender a proceder más eficazmente.  Nuestras intenciones pueden ser buenas, pero llevarlas a cabo puede ser difícil. 

Es importante que tengamos claro que la insatisfacción y el desapego son muy diferentes.  La insatisfacción quizá nos lleve a renunciar a aquello que realmente no nos place.  Es muy fácil renunciar a algo que no nos satisface, pero es difícil renunciar a otras cosas.  Comer, dormir y divertirnos es muy importante para nosotros.  Pensamos que si nos privamos del placer, entonces ¿qué tenemos?  Las  enseñanzas nos aconsejan que entendamos a fondo nuestro sufrimiento para que no lo necesitemos

Cuando más dispuestos estemos a admitir la realidad del sufrimiento en nuestra vida, más necesario es mas.

Con frecuencia nosotros mismos nos impedimos ver nuestra situación con claridad; no queremos aceptar la responsabilidad de nuestros actos, o nos da miedo cambiar porque es demasiado amenazante para nuestra seguridad.  El sufrimiento puede ser el único camino para despertarnos y ver claramente la naturaleza samsárica de nuestra condición. Debemos hacer algo al respecto. Podemos entender muchísimo simplemente estudiando las experiencias de nuestra propia vida. 

Buda mismo adquirió sabiduría a través del curso natural de su vida, pero en esa forma se gasta mucho tiempo, de modo que podríamos aprovechar las enseñanzas de Buda.

Sin embargo, los occidentales suelen tener la idea de que el budismo es una religión, que uno tiene que creer ciegamente sin entender, que uno tiene que seguir las reglas de otra persona,   pero esto es un error: el budismo o el dharma, es realmente el entendimiento de la realidad y es verificable a través de nuestra propia experiencia. 

El dharma de Buda puede aplicarse a todo el mundo.  Todos los seres humanos tienen la oportunidad de experimentar por sí mismos la verdad de lo que Buda descubrió.

La autoimagen

Nuestro estado natural de ser es un estado de mera conciencia, una conciencia que no es de nada en particular sino que es un estado de conciencia pura que lo abarca todo.  En este estado de conciencia, nuestra mente es equilibrada, ligera, libre y flexible.  Sin embargo no somos capaces de mantenernos en ese estado porque tenemos la tendencia a querer saber todo el tiempo quién está experimentando qué.  

Como resultado de esto, la conciencia básica da paso a nuestra conciencia común y corriente, la cual divide nuestras percepciones en sujeto y objeto, creando como sujeto una ‘autoimagen’ lo que nombramos ‘yo’. Pero ¿qué es realmente este yo?  ¿Podemos realmente encontrarlo en cualquier parte de la mente?

Cuando miramos cuidadosamente vemos que el ‘yo’ es simplemente una imagen que la mente ha proyectado.  Este ‘yo’ no tiene realidad en sí mismo pero lo tomamos como real y dejamos que maneje nuestra vida. El ‘yo’ oscurece nuestra conciencia y nos separa de nuestra experiencia, dividiéndola, pues establece una dualidad al crear  un polo subjetivo y un polo objetivo que actúan como filtros a través de los cuales percibimos la experiencia.

Bajo la influencia de la autoimagen perpetuamos esta orientación sujeto-objeto.  Valiéndonos de nuestra conciencia común y corriente, apenas identificamos, comenzamos a comparar, y a esto siguen diversos estilos codicia y egoísmo. A continuación la mente hace discriminaciones y juzga, lo cual causa conflictos. 

La autoimagen estimula estos conflictos, y ellos a su vez, alimentan la autoimagen.  Así, la autoimagen se perpetúa y tiende a filtrar la experiencia en formas que sólo le dan cabida a sus rígidas construcciones.

Sin apertura y sin aceptación, la autoimagen nos aprisiona obstaculizándonos y coartándonos.  Nuestro flujo natural de energía se interrumpe, y el alcance de nuestra sensibilidad y la profundidad de nuestra experiencia se ven seriamente limitados.

Para liberarnos de la intromisión de la autoimagen a fin de que nuestro equilibrio natural pueda funcionar, tenemos que comprender que la autoimagen  que hemos construido,  no es una parte real de nosotros mismos, que no la necesitamos para vivir, y que en realidad, la autoimagen oscurece nuestro verdadero ser.

Una manera de verlo es tomando distancia y observando nuestros pensamientos cuando por ejemplo, nos hallamos en estado de conmoción emocional. Aunque estemos alterados, podemos separarnos del dolor de la emoción. 

Tome distancia y realmente observe el dolor.  Usted se dará cuenta de que la alteración es realmente una maniobra de la imagen de sí mismo que usted ha construido.  Es posible que llegue a ver que gran parte de su desdicha es el resultado de que la autoimagen le he hecho tener expectativas que no se podían satisfacer.

La autoimagen es un tipo de fantasía en sí misma, y por tanto, tiende a construir un mundo de fantasía.  El fantasear despierta una gran cantidad de energía, y cuando las fantasías no se convierten en realidad, la energía se bloquea y se convierte en frustración. Podemos encontrar toda clase de razones lógicas para explicar nuestras dificultades, pero una mirada honesta nos hará superar estas razones y descubrir, que nuestra desdicha proviene de identificarnos con nuestra la imagen que tenemos de nosotros mismos y de seguir sus órdenes. 

La autoimagen nos domina y nos controla, nos atrapa en su poder y nos hace perder nuestra independencia humana. Aunque nos demos cuenta de la situación en que nos hallamos y tratemos concientemente de poner fin a nuestro sufrimiento, nuestra autoimagen con frecuencia nos lleva a repetir nuestras experiencias dolorosas una y otra vez.

Es posible que no tengamos deseos de cambiar.  Nuestro apego a la autoimagen es poderoso: quizás no queramos buscar nuevas alternativas porque presentimos una posible pérdida de aquello que tenemos por nuestra ‘identidad’. En realidad, solemos aferrarnos a nuestro sufrimiento porque éste parece brindarnos más seguridad que el abrirnos al verdadero cambio, pero, para experimentar en nuestra vida auténtico equilibrio y felicidad, tenemos que trascender la causa-raíz de nuestro sufrimiento:  la imagen que tenemos de nosotros mismos.

En el momento en que dejamos de estar al servicio de la autoimagen y de sus necesidades, todas nuestras dificultades desaparecen y nuestra energía se libera y fluye tranquilamente.  Esta energía puede entonces utilizarse para incrementar el conocimiento que tenemos de nosotros mismos.

Analice sus emociones e intencionalmente haga que sean lo más vívidas posible dejando que las sensaciones se hagan cada vez más intensas.  Observe la naturaleza codiciosa de la autoimagen: siempre está haciendo exigencias, siempre quiere más y más. Alimentando la autoimagen perpetuamos lo que jamás podemos satisfacer esencialmente.  Al final, se nos dificulta encontrar cualquier satisfacción porque la codicia convierte la satisfacción en frustración.

La frustración conduce a los sentimientos negativos, pero toda negatividad está en conflicto con la cualidad positiva inherente a la energía mental.

La transformación de los sentimientos negativos tiene lugar de manera natural cuando cultivamos una actitud positiva y de aceptación hacia toda experiencia.  La energía resultante puede volvernos más creativos, más concientes, más abiertos al aprendizaje.  Esta energía puede contrarrestar la acción de la En cuanto percibimos la verdadera naturaleza de la autoimagen, nos damos cuenta de que podemos cambiar, que podemos llegar a ser más flexibles en nuestras actitudes sin tener que renunciar a nada.  Este cambio es posible porque nuestra conciencia no es algo estático sino flexible por naturaleza.

Adoptando nuevas perspectivas podemos desarrollar esta flexibilidad natural.  Por ejemplo, cada vez que se sienta desdichado, diga:  ‘Soy feliz’.  Dígalo para usted mismo con fuerza aunque sus sentimientos contradigan esa aseveración.  Recuerde que es su autoimagen la que se siente desgraciada, no usted.  Es posible dar un giro instantáneo hacia una actitud feliz y equilibrada y quedarse allí, simplemente creyendo en ella. Cuando uno está abierto a una actitud positiva, uno tiene la facultad de escoger.  La calidad de su interior puede cambiar aunque las condiciones externas no cambien.

Otra manera de contrarrestar la autoimagen es sumergirse en la desdicha, sentirla y creer que es verdadera y después dar un salto rápido, eléctrico, como un pez que se lanza al agua, hacia la felicidad.

Primero, viva la experiencia, acéptela completamente.  Después, salte hacia el extremo opuesto.  ¿Cómo es?  Es posible ver claramente la diferencia entre la experiencia positiva y la negativa y a veces experimentar ambas al mismo tiempo.  Al saltar mentalmente de la positiva a la negativa y lo contrario, se puede ver que ambas son manifestaciones de la conciencia, y que, como tales, tienen una energía ‘neutral’ que puede usarse de cualquier manera.

Al comienzo, trate de adquirir destreza en la técnica de saltar de un extremo al otro.  Se dará cuenta de que lo que está sintiendo ahora y de lo que sentía antes, y a veces sentirá las dos situaciones diferentes simultáneamente.  Esta técnica nos enseña a aceptar, y nos permite tener sentimientos positivos sobre cualquier experiencia que tengamos. La elección es nuestra: podemos continuar tras la autoimagen que nos aprisiona o desarrollar una actitud positiva que nos trae alegría, plenitud y totalidad. 

Desde el lado positivo, no hay expectativas, ni frustraciones, ni una autoimagen dominante que nos aleje de la proximidad de nuestro ser. Los obstáculos y las distracciones ya no dividen nuestros sentimientos ni nuestra mente.  Nos hallamos equilibrados y nos sentimos completos tal como estamos.  No importa en qué situación nos hallemos, podemos escoger nuestro entorno mental, y escoger el equilibrio le dará propósito a la vida.  La elección es nuestra, lo único que tenemos de hacer es escoger el camino de la libertad.

El cambio individual

Algo común en nuestras vidas es la frustración, ésta proyecta una sombra sobre nuestros ratos libres y nuestro trabajo.  Aunque nuestra vida pueda parecer feliz en la superficie, bajo la superficie podría haber un profundo sentimiento de insatisfacción, de que algo está incompleto, un sentimiento al cual no le encontramos causa definida.

Sin embargo, cuando pensamos en ello, nos damos cuenta de que esta sensación viene de saber que no estamos utilizando nuestra vida tan productivamente como podríamos. Es muy fácil dejar para después lo que es importante y significativo para nuestra vida.  Pero dejar las cosas para el futuro es como esperar un autobús que nunca llega. 

A menos que comencemos pronto a hacer lo que sentimos que es importante, no llegaremos a ninguna parte, pero proceder así no es nada fácil porque significa tomar las riendas de nuestra vida y aprender a ser honestos con nosotros mismos en formas insólitas. Sin saberlo hemos desarrollado patrones de acción que han llegado a tomar fuerza propia.  Después nos damos cuenta con sorpresa, de  que esta fuerza, el karma, se ha hecho cargo de manera muy real de conducir nuestra vida en una forma casi automática, y que hemos perdido el control de la dirección de nuestra vida.

Dejamos perder las oportunidades, y esta pérdida también forma un patrón; el resto de la vida se nos puede ir en vivir según patrones que no tienen ningún propósito.  Esta pérdida de control se presenta en formas sutiles pero definitivas. Por ejemplo, no hacer lo que debemos hacer fortalece el patrón de evadir hacer las cosas, lo cual se vuelve un hábito.

Comenzamos a eludir automáticamente cualquier cosa ligeramente difícil o desagradable y desperdiciamos oportunidades retadoras y productivas, pues el patrón de evadir hacer las cosas toma las decisiones por nosotros.  Cuando el patrón se fortalece, nos debilitamos más aún.

Con el tiempo estos patrones se fortalecen en forma creciente. 

Eso es karma y es una parte del proceso de la vida.  Debido a ese karma, cada vez nos cuesta más trabajo lograr nuestros objetivos, nuestra realización y nuestro progreso espiritual.  Nuestra vida no es verdaderamente sana, sin embargo, hemos interiorizado hasta tal punto estos patrones a pesar de ser malsanos, que no es fácil cambiar.  Este patrón de comportamiento, sin que nos demos cuenta, se ha vuelto parte de nosotros.

¿Cómo podemos deshacernos de estos patrones?

Primero, tenemos simplemente que reconocerlos. Después, identificando nuestros hábitos, podemos quitarles su secreto poder de determinar nuestra vida.  Esto puede poner fin a nuestras excusas y permitirnos asumir la responsabilidad honesta y activa de nuestra vida –cambiar nuestra tendencia a anhelar pasivamente un lugar perfecto, un paraíso en donde la vida esté libre de problemas.

Este cambio no es posible de la noche a la mañana, pero podemos dar comienzo a un proceso que irá tomando ímpetu y que nos dará una solidez y una autenticidad que nos ayudarán a llegar a ser más vitales y más equilibrados.

Lo primero es romper el patrón de evadir hacer lo que tenemos que hacer.  Podemos concentrarnos constantemente en el trabajo que no queremos hacer y después meditar despreocupadamente sobre las emociones que surgen al hacer este trabajo, emociones como la ira y la frustración.

Viva estas emociones; degústelas a través de la meditación.  Siga haciéndolo hasta que tenga una sensación que viene de más allá de la emoción original, una sensación que se manifiesta al principio como tirantez o tensión. A medida que usted penetre en su resistencia, es posible que la sensación se vaya intensificando.  Finalmente, usted reconocerá que la sensación es de miedo.  El miedo es elusivo. La mayoría de nosotros no aceptamos fácilmente que el miedo guía nuestras elecciones y acciones.

La sensación de ejercer el control de nuestra vida es parte de nuestra querida autoimagen, a la que deseamos proteger.  Nos sentimos seguros en nuestros patrones establecidos, y tememos lo incierto y lo desconocido como algo que amenaza estos patrones. Cediendo a este miedo, aunque no tomemos conciencia de ello, lo reforzamos.  Así, el miedo crea más miedo, y se vuelve una sutil fuerza impulsora.  Lo que puede parecernos una situación que no controlamos, en realidad puede ser nuestro miedo a enfrentar lo que tenemos dentro.  Este miedo puede impregnar nuestra vida.

Cuando nos ponemos en contacto con nuestro miedo y lo reconocemos, podemos ver que gran parte de nuestras racionalizaciones, de nuestros gustos y disgustos baladíes, incluso de nuestros rasgos de carácter que tanto nos deleitan, son todos simples mecanismos de apoyo del ego, cuyo propósito es ayudar a esconder el hecho de que nos hemos rendido al miedo.

Estas inclinaciones aparentemente inofensivas revelan su verdadero poder como patrones kármicos en acción –patrones que han ocultado nuestras verdaderas motivaciones con tanta habilidad que hemos perdido la capacidad de ser verdaderamente honestos con nosotros mismos. 

Cuando nos damos cuenta de esto, debemos actuar inmediatamente, pues entonces es cuando tenemos el conocimiento y la oportunidad de superar nuestras limitaciones.

Para romper estos patrones tenemos que vivir nuestro miedo directamente, podemos desafiar el concepto del miedo penetrando en él mediante la actitud meditativa. Cuando la conciencia penetra en la emoción, dejamos de denominar miedo a esta sensación, y nos damos cuenta de que lo que estamos sintiendo es sencillamente energía.

La tensión que nos rodea se deshace y nos permite relajarnos y liberar la energía.  Esta liberación nos deja calmados y en paz con nosotros mismos.

Analizando el miedo a través de la actitud meditativa,  podemos aprender a ser eficientes en situaciones en que antes no podíamos ni siquiera actuar; lo único que tenemos que hacer es ponernos en contacto con esas situaciones de manera directa: con paciencia, tranquilidad  y confianza.  Así, podemos dirigir nuestras acciones y nuestra vida. Si entendemos el patrón del karma, podemos hacer que la vida sea una gran oportunidad.

La existencia humana es algo precioso; al liberarnos de nuestras respuestas automáticas podemos realizar su potencial ilimitado. 

Sólo se trata de encontrar los lugares silenciosos que se hallan más allá de los patrones, de ponernos en contacto con nuestra verdadera naturaleza, y después, de alimentar su crecimiento. 

Esto es posible si somos honestos con nosotros mismos.  Romper estos viejos patrones no es cuestión de un día, lo podemos lograr cuando, momento a momento, aprendemos a mantener el equilibrio en nuestra vida.

Cómo transformar el miedo

Desde nuestra infancia con el miedo a la oscuridad, hasta la vejez con el miedo a la muerte, nos acostumbramos a ver la presencia  del miedo como algo normal en nuestras vidas, pero cuando decidimos analizarlo, cuando lo estudiamos calmadamente, descubrimos que el miedo es una creación de nuestra mente. Denominamos ‘miedo’ a cierto sentimiento al que le atribuimos un carácter específico y establecemos reglas acerca de cómo vamos a reaccionar ante él.  Creamos así el patrón del miedo y vivimos pensando que tiene realidad propia cuando en verdad, nosotros lo hemos inventado.

El tratar de entender las ‘razones’ del miedo en un intento por controlarlo, sólo ataca los síntomas, no las causas.  La verdadera fuente de nuestros temores está en la mente, y al agregarle más pensamientos y conceptos sólo estamos apoyando el patrón del temor.  Necesitamos un enfoque diferente.  Necesitamos el enfoque meditativo. El temor no es nada más que energía mal empleada, una proyección mental, una idea. 

Cuando nuestro cuerpo reacciona al temor, el cuerpo en sí no tiene miedo, el miedo proviene de conceptos y pensamientos que hemos aprendido a asociar a esta reacción.  Aunque un concepto no puede existir como entidad física, puede ser tan convincente que terminamos creyendo en él, y cuando creemos en él, le damos poder sobre nosotros, lo dotamos de un poder que en sí no tiene.

La sombra del miedo está siempre escondida en el vacío que hay entre nuestros dos mundos, el subjetivo y el objetivo. Tememos perdernos, perder nuestra identidad.  Tenemos tal apego a nuestros conceptos de quién y qué somos, que tememos su posible desintegración.  A través de la meditación podemos disminuir el dominio que el miedo ejerce sobre nosotros.

La meditación relaja un poco nuestra habitual orientación sujeto-objeto. Durante la meditación, el diálogo interno se silencia, y cuando los pensamientos surgen, no los seguimos ni los interpretamos.  De esta manera, cuando el miedo o cualquier otro tipo de pensamiento nos asalta, simplemente lo dejamos ir y venir, lo dejamos ser, permaneciendo nosotros relajados y en calma.

Podemos dejar que el  miedo pase a través de nosotros, dejando imperturbable el estado meditativo. Podemos recordar que el miedo no existe hasta que nosotros rotulamos una sensación y la objetivizamos como tal.  Cuando podemos dejar a un lado nuestros conceptos y nuestras expectativas, no tenemos nada que temer.

Cuando observamos nuestros temores, podemos ver que éstos no forman parte de nuestra naturaleza sino que son patrones que hemos construido. 

El simple hecho de reconocer el patrón del miedo nos ayuda a entender que nos está atrapando una ilusión.  Entendiendo esto, podemos relajarnos y comenzar a abrirnos a la energía de nuestro corazón.  Esto es señal de que hemos hecho de nuestra experiencia, nuestra meditación.  Nos abrimos en forma natural a más experiencia, confiados en nuestra actitud meditativa y en su poder de recuperación.

Ver que nuestro miedo no hace más que limitar nuestra energía puede darnos una gran fortaleza y un gran poder y permitirnos descubrir el verdadero dinamismo de nuestra conciencia.  Nada en el mundo físico puede protegernos del miedo; nuestra verdadera protección está en  superar el miedo mediante la meditación.

Cuando practicamos, a veces nos parece que tenemos demonios y temores reales.  Como simples hechos mentales, podemos controlarlos, pero cuando se presentan situaciones atemorizantes, es más difícil hacerle frente al miedo.  Puede que no se trate de demonios de carne y hueso, pero pueden surgir obstáculos de toda clase.  Aunque no tengan sustancia, cuando los aceptamos como reales, los convertimos en algo real. Apenas vemos que los problemas comienzan a surgir, podemos actuar; cuando siempre estamos alertas a los obstáculos, podemos desafiarlos y protegernos.

Pensemos en la muerte por ejemplo.  No nos gusta pensar en ella, pero llegará el momento en que tendremos que separarnos de nuestro cuerpo, cuando nos encontremos solos en nuestra conciencia.  Al final, nuestra vida parecerá como el sueño de una noche –un sueño muy largo, con todo tipo de experiencias, pero aún así, el sueño de una noche. No es agradable pensar que tendremos que morir, pero si superamos nuestra renuencia a pensar en ello, y desarrollamos conciencia de la muerte, podemos protegernos del miedo y de la confusión mental que nos embargan cuando la muerte nos llega inesperadamente.

Súbitamente nos vemos forzados a renunciar a nuestra familia, a nuestros amigos, a aquellos a quienes queremos, a nuestras posesiones.  Cuando la muerte nos llega, nada puede ayudarnos: en ese momento, la inteligencia, la belleza, el dinero y el poder de nada nos sirven. 

Nos volvemos a dar cuenta de cuán bello es nuestro mundo: los jardines, los árboles, las montañas, la gente  -y a esta percepción le sigue el profundo pesar de que sólo apreciamos realmente la vida cuando estamos al borde de la muerte. 

La vida es increíblemente bella, pero tenemos que dejar este lugar maravilloso y ni siquiera podemos llevar nuestro cuerpo con nosotros.

El miedo a la muerte es extremadamente poderoso, es más intenso que cualquier otra emoción. Cuando enfrentamos la muerte, podemos tratar de no hacer caso de ella o rezar, pero nada ayuda realmente.  Más fuerte aún que el dolor físico es el dolor del miedo.  Incluso la palabra ‘muerte’ parece aterradora porque tiene la connotación de un fin.

Puede que creamos que la conciencia y el cuerpo son lo mismo y que si el cuerpo muere, entonces la conciencia también debe cesar.  Aunque creamos que nuestra conciencia sobrevive después de la muerte del cuerpo, sabemos que en la muerte deben separarse, y la idea de prescindir de nuestro cuerpo nos hace sentir muy perdidos y temerosos.

Sin embargo, a medida que aumenta nuestra comprensión del significado de la existencia humana, podemos ver que la muerte no es una separación sino una transformación.  Al ampliar nuestra perspectiva, podemos ver que la vida no puede perderse y que no puede desaparecer.  Al desarrollar la comprensión, el miedo desaparece.  La muerte se convierte en una buena maestra.

La vida y la muerte son partes de un proceso indefinidamente continuo de re-creación y cambio sutiles; este proceso es como una rueda que siempre da vueltas. Una vez que hemos establecido nuestros patrones kármicos, no tenemos que darle más impulso a la rueda concientemente pues ésta gira por sí sola.

Cuando comenzamos a entender este proceso, la muerte ya no nos parece tan amenazadora porque sabemos que tendremos otra oportunidad puesto que la rueda sigue girando. Como sucede con cualquier miedo, es el rótulo el que genera el miedo, no el objeto del miedo en sí.

Cuando desistimos de ponerles nombre a nuestras experiencias: alegría o sufrimiento, juventud o vejez, vida o muerte, podemos encontrar en ellas cierto interés sin apego, jugar con ellas, incluso mirarlas a voluntad desde diferentes perspectivas; no nos domina ningún temor generado por alguna experiencia particular.  A este nivel, la muerte se convierte simplemente en otra palabra para otra experiencia.

Desafortunadamente, en Occidente la muerte es tema tabú.  Sería muy útil para nosotros que se aceptara la muerte más abiertamente como parte natural de nuestro ser, no como una gran tragedia. 

Al entender la impermanencia de la vida , podemos valorar plenamente cada momento.  La conciencia de la muerte nos enseña a disfrutar la vida, no en forma posesiva o emocional, sino simplemente llenándonos de la belleza y de la creatividad de vivir plenamente. A medida que nos damos cuenta de la responsabilidad que tenemos de hacer lo mejor posible con nuestra vida, podemos manejar más fácilmente la idea de la muerte. 

Cuando vemos la muerte como una transformación más que como un fin, el omnipresente miedo a la muerte pierde su dominio sobre nosotros, y la energía que antes quedaba bloqueada por el miedo puede ahora utilizarse para estar más concientes de la belleza intrínseca que hay en la rica textura de nuestra experiencia.  A la hora de la muerte no tendremos que lamentar nada.  Nos conoceremos como parte de todo lo que es, parte del cosmos, tanto en esta vida como después.

Nuestro cuerpo es un vehículo precioso para el crecimiento y la experiencia, el único medio por el cual puede darse la revelación, pero tenemos que usarlo para este propósito porque a la hora de la muerte nuestra mejor amiga es una mente despierta. En consecuencia, nuestro objetivo es fortalecer nuestra meditación, hacer de nuestra mente un cristal para que no haya separación entre lo de adentro y lo de afuera. 

Entonces, con una nueva percepción de la naturaleza de la iluminación, todos los miedos desaparecen, hasta el más tremendo de ellos, el miedo a la muerte.  Se abren los canales hacia el descubrimiento de nosotros mismos y todo nuestro ser cambia.  Antes vivíamos un sueño agitado, de temores, ahora comenzamos a despertar.  Cuando hayamos despertado totalmente, tomaremos conciencia de que ésta es la calidad natural de nuestra mente.

La meditación: no la interfiera

Buda enseñó una manera de vivir, una vía para vivir una vida equilibrada, pacífica y útil, un sendero que nos proporciona una vía de escape para librarnos de la interminable serie de problemas y luchas que enfrentamos en la vida.  En la meditación podemos encontrar este sendero, un medio que nos abre a lo que es el despertar.

Aunque la meditación es realmente muy sencilla, es fácil confundirse porque hay muchas descripciones de prácticas de meditación diferentes.  Olvídense de todas  y simplemente siéntese tranquilo.  Quédese muy quieto y relajado y no trate de hacer nada. 

Deje que todo –pensamientos, sentimientos, conceptos- pasen por su mente sin prestarles atención.  No trate de impedir esas ideas o pensamientos ni de estimularlos.  Cuando uno siente que debe hacer algo con lo que surge en la mente durante la meditación, lo único que logra es complicar las cosas.  No interfiera la actitud  meditativa.

Una vez que usted aprenda a dejar que los pensamientos pasen inadvertidos, éstos se aquietan y desaparecen.  Entonces, tras el flujo de pensamientos, experimentará una sensación que es la base de la meditación.  Cuando se ponga en contacto con este sitio silencioso más allá de sus diálogos internos, tome cada vez más conciencia de él, simplemente descanse en el silencio, pues en este silencio no hay nada que hacer.  No hay razón para producir nada o para detener nada; deje todo tal como está. 

Cuando usted medita de esta manera simple, aceptando lo que pasa, la calidad de la meditación se hace más pronunciada y su experiencia más inmediata.  Después de cada meditación, la claridad de esta experiencia permanece con usted y se fortalece con la práctica.

La meditación viene naturalmente como el sol matinal; la conciencia interior, una vez tocada, irradia naturalmente, sin embargo, para encontrar esta conciencia interior se requiere práctica, así que es necesario reservar tiempo para ello. A medida que usted persevere en la práctica, un examen de su vida le indicará si está en la vía correcta y si su meditación es eficaz.

Cuando en su mente crecen el amor y la paz, cuando sus emociones son estables y apacibles y su vida discurre suavemente, entonces usted sabe  que está progresando.  El sosiego interior que surge de la meditación mitiga el estrés de estas épocas de rápido cambio, en las cuales es tan fácil perder el sentido de la estabilidad y el equilibrio. 

Tratando de hacer demasiado en muy poco tiempo, nos agitamos y nos alteramos.  Sin embargo, cuando nuestra mente está relajada y tranquila, la vida se vuelve sencilla y equilibrada, libre de extremos que nos trastornan.  Cuando en nosotros reina el equilibrio, gozamos de salud, el cuerpo se relaja y la mente se halla en paz.  Nos liberamos de la confusiones, las desilusiones y las ilusiones. 

Aprendemos a guiarnos por la experiencia de nuestra meditación. La mesura es fundamental aún en relación con las enseñanzas espirituales.  Con el Dharma, por ejemplo, sucede como con muchas universidades que ofrecen todo tipo de materias interesantes y usted puede gastar su tiempo y su energía tratando de aprenderlas todas.  Uno de los grandes maestros dijo una vez que con el conocimiento sucede lo mismo que con las estrellas en la noche: es imposible contar semejante inmensidad.  Así que es mejor no tratar de hacerlo todo de una vez, aún espiritualmente.

Al principio es importante centrarse en aquellas enseñanzas que tienen una relación más inmediata con nosotros –enseñanzas para las cuales estamos preparados, de lo contrario perdemos el tiempo y lo único que logramos es frustrarnos. Conténtese con proceder gradualmente, paso a paso, manteniéndose motivado y perseverando en la práctica de la meditación. 

Es verdad que para desarrollar la meditación, el camino más lento es el camino más rápido.  Cuando cultivamos la meditación cuidadosamente, sin forzarla, los resultados siempre serán claros: aunque no nos demos cuenta del progreso diario, el progreso es estable.  Esta vía no se asemeja al aguacero fuerte que nos fuerza a buscar refugio, sino más bien a la nieve, que suavemente cubre la tierra.

Haga que su meditación sea natural, abierta, no algo cohibido o forzado, así derivará experiencias de ella.  Las experiencias en sí mismas no tienen tanto valor, pero pueden ser una extensión de la meditación: algunas experiencias pueden tocar las sutilezas de la mente y ayudar a clarificar la naturaleza de la existencia. Cuando nuestra meditación es algo pesado, es posible que no progresemos. 

Esa pesadez que sentimos quiere decir que queremos que nuestra meditación sea de determinada manera. Estamos imponiendo una condición, deseamos lograr algo, y ese deseo tiene una pesadez, es algo restringido, estrecho, específico, está limitado por identidades, lo que quiere decir que el ego también está involucrado.

La levedad es transparente como un cristal.  No tiene un sitio especial, no pertenece a ninguna parte.  La levedad es libre como el sol.  En la meditación no hay conciencia de sujeto u objeto, no hay tal cosa como ‘yo estoy haciendo esto o aquello’.  Todo lo que hay es experiencia, meditación.   Cuando la vida de uno está libre de problemas y uno está siempre en estado meditativo, la meditación formal no es tan importante. 

Uno se halla libre de pensamientos conflictivos, libre de la emoción, libre de la identidad, de la imagen de nosotros mismos que hemos construido  y, sin embargo, uno puede actuar con eficacia.  Esa es la actitud meditativa, el conocimiento meditativo, diferente del conocimiento común y corriente.Para adquirir el conocimiento común, siempre necesitamos hacer un esfuerzo. Cuando tratamos aprendemos y después experimentamos, pero en la meditación, aunque al principio tengamos que hacer algún esfuerzo, una vez que entremos en ella no necesitamos hacer más esfuerzos. 

Por eso utilizamos la palabra ‘ser’, porque ‘ser’ quiere decir que nosotros somos la meditación.  Una vez que estemos en meditación, el tiempo mismo se trasciende.  No hay pasado, no hay futuro, ni siquiera presente. Meditar es vivir el tiempo de la vida.  Cuando uno vive en este mundo hay que seguir adelante con las cosas del diario vivir, por ello debemos aprender a desarrollar  ese estado de conciencia durante el tiempo en que se trabaja, mantener la calma y estar presentes, sin apremiarnos ni presionarnos a nosotros mismos. Así disfrutaremos más de nuestro trabajo y lo aceptaremos como parte de nuestra meditación.  Esta actitud nos  facilitará las cosas.

Cuando nos parece como si el tiempo transcurriera más lentamente durante la meditación, esto indica que nuestra meditación está progresando, que estamos comenzando a experimentarla. Nuestra mente generalmente salta de una cosa a otra, así que cuando uno encuentra que el tiempo se está volviendo más lento, eso quiere decir que la meditación está mejorando.

El tiempo no sólo se mueve en dos direcciones.  El tiempo lineal es la relación entre dos puntos, pero en la experiencia de la conciencia interna, el tiempo se torna multidimensional: hacia atrás, hacia delante, hacia arriba y hacia abajo.  El tiempo, como normalmente lo conocemos, implica los aspectos relativos del pasado, el presente y el futuro.  Creemos que mientras experimentamos el presente, el futuro no puede llegar, y que apenas el presente cambie, el futuro llega a reemplazarlo, pero en la meditación, realmente nos convertimos en la experiencia y estos aspectos relativos del tiempo dejan de existir.

Lo mismo nos ocurre con la memoria.  Creemos que la memoria es lineal.  Pensamos que los recuerdos sólo los podemos experimentar de uno en uno.  Sin embargo, una vez que nuestra experiencia se ha ampliado, nos damos cuenta de que sólo hemos estado viendo en una dimensión.  Desde una perspectiva más sensible, más amplia, las dimensiones de la experiencia se multiplican.

La corriente de la profundización

Ocasionalmente experimentamos gran alegría, pero rara vez.  Como generalmente nos sentimos insatisfechos, tendemos a caer en el hábito  de soñar despiertos acerca del futuro, o a remontarnos al pasado.  Es tan agradable revivir momentos en que nos sentimos inspirados por la belleza, las montañas, un río o un bosque, que anhelamos experiencias similares.   De este modo, alimentamos nuestro deseo de experiencias positivas con esperanzas para el futuro y recuerdos del pasado. Hasta cierto punto, toda la experiencia está a nuestra disposición, sin embargo, nos mantenemos en un camino estrecho pensando en el futuro o remontándonos hacia el pasado.  Atrapados en este patrón tan limitado, vemos muy poco de lo que realmente nos rodea. 

Nuestra experiencia pasa frente a nosotros como un relámpago, y nuevos apegos nos llevan continuamente a la decepción.  Nuestra energía salta de estímulo en estímulo, y se llevan con ella nuestro conocimiento y nuestra conciencia.  Por último, nuestra vida cumple su ciclo, y todas las oportunidades de llevar una vida verdaderamente satisfactoria desaparecen de un modo o de otro.

Aunque parece que, en nuestra vida hubiera movimiento, en realidad nuestra experiencia está congelada en una dimensión.  Nuestra mente funciona muy rápido, pero circularmente.  Aunque tratemos de romper el círculo, cada nuevo camino parece terminar donde comenzamos.  Al tratar de escapar, permanecemos aprisionados en el ciclo, ciegos a las oportunidades que tenemos alrededor.  Una vez en este ciclo, somos como un capullo cerrado, con toda su exquisitez, color y perfume encerrados dentro de sí.  Cuando aprendemos a desprendernos, a romper estos patrones de entusiasmo y de ansia, hay una gran apertura, un espacio libre, en el cual todas las posibilidades nos esperan. 

Pero no es fácil abrirse a nuevas formas, y para muchos, el esfuerzo en sí está acompañado de una avidez tal que sólo logra reforzar el patrón mental del cerramiento. La práctica de la meditación nos ayuda a entender cómo nuestra manera habitual de percibir la experiencia distorsiona y limita nuestra vida y nos impide el contacto directo con lo que nos rodea y con nuestras posibilidades. Nuestra percepción misma cambia, gracias a la meditación.  Desarrollamos una nueva manera  de ver y mayor amplitud y profundidad de sentimiento.

En cuanto cambian nuestras idea fijas sobre la experiencia, nos damos cuenta de que hasta ahora escasamente hemos apreciado nuestra experiencia inmediata.  Esta falta de atención ha reforzado nuestra tendencia a vivir en el pasado o a buscar nuevas experiencias en el futuro; sin embargo, esto puede cambiar. 

En vez de escaparnos a cada momento, como normalmente lo hacemos, podemos tratar de estar presentes y centrados en toda experiencia y vivirla concientemente. A medida que la conciencia de nuestra experiencia se hace más profunda, ya no tenemos la necesidad de estar a la defensiva. 

Al vencer nuestros temores, nos abrimos naturalmente a los demás.  Desarrollamos confianza y le eliminamos todavía más barreras a nuestra experiencia cada vez más profunda.

A medida que nuestra experiencia se abre hacia perspectivas más amplias, nuestros sentidos, nuestro cuerpo, nuestra conciencia se hacen vibrantemente vivos.  Los patrones de ansia y frustración dan camino a la interacción fluída con el proceso de vivir.  Todos los desequilibrios disminuyen, y cualquier satisfacción o cura que necesitemos se nos proporciona naturalmente.  Esta protección, este equilibrio, esta independencia real nos permite abrirnos a la infinita posibilidad de cada momento y descubrir la riqueza y la profundidad de toda experiencia.

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Que nuestra sincera motivación y esfuerzos

contribuyan a liberar del sufrimiento a todos los seres sin excepción alguna.