Aprendiendo a través de la experiencia
Thartang Tulku
Traducción y edición: María Mercedes Márquez
Caracas, 2006
La meditación es una manera de abrir nuestra vida a la riqueza de la experiencia, no una práctica esotérica limitada a ciertos tiempos y lugares. Ya sea que vivamos en la quietud del campo o en el bullicio de la ciudad, la meditación puede convertirse en un estilo de vida. En este tipo de meditación nos entrenamos en abarcar y aprender de todas nuestras experiencias. Esto supone un estado de conciencia en todo lo que hacemos.
Todo se incluye en la meditación, desde el simple acto de levantarse cada mañana, hasta nuestros sueños nocturnos. Aprendemos a abrir nuestros sentidos a cada matiz de la experiencia, conscientes incluso de los más mínimos aspectos de nuestra vida como la forma en que caminamos y cómo hablamos con los demás, cómo vivimos, qué está sucediendo en nuestra vida, cómo nos afecta nuestra experiencia... éste es el fundamento de la realidad y la fuente de la conciencia espiritual.
Es posible cultivar esta conciencia en todos los aspectos de nuestra vida, en el trabajo, en nuestras relaciones, e incluso en nuestras habilidades. Todos ellos son maestros potenciales a los cuales podemos abrirnos y de quienes podemos aprender cuando vemos las posibilidades de crecimiento que existen en todo lo que hacemos. A medida que aprendemos de nuestra experiencia, aumenta nuestro aprecio por la vida, nuestros sentidos se agudizan y nuestra mente se vuelve más clara y perceptiva.
Desarrollar la conciencia, el estar centrados en lo que estamos haciendo, la honestidad, la compasión y la apertura, puede ser una experiencia reveladora que no sólo nos beneficiará a nosotros mismos, sino que creará en nosotros cualidades que pueden servir de guía a quienes nos rodean.
A medida que nuestra conciencia se desarrolla, todo nuestro marco de referencia se va transformando. Podemos ver la interrelación que hay entre el pensamiento y la acción, y, en consecuencia, tenemos más sensibilidad al comunicarnos con los demás. Nuestras observaciones penetran a niveles más profundos, descubrimos cómo se producen los sentimientos y cómo funciona el pensamiento.
Cuando nuestra conciencia se desarrolla aún más, podemos incluso percibir el vínculo que hay entre el pasado, el presente y el futuro, y en consecuencia aprender a dirigir nuestras acciones de manera tal, que nuestra vida nos satisfaga y sea plena.
Sin embargo, al comienzo nuestra visión es limitada, no es fácil saber cuáles serán los resultados de nuestras acciones. Podemos seguir las directrices de la sociedad, pero pocas de ellas han sido creadas con algo más que un propósito miope y con un resultado a la vista. Así pues, aunque los resultados de nuestras acciones puedan parecer buenos en determinado momento, a la larga pueden ser dañinos. Entonces, en un momento de frustración, podemos forzar las situaciones y empeorar el resultado.
Cuando estamos conscientes, se abre nuestra visión hacia una acción más constructiva y la paciencia permite que nuestra visión funcione. La paciencia actúa en silencio, como un agente secreto y nos protege de caer en la acción inútil y el desespero.
Cuando conscientemente desarrollamos paciencia, ésta puede volverse una respuesta natural y apropiada a cada nueva situación, nos fortalecemos aún para las circunstancias más difíciles. Cuando la paciencia se desarrolla intensamente, la conciencia aparece incluso en nuestros aspectos negativos. Vemos que todo lo que sucede es una manifestación de energía, la cual es, en sí misma, una forma de conciencia.
A esta conciencia pueden llegar todos los que la buscan, siempre puede llegarse a ella ahondando en la naturaleza de la experiencia. Nuestra experiencia puede llevarnos mucho más allá de nuestra manera usual de pensar, de ver y de ser. Una vez que somos concientes, podemos funcionar adecuadamente aún en medio de la confusión del mundo. Nuestra actitud positiva nos beneficia a nosotros y beneficia a los demás pues vivimos la verdad que hemos adquirido.
El samsara es como una fruta venenosa. Nos la comemos con gusto, pero al final nos ha de matar a menos que podamos transmutar su veneno. Nada relacionado con el samsara puede, finalmente, darnos libertad y felicidad o satisfacer verdaderamente nuestros deseos, pero cuando vivimos concientemente, el veneno no nos hace daño porque el nirvana puede ser vivido dentro del samsara. En esencia, son dos caras de una misma moneda. Sin embargo, esto puede ser muy difícil de comprender si no sabemos primero cómo transmutar las emociones y cómo superar nuestros obstáculos.
Cuando estemos en capacidad de hacer esto, entonces todo lo que hagamos nos será útil, pero hasta que eso ocurra, aunque muchas de nuestras actividades nos puedan parecer satisfactorias, sólo estaremos acumulando karma -más necesidades y más obstáculos.
Comenzamos entonces por aprender cómo funciona el samsara, cómo es que acumulamos dolor y frustración. Comenzamos a darnos cuenta de que no hay paz, ni placer, que no hay nada deseable en nuestra manera de vivir, y que nuestra experiencia, de una u otra manera, siempre se daña por la pre-ocupación, la culpa o la ansiedad. Cuando nos damos cuenta de esto, vemos que no hay otra alternativa que despertar, que ya no podemos volver a nuestra ignorancia y comenzamos a utilizar el samsara como nuestro campo de entrenamiento.
La impermanencia es una de las causas de sufrimiento, y la ansiedad mental puede parecer aún más dolorosa que la enfermedad física. Que seamos o no seamos libres, depende de nuestro punto de vista y de nuestra manera de trabajar en el mundo. Podemos aprender a transformar las situaciones negativas. Incluso el más bello cuerpo humano será destruido. Si nuestro cuerpo es como una casa alquilada, a menos que lo usemos no tienen ningún valor para nosotros.
Pero es importante saber utilizar nuestra vida constructivamente. La vida es temporal y muy valiosa. No tenemos mucho tiempo que perder. Podemos utilizar bien nuestra vida o perder el tiempo buscando placeres y satisfacciones que simplemente aumentan nuestros deseos y nuestra frustración cuando no podemos alcanzarlos.
Si aprendemos a estar satisfechos en todo momento, jamás perderemos el tiempo. Una vez que el deseo inicial de despertar aparece en nosotros, algo pasa inconscientemente dentro de nosotros. Puede que al principio vayamos en contra de este deseo y creemos más sufrimiento, pero es a través de este sufrimiento que podemos eliminar muchos obstáculos y despertar. Una vez que comencemos a buscar el despertar, ya no hay marcha atrás. La influencia positiva de este deseo es muy grande, pero tenemos que aprender a proceder más eficazmente. Nuestras intenciones pueden ser buenas, pero llevarlas a cabo puede ser difícil.
Es importante que tengamos claro que la insatisfacción y el desapego son muy diferentes. La insatisfacción quizás nos lleve a renunciar a aquello que realmente no nos place. Es muy fácil renunciar a algo que no nos satisface, pero es difícil renunciar a otras cosas.
Comer, dormir y divertirnos son muy importantes para nosotros. Pensamos que si nos privamos del placer entonces ¿qué nos queda?
Las enseñanzas nos aconsejan que entendamos a fondo nuestro sufrimiento para que no lo necesitemos más. Con frecuencia nosotros mismos nos impedimos ver nuestra propia situación con claridad, no queremos aceptar la responsabilidad de nuestros actos o nos da miedo cambiar porque el cambio nos resulta demasiado amenazante para nuestra seguridad. Podemos entender muchísimo simplemente estudiando las experiencias de nuestra propia vida. Ver claramente la naturaleza samsárica de nuestra condición puede ser el único camino para despertarnos.
La imagen de sí mismo
Nuestro estado natural de ser es un estado de mera conciencia, una conciencia que no es de nada en particular, sino que es un estado de conciencia pura que lo abarca todo. En este estado de conciencia nuestra mente es equilibrada, ligera, libre y flexible. Sin embargo, no somos capaces de mantenernos en ese estado debido a nuestra tendencia a querer saber quién está experimentando qué. Como resultado de esto, la conciencia básica da paso a nuestra conciencia común y corriente, la cual divide nuestras percepciones en sujeto y objeto creando como sujeto una ‘imagen de nosotros mismos’, lo que llamamos ‘yo’. Pero ¿qué es realmente este yo? ¿Podemos encontrarlo en alguna parte de la mente?
Cuando miramos cuidadosamente vemos que el ‘yo’ es simplemente una imagen que la mente ha proyectado, una ilusión que tomamos por real y dejamos que maneje nuestra vida. El ‘yo’ oscurece nuestra conciencia y nos separa de nuestra experiencia dividiéndola al crear un polo subjetivo y un polo objetivo que actúan como filtros a través de los cuales percibimos la experiencia. Bajo la influencia de la imagen que tenemos de nosotros mismos perpetuamos esta orientación sujeto-objeto.
Valiéndonos de nuestra conciencia común y corriente, apenas percibimos, identificamos, comenzamos a comparar y a esto siguen diversos estilos de codicia y egoísmo. Seguidamente, la mente hace discriminaciones y juzga, lo cual causa conflictos. La imagen que tenemos de nosotros mismos estimula estos conflictos y ellos a su vez alimentan la imagen que tenemos de nosotros mismos. Así, esta se perpetúa y tiende a filtrar la experiencia en formas que sólo dan cabida a sus rígidas construcciones. Sin apertura y sin aceptación, esta imagen que tenemos de nosotros mismos nos aprisiona obstaculizándonos y coartándonos. Nuestro flujo natural de energía se interrumpe y el alcance de nuestra sensibilidad y la profundidad de nuestra experiencia se ven seriamente limitados.
Para liberarnos de la intromisión de la imagen que tenemos de nosotros mismos y pueda funcionar nuestro equilibrio natural, tenemos que comprender que esta imagen que hemos construido no es una parte real de nosotros mismos, que no la necesitamos para vivir, y que en realidad oscurece nuestro verdadero ser.
Una manera de verlo es tomando distancia y observando nuestros pensamientos cuando, por ejemplo, nos hallamos en estado de conmoción emocional. Aunque estemos alterados, podemos separarnos del conflicto de la emoción. Tome distancia y observe realmente el conflicto. Usted se dará cuenta de que la alteración es en verdad una maniobra de la imagen de sí mismo que usted ha construido. Es posible que llegue a ver que gran parte de su desdicha se debe a que la imagen que tiene de sí mismo ha creado expectativas que no se podían satisfacer.
Esta imagen que tenemos de nosotros mismos es un tipo de fantasía y por tanto, tiende a construir un mundo de fantasía. El fantasear despierta una gran cantidad de energía, y cuando las fantasías no se convierten en realidad, la energía se bloquea y se convierte en frustración. Podemos encontrar toda clase de razones lógicas para explicar nuestras dificultades, pero una mirada honesta nos hará superar estas razones y descubrir, que nuestra desdicha proviene de identificarnos con la imagen de nosotros mismos que hemos construido y de seguir sus órdenes.
Esta nos domina y nos controla, nos atrapa en su poder y nos hace perder nuestra independencia humana. Aunque nos demos cuenta de la situación en que nos hallamos y tratemos concientemente de poner fin a nuestro sufrimiento, la imagen que tenemos de nosotros mismos nos lleva a repetir nuestras experiencias dolorosas una y otra vez.
Es posible que no tengamos deseos de cambiar. Nuestro apego a la imagen que tenemos de nosotros mismos es poderoso. Quizás no queramos buscar nuevas alternativas porque presentimos una posible pérdida de aquello que tenemos por ‘nuestra identidad’.
En verdad, solemos aferrarnos a nuestro sufrimiento porque éste parece brindarnos más seguridad que el abrirnos a la verdadera transformación. Sin embargo, para experimentar auténtico equilibrio y felicidad en nuestra vida, tenemos que trascender la causa-raíz de nuestro sufrimiento: la imagen que hemos construido de nosotros mismos. En el momento en que dejamos de estar a su servicio, y, de atender a sus necesidades, todas nuestras dificultades desaparecen y nuestra energía se libera y fluye tranquilamente. Esta energía puede entonces utilizarse para incrementar el conocimiento que tenemos de nosotros mismos.
Analice sus emociones e intencionalmente haga que sean lo más vívidas posible dejando que las sensaciones se hagan cada vez más intensas. Observe la naturaleza codiciosa de la imagen que tiene de sí mismo: siempre está haciendo exigencias, siempre quiere más y más. Al alimentarla, perpetuamos lo que jamás podemos satisfacer esencialmente. Al final, se nos dificulta encontrar cualquier satisfacción, porque la codicia convierte satisfacción en frustración y esta conduce a sentimientos negativos.
La transformación de sentimientos negativos tiene lugar de manera natural cuando cultivamos una actitud positiva y de aceptación hacia toda experiencia. La energía resultante puede volvernos más creativos, más concientes, más abiertos al aprendizaje. Esta energía puede contrarrestar la acción de la imagen que tenemos de nosotros mismos.
En cuanto percibimos su verdadera naturaleza, nos damos cuenta de que podemos actuar de manera diferente, que podemos llegar a ser más flexibles en nuestras actitudes sin tener que renunciar a nada. Esta transformación es posible porque nuestra conciencia no es algo estático sino flexible por naturaleza. De modo que adoptando nuevas perspectivas podemos desarrollar esta flexibilidad natural.
La elección es nuestra. Podemos continuar tras la imagen de nosotros mismos que nos aprisiona, o desarrollar una actitud positiva que nos trae alegría, plenitud y totalidad. Desde el lado positivo, no hay expectativas, ni frustraciones, ni una imagen dominante que nos aleje de la proximidad de nuestro ser. Los obstáculos y distracciones ya no dividen nuestros sentimientos ni nuestra mente. Nos encontramos equilibrados y nos sentimos completos tal como estamos. No importa en qué situación nos hallemos, podemos escoger nuestro entorno psicológico y optar por el equilibrio le dará propósito a nuestra vida. La elección es nuestra, lo único que tenemos que hacer es escoger el camino de la libertad.
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