KTCZoom 3.

La felicidad

Sábado 20 de noviembre de 2021

Edición y Comentarios: María Mercedes Márquez

¡Grabar!

¡Tashi Delek para todos!

Comencemos por tomar refugio.

En el Buda, en el Dharma y en la Noble Sangha

voy por refugio hasta alcanzar la iluminación.

Que, a través de esta práctica, de la generosidad y de otras acciones virtuosas,

pueda realizar el Buda para beneficio de todos.

[3 veces]

1.

Sesión de meditación

C. Sentémonos tranquilos y relajados, con la disposición de olvidarnos de la vida cotidiana, del trabajo, de los familiares, de las diligencias pendientes, de las inquietudes que arrastramos del pasado, de los problemas o dificultades; de los planes futuros, y también alejémonos del celular conscientes de lo mucho que nos distancia del momento presente si lo mantenemos cerca aunque esté apagado.

Es indispensable ser conscientes de que no necesitamos celular para realizar la práctica de meditación. Si siguen consintiéndose esa tendencia, entonces mejor no asistan a estos encuentros por Zoom ni se sienten a meditar en sus casas. Por favor vean que no tiene ningún sentido. 

Nos sentamos sobre el cojín o en la silla acompañados de la sensación de estar aquí, ahora y libres de peso.  Queremos dedicar unos minutos de nuestro tiempo a la meditación y lo hacemos con la disposición de darle un descanso a la mente como entrenamiento necesario en el camino a conocer merjor nuestra propia menrte. Dejamos que esta repose en su estado natural de apertura sin intervención de nuestra parte. No hay nada que hacer con la mente salvo dejarla tranquila; que descanse, que repose en su propia naturaleza. Esas son las instrucciones.

Mantener la espalda recta es muy importante, ya sea que estamos sobre el cojín con las piernas cruzadas o, sobre una silla con las plantas de los pies sobre el piso. Las manos reposan una sobre otra en el regazo. La izquierda abajo con la palma hacia arriba. La derecha encima, también con la palma hacia arriba y ambos pulgares tocándose suavemente.

Asumimos el compromiso interior de seguir las instrucciones sin cambiarlas, sin agregarles nada, y nos regocijamos en la sincera motivación de estar emprendiendo esta sesión no solo por nuestro propio beneficio sino el beneficio de todos sin excepción alguna.

 

“Que la virtud que voy a cultivar pueda ser causa

de la eliminación de los obscurecimientos de todos los seres

 y logre establecerlos en el estado despierto no sujeto a cambios”.

Sesión de 20 minutos.   Sonar el cuenco al inicio.

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2

Cambiar nuestra visión del mundo, decía el maestro Ricard al final de la sesión pasada, no implica un optimismo ingenuo, ni tampoco una euforia artificial destinada a compensar la adversidad. Mientras la insatisfacción y la frustración provocadas por la confusión que reina en nuestra mente sean nuestra realidad cotidiana, repetirse “¡Qué feliz soy!”, es un ejercicio inútil.

C. La psicología positiva emplea el método las afirmaciones, donde la persona se dice a sí misma cosas como ¡Hoy será un gran día porque soy una persona feliz! ¿Tengo confianza en mi mismo, todo saldrá muy bien! ¡Soy feliz porque estoy conectada con la felicidad del universo! Esto es un ejercicio inútil, dice Ricard, porque la búsqueda de la felicidad no consiste en ver la vida “color de rosa” ni en taparse los ojos ante los sufrimientos y las imperfecciones del mundo.

La felicidad tampoco es un estado de exaltación que hay que perpetuar a toda costa, sino la “eliminación de toxinas mentales” como el odio y la obsesión que envenenan literalmente la mente. Para ello, es preciso aprender a conocer mejor cómo funciona ésta y a tener una percepción más cabal de la realidad.

3.

Realidad

Entonces, ¿qué debe entenderse por realidad?

Para el budismo, dice Matthieu Ricard, se trata de la “verdadera naturaleza de las cosas”, no modificada por las elaboraciones mentales que le superponemos. Estas últimas abren un abismo entre nuestras percepciones y esa realidad, y provocan un conflicto permanente con el mundo. ¿Por qué?

Porque “Interpretamos” mal el mundo. Tomamos por permanente lo que es efímero y por felicidad lo que no es sino fuente de sufrimiento, como el ansia de riqueza, de poder, de fama, y de placeres obsesivos. El placer puede apoyarse en la ilusión, pero la felicidad reposa sobre la verdad. El conocimiento de la verdad es, pues, un compromiso fundamental de sukha.

C. Es probable que algunas personas no se vean representadas en los ejemplos que acaba de poner Matthieu Ricard, pero, cuando habla del ansia de riqueza, por ejemplo, no necesariamente se está enfocando en los que buscan fortunas billonarias sino también en la gran mayoría de la gente y su deseo de tener dinero, de hacer dinero. La persona está totalmente tomada por ese pensamiento, lo tiene como norte en su vida, como fuente de inspiración para todo lo que hace y con frecuencia descuida otros aspectos de su existencia. No se ha dado cuenta de que podría ser feliz cubriendo sus necesidades fundamentales, y que estar obsesionado con hacer dinero no es fuente de felicidad sino todo lo contrario.  

 

Nuevamente, “el conocimiento de la verdad” es un compromiso fundamental de sukha.  Por “conocimiento” entendemos no el dominio de una masa de información y de saber, sino la “comprensión de la verdadera naturaleza de las cosas” a partir de la experiencia personal. Habitualmente percibimos el mundo exterior como un conjunto de entidades autónomas a las que atribuimos unas características que nos parece que le son propias, y, en función de nuestra experiencia cotidiana, vemos las cosas como “agradables” o “desagradablesen sí mismas y a las personas como “buenas” o “malas”.

El “yo” que las percibe nos parece igualmente real y concreto. Este engaño -llamado “ignorancia” por el Buda- engendra poderosos reflejos de apego y de aversión que por lo general conducen al sufrimiento.

El “samsara”, el mundo de la ignorancia y del sufrimiento, no es una condición fundamental de la existencia, sino un “universo mental” creado por nosotros basado en la idea falsa que nos hacemos de la realidad.

El Buda pudo ver que el mundo de las “apariencias” es el resultado de la acumulación de un número infinito de “causas y condiciones” permanentemente cambiantes. Los fenómenos existen en un mundo esencialmente interdependiente y no de existencia autónoma y permanente. Así pues, la realidad última o “vacuidad” constituye la “existencia propia” de los fenómenos animados e inanimados. Todo es “relación”. Nada existe en sí mismo y por sí mismo.

Cuando se comprende e interioriza esa noción esencial, la “percepción errónea” que se tenía del mundo deja paso a una comprensión ajustada de la naturaleza de las cosas y de los seres: al “conocimiento”.

Este conocimiento no es una simple construcción filosófica; resulta de un proceso esencial que permite eliminar progresivamente la ceguera mental y las emociones perturbadoras que se derivan de ella, es decir, las causas principales de nuestro malestar.

En resumen, sukha es el estado de plenitud duradera que se manifiesta cuando nos hemos liberado de la ceguera mental y de las emociones conflictivas. Es, asimismo, la sabiduría que permite percibir el mundo tal como es, sin velos ni deformaciones.

Es, por último, la alegría de caminar hacia la libertad interior y la bondad afectuosa que emana hacia los demás como producto de una actitud altruista, generosa y consciente de su cuota de responsabilidad hacia uno mismo y los demás, no de un deber paralizador que socava toda libertad interior y es fruto de presiones, de obligaciones inculcadas por nuestros allegados y por la sociedad: “hay que hacer esto o aquello”, o incluso “ser perfecto”, para ser aceptado y amado. El “deber” sólo tiene sentido si resultad de una elección y es fuente de un bien mayor. 

C. Si desean comentar lo que hemos escuchado, por favor levanten la mano.

4.

¿Es la felicidad el objetivo de la existencia?

¿Quién desea sufrir? ¿Quién se levanta por la mañana pensando: ¡Ojalá me sienta mal conmigo mismo todo el día!? Consciente o inconscientemente, con acierto o sin él, todos aspiramos a “estar mejor” ya sea mediante el trabajo o el ocio, mediante las pasiones o la tranquilidad, mediante la aventura o la rutina diaria.

Todos los días de nuestra vida emprendemos innumerables actividades para vivir “intensamente”, tejer lazos de amistad y de amor, explorar, descubrir, crear, construir, enriquecernos, proteger a nuestros seres queridos y preservarnos de los que nos perjudican. Consagramos nuestro tiempo y nuestra energía a esas tareas con la idea de obtener de ellas una satisfacción, un “mejor estar” para nosotros o para otras personas. Querer lo contrario sería absurdo, dice Matthieu Ricard.

Sea cual sea la manera de buscarla, y se llame alegría de vivir o deber, pasión o satisfacción, ¿no es la felicidad el fin de todos los fines? El drama es que con frecuencia nos equivocamos al escoger los medios para llevar a cabo el bien. La ignorancia desvirtúa nuestra aspiración a estar mejor.

Como lo explica el maestro tibetano Chogyam Trungpa, “cuando hablamos de ignorancia, no nos referimos en absoluto a la estupidez. En cierto sentido, la ignorancia es muy inteligente, pero se trata de una inteligencia de sentido único, es decir, que sólo reaccionamos a nuestras propias proyecciones en lugar de ver simplemente lo que es”.

En el contexto budista, “ignorancia” consiste en el desconocimiento de la naturaleza verdadera de las cosas y de la ley de causa y efecto que rige la felicidad y el sufrimiento.

C. ¿Queda claro para todos, el concepto de “ignorancia”?

5.

El análisis y la contemplación

Ahora bien, sigue diciendo el maestro Ricard, ¿cómo acabar con esa ignorancia fundamental?

C. ¿Qué dicen ustedes, los que ya tienen tiempo lidiando con este concepto de ignorancia y trabajando con ella?

El único medio, dice, es llevar a cabo una introspección lúcida y sincera, para lo cual se puede recurrir a dos métodos, uno es analítico y el otro, contemplativo.

C. ¿A cuáles métodos se está refiriendo Matthieu Ricard?

El análisis consiste en evaluar honradamente y a fondo nuestros sufrimientos, así como los que infligimos a los demás. Eso implica comprender qué pensamientos, palabras y actos engendran indefectiblemente sufrimiento y cuáles contribuyen a estar mejor. El paso previo es, por supuesto, haber tomado consciencia de que algo no funciona en nuestra manera de ser y de actuar y seguidamente aspirar ardientemente a cambiar.

La actitud contemplativa es más subjetiva. Consiste en dejar a un lado por un momento la efervescencia de los pensamientos para mirar serenamente el fondo de nosotros mismos como si contempláramos un paisaje interior, a fin de descubrir lo que encarna nuestra aspiración más querida.

Para unos puede ser vivir intensamente cada instante, paladear los mil y un sabores del placer. Para otros, alcanzar sus objetivos: una familia, el éxito social, diversiones o algo más modesto como vivir sin sufrir demasiado. Cada cual es libre de buscar la felicidad con el nombre que quiera, pero no basta con disparar flechas al azar en todas las direcciones; aquí volvemos a encontrar la voluntad ciega del ego que querría que el mundo fuera a imagen y semejanza de sus deseos.

Aunque la satisfacción de todas nuestras inclinaciones fuera realizable, no conduciría a la felicidad sino a la producción de nuevos deseos o, lo que viene a ser lo mismo, a la indiferencia, al hastío, incluso a la depresión. ¿Por qué a la depresión? Porque si hemos imaginado que satisfaciendo todas nuestras inclinaciones seríamos felices, el fracaso de esta iniciativa nos hace dudar de la propia existencia de la felicidad y llegamos a concluir que, “si lo tengo todo para ser feliz y no lo soy, entonces la felicidad es imposible”.

Esto demuestra lo mucho que podemos llegar a engañarnos sobre las causas de la felicidad.

De hecho, si no hay paz interior y sabiduría, no se tiene nada para ser feliz. Si llevamos una vida en la que se alterna la esperanza y la duda, la excitación y el tedio, el deseo y la lasitud, es fácil dilapidarla poco a poco sin siquiera darnos cuenta, corriendo en todas las direcciones para no llegar a ninguna parte, dice Matthieu Ricard. La felicidad es un estado de realización interior, no el cumplimiento de deseos ilimitados que apuntan hacia el exterior.

Al trabajar por una auténtica felicidad, sukha, no hacemos sino manifestar, o despertar, un potencial que siempre hemos llevado dentro. Es lo que el budismo llama la “naturaleza de Buda” presente en todos los seres. Lo que parece como una construcción o un desarrollo no es sino la eliminación gradual de todo lo que enmascara ese potencial y obstaculiza la difusión del conocimiento y de la alegría de vivir. El resplandor del sol nunca es oscurecido por las nubes que nos lo ocultan. Esa eliminación consiste en liberar la mente de todas las toxinas que la envenenan, entre ellas el odio, la avidez y la confusión.

En resumen, la finalidad de la existencia es esa plenitud de todos los instantes acompañada de un amor por todos los seres, y no ese amor individualista que la sociedad actual nos inculca permanentemente. La verdadera felicidad procede de una bondad esencial que desea de todo corazón que cada persona encuentre sentido a su existencia. Es un amor siempre disponible, sin ostentación ni cálculo. La sencillez inmutable de un buen corazón.

Sin embargo, aunque todos intentemos de uno u otro modo ser felices, hay una gran distancia entre la aspiración y la realización y, nuestra visión confusa de la dinámica de la felicidad y del sufrimiento es la principal responsable de eso. Si la felicidad es un estado que depende de condiciones interiores, cada uno es responsable de reconocer y reunir esas condiciones. Nadie nos regala la felicidad ni tampoco nadie nos impone la desdicha. Estamos permanentemente en un cruce de caminos, y nos corresponde a nosotros decidir qué dirección queremos tomar. No debemos subestimar el poder de transformación de la mente. Si alguien se aplica durante años con discernimiento y perseverancia, a ordenar los pensamientos conformen surgen, a preparar antídotos apropiados para las emociones negativas y a desarrollar emociones positivas, el esfuerzo dará sin duda unos resultados que a primera vista parecerían fuera de su alcance.

6.

¿Habría que conformarse con ser uno mismo?

Algunas personas piensan que para ser realmente felices simplemente debemos aprender a querernos tal como somos, pero todo depende de lo que entendamos por “ser uno mismo”. ¿Se refieren acaso a abandonarse a un perpetuo movimiento de vaivén entre la satisfacción y el descontento, la calma y el nerviosismo, el entusiasmo y la apatía? pregunta Matthieu Ricard. 

Innumerables recetas de la felicidad afirman que “hay que saber aceptar tanto nuestros defectos como nuestras cualidades” Según esta visión, si dejáramos de rebelarnos contra nuestras limitaciones e hiciéramos las pases con nosotros mismos, podríamos resolver la mayoría de los conflictos interiores y abordar todos los días de la vida con confianza y tranquilidad. Dejar que se expresara nuestra naturaleza constituiría la mejor guía; refrenarla no haría sino agravar nuestros problemas.

Es cierto que, si nos dan a elegir, más vale vivir con espontaneidad que pasarse el tiempo reprimiéndose, aburriéndose mortalmente o detestándose, pero veamos esto con más detenimiento. Podríamos preguntarnos por ejemplo ¿no se reduce eso a poner un bonito envoltorio a los hábitos?

Aunque admitamos que “expresarse” dando libre curso a las pulsiones “naturales” permite una relajación pasajera de las tensiones interiores, eso no impide ser menos prisionero del conjunto poco atractivo de las propias tendencias. Esta actitud no resuelve ningún problema de fondo. Nos parecemos mucho a esos pájaros que han vivido largo tiempo enjaulados y, cuando tienen la posibilidad de volar libremente terminan regresando a su jaula. Estamos tan acostumbrados desde hace tanto tiempo a nuestros defectos que nos cuesta imaginar lo que sería la vida sin ellos. El horizonte del cambio nos produce vértigo.

Sin embargo, no es que nos falte energía. Como hemos dicho, no cesamos de hacer esfuerzos considerables en innumerables terrenos, pero, si se nos ocurre pensar: “Debería tratar de desarrollar el altruismo, la paciencia, la humildad”, vacilamos, y acabamos por decirnos que esas cualidades vendrán de forma natural con el tiempo. O que no es tan importante; al fin y al cabo, hemos vivido sin ellas hasta ahora. Sin duda tenemos mucho que aprender de las tribulaciones de la vida. La felicidad es una manera de ser, y las maneras se aprenden.

C. Levanten la mano si desean agregar algo a lo que hemos escuchado y comentado.  

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